Contra la Economía
Terrible y largo tostón que intenta aclarar el porqué de mi odio hacia La Economía como hoy la conocemos -o la "Economía Realmente Existente", que diría el viejo Noam-.
Mi hermano suele ridiculizar a los economistas con una hipótesis a modo de cláusula de cierre: “…dada una vaca de radio R”. Sabe de lo que habla. Él mismo trató de serlo –economista, no vaca- y salió espantado de la universidad. Lo que allí se hablaba le era “extraño”. Entraba, agárrense, en la categoría lingüística de lo-que-ni-se-sabe.
Siempre me ha causado una terrible desazón –casi rabia- que una minúscula ciencia social se haya convertido en dueña de la toda realidad. Y más aún este saber totalizador, desalmado, contable, inhumano, prescrito y dispuesto para toda contingencia.
Me explico: resulta “posible” medir determinadas realidades según parámetros económicos pero, -aparte de la cosificación que se produce (fenómeno psicológico nada desdeñable que aquí no me detendré a analizar)-, hoy en día la economía se ha salido de órbita y no se contenta con sólo eso. Erigida en diagnóstico ensimismado y método político totalizador, resume y proyecta comportamientos humanos haciéndolos estancos y unidimensionales, y al estar éstos determinados por la fe-en-la-economía, por las falsificaciones ideológicas de las “libertades económicas”, por el deseo de acumulación que ella misma estimula y por la propaganda que escupen monitores y páginas en todo espacio plano sobre el que puede posarse una mirada, La Economía resulta prácticamente inútil para todo propósito, pues no hace más que asegurar el futuro que predice y autojustificarse. Sí, ahí radica la clave de esta crítica: se ha convertido en una ciencia autojustificativa. Se salvan sólo -y no estoy muy seguro- las tesis que constituyen “predicciones a posteriori”: camuflaje de análisis sociológicos y antropológicos con terminología económica: ha pasado esto; ha sucedido lo otro.
No desprecio la economía como medida de su propia parcela, de la contabilización de producción, almacén e intercambio de cosas entre hombres, pero sí desprecio la abominable apropiación que esta ciencia ha realizado de todas las demás, subordinándolas y poniéndolas a su servicio. Hubo un tiempo en que la economía deseaba únicamente tomarle el pulso al comercio, contabilizar entradas y salidas en un negocio. Era, hasta cierto punto, como afirman los primitivistas, la semilla del error actual. Pero era una semilla pequeña y contaminaba un solo ámbito de nuestra existencia. Más que nada, deseaba planificar en corto para poder reproducir un negocio que proporcionaba un bienestar medible e inmediato. Pero entrados en la época moderna, con la descolonización y la imposición de una contingencia histórica de privilegio para el Norte del planeta como un fin en sí mismo (que Este Desarrollo es lo que estábamos esperando, que a Este Desarrollo es a lo que aspiran los del Sur), se produjo la sublimación de tres grandes engendros económicos, tres grandes conceptos modificadores de toda conducta social -por cuanto planificados y reproducidos como automatismos sin consideración previa de validez o sentido-: el crecimiento (ese año un 3% que el anterior, y el que viene un 3% más que este, y el otro…), el trabajo (la creación de Puestos de Trabajo, estímulo de toda política desde arriba) y la producción (con el eterno ajuste/bucle de interacción entre la superproducción y la industria del reclamo, que genera consumo para la producción excedente y para la inútil). La organización de la vida social y cotidiana entorno a la inexpugnabilidad de estos tres conceptos totalizadores ha hecho de la economía referente de todo diagnóstico y planificación hasta tal punto que ahora sólo somos capaces de reproducirla sin salir de sus trampas, con la consiguiente cadena de ansiedad interior que acogota nuestros ánimos: economía=medida universal->lenguaje de todo->capitalización semiótica/apropiación de significados/imposición lingüística->imposibilidad de generar discursos para abordarla desde fuera.
Y ya en el control, la economía ha tenido que echar por la borda toda consideración que no pueda atenerse a los principales criterios que ella misma necesita para su autorreproducción: (1) la rentabilidad, esto es, que el dinero genere más dinero –hasta la llegada de un punto absurdo en que no sirva para gastarse sino para generar nuevas y grandes acumulaciones nómadas de ceros y unos, el dinero sublimado en grado absoluto-; y (2) la efectividad –o previsibilidad de un resultado- como criterio probatorio de la validez moral de toda consecución económica.
Así pues, en su orgía apropiadora, la visión economicista de la actualidad no cesa de mostrarnos que lo planificado económicamente luego sucede de forma efectiva, que hay una correspondencia exacta entre el pasado planificador y el presente planificado. De esta forma, con una exhibición gratuita de su efectividad, se juzga todo nuevo proyecto de vida en términos económicos, y la posibilidad de la supervivencia de la propia economía dentro de ese nuevo contexto deseado (o proyecto de vida alternativo) se convierte el único baremo de juicio. De ahí la urgente conveniencia económica de reducción de la mayoría a masa asalariada: la economía busca así que lo que queda fuera de ella misma se le oponga por antieconómico para que de este modo no sea posible (y en consecuencia, que no exista, y que después de no existir no se recuerde, y que un poquito más tarde no quepa siquiera su planteamiento).
Recientemente, en unas de esas discusiones sobre el futuro que gustan tanto a socialistas como a capitalistas -cómo nos organizamos, cómo producimos, qué haremos cuando, qué pasará con los excedentes, quién cobrará más, ¡no! ¡cobrarán todos igual! etc, etc…- me encontré con el propio concepto de efectividad endiosado e incrustado en todas las cabecitas que allí opinaban. Nadie parecía ser consciente de que la propia concepción económica de las propuestas que se emitían se encargaba de reproducir en todo lo que allí se planificaba el contenido ideológico y económico completo que en la actualidad padecemos -y que no es más que pura y simple economía-. Y en contra de lo que allí se afirmaba con brutal vehemencia, todos los sistemas propuestos desde uno y otro bando podían llegar a ser “posibles”. Bastaba con un planificador y unos organismos burocráticos para hacer ejecutar la planificación. Bastaba, en definitiva, DINERO. Público o privado, da lo mismo.
Esta es la trampa de la efectividad, de considerar como criterio de validez la obtención de un resultado previsto. La efectividad valida la propia planificación, así como el método empleado para llevarla a cabo, pero NO puede admitirse para juzgar el resultado: este deberá valorarse críticamente en su momento, cuando llegue, porque sólo entonces podremos apreciarlo y ver si nos satisface. Hacerlo en función de los criterios originales no será más que una justificación. Una claudicación bastante chapucera.
Pongamos que digo que la economía funcionará "si consigo H o G", siendo estos criterios de naturaleza económica y, como tales, refrendados por la experimentación llevada a cabo por los propios mecanismos económicos. Si no cambia la mentalidad y los criterios de valoración -económicos, fundados en interpretaciones de H y G-, una vez ejecutados H o G y aunque el resultado no nos plazca, como es el caso de hoy en día, lógicamente estos criterios H y G constituirán la Actualidad Económica (que hoy se confunde con La Realidad) y por lo tanto serán considerados Efectivos, serán LO POSIBLE... Aunque lo más aberrante vendrá después, cuando se nos intente convencer de que el resultado es bueno y válido por cuanto “estaba previsto”. La economía, una vez más, habrá demostrado su propia validez: H y G serán premisas, métodos y valores de juicio autónomos: sin referencia externa alguna; un fenómeno "para-lógico"; un acto de fe y una falaz exaltación de la impotencia.
-¡Es lo que hay y funciona, así que aguántate, chico!
Pero la voz podría muy bien gritar:
-Lamentablemente, es lo único que sabemos hacer...
Sería un diagnóstico más noble y más verdadero.
Así que aquí es donde me planto. No puedo (no podemos) aceptar esta mierda de falsificación de la realidad. Mientras no se complete (o se sustituya) con criterios sociales, humanos, naturales, las planificaciones económicas no nos llevarán más que a reproducciones idénticas de lo que ya conocemos, de lo que ya hemos vivido. Nos conducirán a esto, a lo que no deseamos, en definitiva. La fabulosa libertad de escoger entre un catálogo cerrado de resultados.
La muerte de la imaginación.
Las diferencias entre lo que hoy se nos presenta como uno y otro bando político, entre supuestas oposiciones ideológicas, no son más que matices de una misma concepción: ambos consideran como tronco La Economía, aunque los unos hayan podado las ramas (los liberales, los partidarios de “la gestión” –¡gestión de qué, gañanes!- y la economía desnuda) y los otros, a remolque, revindiquen menos poda.
Y por ahí sueltos, por abajo y arriba, andan todavía los economistas haciendo ver como que hacen, con la pretensión de que su campo todavía es una ciencia, sin advertir que la economía hace tiempo que se independizó y se puso a andar sola, absorbiendo los demás aspectos de la vida y multiplicando sus variables infinitamente hasta hacerse imprevisible (en el tiempo, porque como dije, su catálogo de resultados nos lo conocemos al dedillo). Los propios economistas, sin embargo, juegan un importante papel: son los planificadores encargados de reproducir la economía, con la constante previsión de más economía para el niño y la niña y más economía para hoy y para mañana, para el campo y para la ciudad. Por ello siguen con sus hipótesis, con sus juegos de variables crecientes y decrecientes, con sus previsiones y su eterna cláusula de exención de responsabilidad “dada una vaca de radio R”.
Sólo conjuran declinaciones de Lo Mismo. Lo que ya está hecho, lo que conocemos, que es a lo único a lo que puede conducirnos la economía.
Mi hermano suele ridiculizar a los economistas con una hipótesis a modo de cláusula de cierre: “…dada una vaca de radio R”. Sabe de lo que habla. Él mismo trató de serlo –economista, no vaca- y salió espantado de la universidad. Lo que allí se hablaba le era “extraño”. Entraba, agárrense, en la categoría lingüística de lo-que-ni-se-sabe.
Siempre me ha causado una terrible desazón –casi rabia- que una minúscula ciencia social se haya convertido en dueña de la toda realidad. Y más aún este saber totalizador, desalmado, contable, inhumano, prescrito y dispuesto para toda contingencia.
Me explico: resulta “posible” medir determinadas realidades según parámetros económicos pero, -aparte de la cosificación que se produce (fenómeno psicológico nada desdeñable que aquí no me detendré a analizar)-, hoy en día la economía se ha salido de órbita y no se contenta con sólo eso. Erigida en diagnóstico ensimismado y método político totalizador, resume y proyecta comportamientos humanos haciéndolos estancos y unidimensionales, y al estar éstos determinados por la fe-en-la-economía, por las falsificaciones ideológicas de las “libertades económicas”, por el deseo de acumulación que ella misma estimula y por la propaganda que escupen monitores y páginas en todo espacio plano sobre el que puede posarse una mirada, La Economía resulta prácticamente inútil para todo propósito, pues no hace más que asegurar el futuro que predice y autojustificarse. Sí, ahí radica la clave de esta crítica: se ha convertido en una ciencia autojustificativa. Se salvan sólo -y no estoy muy seguro- las tesis que constituyen “predicciones a posteriori”: camuflaje de análisis sociológicos y antropológicos con terminología económica: ha pasado esto; ha sucedido lo otro.
No desprecio la economía como medida de su propia parcela, de la contabilización de producción, almacén e intercambio de cosas entre hombres, pero sí desprecio la abominable apropiación que esta ciencia ha realizado de todas las demás, subordinándolas y poniéndolas a su servicio. Hubo un tiempo en que la economía deseaba únicamente tomarle el pulso al comercio, contabilizar entradas y salidas en un negocio. Era, hasta cierto punto, como afirman los primitivistas, la semilla del error actual. Pero era una semilla pequeña y contaminaba un solo ámbito de nuestra existencia. Más que nada, deseaba planificar en corto para poder reproducir un negocio que proporcionaba un bienestar medible e inmediato. Pero entrados en la época moderna, con la descolonización y la imposición de una contingencia histórica de privilegio para el Norte del planeta como un fin en sí mismo (que Este Desarrollo es lo que estábamos esperando, que a Este Desarrollo es a lo que aspiran los del Sur), se produjo la sublimación de tres grandes engendros económicos, tres grandes conceptos modificadores de toda conducta social -por cuanto planificados y reproducidos como automatismos sin consideración previa de validez o sentido-: el crecimiento (ese año un 3% que el anterior, y el que viene un 3% más que este, y el otro…), el trabajo (la creación de Puestos de Trabajo, estímulo de toda política desde arriba) y la producción (con el eterno ajuste/bucle de interacción entre la superproducción y la industria del reclamo, que genera consumo para la producción excedente y para la inútil). La organización de la vida social y cotidiana entorno a la inexpugnabilidad de estos tres conceptos totalizadores ha hecho de la economía referente de todo diagnóstico y planificación hasta tal punto que ahora sólo somos capaces de reproducirla sin salir de sus trampas, con la consiguiente cadena de ansiedad interior que acogota nuestros ánimos: economía=medida universal->lenguaje de todo->capitalización semiótica/apropiación de significados/imposición lingüística->imposibilidad de generar discursos para abordarla desde fuera.
Y ya en el control, la economía ha tenido que echar por la borda toda consideración que no pueda atenerse a los principales criterios que ella misma necesita para su autorreproducción: (1) la rentabilidad, esto es, que el dinero genere más dinero –hasta la llegada de un punto absurdo en que no sirva para gastarse sino para generar nuevas y grandes acumulaciones nómadas de ceros y unos, el dinero sublimado en grado absoluto-; y (2) la efectividad –o previsibilidad de un resultado- como criterio probatorio de la validez moral de toda consecución económica.
Así pues, en su orgía apropiadora, la visión economicista de la actualidad no cesa de mostrarnos que lo planificado económicamente luego sucede de forma efectiva, que hay una correspondencia exacta entre el pasado planificador y el presente planificado. De esta forma, con una exhibición gratuita de su efectividad, se juzga todo nuevo proyecto de vida en términos económicos, y la posibilidad de la supervivencia de la propia economía dentro de ese nuevo contexto deseado (o proyecto de vida alternativo) se convierte el único baremo de juicio. De ahí la urgente conveniencia económica de reducción de la mayoría a masa asalariada: la economía busca así que lo que queda fuera de ella misma se le oponga por antieconómico para que de este modo no sea posible (y en consecuencia, que no exista, y que después de no existir no se recuerde, y que un poquito más tarde no quepa siquiera su planteamiento).
Recientemente, en unas de esas discusiones sobre el futuro que gustan tanto a socialistas como a capitalistas -cómo nos organizamos, cómo producimos, qué haremos cuando, qué pasará con los excedentes, quién cobrará más, ¡no! ¡cobrarán todos igual! etc, etc…- me encontré con el propio concepto de efectividad endiosado e incrustado en todas las cabecitas que allí opinaban. Nadie parecía ser consciente de que la propia concepción económica de las propuestas que se emitían se encargaba de reproducir en todo lo que allí se planificaba el contenido ideológico y económico completo que en la actualidad padecemos -y que no es más que pura y simple economía-. Y en contra de lo que allí se afirmaba con brutal vehemencia, todos los sistemas propuestos desde uno y otro bando podían llegar a ser “posibles”. Bastaba con un planificador y unos organismos burocráticos para hacer ejecutar la planificación. Bastaba, en definitiva, DINERO. Público o privado, da lo mismo.
Esta es la trampa de la efectividad, de considerar como criterio de validez la obtención de un resultado previsto. La efectividad valida la propia planificación, así como el método empleado para llevarla a cabo, pero NO puede admitirse para juzgar el resultado: este deberá valorarse críticamente en su momento, cuando llegue, porque sólo entonces podremos apreciarlo y ver si nos satisface. Hacerlo en función de los criterios originales no será más que una justificación. Una claudicación bastante chapucera.
Pongamos que digo que la economía funcionará "si consigo H o G", siendo estos criterios de naturaleza económica y, como tales, refrendados por la experimentación llevada a cabo por los propios mecanismos económicos. Si no cambia la mentalidad y los criterios de valoración -económicos, fundados en interpretaciones de H y G-, una vez ejecutados H o G y aunque el resultado no nos plazca, como es el caso de hoy en día, lógicamente estos criterios H y G constituirán la Actualidad Económica (que hoy se confunde con La Realidad) y por lo tanto serán considerados Efectivos, serán LO POSIBLE... Aunque lo más aberrante vendrá después, cuando se nos intente convencer de que el resultado es bueno y válido por cuanto “estaba previsto”. La economía, una vez más, habrá demostrado su propia validez: H y G serán premisas, métodos y valores de juicio autónomos: sin referencia externa alguna; un fenómeno "para-lógico"; un acto de fe y una falaz exaltación de la impotencia.
-¡Es lo que hay y funciona, así que aguántate, chico!
Pero la voz podría muy bien gritar:
-Lamentablemente, es lo único que sabemos hacer...
Sería un diagnóstico más noble y más verdadero.
Así que aquí es donde me planto. No puedo (no podemos) aceptar esta mierda de falsificación de la realidad. Mientras no se complete (o se sustituya) con criterios sociales, humanos, naturales, las planificaciones económicas no nos llevarán más que a reproducciones idénticas de lo que ya conocemos, de lo que ya hemos vivido. Nos conducirán a esto, a lo que no deseamos, en definitiva. La fabulosa libertad de escoger entre un catálogo cerrado de resultados.
La muerte de la imaginación.
Las diferencias entre lo que hoy se nos presenta como uno y otro bando político, entre supuestas oposiciones ideológicas, no son más que matices de una misma concepción: ambos consideran como tronco La Economía, aunque los unos hayan podado las ramas (los liberales, los partidarios de “la gestión” –¡gestión de qué, gañanes!- y la economía desnuda) y los otros, a remolque, revindiquen menos poda.
Y por ahí sueltos, por abajo y arriba, andan todavía los economistas haciendo ver como que hacen, con la pretensión de que su campo todavía es una ciencia, sin advertir que la economía hace tiempo que se independizó y se puso a andar sola, absorbiendo los demás aspectos de la vida y multiplicando sus variables infinitamente hasta hacerse imprevisible (en el tiempo, porque como dije, su catálogo de resultados nos lo conocemos al dedillo). Los propios economistas, sin embargo, juegan un importante papel: son los planificadores encargados de reproducir la economía, con la constante previsión de más economía para el niño y la niña y más economía para hoy y para mañana, para el campo y para la ciudad. Por ello siguen con sus hipótesis, con sus juegos de variables crecientes y decrecientes, con sus previsiones y su eterna cláusula de exención de responsabilidad “dada una vaca de radio R”.
Sólo conjuran declinaciones de Lo Mismo. Lo que ya está hecho, lo que conocemos, que es a lo único a lo que puede conducirnos la economía.
7 Comments:
Para que veas lo mal que empezamos, te adelanto que soy economista de formación y liberal por vocación, y básicamente creo en la demografía, la libertad y la educación. Y mi conclusión es esta: estás cautivado (en ambos los sentidos) por los significados que subjetivamente (no sé si hay significado objetivo, soy lego en tus citados Noam, semiótica, y lingüística) das a los conceptos económicos. La economía es mucho más humilde de lo que parece. Tú la tratas como un ente vivo, la haces hombre (y la haces jueves). Si la haces hombre, le das las perversiones que tiene el hombre, contra las cuáles el mismo hombre se dotó de…la economía. Hay economistas que se autojustifican, se autoreproducen,…, como los filosofos, los periodistas, los deportistas, los políticos,…, Como la historia o la biología, quiere hacer bien lo que se le encomienda, y como otras disciplinas, intenta seguir un método, y si lo consiguen, obtendremos algo que también desdeñas: el progreso. Y lo que tiene encomendado, en la concepción simple, es la asignación de recursos escasos.. Aquí aparecen dos conceptos: uno más que menos objetivo (los recursos) y otro más que menos subjetivo (la escasez): aquí es dónde falla estrepitosamente la educación, en convertir en necesidad, desde unas converse all star a un descapotable. Hasta la felicidad es un derecho: qué obscenidad. Sinceramente no creo que la modulación de la escasez sea responsablidad de la economía: debe seguir su humilde e ingrata tarea de asignación: la alternativa es la jungla. Y una jungla con 7.000 millones de monos, es mucha jungla (demografía). Es un error considerar la libertad como un fin, estoy de acuerdo, pero también lo es considerar a la fraternidad como un medio: es estrictamente al revés. La economía (y la historia y la biología) existe porque existe el hombre. Cabrones hay por todo. It’s the singer, not the song.
Coincido contigo, de hecho lo reconozco en el texto, que la economía nació como forma de organización y como un saber para tomarle el puso a los intercambios y al comercio. Un saber como tantos otros: biología, medicina... De hecho, hasta me gustan algunas propuestas como la Economía Descalza de Max-Neef o el Parecon, de MIchael Albert. No soy antieconómico en general pero sí estoy contra la economía como hoy se piensa y se ejerce.
El problema es que, ante la retirada de las Grandes Ideologías Transformadoras (marxismo, reformismo, fescismo...) ha sucedido su transubstanciación en Fe y en Ideología, bien patente hoy día. El Dios Dinero.
Además, creo que la economización del resto de saberes -cómo deja de investigarse por su escasa rentabilidad, cómo deja de escribirse con libertad por su escasa renatbilidad, cómo se prostituyen las plumas de los opinólogos por el cochino dinero- en evidente en el mundo actual.
Lamentablemente, me da la impresión de que la economía se ha comido todo lo demás y que todo es DINERO. Lo que debía ser una forma de organización y (quizá, aunque lo dudo) "contención" se ha transformado en caos y avaricia sin un fin aparente.
Considerar todos estos problemas como un problema de educación y de responsabilidad personal me cuadraría si no fuese porque los criterios con los que se construye la responsabilidad personal y la educación son también económicos (¿acaso no condena con más fuerza la sociedad al vago que al delincuente? ¿o acaso no se educa ya no para enseñar sino para que el niño encuentre un buen trabajo y sirva a la máquina productiva?). La economía, en definitiva, se ha establecido como un TODO, como una medida de sí misma.
Sobre el advenimiento de un posible caos si prescindimos de la economía, entiendo tu preocupación pero me parece una exageración: aún confío en la organización comunitaria. Un autor californiano, economista renegado, llamado Ken Knabb, emitió una gran frase al respecto: "Es precisamente porque las personas no son ángeles por lo que es
necesario eliminar el sistema que permite a algunas de ellas llegar a ser diablos muy eficientes."
En fin, muchas gracias, Artaban. Un placer.
supongo que lo que ha originado vuestras dos viones del asunto es el hecho de identificar la economia (de lo que habla Artaban) con el Dinero (de lo que hablas tu, Patato). Creo que en tu respuesta lo dejas claro. El gran problema es ese "comerselo todo" que dices. Actualmente, el "progreso" no es mas que una tapadera, un sustantivo vacío utilizado para justificar un capitalismo cada vez más desbocado en su crecimiento insostenible.
Un post realmente bueno, otra vez.
La praxeología de Mises es un pequeño avance dentro de esta ciencia lúgubre e incomprensible para los no iniciados. Y me parece que al final Mises está de acuerdo con patata: los economistas prácticos deberín dedicarse al "cálculo económico" (que no es otra cosa que la contabilidad, aunque algo más iluminada); y los más filosóficos pueden entretenerse un poco demostrando teoremas a partir de los axiomas básicos.
Sobre los actuales "economistas profesionales", Mises echa pestes en Acción Humana, caps. 38 y 39.
http://www.mises.org/humanaction.asp
wg
Siempre he pensado que las diferencias entre posturas tienen siempre las mismas causas: parten de diferentes hipótesis o emplean diferentes conceptos. Si aplicas una lógica (plagada de conceptos) sobre una hipótesis, tendrás una teoría, una idea. Si tu interlocutor no la comparte, no es porque sea “ilógica”: será porque parten de hipótesis distintas o la lógica se basa en palabras cuya concepción es diferente. En esas estamos Mr. FF y el menda. La economía hace bien en pensar en rentabilidad, en beneficios. Ojo, digo la economía, no el liberalismo: desde la economía planificada hasta el mismo anarquismo contemplan estos conceptos. En ese sentido, debe dejar de investigarse si no es rentable. Pero ahora hablemos de rentabilidad: y aquí no dejéis a la economía sola. ¿Dónde están sus interlocutores, como los médicos, los historiadores, los filósofos, los políticos? Yo he montado un bar con criterios económicos: no me da un duro, pero es rentable. Los beneficios no monetarios son impagables. Y cuando digo que son impagables es porque los he monetizado: cuantificar lo intangible, como muchas cosas en economía, no creo que sea bueno ni malo, es simplemente inevitable. No se cuanto vale esta parte intangible, pero sé que más de lo que he pagado por montar un bar, y me basta.
No es por el fracaso de las Grandes Ideologías Transformadoras (en las que me sorprende hayas excluido al Liberalismo: en 200 años ha transformado el mundo, para bien o para mal, lo mismo que los 49800 años anteriores) que la economía campa a sus anchas: es por la deserción del resto de disciplinas: se habrán ido a Crónicas Marcianas. Si los chamanes de la tribu se van dejando al guerrero (como en la edad media) o al administrador (como ahora) como el único lider, sus prosélitos le convertirán en dios, de la misma manera que al despistado Claudio lo convirtieron en Emperador. Por último, piensa en esta demagogia estadística: hay tantos vivos como muertos. Y siempre he pensado (es una humilde hipótesis hobbesiana) que más peligroso para la humanidad que la guerra o la televisión, la religión o la peste, el hambre o Antonio Orozco, el cambio climático o Mari Pau Janer, es el caos: es la humanidad contra la humanidad, nos cargamos de un plumazo tantos como 50.000 años, milenio arriba milenio abajo, ha enterrado.
Vaya, deslumbrante argumentación. En serio. Me parece, y disculpa la catalogación, que eres un "rara avis", un liberal que no centra su mente en el dinero cosificado, "contante y sonante". Eso de montar el Bar por los beneficios no monetarios me ha desarmado. Pero como no soy economista, te pregunto ¿cabe hablar de "rentabilidad" no monetaria? Me suena raro del carajo. Porque si nos centramos en "los beneficios" -cada cual con el suyo según lo que él entiende como tal- nos adentramos en metafísica pura.
Sobre si los chamanes han abandonado a los guerreros o si, simplemente han dejado de existir chamanes, qué puedo decirte: tal vez tengas razón. El caso es que prácticamente no hay chamanes que valga la pena escuchar.
Franco Berardi "Bifo", un autonomista con una prosa deslumbrante, mantiene la misma tesis que tú, aunque él se basa más bien en la inoperancia de la izquierda, en su obsolescencia, y declara que tras unas décadas de malos consejos, los guerreros han dejado de escuchar a los chamanes.
Bien, sobre la inminencia del caos, hay mucha literatura escrita. A mí, desde luego, confiar en el crecimiento y en la producción ilimitada de mercancías, que es a lo que aboca el liberalismo, me parece la manera más rápida de llegar allí, precisamente hacia donde no quieres llegar. Por otra parte, el temor al futuro, la creación de conceptos etéreos que significan algo diferente para cada uno y que asustan según las proyecciones mentales que cada uno hace de un futuro incierto, ha sido la forma de mantener la zanahoria frente al pueblo por los siglos de los siglos. Ese miedo al caos es lo más subjetivo que puede establecerse como punto de apoyo. Por ejemplo, en cierta manera muchos aspectos de la vida actual ya están en una dinámica caótica, regidos por automatismos que nadie controla, afectados por mil variables interrelacionadas e incontrolables. A mí, la construcción, la reorganización del urbanismo y su puesta al servicio de la reproducción del dinero y de las plusvalías para bancos y constructores ya me parece una estupenda forma de caos, que no sirve a nadie, que destruye todo cuanto toca... En fin.
Sobre nuestras diferencias, yo creo que hay una bien seria: que tú crees que el hombre es dueño de los conceptos que crea y de las herramientas abstractas que usa para medir, hablas de economía sólo en términos materiales... yo creo que uno puede diseñar abstracciones y Fes que terminen decidiendo por él. La economía es el caso perfecto. Es el caso actual. Tal vez si la historia hubiese ido por otros derroteros estaríamos hablando de otra ciencia despótica pero hoy en día quien se ha adueñado de todos los mecanismos líogicos y discursivos es la economía. Fíjate que tú mismo llegas a justificar que has puesto un bar por su rentabilidad, en lugar de decir que te apetecía y que te parecía una buena forma de subsistir... algo más llano y más verdadero ¿no?
En fin, un saludo.
Si me permites exagerar, te diré que si veo a la economía como una mamma que zurce, friega, que guarda bajo la baldosa los reales, y que educa a pesar de su ignorancia, sabiendo que son los amigos, la tele y las hostias de la vida quien harán o no de sus hijos hombres cabales, al pobre crecimiento ya lo tomo como el primo tonto, al que corren a gorrazos en el cole por decir que un círculo es redondo, no porque sea información útil para los futuros nóbeles de matemáticas, sino porque hay gente que pretende la cuadratura del círculo. Y es que de todos los conceptos económicos vilipendiados por soberbios, cuando solo ofrecen la humilde utilidad que el usuario quiera encontrar, más aún que la rentabilidad (a tu pregunta sólo puedo responder que sí, hay rentabilidad no monetaria: por más que no haya un puto cliente bebiendo, me veo como el más beneficiado de la noche por poder pinchar o ver que mi amigos pinchan, pongamos una canción de los Fleshtones), el crecimiento es el campeón del mobbing. En 1900 eramos ¿1500? Millones, informales, manuales, estraperlistas, contrabandistas y autoproductores; en el 2000 somos 7000, productivos por la tecnología e hipercontabilizados. Y viene el crecimiento y dice, chicos, habéis incrementado el PIB por un giga mil porcien. Y le responden que se calle, que es un talibán cuantificador, que el PIB no es la medida de todas las cosas. Yo creo que la economía no sólo trasciende a los conceptos del hombre, sino al mismo hombre: el asignar el valorar el elegir no le es ajeno al reino animal. Te animo a que luches a favor de un nuevo método de “valorar” la escasez: y cuando tengamos claro que (y cuán) escaso es algo, la ingrata tarea de asignarlo se la encomiendes a la economía. Allí nos vemos.
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