Moda para reclusos
... en tonos ocre, de clara inspiración otoñal
Los ataques del marketing institucional a costa de los desperdicios que el sistema acumula en sus márgenes se están volviendo especialmente insolentes y miserables. Parece que no hay suficiente con recoger indigentes que no quieren ser recogidos o apadrinar niños negritos “del África”. La vieja moral burguesa exige nuevos ejemplos de caridad expresada de arriba abajo, sin renunciar al privilegio. Una conciencia cada vez más negra requiere blanqueantes cada vez más potentes, como es el caso de un desfile de internos que, con ocasión de la semana de la moda en Ciudad Escaparate (y aquí cabría preguntarse: ¿Qué son entonces las otras 49 semanas de año?), tuvo lugar la semana pasada en la Cárcel Modelo.
Sólo enterarme, me indigné antes incluso de llegar a organizar mis ideas y digerir la información. La noticia me ofendió profundamente; y es que cada vez es más habitual que la indignación se anticipe a la racionalización de la ira. Los contenidos simbólicos saltan a la yugular.
Leí la noticia en una bodega, quintillo en mano, en una deriva "sicogeográfica" por los locales de Gràcia que se resisten a la turbomodernización determinada precisamente por los dictados de La Moda, imán de la miseria intelectual que acumulan artistillas, turistas, erasmus, estudiantes extranjeros y otra chusma de clase media europea que cree poder vivir la aventura en un escenario mediterráneo exótico. Pobres brutos.
El mayor de los Amat lo vio claro: “Carlos, has d’escriure d’aixó”.
Oh, sí, pensé. Oh, claro que sí, malditos hijos de puta.
Y bien, aquí va esto, para lo que pueda servir.
Antonio Miró, sastre de la burguesía barcelonesa más chic, impulsor de las americanas oscuras de lino, de las camisas sin solapas y de otras grandes aportaciones para el vestidor de la humanidad, tuvo la genial idea de que los presos se sintiesen “útiles e importantes por un día”, lo cual da una perfecta idea de lo poco importantes y útiles que considera Miró a los presos el resto del año. De este modo, los desechos humanos que la sociedad esconde, hacinados en una de las peores y más antiguas prisiones que existen en el Estado Español, lucieron palmito frente a centenares de flashes y periodistas, y tuvieron sus merecidos minutos de atención. Supongo que esto entra dentro de lo que las autoridades denominan en lenguaje PC “integración de la población reclusa”. Supongo también que, atontados como están con la ideología ciudadanista del buenrollismo cívico y multicultural, que promueve y celebra la inutilidad del sistema educativo y carcelario con celebraciones culinarias y otros eventos desideologizados, no acertaron a ver la inmensa crueldad de su acto, que introduce un breve momento de glamour (si se puede llamar así a la imbecilidad del diseño de ropitas) dentro de la inmundicia y la miseria a la que esos centenares de presos se hallan condenados.
No es poca la humillación: ver a todos esos cabronazos celebrar entre aplausos la estética burguesa en el centro mismo del peor recinto carcelario del sur de Europa.
La ropa con la que desfilaron, por lo que he podido averiguar después, estaba fabricada en la propia cárcel, dentro de otro programa redencionista promovido por el Centro de Iniciativas para la Reinserción, en donde se paga la hora de recluso a precios muy por debajo de convenio: al fin y al cabo –se preguntará el Estado- “¿en que ramo puede encuadrarse un preso?”. Lean esto y háganse a la idea.
Ahora bien, todo punto de bajeza moral aparentemente insuperable conserva siempre una coordenada más baja: pocos días antes del desfile, apenas una semana, el Centro de Agotamiento integral DIR -en donde el común se pone tibio a transpirar “porque yo lo valgo”-, regaló a los reclusos 141 máquinas de Fitness.
Que pierdan la libertad, ah, eso es algo que puede sobrellevarse… pero que pierdan la forma física ¡dios mío! ¡Eso es intolerable!
Los ataques del marketing institucional a costa de los desperdicios que el sistema acumula en sus márgenes se están volviendo especialmente insolentes y miserables. Parece que no hay suficiente con recoger indigentes que no quieren ser recogidos o apadrinar niños negritos “del África”. La vieja moral burguesa exige nuevos ejemplos de caridad expresada de arriba abajo, sin renunciar al privilegio. Una conciencia cada vez más negra requiere blanqueantes cada vez más potentes, como es el caso de un desfile de internos que, con ocasión de la semana de la moda en Ciudad Escaparate (y aquí cabría preguntarse: ¿Qué son entonces las otras 49 semanas de año?), tuvo lugar la semana pasada en la Cárcel Modelo.
Sólo enterarme, me indigné antes incluso de llegar a organizar mis ideas y digerir la información. La noticia me ofendió profundamente; y es que cada vez es más habitual que la indignación se anticipe a la racionalización de la ira. Los contenidos simbólicos saltan a la yugular.
Leí la noticia en una bodega, quintillo en mano, en una deriva "sicogeográfica" por los locales de Gràcia que se resisten a la turbomodernización determinada precisamente por los dictados de La Moda, imán de la miseria intelectual que acumulan artistillas, turistas, erasmus, estudiantes extranjeros y otra chusma de clase media europea que cree poder vivir la aventura en un escenario mediterráneo exótico. Pobres brutos.
El mayor de los Amat lo vio claro: “Carlos, has d’escriure d’aixó”.
Oh, sí, pensé. Oh, claro que sí, malditos hijos de puta.
Y bien, aquí va esto, para lo que pueda servir.
Antonio Miró, sastre de la burguesía barcelonesa más chic, impulsor de las americanas oscuras de lino, de las camisas sin solapas y de otras grandes aportaciones para el vestidor de la humanidad, tuvo la genial idea de que los presos se sintiesen “útiles e importantes por un día”, lo cual da una perfecta idea de lo poco importantes y útiles que considera Miró a los presos el resto del año. De este modo, los desechos humanos que la sociedad esconde, hacinados en una de las peores y más antiguas prisiones que existen en el Estado Español, lucieron palmito frente a centenares de flashes y periodistas, y tuvieron sus merecidos minutos de atención. Supongo que esto entra dentro de lo que las autoridades denominan en lenguaje PC “integración de la población reclusa”. Supongo también que, atontados como están con la ideología ciudadanista del buenrollismo cívico y multicultural, que promueve y celebra la inutilidad del sistema educativo y carcelario con celebraciones culinarias y otros eventos desideologizados, no acertaron a ver la inmensa crueldad de su acto, que introduce un breve momento de glamour (si se puede llamar así a la imbecilidad del diseño de ropitas) dentro de la inmundicia y la miseria a la que esos centenares de presos se hallan condenados.
No es poca la humillación: ver a todos esos cabronazos celebrar entre aplausos la estética burguesa en el centro mismo del peor recinto carcelario del sur de Europa.
La ropa con la que desfilaron, por lo que he podido averiguar después, estaba fabricada en la propia cárcel, dentro de otro programa redencionista promovido por el Centro de Iniciativas para la Reinserción, en donde se paga la hora de recluso a precios muy por debajo de convenio: al fin y al cabo –se preguntará el Estado- “¿en que ramo puede encuadrarse un preso?”. Lean esto y háganse a la idea.
Ahora bien, todo punto de bajeza moral aparentemente insuperable conserva siempre una coordenada más baja: pocos días antes del desfile, apenas una semana, el Centro de Agotamiento integral DIR -en donde el común se pone tibio a transpirar “porque yo lo valgo”-, regaló a los reclusos 141 máquinas de Fitness.
Que pierdan la libertad, ah, eso es algo que puede sobrellevarse… pero que pierdan la forma física ¡dios mío! ¡Eso es intolerable!
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