Las inocentes almitas del laboratorio
Un estudiante de filosofía mexicano consigue crear un estupendo guión para que Antoni Doménech se despache a gusto contra Horkeimer, lo cual me parece estupendo. Sin embargo, llega un momento de la entrevista en que el ilustrado profesor Domenech patina y se estampa contra el mostrador…
(…) en la estela de los juicios de Nuremberg. Invariablemente, la autodefensa de los nazis más inteligentes acusados de crímenes contra la humanidad fue cargar la culpa a la tecnología moderna, fruto de la Ilustración, presentando al nazismo como un producto de ella. Se puede ver por lo magnífico en las muy interesantes Memorias de Hjalmar Schacht, el ministro de finanzas de Hitler y antiguo presidente del Banco Central alemán durante la República de Weimar (puesto en el cargo por presión, entre otros agentes, de la gran banca anglo-norteamericana). Su autodefensa es ésta: Hitler es un producto de la ciencia-técnica y de la democracia plebeya moderna; yo hice lo que pude, como ministro suyo, para mitigar el desastre. La misma línea, con argumentos metafísicos más o menos superferolíticos, puedes verla en el segundo Heidegger, quien no fue procesado en Nuremberg, pero fue sometido, como todos los profesores nazis, a procedimientos de desnazificación, por tribunales aliados, a fin de recuperar la venia docendi en la Alemania de postguerra. El gran culpable de lo que pasó es la “técnica moderna”: ni política, ni economía, ni vida social, ni capitalismo, ni nada de eso; la “ciencia-técnica”, y nos quedamos tan anchos. Claro, para estas gentes, completamente ignorantes, cualesquiera que fueran sus otros méritos intelectuales –que en Heidegger son muchos, dicho sea de paso—, de la realidad de la ciencia empírica, natural o social, y de las matemáticas, para esas gentes, digo, “ciencia” y “técnica” es lo mismo. Investigación científica básica y uso industrial (“capitalista”) del conocimiento, son lo mismo. Si quieres: son lo mismo Einstein, el gran científico socialista y pacifista, y Siemens, el financiador de Hitler y creador y fabricante de los demoledores “cañones Bertha” (en honor de su hija Bertha Siemmens).
¿Y no lo son?
Cualquiera, no ya que esté mínimamente familiarizado, sino que se haya asomado al mundo de la ciencia realmente existente, sabe que una cosa es la ciencia básica y otra la tecnología. El grueso de la ciencia básica no tiene aplicación tecnológica o instrumental alguna, y por lo mismo, no es financiable a través del mercado o de la empresa capitalista. Por ejemplo, la teoría científica más famosa del siglo XX, la Teoría General de la Relatividad, no tiene ninguna aplicación tecnológica o industrial (las naves que se mandan al espacio, se manejan todavía con tecnología derivada de la mecánica clásica newtoniana de partículas). Lo que ocurre es que cuando puedes fundar una tecnología en algún hallazgo importante hecho en ciencia básica, entonces esa tecnología resulta muy potente y eficaz (y puede ser, claro, terriblemente dañina, precisamente por basarse en conocimiento verdadero y profundo). Pero eso es más bien infrecuente. Lo normal, cuando se hace investigación básica, es no tener la menor idea de para qué va a servir eso, y normalmente, aunque el resultado sea excelente desde el punto de vista teórico-contemplativo, digamos, no sirve para nada… ()
Bien, ahí, donde se apela a la ignorancia del científico-robot, me apeo yo del estupendo discurso del Profesor Doménech. Si pretende situar a los científicos fuera de la moral y hacernos creer que esas inocentes almitas no tienen ni idea de lo que el capitalismo -y la subsiguiente la potencia multiplicadora de la tecnología y la producción industrializada- puede hacer con sus descubrimientos, me retiro de su lado, definitivamente.
O educamos a los científicos o les quitamos las probetas. Y al ritmo que vamos, deberemos incendiar sus laboratorios. Pronto.
(…) en la estela de los juicios de Nuremberg. Invariablemente, la autodefensa de los nazis más inteligentes acusados de crímenes contra la humanidad fue cargar la culpa a la tecnología moderna, fruto de la Ilustración, presentando al nazismo como un producto de ella. Se puede ver por lo magnífico en las muy interesantes Memorias de Hjalmar Schacht, el ministro de finanzas de Hitler y antiguo presidente del Banco Central alemán durante la República de Weimar (puesto en el cargo por presión, entre otros agentes, de la gran banca anglo-norteamericana). Su autodefensa es ésta: Hitler es un producto de la ciencia-técnica y de la democracia plebeya moderna; yo hice lo que pude, como ministro suyo, para mitigar el desastre. La misma línea, con argumentos metafísicos más o menos superferolíticos, puedes verla en el segundo Heidegger, quien no fue procesado en Nuremberg, pero fue sometido, como todos los profesores nazis, a procedimientos de desnazificación, por tribunales aliados, a fin de recuperar la venia docendi en la Alemania de postguerra. El gran culpable de lo que pasó es la “técnica moderna”: ni política, ni economía, ni vida social, ni capitalismo, ni nada de eso; la “ciencia-técnica”, y nos quedamos tan anchos. Claro, para estas gentes, completamente ignorantes, cualesquiera que fueran sus otros méritos intelectuales –que en Heidegger son muchos, dicho sea de paso—, de la realidad de la ciencia empírica, natural o social, y de las matemáticas, para esas gentes, digo, “ciencia” y “técnica” es lo mismo. Investigación científica básica y uso industrial (“capitalista”) del conocimiento, son lo mismo. Si quieres: son lo mismo Einstein, el gran científico socialista y pacifista, y Siemens, el financiador de Hitler y creador y fabricante de los demoledores “cañones Bertha” (en honor de su hija Bertha Siemmens).
¿Y no lo son?
Cualquiera, no ya que esté mínimamente familiarizado, sino que se haya asomado al mundo de la ciencia realmente existente, sabe que una cosa es la ciencia básica y otra la tecnología. El grueso de la ciencia básica no tiene aplicación tecnológica o instrumental alguna, y por lo mismo, no es financiable a través del mercado o de la empresa capitalista. Por ejemplo, la teoría científica más famosa del siglo XX, la Teoría General de la Relatividad, no tiene ninguna aplicación tecnológica o industrial (las naves que se mandan al espacio, se manejan todavía con tecnología derivada de la mecánica clásica newtoniana de partículas). Lo que ocurre es que cuando puedes fundar una tecnología en algún hallazgo importante hecho en ciencia básica, entonces esa tecnología resulta muy potente y eficaz (y puede ser, claro, terriblemente dañina, precisamente por basarse en conocimiento verdadero y profundo). Pero eso es más bien infrecuente. Lo normal, cuando se hace investigación básica, es no tener la menor idea de para qué va a servir eso, y normalmente, aunque el resultado sea excelente desde el punto de vista teórico-contemplativo, digamos, no sirve para nada… ()
Bien, ahí, donde se apela a la ignorancia del científico-robot, me apeo yo del estupendo discurso del Profesor Doménech. Si pretende situar a los científicos fuera de la moral y hacernos creer que esas inocentes almitas no tienen ni idea de lo que el capitalismo -y la subsiguiente la potencia multiplicadora de la tecnología y la producción industrializada- puede hacer con sus descubrimientos, me retiro de su lado, definitivamente.
O educamos a los científicos o les quitamos las probetas. Y al ritmo que vamos, deberemos incendiar sus laboratorios. Pronto.
4 Comments:
No lo veo tan claro o es el dilema del huevo y la gallina: las camaras de gas precisaban de inventores del gas, pero los inventores trabajaban para aquél que quería el gas, y sin mentes dispuestas a usar el gas en las cámaras no hay genocidio.
Otro ejemplo, Truman da la orden de usar la bomba A, que había sido concebida por científicos... por encargo del departamento de defensa... que creo yo que lo hizo con vistas a usarla...
Bomba A, Bomba H, Napalm,...
Lo que el buen profesor olvida es que ciencia/tecnología y poder van de la mano (una es expresión del colectivo mandado por el otro) porque es el segundo el que se encarga de encarrilar a los primeros. Y así tenemos retrovirales pero no vacunas contra el SIDA. Y se siguen inviertiendo millonadas en retrovirales pero más bien poco en la vacuna.
A no ser patato que se me esté escapando algún vértice epistemiológico que mis escasas entendederas no abarcan.
Quizá esté siendo demasiado simplista, pero —siguiendo el ejemplo de la bomba A— yo creo que para un científico es tan fácil como no participar en el proyecto. Si se va a usar o no forma parte de otro debate. Quizá sería más indulgente –y no sé si te refieres a eso, alejo— si quien desarrolla esa tecnología no prevé todas sus consecuencias. Porque también es verdad que de un lado están los inventores y de otro los estados o empresas.
d.
Mi discrepancia es con el razonamiento de que Hitler es una consecuencia de la técnica. Vamos hombre, no me joda. ¿Por qué la Segunda Guerra mundial es una consecuencia de la técnica y no la Primera?
No digo que los científicos que produjeron la bomba A fueran unos santos. Pero claro, si te vienen con la historia de que tu país te necesita, está en guerra y necesitamos una bomba más gorda que la que tienen ellos pues tú dirás por donde sales.
Cierto, sales. Te desmarcas, las patrias son milongas y el patriotismo el recurso de los idiotas y dices, que la inventen otros.
Pero no invalida mi razonamiento: la ciencia/técnica (dualidad falaz entre la ciencia por la ciencia a lo Kantiano y la ciencia aplicada) es una manifestación de un sistema social imperante. Si los egipcios llegaron a maestros en la construcción de pirámides fue porque el orden social (las fuerzas vivas usando un término rancio) así lo demandaba.
¿Lo científicos culpables? Sin duda, su parte de culpa tienen. Claro que entre arrojarla sobre una ciudad y a las afueras pa' que vean lo gorda que la tenemos hay una diferencia que no la dirimieron los científicos. Cargarles el mochuelo de todos los males me parece de una simpleza no digna de un catedrático.
alejo, fundamentalmente coincido.
No creo que el sustrato del nacionalsocialismo fuera la potencia del poder cumplir determinados fines mediante la técnica. Fue una ilusión colectiva, alimentda con patrañas y descontento social. Con fábulillas de grandes patrias y derrotas inustas.
No se trata aquí de atribuir toda la culpa a los fábricantes de gas mostaza (con el que ya se ensayó en la WWI) pero sí distribuirla en su justa proporción. Que en un periodo bélico, con Hitler de mecenas -o con Washington- los científicos sabían qué manejaban, coñe.
Sólo digo, contra Domenech, que no se hagan los tontos. Y que los humanistas y los tecnófilos dejen de propugnar la neutralidad de la ciencia y la técnica. Hoy en día casi todos saben en qué trabajan. Y la despreocupación es una forma más de necedad.
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