Envejecemos
Envejecemos. No mucho, todavía, pero lo hacemos. Canas, tripa, desmemorias. Nos venimos viejos, como diría un porteño. Y en este menester de envejecer nos vamos volviendo cada vez más críticos. Y las películas ya no son sólo buenas o malas ni nos gustan -normalmente- por completo, en un único pack disfrutable: “tiene algún detalle”, argumentamos, o “los personajes están bien creados pero flojea el guión”... Todo está lleno de matices, como la declaración de un socialdemócrata.
Nos volvemos pedantes sin ser consicentes de ello. Yo, por ejmplo, soy en gran parte uno de los malditos críticos petulantes que detestaba hace siete u ocho años. Antes podía llegar al videoclub y seleccionar tres películas en apenas veinte segundos. Ahora busco y rebusco y muchas veces salgo sin nada, cabreado, cagándome en Hollywood y el todos esos daneses pretenciosos que lo filman todo con un cámara al hombro y unas gafas de pasta exageradamente grandes.
Es inevitable. Les aseguro que no hay mala intención.
Antes podía nombrar tres o cuatro series de televisión frente a las cuales me gustaba pasar una velada. Ahora, con suerte, puedo nombrar una o ninguna.
¿Y con la música? Qué tragedia: tres cuartos de lo mismo. El punk norteamericano, que tan buenos momentos me hizo vivir, es ya un ejercicio de pura nostalgia. Ahora se rebelan contra sí mismos. Y critican a Bush porque guerra mala, pan pan culo, soldados muertos, viva Kerry.
El jazz, que aborrecía antes por su desafío a la melodía y a los ritmos sencillos, hoy me vuelve loco. Ahora mismo suena Eric Truffaz, tocando así flojito, pbrrrruuuuuiii, y por debajo de su trompeta Amon Tobin pincha unas basecitas muuy vacilonas... Esto es exactamente lo que detestaba hace ocho años: un señor haciendo ruidos con un instrumento de viento y un dj innovador.
Pero ¿Qué quieren que le haga? No puedo ser consecuente con mi pasado sin cortar la conexión con mis sentidos más inmediatos.
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