Del ayuntamiento, las diatribas y la catástrofe del posmodernismo

¡tres apuntes enlazados porque sí!
1. Inequívoca señal de lo torcido que está todo es la actitud de la más pequeña de las administraciones con la que tengo relación por mi involuntaria ciudadanía barcelonesa. Al fin y al cabo, no me dejaron decidir donde nacer… y el dónde, una vez he constatado que hay gilipollas de todos los colores y en todos los lugares, tampoco debe importar tanto. El caso es que El Ayuntamiento (renuncio a calificarlo “Mi” ayuntamiento porque a mí no me sirve; él sabrá para quién trabaja) ha iniciado una serie de reformas legales que, más que ofenderme me sublevan. Son ofensivas y autoritarias. Atacan donde duele: abajo; y no donde se genera el dolor: arriba, bien arriba. Comprar discos piratas, prohibido. Beber en la calle, prohibido. Comprar servicios sexuales, prohibido. Colgar pancartas en tu balcón, prohibido. Que se haga todo pero por lo bajo. Que la gente pueda irse de putas pero pagando a lo grande, a resguardo de la moral pública y en un enorme establecimiento hotelero de cristales tintados y neones infames, que se generen plusvalías para el proxeneta-empresario-del-ocio. Que la gente proteste pero de puertas adentro. Que las cervezas se beban donde haya permiso municipal, es decir, donde produzcan más dinero para el empresariado del ocio. En definitiva, todo por sus cauces legales. Los más artificiales. Los que no nos salen del alma sino de la billetera. No me queda más que parafrasear a Fernando Fernán Gómez y gritar hacia el santo gobierno de mi municipio: ¡a la mierda! ¡váyanse a la mierda!
Ya me siento un poco mejor.
2. Hace poco charlaba con un amigo sobre opinión –ya saben que aquí intentamos no practicar esa tontería de la opinión- y sobre las consiguientes meditaciones que me llevan a teclear rotundas diatribas día sí día también. A la mierda con el estado, con el capital, y cosas por el estilo. Razonaba yo que para argumentación blandengue tiene uno todos los medios progresistas y para razonamientos torcidos y engañosos, todo el espectro liberal de opinólogos. Razonaba él como réplica que en ocasiones mis escritos parecen poco meditados y demasiado inmediatos. Lo dijo con la boca pequeña y temiendo ofender, así que se asombró al ver que yo me mostraba completamente de acuerdo. Hace un tiempo advertí que demasiada razón nubla la vista, que un exceso de raciocinio y de referencias culturales llevan al empacho ideológico y a la asepsia expresiva. Así que lo que procuro es recorrer el proceso contrario, ir deshaciéndome de la moderación, de las opiniones que sobreviven como virus, por contagio y por la mera repetición: de boca en boca y sin significar nada. Intento ir perfeccionando el espontáneo arte de la indignación, nuestra infinita capacidad de decir NO. Que No, leñe. Es lo que me sale.
3. Descubrir que el progreso es sospechoso es, por supuesto, prerrequisito de cualquier enfoque crítico, pero la búsqueda de la heterogeneidad debe incluir la conciencia de su desaparición y la investigación de las razones de por qué desapareció. El pensamiento posmoderno se comporta por lo general como si ignorara completamente la noticia de que la división del trabajo y la mercantilización están eliminando las bases de la heterogeneidad social o cultural. El pm pretende preservar lo que prácticamente no existe y rechaza el pensamiento más amplio necesario para habérselas con la empobrecida realidad. (John Zerzan, La catástrofe del posmodernismo)
Existen varios ensayos sobre la catástrofe del posmodernismo, ese pensar sin base, ese sostén retórico que desechó el tomar cabalmente a la raza humana como una mera especie animal más (sólo que con el cerebro más grande, como sostiene Leon Trout). Lo confundió todo con lenguaje y decretó una crisis de la representación. No hay discurso posible. Esa teoría posestructuralista colocó la lingüística y el sujeto como punto de apoyo de todo razonamiento. Y puesto que los sistemas culturales e históricos se descomponían en lenguaje: no había nada cierto sino pura especulación sobre las palabras mismas. Cuesta entender entonces, sobretodo, porqué decidieron seguir con la filosofía si esta giraba sólo entorno a sí misma. Si no podía desentrañarse nada pues las propias palabras con las que se especulaba eran engañosas. ¿Para qué engordar un razonamiento fundado la autonegación? Si el pensar se niega a sí mismo ¿qué sentido tiene? En resumen: funcionando sólo en abstracto, descuidó lo material, lo que hay aquí abajo. Se cambió por un pensar en las nubes (¡pero sin reconocer las propias nubes!). El más famoso, demoledor y exacto es este texto de John Zerzan (y del cual he extraído el parrafito colocado arriba), primitivista y a mucha honra. También existe un libro del gran Terry Eagleton en donde se dicen cosas muy pero que muy muy feas y muy pero que muy muy ciertas sobre las justificaciones ideológicas de la claudicación, el signo de nuestra era, introducido sutilmente por el sujeto posmoderno. Hace bastante que no se recupera este debate y, francamente, echando un vistazo ahí afuera, al triste pensar y al triste conformarse de esos ciudadanos que pululan consumiendo y creyendo que saben lo que hacen, creo que vale la pena volver a sacarlo aquí. Si completan alguna de las lecturas, o si ya las han realizado, tengan la bondad de acordarse de este blog y digan la suya. Cómo encaja tal o cual razonamiento. Qué he sacado en claro. Pero por favor, por favor, no opinen. No me vengan con que Zerzan es un “tal” o un “cual” y que no se lo creen.
4 Comments:
Zerzan es, no sólo un cual, sino también un tal.
Y además, no me lo creo. Lo que sea.
Un tal quizá... pero ¡¡¡un cual!!!
¡Que me digas que Zerzan es un cual! Eso nunca. Esto jamás te lo perdonaré.
PD: lo que sucede -y por eso hacía esa última afirmación en el tercer apunte- es que hay quien se toma las teorías del pobre Zerzan muy en broma... y a mí me parece un tipo cargado de argumentos
Respecto a lo de la opinión me surgen dudas: 1º Qué narices cuenta la opinión de nadie si en general no conocemos el tema del que tratamos de tener una opinión que expresar. Posiblemente la opinión de una persona no valga nada (y las de otras mucho, no por la opinión en sí misma sino por los argumentos/información que aporta). A lo mejor todo no tiene porque parecernos bien o mal, bonito o feo, etc.
2º Más o menos por la misma regla: A quién diablos le importa mi opinión? Buscan conocer lo que opino o que refrende lo que ellos opinan? Estamos dispuestos a entrar en un debate en el que intercambiar información mediante argumentación?
y deduzco 3ºAl expresar nuestra "opinión" más o menos fundada estamos intentando transmitir ideas o convencer al interlocutor?
Joder, las preguntas están muy bien expuestas y creo que llevan una buena carga de respuesta cada una.
1. De la primera pregunta me quedo con tu última frase: "A lo mejor todo no tiene porque parecernos bien o mal, bonito o feo, etc," como parece ser la norma de conducta én estos tiempos.
Cada vez resulta más difícil y gratificante encontrar a quien reconoce no tener ni idea sobre algo. O al contrario, encontrar a gente que no opine sino que exponga un relato de hechos o una argumentación bien traída.
2. Cuando se exponen opiniones, considerando que "cada uno tiene una opinión que es suya", que "es una opinión muy respetable" y que es "fruto de su reflexión personal" -las tres mentiras más extendidas sobre las opiniones-, toda la argumentación gira entorno a ella, a la opinión, y no hay más contenido que la persona, por lo general perfectamente previsible. Se defiende uno mismo al defender la opinión personal. Cuando uno, en cambio, se acerca a un tema libre de opiniones e intenta conocerlo, entonces se puede argumentar, especular, y lo que se lanza al aire tras la aproximación no es una opinión, porque no le representa, no le identifica, y por tanto aparece más libre y más cierta. Más parecida a un "argumento".
A quién le importan las opiniones no lo sé: en general, por lo que he observado, las opiniones no parecen importarle a nadie. La gente, como apuntas, suele retener la parte de información que tiene la opinión, o la toman por un rasgo identificativo de quién la emite. Una de esas expresiones que componen el mal llamado "carácter".
3. Que se intenta convencer, en eso estoy de acuerdo. Parece que no tenemos otra forma de dirigirnos a nuestros interlocutores.
Como siempre, un verdadero placer.
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