la patata de la libertad

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Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

14.3.07

Interesantísimo...

... artículo de Jaume Asens en La Haine.

Se titula La política de “tolerancia cero” en la ciudad de Barcelona y comienza así:

"Esto de matar moscas a cañonazos es típico de los gobiernos de derechas" (Pascual Maragall, El País, 12/02/02)

En la actualidad los poderes públicos elevan la “seguridad” al rango de prioridad absoluta a partir de una concepción vinculada más a la esfera de la criminalidad que a la libertad o justicia social. Lo cierto es que no se satisfacen de igual manera todas las inseguridades urbanas, unas están mas sobreprotegidas que otras, y muchos golpes en perjuicio de ellos, porque los seguratas de determinados grupos socioeconómicos se universalizan y se presentan, sobretodo por algunos media, como la “seguridad” de todos los ciudadanos. En el terreno local los problemas de seguridad se asocian a los de civismo, que de esta forma obtiene una centralidad política totalmente inédita. Por esto, aparecen nuevas políticas de emergencia que, como en la ordenanza de Barcelona, utilizan discursos bienpensantes como el del civismo para “limpiar” las calles de la población considerada desviada o indeseable. Las soluciones son primordialmente punitivas: intensificar la actividad policíaca, prohibir actividades con fines ahora toleradas, endurecer infracciones previstas e introducir la posibilidad de detención en caso de incumplimiento de las mismas. Un nuevo escenario urbano de “ley y orden” que se basa en la idea que el castigo contundente es el medio idóneo para resolver la conflictividad urbana.

Esta es la política que ya hace más de dos décadas se puso en funcionamiento en los EE.UU. La “Tolerancia Cero” aplicada por Giuliani en Nueva York era concebida como una “guerra” –“war on crime”- contra las marginaciones surgidas en el contexto de la crisis del Estado Social de la postguerra. Esto va a significar una mayor sobreinversión punitiva para compensar la inseguridad urbana que se desprendía de la desregulación económica y la desinversión social de las políticas neoliberales en linde. Este proceso ha estado descrito como el paso del Welfare-State al Warfare-State. Las víctimas –las mismas que ahora en la ordenanza- eran los integrantes de la población consideradas menos útiles y potencialmente más peligrosos: los sin trabajo, sin techo, sin papeles, mendigos y otros marginados. Las consecuencias son conocidas: la población carcelaria va a pasar de 300.000 en los años setenta a más de 2 millones en la actualidad, en lo que Nils Christie ha descrito como el “mayor gulag contemporáneo”. Aun así, esta “teoría criminológica” de los EE.UU. se fue consolidando por todas partes como “pensamiento único de seguridad ciudadana”. En los años noventa se extendió a las ciudades del Reino Unido (así por ejemplo con la ley sobre el crimen y desorden aprobada por el Gobierno de Blair el 1998) y finalmente recaló a los de Europa Occidental, donde después del 11-S del 2001 recibirá un fuerte impulso, en un contexto de creciente desmantelamiento del Estado del Bienestar. Así como al Estado ya no se le puede demandar seguridad social, en su defecto, se le pide seguridad penal. En las ciudades francesas, después del 11-S, se instauró la “tolerancia cero” de la mano del superministro Sarkozy. Por ejemplo, se persigue el ejercicio de la prostitución, a los ocupas o la mendicidad, mientras se crea un “estado de excepción encubierto” contra la juventud de los extra radios urbanos, con el anuncio de prohibición de salidas nocturnas para los menores de 17 años. Desde entonces la gestión punitiva de la pobreza transforma la cuestión social en cuestión de seguridad, dónde por ejemplo los educadores de calle fueron paulatinamente subtituidos por policías o sistemas de videovigilancia. Los resultados tampoco eran difíciles de prever. En 2003, las prisiones francesas se han llenado con más de 60.000 presos. Y de esta forma, la prisión acontece lo que Loïc Wacquant denomina “gran aspirador de la escoria social”: todos los componentes heterogéneos de la racaille o escoria “sarkoziana”, individuos “residuales” o “excedentes” de los procesos de modernización urbana de nuestras ciudades.

Y sigue…