Una de miedo
Un tipo enorme secuestra al dependiente que se encuentra atendiéndome. Me siento empequeñecer. De pronto mido poco más de un metro veinte. Aprovecho mi nueva y exigua estatura y permanezco tras el maleducado armario, que al parecer tiene mucha más prisa que yo –y en eso no se equivoca-.
Gigantón pregunta como un auténtico poli, con una determinación brutal:
-¿Y la diferencia entre este radiador y este? ¿Ein?
-Pues que este es de setenta watios y este de cien.
-¿Y qué diferencia hay aparte del precio? ¿Ein?
-Pues que el de cien calienta bastante más.
-¿Y es más caro? ¿Ein?
-Pues sí, claro…
-Bien. Un momento. ¿A ti qué te parece, Marta? ¡¡¡Marta!!! ¡Marta, coño! ¿Qué te parece este radiador?- El gañán señala el de setenta watios: quiere ahorrarse un dinerillo porque la que tiene frío, podemos suponer, es Marta.
Y llega Marta en plan porqueyolovalgo desde el fondo del establecimiento, en donde se encontraba fuera de control abriendo y cerrando lavadoras y frigoríficos como si buscase adentro el Gran Tesoro de los Mayas.
Mira el calefactor con desprecio y encara con una cierta impertinencia al dependiente:
-¿Y es bueno, eh? ¿¡eh!? ¡Ya será bueno! ¡Con ese precio! ¡¡Ochenta euros!!
El dependiente, visiblemente mosqueado, mira a Arnau, hijo del inmenso gañán y de Marta “porqueyolovalgo”, recién encaramado a una pequeña nevera para vinos que golpea con una serpiente de plástico.
Arnau se gira hacia mí, me muestra la serpiente y hago como que me acojono. Se ríe.
-Ay, Arnau, pórtate bien.-Le dice su madre como una pura formalidad, sin ni siquiera mirarle.
-Pues nos llevamos este- proclama a la vez papá gañán, con un cierto Orgullo de Consumidor. Concluye el ritual. Ha preguntado y lo ha valorado bien: quiere ese, está seguro. Ha decidido.
Acto seguido, el dependiente hace pasar a la familia por delante de mí y me ruega con la vista que tolere el robo del turno. Bajo la cabeza: tengo las mismas ganas que él de perder de vista a esa amenazadora y descontrolada familia de ciudadanos perfectamente normales.
Pagan y salen escopeteados. Arnau montado sobre el radiador como un pequeño jinete rebelde, Marta da zancadas de grulla con unos tacones que no sabe manejar y papá armario camina apresurado con aspecto de ir a propinarle a alguien una soberana paliza, aunque probablemente sólo tenga prisa por ver el fúrgol.
Familias normales. La verdadera cara del terror.
Gigantón pregunta como un auténtico poli, con una determinación brutal:
-¿Y la diferencia entre este radiador y este? ¿Ein?
-Pues que este es de setenta watios y este de cien.
-¿Y qué diferencia hay aparte del precio? ¿Ein?
-Pues que el de cien calienta bastante más.
-¿Y es más caro? ¿Ein?
-Pues sí, claro…
-Bien. Un momento. ¿A ti qué te parece, Marta? ¡¡¡Marta!!! ¡Marta, coño! ¿Qué te parece este radiador?- El gañán señala el de setenta watios: quiere ahorrarse un dinerillo porque la que tiene frío, podemos suponer, es Marta.
Y llega Marta en plan porqueyolovalgo desde el fondo del establecimiento, en donde se encontraba fuera de control abriendo y cerrando lavadoras y frigoríficos como si buscase adentro el Gran Tesoro de los Mayas.
Mira el calefactor con desprecio y encara con una cierta impertinencia al dependiente:
-¿Y es bueno, eh? ¿¡eh!? ¡Ya será bueno! ¡Con ese precio! ¡¡Ochenta euros!!
El dependiente, visiblemente mosqueado, mira a Arnau, hijo del inmenso gañán y de Marta “porqueyolovalgo”, recién encaramado a una pequeña nevera para vinos que golpea con una serpiente de plástico.
Arnau se gira hacia mí, me muestra la serpiente y hago como que me acojono. Se ríe.
-Ay, Arnau, pórtate bien.-Le dice su madre como una pura formalidad, sin ni siquiera mirarle.
-Pues nos llevamos este- proclama a la vez papá gañán, con un cierto Orgullo de Consumidor. Concluye el ritual. Ha preguntado y lo ha valorado bien: quiere ese, está seguro. Ha decidido.
Acto seguido, el dependiente hace pasar a la familia por delante de mí y me ruega con la vista que tolere el robo del turno. Bajo la cabeza: tengo las mismas ganas que él de perder de vista a esa amenazadora y descontrolada familia de ciudadanos perfectamente normales.
Pagan y salen escopeteados. Arnau montado sobre el radiador como un pequeño jinete rebelde, Marta da zancadas de grulla con unos tacones que no sabe manejar y papá armario camina apresurado con aspecto de ir a propinarle a alguien una soberana paliza, aunque probablemente sólo tenga prisa por ver el fúrgol.
Familias normales. La verdadera cara del terror.
2 Comments:
¡Que horror! Acabas de describir a unas 20 familias que conozco... tal cual...
Lo normal... eso si da miedo.
Existe una pelicula coreana "Memorias de un asesino en serie" (ya en su videoclub) que habla precisamente d eso.. gente normal. Como el horror esta en la "normalidad". Buscamos lo anormal como el mal, cuando el/la vecina del tercero izquierda "pareciatanbuenapersona"...podria ser peor que siete Mansons juntos....
Lo siento por el dependiente, seguramente tenga mas pesadillas ahora, q despues de ver a la "Emilie Rose" esa...
a mí lo que me da más pena es ver al pequeño Arnau, tan trotón, tan salvaje, con tanto potencial, condenado a ser un mostrenco como sus papás por pura imitación...
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