la patata de la libertad

Blog de opinión crítica completamente anti-
Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

24.5.05

Lapatata vuela IX

El taxi recorre el escalestrix en que se ha convertido la salida de BCN.
La radio escupe las palabras de un obispo y pierde sintonía con los baches:
-Con la Fe... hermanos... redil... redención... esfuerzo... trabajo...
Trun trun, trun trun.
Las cintas reductoras de velocidad castigan los neumáticos.
Continúan las intermitencias:
-Sacrificando... día a día... fe... señor... Carod-Rovira... intolerable...
Trun trun, trun trun.
Y otro trun.
-Qué tío más pesao- Ratifica el taxista mientras cambia de emisora con toda la sabiduría acumulada por el pueblo durante los últimos milenios.
Sorteamos las obras de Destrucción-de-lo-Existente (que ya funcionaba) para la posterior construcción de una rambla que conectará Hospitalet con un enorme centro comercial. Todos, vecinos, políticos, transeúntes, ciudadanos y humanos en general convinieron que era... lo han adivinado: era NECESARIO.
Para comprar y todo eso.
¡Cónchale! Advierto que un ovni ha aterrizado sobre la terraza de un hotel.
El taxista me cuenta que los marcianos se posaron ahí por casualidad y que, fíjate que suerte, han encontrado trabajo. Serán camareros del restaurante del hotel, que se construirá dentro de su propio ovni. Es un ovni muy coqueto, en forma de platillo abombado. Con una autonomía de diez trillones de años luz. Un lujo. Apartarán unos cuantos paneles de conmutadores e indicadores luminosos y habrá sitio para veinte mesas por lo menos. Un negocio de la hostia. Los extraterrestres no han podido resistirse.
En el Centro Comercial del Prat no hay mucho movimiento. Es lógico: este fin de semana no ha habido ni “Fiesta Internacional del Coche” ni “Carreras Mortales en el Monte del Melón” ni siquiera un mísero “XXXIII Congreso Internacional de Jóvenes Cardiólogos Misioneros”. Nada de nada, un aburrimiento. Apenas un poquito de gente viviendo por aquí, otro poquito trabajando por allí, y unos cuantos delinquiendo un poquito más allá. Nada memorable. Sólo el pueblo con su vida común, que se resiste a desaparecer.
El avión sale a la hora. El cielo está despejado, un par de nubes hacen tambalear a este bicharraco de transporte de Fauna Ejecutiva.
Dentro, todos duermen. Hay pocas cosas que hacer dentro de un tubo metálico que viaja a 850 km/h y a once mil metros de altura.
Hoy nadie tiene en sus manos un libro de Ken Follet y con la tranquilidad que eso me produce, me concentro en mi libro. Manifiesto contra el Trabajo, del Grupo Krisis.
Pasan más nubes, nimbos etéreos, sin cuerpo. Los rayos del sol machacan Lleida.
Leo lo siguiente:
Pero por encima del deber interiorizado del consumo de mercancías como fin en sí mismo, la sombra del trabajo se proyecta sobre el individuo moderno también fuera de la fábrica y de la oficina. Tan sólo por levantarse de la poltrona de la TV y volverse activo, cualquier acción que realiza se transforma en algo parecido al trabajo. El “jogger” sustituyó el reloj convencional por el cronómetro. En los resplandecientes “fitness-studios” el Movimiento Incesante experimenta su renacimiento posmoderno, y los conductores hacen en los días festivos tantos y tantos kilómetros como si fuesen a alcanzar el promedio anual de un camionero. E incluso el copular se orienta por las normas DIN/* de la investigación sexual y por los estándares competitivos de las fanfarronadas de los talk shows.
Tócate los huevos. Y no contentos, siguen más adelante proclamando:
Hasta el mismo soñar se convierte en “trabajo de sueño”, el conflicto de la persona amada se convierte en “trabajo de relación” y el trato con los niños es desrealizado e indiferenciado como “trabajo de educación”. Siempre que el hombre moderno insiste en hacer algo con” seriedad”, tiene en la punta de la lengua la palabra “trabajo”.
El tipo que viaja a mi lado se encuentra inmerso en la preparación de una presentación en la que se divide una nave industrial en compartimentos que se agrandan, y de estos compartimentos surgen entonces pasteles de colores de los que a su vez surgen personas en sombreado negro. Y de pronto, con efecto typewriter, comienzan a escribirse como por arte de magia las funciones junto a la silueta de cada sombra/trabajador/persona, surgida de su correspondiente quesito.
Estoy por recitarle -con la mirada ida y las cejas alzadas- unos fragmentos del Grupo Krisis. Se cagaría encima. O me enviaría al guano. En cualquiera de los dos casos mierda, así que decido no arriesgar.
La presentación, que sigue su propio curso, se vuelve entonces un mar de cifras, porcentajes y siluetas de cordilleras que cruzan la pantalla sobre dos ejes, uno X y otro Y. Ajá, estaba preguntándome cuando llegarían los números. Ya están aquí. Los malditos números.
Al fin, las auténticas cordilleras asoman por la ventana y veo como los buitres descienden dando vueltas en círculo.
Los humanos, más previsibles aún, descendemos en línea recta y nos posamos torpemente sobre el asfalto de Sondika.
Egunon, bla, bla, bla, y no olviden sus equipajes personales.
Hemos llegado. No se sabe para qué pero hemos llegado.