la patata de la libertad

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23.4.07

Taxonomía paterno-infantil

Me encuentro abocado a una misma escena cotidiana una y otra vez: mi hija en un parque, rodeada de otros cachorros humanos igualmente hiperventilados. Junto a mí, padres y madres que pretenden mostrarse modernos, ellas con mechas, ropa premamá –es lo que se lleva hoy haya o no embarazo, no me pregunten porqué- y ellos siempre con pantalones tejanos decolorados y camisetas estampadas de manga larga que, para los años y las lorzas que la edad acumula bajo los riñones, lucen demasiado ajustadas. “Por el amor de dios”… susurro siempre que les veo. En el pasado conciliábulo tabernario juevesino, convine con mi hermano, abocado también a la misma escena cotidiana a tan sólo dos barrios de distancia, que parece cumplirse una norma taxonómica derivada de la estética de los padres y madres que acuden al parque: cuanto mayor el aspecto de (grupo 1) humano riguroso con su indumentaria a la última, ropa perfectamente planchada, porte arreglado, planta aseada, cabello cuidado y afeitado raso, más dejadez con la educación de los cachorros y mayor la hijoputez a la hora de compartir toboganes y columpios. Y al revés: cuanto mayor el aspecto de (grupo 2) loser, de jevilongo pureta o viejo punk, de barrigón cachondo o de hobo con gabardina –y casi casi hatillo-, mayor la dedicación y la educación para con los semejantes a la hora de ceder instrumentos municipales de agotamiento infantil. Sé que no es propio de alguien que se jacta de conciencia crítica determinar la conducta a partir del aspecto –la próxima vez juro que sacaré mi cuaderno de campo, nombraré a los ejemplares objeto de comparación y estableceré rutinas de comprobación-, pero… ¿Qué quieren que le haga si mi experiencia es tan jodida que justifica esta generalización extravagante y anticientífica?
Pondré un ejemplo representativo, uno de tantos que guardo en la memoria:
Acto 1: Oriol se echa tierra encima intentando llenar un cubo de plástico. El padre –rasgos descritos arriba en el grupo 1- le reprende:
-Oriol, ves amb “cuidadu” que t’embrutes, collons.
Visiblemente irritado, el padre al fin se acerca y le arrebata el cubo.
Acto 2: Oriol, medio minuto después, continúa enfrascado en la misma actividad, sólo que esta vez echa tierra sobre la coleta de mi hija ante la resignación de su atento narrador –yo, fenotipo descrito en el grupo 2-.
(silencio, mirada perdida del padre de Oriol…; más arena sobre la palmerita de Júlia y más silencio… el padre pone cara de reflexionar sobre las condiciones ontológicas de las subjetividades predeterminadas en los sistemas sociales según Deleuze… eso o recrea mentalmente el gol de Arriazábal en el partido del miércoles pasado).
Este episodio, aunque no puede dejar de considerarse como un “caso aislado” –junto a otros millones de casos aislados perfectamente idénticos- demuestra varias cosas: en primer lugar, que parece haber una cierta propensión a denominar a los pequeños más cabrones bajo los catalanísimos apelativos de Guillem, Ferran y Oriol. No me pregunten porqué. No tengo ni idea. Antes se les denominaba casi siempre Carlos o Francisco. En segundo lugar, pone de relevancia que, cuando ustedes, en su cotidianeidad, se encuentren ante cualquier cabronazo de enjundia, uno de esos que protagoniza un atropello y sale a observar si el parachoques de su automóvil se ha abollado antes de mirar el charco de sangre y las piernas que asoman bajo la carrocería, se hallan ante un ejemplar de gilipollas muy perfeccionado que ha requerido una larga y cuidadosa crianza. Un gilipollas Gran Reserva. Falta que vengan homologados y con denominación de origen. No se hacen ciudadanos así en dos días. Por lo menos, no todavía. Hasta que se cumplan las más sombrías predicciones huxleyanas, debe mediar un largo proceso de educación torcida. Muchos años de arduo individualismo cerril y sobreprotección paternal.