la patata de la libertad

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26.2.08

Mandrilismo Laboral

Hay un montón de individuos sin ningún bagaje intelectual. Si volasen nos taparían el sol. Esto es una constatación, no un reproche. Hasta cierto punto, es comprensible que una buena parte de la población se limite a sobrevivir con la vulgar y extraña recopilación de datos que han adquirido por el camino, sin ningún plan concreto. La vida bajo el Trabajo y el Ocio planificado exige muy poquita sabiduría y deja muy poco tiempo libre para adquirirla.

La mezcla resultante incluye un poquito de conocimiento empírico (lo que les ha sucedido, sin que medie proceso de abstracción alguno, es decir: un caso entre 6.000 millones), otro poco de lo que la gente le ha contado (un nuevo caso entre 6.000.000.000 casos), la miscelánea habitual de saber desestructurado que se aprende en los concursos de la televisión y los monitores del metro, otro poco de cine espectacular, y, finalmente, la lectura de periódicos gratuitos y la escucha de los programas radiofónicos matutinos. Esa es la forma en que se cuece el cerebro de la mayoría.

El caso es que toda esta escasa preparación choca con las pretensiones del de la tecnocracia pública y empresarial que nos gobierna. Gracias la ineptitud planificadora de una especie que se cree tecnocráticamente perfecta, existe una enorme brecha entre el modelo deseado y nuestra actualidad.

Me explico: a ellos les encantaría que no supiésemos de nada y que, a la vez, nos desempeñásemos con buena oratoria y mejor escritura para lo que arriba pudiesen necesitar. Que no sepamos es condición necesaria para ser gobernados. Que sepamos mucho, condición necesaria para la productividad. Como se ve, ambas condiciones son contrarias. El conocimiento perfecto sería, según pretenden ministerios y círculos empresariales, un conocimiento de mil sobre uno antes que uno de diez sobre cien. Expertos en microfragmentación de fotones y luminiscencia aplicada. Expertos en microbiología bacteriana. Expertos en el lenguaje de programación Q. Ignorantes en todo lo demás.

Escuché un buen dictamen de un sabio africano, guardián de la biblioteca de Tombuctú: “ustedes los occidentales saben mucho de muy pocas cosas”.

Pero este dictamen no es en absoluto pesimista. Que el régimen maligno del Progreso esté contaminado resulta esperanzador. El plan de modernización que se nos impone carga una contradicción insalvable: su modelo de habilidad es imposible, pues requiere un vehículo de sabiduría para una chispita de conocimiento. Esto hace que todo ejercicio queda fatalmente mermado, cuando no desautorizado, por su inconsistencia expresiva y su falta de sentido.

¿Cómo va a exponer un modelo de datos un tipo que a duras penas conoce su idioma? ¿Con qué garantías va a definir alguien un sistema de información –o un plan de acción- si tiene todas las etiquetas equivocadas (cuando no las ignora directamente)? Así, como mucho, se consigue un presente tecnificado, una actualidad igualmente imbécil sólo que interpretada digitalmente.

Por fortuna, una cosa excluye a la otra, y el precio de la lobotomización social es necesariamente la lobotomización laboral. No hay forma de evitar el catetismo cerril –incluso con acento cosmopolita- al que estamos habituados cuando se expone el objeto de negocio de la compañía o de la subdirección general del ministerio de marras. Lo laboral es una subcategoría de lo social. Así que, por suerte, y como parte de un blowback no deseado -disculpen la redundancia-, el progreso no va a llegar tan pronto como esperamos.

Pero ¡un momento! ¡¿el progreso no era esto?!

El mundo del Trabajo, tanto en su versión pública como privada, contiene todos los elementos necesarios para consolidar la estrechez de miras y la incomprensión: obediencia debida, mediación, inmediatez, separación… Los mismos principios de acción que posibilitaron el holocausto. Y la universidad que se ha preparado a su imagen y semejanza, como mera suministradora de fuerza de trabajo, no resuelve este problema. Al contrario, padece una reforma continua en sentido contrario, instrumentalizando cada vez más el conocimiento. La universidad actual no contextualiza, no forma integralmente. Ofrece ráfagas de saberes y, sobretodo, saber superespecializado.

Como les decía antes de interrumpir mi propio arrebato: ¿Cómo van a expresarse bien los ejecutivos, los burócratas y todo su séquito de ambiciosos sirvientes, cómo, pero cómo van a comprender bien lo que están haciendo cuando viven bajo el influjo de Gabilondo, la promoción de la democracia representativa, la infracháchara empresarial, los Serrano y Ken Follett?

Sirva como ejemplo lo que escuché de un funcionario hace unos días:

-Siejque, no te empeñes, nuestras posiciones son absolutamente recíprocas, así que no vamos a ponernos de acuerdo.

Y hace otro poco, un directivo empachado de sí mismo y oculto tras una inmensa corbata intentó darnos una lección de comportamiento exhortándonos a hacer, y cito literalmente, “menos gesticulaciones anómalas para evitar así un ambiente de tensión hormonal que pudiese resultar demasiado tenso de cara al cliente”.

Después de decir esto, comenzó a sangrar por la nariz y se desmayó -esta parte ya es inventada-.
Supongo que se refería a que no hiciésemos como los mandriles, que se la cascan a la primera de cambio, cuando les viene en gana. O que no les hiciésemos un calvo a los funcionarios que debíamos visitar… (¡ganas no nos faltan, oyes!).

2 Comments:

Blogger David said...

Si sólo fueran los funcionarios y los ejecutivos... Quizá la palabra esté siendo desbancada por la imagen como instrumento de comunicación, pero quiero pensar que internet cambiará eso. En cuanto al deterioro del lenguaje, siempre me ha llamado la atención lo bien que hablan castellano los latinoamericanos en comparación con los españoles. Debe de ser que España les adelanta en progreso. Saludos.

10:43 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Por suerte, aquellos de nosotros que ya no podemos reciclarnos en super especialistas tecnológicos y poliglotas desvergonzados siempre podemos buscar un hueco en la política que, hoy por hoy, se ha convertido en el ágora al que acude lo mejor de cada casa.

2:43 p. m.  

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