Criminología básica
Hay una media de veinticuatro homicidios al año en Barcelona y su área metropolitana, compuesta por un montón de edificios feos, miles de vías embetunadas con alquitrán sonoreductor, unos pocos árboles raquíticos y casi tres millones y medio de personas. Esto quiere decir que, como especie, nos matamos entre nosotros cada quince días o, dicho de un modo más periodístico, que sólo una persona de entre 145.000 muere al año de esta violenta forma. No se confundan: no son sólo asesinatos, también hay por ahí homicidios involuntarios, preterintencionales, culposos y quien sabe cuantas categorías más. Casi he conseguido olvidarlas.
Sin embargo, en estos días intentarán convencerles a ustedes que hace falta más vigilancia y, ya de paso, más policía y más cárceles. Y todo a causa de un extraño suceso en que dos desgraciados –al tanto: con más años de prisión que de libertad- machetearon a unos joyeros en Castelldefels. Este caso ha sido aprovechado de inmediato por los Higienistas Urbanos (lamento la regresión pero es el nombre que cuadra: hablan igual que esta corriente del s. XIX) para promover las inútiles políticas represivas de siempre. Curioso modo de pensar, teniendo en cuenta que gran parte de las muertes violentas suceden en domicilios en los que no patrulla ninguna fuerza del orden más que las Feroces Hordas del Patriarcado, que son las que suelen causar dichos homicidios. Del mismo modo y para completar la semblanza, sería mucha casualidad que un policía evitase un asesinato en un lugar público, pues cuando hay “pasma”, como todos sabemos, el pueblo aguarda a que esta se esfume para cometer cualquier ilegalidad que pueda tener en mente. Otrosí: que no se copia cuando el profe mira. Principios básicos de comportamiento en sociedad.
Al margen de estos habituales rudimentos de antropología, expresamente olvidados por nuestras autoridades y su tropa de criminólogos propagandistas, lo cierto es que la única criminalidad que crece en Barcelona es la referente a delitos de subsistencia (pequeños hurtos y venta ilegal) y la relacionada con aquellos en que el estado se establece -en contra de cualquier sentido común- como hipócrita guardián de la moral colectiva (tráfico de drogas y prostitución), que podríamos denominar como delitos coyunturales, pues ayer no eran delito, hoy lo son y mañana quién sabe, dependerá de la moral de cada época y del peso de los atavismos en la ideología mayoritaria. Contra estas actividades marginales, y tienen toda la historia de las grandes urbes para comprobarlo, nada pueden hacer prohibiciones, policía y centros penitenciarios. Son consecuencia de las sagradas instituciones del Trabajo, La Propiedad y La Pareja. O si lo quieren de otro modo menos críptico: hijas del aburrimiento, la miseria y la exclusión social. De nuestra propia forma de organización.
Lo que no puede estar más claro es que más policías provocarán más detenciones -so pena de quedarse sin su Puesto de Trabajo de Policía- y que más cárceles provocarán más presos -el hacinamiento, aunque real, se argumenta sólo como excusa, pues lo mismo se remedia mediante excarcelación-.
El caso es que, por mucha retórica buenrrollista que se nos interponga, uno no se compra una pecera para tenerla vacía. Y nuestros Consellers no han proyectado cinco cárceles cinco por si hay que enchironar a alguien.
Sin embargo, en estos días intentarán convencerles a ustedes que hace falta más vigilancia y, ya de paso, más policía y más cárceles. Y todo a causa de un extraño suceso en que dos desgraciados –al tanto: con más años de prisión que de libertad- machetearon a unos joyeros en Castelldefels. Este caso ha sido aprovechado de inmediato por los Higienistas Urbanos (lamento la regresión pero es el nombre que cuadra: hablan igual que esta corriente del s. XIX) para promover las inútiles políticas represivas de siempre. Curioso modo de pensar, teniendo en cuenta que gran parte de las muertes violentas suceden en domicilios en los que no patrulla ninguna fuerza del orden más que las Feroces Hordas del Patriarcado, que son las que suelen causar dichos homicidios. Del mismo modo y para completar la semblanza, sería mucha casualidad que un policía evitase un asesinato en un lugar público, pues cuando hay “pasma”, como todos sabemos, el pueblo aguarda a que esta se esfume para cometer cualquier ilegalidad que pueda tener en mente. Otrosí: que no se copia cuando el profe mira. Principios básicos de comportamiento en sociedad.
Al margen de estos habituales rudimentos de antropología, expresamente olvidados por nuestras autoridades y su tropa de criminólogos propagandistas, lo cierto es que la única criminalidad que crece en Barcelona es la referente a delitos de subsistencia (pequeños hurtos y venta ilegal) y la relacionada con aquellos en que el estado se establece -en contra de cualquier sentido común- como hipócrita guardián de la moral colectiva (tráfico de drogas y prostitución), que podríamos denominar como delitos coyunturales, pues ayer no eran delito, hoy lo son y mañana quién sabe, dependerá de la moral de cada época y del peso de los atavismos en la ideología mayoritaria. Contra estas actividades marginales, y tienen toda la historia de las grandes urbes para comprobarlo, nada pueden hacer prohibiciones, policía y centros penitenciarios. Son consecuencia de las sagradas instituciones del Trabajo, La Propiedad y La Pareja. O si lo quieren de otro modo menos críptico: hijas del aburrimiento, la miseria y la exclusión social. De nuestra propia forma de organización.
Lo que no puede estar más claro es que más policías provocarán más detenciones -so pena de quedarse sin su Puesto de Trabajo de Policía- y que más cárceles provocarán más presos -el hacinamiento, aunque real, se argumenta sólo como excusa, pues lo mismo se remedia mediante excarcelación-.
El caso es que, por mucha retórica buenrrollista que se nos interponga, uno no se compra una pecera para tenerla vacía. Y nuestros Consellers no han proyectado cinco cárceles cinco por si hay que enchironar a alguien.
5 Comments:
A continuación, para completar, un brillante artículo en el suplemento Culturas de La Vanguardia de Hoy.
Prisión en crisis
La demanda de seguridad va pareja con la despreocupación por el destino de los encarcelados. Se construye así una utopía carcelaria donde una parte de la población se vuelve invisible, sin reinserción posible. 'Es esta actitud sostenible?
A mayor seguridad, más presos, mayor dureza penitenciaria y más dificultades para la reinserción
XAVIER MONTANYÀ - 30/11/2005
La seguridad es un valor en alza a nivel mundial. En las campañas electorales y en los debates de los medios de comunicación, políticos y periodistas abordan el problema con pasión y gesto responsable. Las promesas de mayor seguridad son muy rentables: hacen ganar votos, refuerzan el poder y la estabilidad bursátil, tranquilizan al sector de la hostelería y el turismo, y, aparentemente, dan mayor consistencia internacional a los estados. La seguridad, sus efectos y sus fantasmas, es uno de los grandes temas de actuación y reflexión política y cultural del siglo XXI. A medida que aumentan las garantías de seguridad, aumenta la obsesión por ella y el discurso que la refuerza, pero sólo se aborda una cara de la moneda. Paralelamente, y en consecuencia, aumenta el silencio y el temor a abordar en debate público el problema de las cárceles: el respeto a los derechos humanos de los presos, la eficacia del castigo, las posibilidades de reinserción, la drogadicción y el tráfico de drogas en los centros, las enfermedades mentales de los reclusos, sus esperanzas de vida y de retornar, algun día, a convivir nuevamente en sociedad. ¿Se trata de un silencio cínico, interesado, o es la expresión de la impotencia más absoluta, de la inexistencia de soluciones o de vías alternativas para modernizar o actualizar nuestros sistemas de castigo? ¿Es una muestra más de la solidaridad social de aquellos ciudadanos que exigen soluciones para su bienestar y luego se oponen indignados a que se construya una prisión o una narcosala en su barrio?
Son pocas las voces que, de vez en cuando, se alzan para reclamar un debate profundo político, social y cultural sobre el problema de los presos y el alarmante aumento de la población penitenciaria a escala mundial. A simple vista, la progresión parece ser: a mayor seguridad, más presos, mayor endurecimiento de los códigos penitenciarios, mayor dificultad de reinserción y de cumplimiento de la pena en condiciones humanas, mayor silencio sobre las deficiencias del sistema penitenciario, y una única solución: la construcción de más cárceles que, quizá, cuando se inauguren, serán de nuevo insuficientes si tenemos en cuenta el índice de aumento de la población reclusa.
España es el tercer país de la Unión Europea en número de presos por habitante. La población reclusa casi se ha doblado en los últimos quince años. El hacinamiento en las cárceles es muy grave y provoca situaciones de convivencia inhumana y explosiva. Al aumento contribuyó en gran medida el endurecimiento del código penal y de los reglamentos penitenciarios que, en pro de la seguridad y de la lucha antiterrorista, llevó a cabo el gobierno de José M ª Aznar. Se amplió a cuarenta años el tiempo máximo de pena -durante la dictadura franquista era de 20 años- y se restringió al máximo el acceso al régimen de tercer grado -semilibertad- y a la libertad condicional. Muchos presos están condenados de por vida a ser carne de prisión, sin otra esperanza de futuro. Nadie parece percibir ni preocuparse por el calado y las consecuencias futuras de esta situación, quizá para no desentonar con la tónica neoconservadora del gobierno de los EE.UU., donde hay prisiones privadas que más que de alta seguridad son de alto rendimiento económico para los empresarios que las gestionan; o el centro de Guantánamo, de muy dudosa legalidad; o la existencia de cárceles secretas de la CIA en países del este de Europa.
Parece como si sólo hubiera un camino a seguir y que nadie estuviera dispuesto a calcular las consecuencias sociales que de él se derivarán, o ni siquiera a analizar lo grave que es hoy ya la situación de nuestras cárceles. Además, si en el futuro el gobierno negocia con ETA la mejora de la situación de sus presos, que, como es de esperar, será uno de los primeros temas a tratar, el resto de la población penitenciaria puede sentirse discriminada, abandonada, situación que ya se produjo a finales de los setenta, tras la amnistía para los presos políticos, y que provocó motines y un salvaje endurecimiento de la represión. Cada día que pasa se hace más necesario un debate en profundidad sobre la crisis del sistema penitenciario.
Una corrección y un apunte:
Los higienistas urbanos eran de finales del XIX, osésase y sin ánimo de faltar, decimonónicos.
El caso de las cárceles no afecta únicamente a nuestra clase política que, esta vez sí, responden a los pánicos morales de la sociedad. Hablando en general, nadie está de acuerdo hoy en día con la reinserción —que supuestamente es el fin último de la encarcelación.
d.
Chargracias. Cambiaré el texto principal. En fin, cosas del directo.
Si no recuerdo mal, los paises con mayores desigualdades en el reparto de la riqueza en la UE-15, a saber: Gran Bretaña, Portugal y España, son también los tres con mayor población reclusa relativa. Ojo con las implicaciones sociales del dato.
Será pura coincidencia... o que la gente en esto páíses es más propensa al crimen. Habrá que medir cráneos en plan Lombroso a ver si hay algún patrón...
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