Palabras que acaban en "-ad"
Normalmente se consideran desmayos, bajadas de tensión o como mucho lipotimias. Vahidos cuando son de menor intensidad. En mi caso no sé que son. Se habla en la calle de patatús, yuyu o jamacuco. En Venezuela, en cambio, “te da una vaina”. Aún peor. El caso es que a mí el consenso neoliberal me provoca unos síntomas parecidos. No llego a perder el sentido pero noto como un cosquilleo en la planta de los pies y pierdo el equilibrio. Gracias a mi juventud y agilidad (ríanse a gusto, vamos) nunca me caigo, pero con veinte años más, sé que la lectura de cualquier periódico dará con mis huesos en el suelo en una estrepitosa colisión, puedo predecirlo. Es jodido. En el futuro seré uno de esos viejos que entran en el autobús con una enorme tirita en la frente y la mirada perdida como de vergüenza, de reconocimiento. Tendré una de esas caras que grita ¡sí, me he caído! ¡¿qué pasa?!
Ahora mismo tengo problemas con determinadas palabras que esquematizan y plasman aquel consenso, vocablos que me causan mareos, dolores abdominales y punzadas en la úlcera estomacal. Curiosamente, todos acaban en “–ad”:
Libertad: libertad es (Benedetti dixit) “una palabra muy grande” que emplea gente muy pequeña. Gente tan pequeña que cuando dice esa palabra mira hacia otro lado y pone labios de ventrílocuo, para que los oyentes no se den cuenta de que ha dicho “libertad”. Cuando la prensa nacional, en sus editoriales, habla de “libertad, leo “tener dinero para ____” (rellenen la línea de puntos a su antojo). Y se me cuartea la piel de las manos de una forma extraña, como si estuviese afectada por una sequía. Y seguidamente me caigo hacia atrás como si un gigante hecho de aire me empujase con fuerza, como se desmayan los japoneses en los manga: y donde había personaje aparecen de repente sólo los zapatos. La onomatopeya es “plops”, y sí, yo hago plops.
Estabilidad: esta palabra hace que me sobrevengan unos accesos de tos horripilantes. Me asaltan de improvisto, y son bravucones, de los que fuerzan a un reposo. El caso es que cada vez que leo la palabra estabilidad, imagino una plataforma de cristal colgada del cielo que sostiene un nutrido grupo de banqueros con frac y sombreros de copa, fuman enormes puros, miran hacia abajo a través del cristal y comentan: “hostias, pues parece que la cosa está jodida ahí abajo, menos mal que tenemos LA ESTABILIDAD”. Y ya está, me pongo a toser, será por el humo de los habanos imaginarios. No sé. Los marxistas dicen que esta plataforma que yo imagino es una “superestructura”. Hay algunas palabras marxistas que causan una angustia acojonante ¿verdad?
Prosperidad: vaya una palabra, “prosperidad”, me enerva, significa algo así como “estar cada vez mejor”. Seguro que en la RAE se zumbaron para definirla. “Era una aldea próspera en donde los lugareños vivían felices dedicados a las más variadas tareas... ”. ¿Próspera aldea? Paparruchas. Esta evocación de un futuro mejor me parece una suerte de nostalgia a la inversa, un “confía en lo siguiente” porque el presente nunca satisface. Y nunca va a satisfacernos. Esta palabra me hace sentir como el niño que pide un dulce en la cola del supermercado. “Mañana, hijo, mañana”, contesta la mamá. Como es lógico, la impotencia que sobreviene crea una cadena de reacciones nerviosas que concluyen con un colapso neuronal, lo que provoca un grave decaimiento de mi estado de ánimo seguido de un –como apuntaba en la introducción- yuyu o jamacuco. Fuiit, y se me nubla la vista, oigan.
Gobernabilidad: de entre los anglicismos más irritantes, si duda, destaca este. Y todo para poder indicar eufemísticamente que donde la realidad es un puto caos, no hay “gobernabilidad”. En áfrica, dice el consultor del Banco Mundial, no hay gobernabilidad. Pero hombre de Dios... ¡¡¡Cómo va haber gobernabilidad si hay más armas que libros!!! ¡¡¡Como va a haber gobernabilidad si no hay agua!!! ¡¡¡Como va a haber gobernabilidad si está lleno de mercenarios belgas, holandeses, franceses y sudafricanos jodiendo la marrana!!! Total, que cuando leo “gobernabilidad”, imagino a un individuo a quien le han robado el motor, el chasis y las ruedas; entre risas, le han dejado agarrado al volante, y como humillación final, occidente le indica con una paternal amabilidad: lo que te hace falta es “gobernabilidad”, gira el volante a la derecha y ya verás. Y de nuevo, aquí me da una vaina, siento que me falta el aliento, se me queda la sangre en el cogote, y no puedo respirar. Anf, anf.
3 Comments:
Si me lo permites, me gustaría añadir una palabra acabada en -ad que también me causa dolencias múltiples: solidaridad.
Veisin.
Y os olvidáis de la que a mí más me duele últimamente: sostenibilidad —Argh, cofs! Me pitan los bronquios. Puiiiiiiiiiiii! Puiiiiiiiiiiii! Me ahog... Anf! Y eso que ni siquiera existe. El día que la recoja el DRAE me da un pasmo.
d.
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