(des-) conocimiento de los descontrolados:
Anotaciones sobre una aberrante ignorancia consciente y voluntaria
Sobre los descontrolados franceses, he ido madurando una serie de pensamientos inmaduros que hoy han saltado como resortes frente a la lectura de un texto de Azúa en el boletín del tripartito, ese gran escritor (hasta aquí ni una pizca de ironía) que está contra el tripartito pero que publica en su órgano de comunicación (ahora sí), supongo que bajo la eterna coartada tan bien resumida por el inglés más inmediato: “I can’t stand it but hey!, it pays mi bills!”. Así que el vapuleo a este señor integrante de los librepensadores-contra-el-estatut (carcajada larga) va a inspirarme en ocasiones de fondo, y otras veces en un primer plano.
Ahí va, más que apuntes, una pura lista de sospechas:
I.
Que por ahí arriba les jode enormemente que no haya “religión” ni “ideología” identificable de por medio (vean como, rápidamente, el estado francés ha corrido a justificarlo con el argumento imbécil de la poligamia; o cómo ha ido en busca de imanes o representantes populares que, simplemente no existían), por lo que tampoco hay esas cosas que gustan tanto a las necias "inteligencias policiales" como los “líderes espirituales” o los “autores morales”, individuos a los que (1) comprar o (2) desprestigiar. No hay Cohn-Bendit para el primer caso ni Guy Debord para el segundo. Así que, ¡oh oh!, no hay categorías ni, por tanto, abstracción o proceso de comprensión posible. De ahí su ineficacia. El rídículo de La República. Cómo desarticular la revuelta: evidentemente (y felicitémonos), no se ha sabido. Ni con un despliegue militar. Ni con 2000 detenidos. Ni con debates públicos. Ni con encuestas manipuladas. Han tenido que esperar a que se calmase la guerra social por sí sola. Otra victoria de abajo: de las que no “sirven” pero se acumulan. ¡Viva la escoria!
II.
Que dentro de la interpretación marxista que cualquier socialdemócrata francés puede llegar a hacer –no por algo todos fueron antes comunistas, mayoritariamente trotskistas- no encaja el hecho de que se quemen propiedades de gente de su “misma clase”. Esto desconcierta incluso al desorientado Félix de Azúa, que de tanto mear fuera de tiesto va a necesitar pronto una palangana (a pesar de todo, Azúa, que es más listo que el hambre, rápidamente se autoimpugna para que no lo identifiquemos como defensor de la Sagrada Institución del Automóvil Personal: “también yo quemaría coches: son el objeto más destructivo del siglo XX y nos han conducido a una trampa mortal”). Bien, entonces, según Azúa: coches sí pero no de los de tu “clase”. Es decir, a quemar coches a las urbanizaciones caras, en donde no hay trincheras ni “conocimiento de la selva” ni sitio en el que resguardarse de las fuerzas del orden. Un estratega, este Azúa. Además, me huele que cualquier otro método elegido por los descontrolados sería igualmente descalificado por el escritor: no por algo su prosa “rebelde” –esa rebeldía tan liberal y tan falsa- es un constante ejercicio de defensa de la realidad.
III.
Dicen Ellos “que la vida en los suburbios no es tan mala”. Quieren decir en realidad algo más simple: que todos comen y tienen sus televisores y sus playstations. ¡El simulacro de vida que se ha planificado para ellos se debería llevar a cabo con normalidad! Sólo les falta añadir la repulsiva coletilla de la dádiva eclesiástica: “¡y que den gracias!”. Algunos, en un alarde de conocimiento, llegan a ensalzar el ambiente de comunidad y de bienestar que existía en los suburbios antes de que los descontrolados se enamorasen del fuego. Azúa también entra en esta juguetona y desconsiderada nostalgia vertical y descendente que sólo puede practicar quien exotiza a los de abajo, los visita con un cazamariposas y un salacot y tiene siempre un domicilio en otra parte “más desarrollada” al que regresar. En su caso, habla sobre Saint-Dennis, con todo ese rollete (disculpen el lenguaje, pero es que no hay palabra más indicada) de las especias, los mercados y los vendedores ambulantes. Ya se sabe que para quien piensa en términos económicos, el comercio es un síntoma de salud social.
¡Y que se siga confundiendo bullicio con alegría! ¡A estas alturas!
IV.
Que el “orden” está incrustado incluso en las mejores máquinas pensantes. De nuevo Azúa descarga otro de los tópicos al uso, en este caso en forma de pánico moral burgués: “los que incendian automóviles en Francia no están movidos por la más mínima ideología. En un reportaje visto estos días podía verse un grupo de encapuchados cantando y bailando sus gestas a ritmo de rap. El narcisismo de esos chavales era tan evidente que hasta hacían monadas delante de la cámara, como esperando que algún cazatalentos les contratase mañana”. Como observé en el primer apunte, es evidente el desconcierto gubernamental ante la carencia de categorías, y ahora aparece compartido por los opinólogos patrios: ¿Dónde está la ideología? O planteado de otro modo: ¿en qué momento nos hemos dormido y nos hemos descolgado de la actualidad? Evidentemente, Azúa no cuestiona el poder de la cámara ni lo que sucede cuando esta se ausenta: las restantes 23 otras del mismo día de la filmación y los restantes 364 días del año. También parece destilar en su texto un poco de ideología policial, eso de “catalogar” para después “neutralizar”. Parece desconcertarle lo del rap y no parece querer entender mucho acerca de la rica cultura del hip hop suburbial, la verdadera forma de expresión de abajo estos días. No me malinterpreten, no se le pide que le guste, sólo que haga el favor de acercarse a interpretar. Como ven, no es muy diferente de los higienistas urbanos de principios del XX de los que habla Ealham en La lucha por Barcelona: no entendían el cabaret ni a los pistoleros de las FAI y los novelistas franceses eran perniciosos.
V.
Que parece evitarse un análisis psicosocial: que el aburrimiento mortal del alma –permítanme tomar prestado este pensamiento a Vaneigem- es lo que aguarda a los marginados que pretendan incorporarse al régimen que sufren. Que, puestos a decir que NO: ¿porqué no hacerlo con algo de diversión? Siempre ha habido un componente lúdico en las revueltas urbanas. Así son más efectivas. A la vez que se desprecia el poder y el dominio impuesto, se muestra felicidad en el acto mismo de la rebeldía. A tomar viento toda esa patraña del "espíritu de sacrificio revolucionario". Esa es la monserga de los grupos de base cristianos y aquí no aplica. Al contrario: la diversión es doblemente irritante para el Estado y los bienpensantes que le acompañan en sus juicios sobre una moral adaptada e invertida. Emma Goldman lo resumió en una frase imborrable: “it’s not my revolution if I can’t dance to it!”
VI.
Que parece evitarse también un análisis mediático: un análisis de la sociedad-cámara, de lo espectacular integrado. De cómo, en una triste metáfora que equipara el mundo a un circo, centrar el foco en una pista o en otra significa hoy crear la realidad, fabricarla. Que sólo lo que se filma, lo que se programa, lo que se integra en el espectáculo, existe y es discutido. Por aquí sólo De Ugarte parece haberse acercado a este terreno tan pantanoso (por desconocido) para el poder.
Nota al margen relacionada: siempre me ha desconcertado que el propio poder no conozca sus falsificaciones y su propia estructura religiosa. Se basa sólo en interpretaciones de sí mismo bienpensantes, especulativas, juicios a posteriori que no sirven para construir ningún pensamiento.
VII.
Más luz sobre la hipocresía reinante la ofrece Michel Collon con su ristra de preguntas, entre las cuales voy a seleccionar las primeras tres, las más contundentes, enmarcables para su exhibición en el despacho de cualquier burócrata parisino:
1. ¿Suprimirá Francia el apartheid? Estamos asistiendo a un curioso fenómeno: todos los dirigentes políticos franceses se precipitan a la televisión con palabras benevolentes: «¡Os comprendemos, vamos a hacer algo por vosotros!» Todos conocen las causas del problema y todos saben lo que se debe hacer.
Pero entonces, si lo sabían ¿por qué han estado haciendo lo contrario desde hace treinta años y, más aún, estos últimos tiempos? ¿Por qué en dos últimos años el gobierno francés eliminó su apoyo a las iniciativas locales? ¿Quién suprimió el 15% de los créditos destinados a la lucha contra la vivienda insalubre en el presupuesto de 2006? ¿Quién reemplazó a la policía de barrio por la policía antidisturbios, con sus humillaciones sistemáticas y sus detenciones arbitrarias, cuyo carácter violento y racista fue incluso denunciado por Amnistía Internacional en un informe reciente?
2. ¿Qué esconden ustedes? Una de dos: o bien ustedes, los políticos, sabían que la causa de los problemas es la injusticia social, la ausencia de futuro, y no hicieron nada (¿por qué entonces deberíamos tenerles confianza a partir de ahora?) o bien carecen de solución, porque la injusticia social es el núcleo de su sistema y no desean eliminar los privilegios de los poderosos (de nuevo ¿por qué entonces deberíamos tenerles confianza a partir de ahora?).
3. ¿«La violencia no resuelve nada»? De una vez por todas, señores burgueses, ¿serían tan amables de indicarles a los pobres cuál es el método de lucha que les sugieren, ya que ninguno de los que han ido utilizando sirvió de nada y su situación no ha cesado de agravarse?
Hasta luego. Ahí les dejo con sus propios pensamientos, espero que a partir de ahora con unas pocas dudas más.
Sobre los descontrolados franceses, he ido madurando una serie de pensamientos inmaduros que hoy han saltado como resortes frente a la lectura de un texto de Azúa en el boletín del tripartito, ese gran escritor (hasta aquí ni una pizca de ironía) que está contra el tripartito pero que publica en su órgano de comunicación (ahora sí), supongo que bajo la eterna coartada tan bien resumida por el inglés más inmediato: “I can’t stand it but hey!, it pays mi bills!”. Así que el vapuleo a este señor integrante de los librepensadores-contra-el-estatut (carcajada larga) va a inspirarme en ocasiones de fondo, y otras veces en un primer plano.Ahí va, más que apuntes, una pura lista de sospechas:
I.
Que por ahí arriba les jode enormemente que no haya “religión” ni “ideología” identificable de por medio (vean como, rápidamente, el estado francés ha corrido a justificarlo con el argumento imbécil de la poligamia; o cómo ha ido en busca de imanes o representantes populares que, simplemente no existían), por lo que tampoco hay esas cosas que gustan tanto a las necias "inteligencias policiales" como los “líderes espirituales” o los “autores morales”, individuos a los que (1) comprar o (2) desprestigiar. No hay Cohn-Bendit para el primer caso ni Guy Debord para el segundo. Así que, ¡oh oh!, no hay categorías ni, por tanto, abstracción o proceso de comprensión posible. De ahí su ineficacia. El rídículo de La República. Cómo desarticular la revuelta: evidentemente (y felicitémonos), no se ha sabido. Ni con un despliegue militar. Ni con 2000 detenidos. Ni con debates públicos. Ni con encuestas manipuladas. Han tenido que esperar a que se calmase la guerra social por sí sola. Otra victoria de abajo: de las que no “sirven” pero se acumulan. ¡Viva la escoria!
II.
Que dentro de la interpretación marxista que cualquier socialdemócrata francés puede llegar a hacer –no por algo todos fueron antes comunistas, mayoritariamente trotskistas- no encaja el hecho de que se quemen propiedades de gente de su “misma clase”. Esto desconcierta incluso al desorientado Félix de Azúa, que de tanto mear fuera de tiesto va a necesitar pronto una palangana (a pesar de todo, Azúa, que es más listo que el hambre, rápidamente se autoimpugna para que no lo identifiquemos como defensor de la Sagrada Institución del Automóvil Personal: “también yo quemaría coches: son el objeto más destructivo del siglo XX y nos han conducido a una trampa mortal”). Bien, entonces, según Azúa: coches sí pero no de los de tu “clase”. Es decir, a quemar coches a las urbanizaciones caras, en donde no hay trincheras ni “conocimiento de la selva” ni sitio en el que resguardarse de las fuerzas del orden. Un estratega, este Azúa. Además, me huele que cualquier otro método elegido por los descontrolados sería igualmente descalificado por el escritor: no por algo su prosa “rebelde” –esa rebeldía tan liberal y tan falsa- es un constante ejercicio de defensa de la realidad.
III.
Dicen Ellos “que la vida en los suburbios no es tan mala”. Quieren decir en realidad algo más simple: que todos comen y tienen sus televisores y sus playstations. ¡El simulacro de vida que se ha planificado para ellos se debería llevar a cabo con normalidad! Sólo les falta añadir la repulsiva coletilla de la dádiva eclesiástica: “¡y que den gracias!”. Algunos, en un alarde de conocimiento, llegan a ensalzar el ambiente de comunidad y de bienestar que existía en los suburbios antes de que los descontrolados se enamorasen del fuego. Azúa también entra en esta juguetona y desconsiderada nostalgia vertical y descendente que sólo puede practicar quien exotiza a los de abajo, los visita con un cazamariposas y un salacot y tiene siempre un domicilio en otra parte “más desarrollada” al que regresar. En su caso, habla sobre Saint-Dennis, con todo ese rollete (disculpen el lenguaje, pero es que no hay palabra más indicada) de las especias, los mercados y los vendedores ambulantes. Ya se sabe que para quien piensa en términos económicos, el comercio es un síntoma de salud social.
¡Y que se siga confundiendo bullicio con alegría! ¡A estas alturas!
IV.
Que el “orden” está incrustado incluso en las mejores máquinas pensantes. De nuevo Azúa descarga otro de los tópicos al uso, en este caso en forma de pánico moral burgués: “los que incendian automóviles en Francia no están movidos por la más mínima ideología. En un reportaje visto estos días podía verse un grupo de encapuchados cantando y bailando sus gestas a ritmo de rap. El narcisismo de esos chavales era tan evidente que hasta hacían monadas delante de la cámara, como esperando que algún cazatalentos les contratase mañana”. Como observé en el primer apunte, es evidente el desconcierto gubernamental ante la carencia de categorías, y ahora aparece compartido por los opinólogos patrios: ¿Dónde está la ideología? O planteado de otro modo: ¿en qué momento nos hemos dormido y nos hemos descolgado de la actualidad? Evidentemente, Azúa no cuestiona el poder de la cámara ni lo que sucede cuando esta se ausenta: las restantes 23 otras del mismo día de la filmación y los restantes 364 días del año. También parece destilar en su texto un poco de ideología policial, eso de “catalogar” para después “neutralizar”. Parece desconcertarle lo del rap y no parece querer entender mucho acerca de la rica cultura del hip hop suburbial, la verdadera forma de expresión de abajo estos días. No me malinterpreten, no se le pide que le guste, sólo que haga el favor de acercarse a interpretar. Como ven, no es muy diferente de los higienistas urbanos de principios del XX de los que habla Ealham en La lucha por Barcelona: no entendían el cabaret ni a los pistoleros de las FAI y los novelistas franceses eran perniciosos.
V.
Que parece evitarse un análisis psicosocial: que el aburrimiento mortal del alma –permítanme tomar prestado este pensamiento a Vaneigem- es lo que aguarda a los marginados que pretendan incorporarse al régimen que sufren. Que, puestos a decir que NO: ¿porqué no hacerlo con algo de diversión? Siempre ha habido un componente lúdico en las revueltas urbanas. Así son más efectivas. A la vez que se desprecia el poder y el dominio impuesto, se muestra felicidad en el acto mismo de la rebeldía. A tomar viento toda esa patraña del "espíritu de sacrificio revolucionario". Esa es la monserga de los grupos de base cristianos y aquí no aplica. Al contrario: la diversión es doblemente irritante para el Estado y los bienpensantes que le acompañan en sus juicios sobre una moral adaptada e invertida. Emma Goldman lo resumió en una frase imborrable: “it’s not my revolution if I can’t dance to it!”
VI.
Que parece evitarse también un análisis mediático: un análisis de la sociedad-cámara, de lo espectacular integrado. De cómo, en una triste metáfora que equipara el mundo a un circo, centrar el foco en una pista o en otra significa hoy crear la realidad, fabricarla. Que sólo lo que se filma, lo que se programa, lo que se integra en el espectáculo, existe y es discutido. Por aquí sólo De Ugarte parece haberse acercado a este terreno tan pantanoso (por desconocido) para el poder.
Nota al margen relacionada: siempre me ha desconcertado que el propio poder no conozca sus falsificaciones y su propia estructura religiosa. Se basa sólo en interpretaciones de sí mismo bienpensantes, especulativas, juicios a posteriori que no sirven para construir ningún pensamiento.
VII.
Más luz sobre la hipocresía reinante la ofrece Michel Collon con su ristra de preguntas, entre las cuales voy a seleccionar las primeras tres, las más contundentes, enmarcables para su exhibición en el despacho de cualquier burócrata parisino:
1. ¿Suprimirá Francia el apartheid? Estamos asistiendo a un curioso fenómeno: todos los dirigentes políticos franceses se precipitan a la televisión con palabras benevolentes: «¡Os comprendemos, vamos a hacer algo por vosotros!» Todos conocen las causas del problema y todos saben lo que se debe hacer.
Pero entonces, si lo sabían ¿por qué han estado haciendo lo contrario desde hace treinta años y, más aún, estos últimos tiempos? ¿Por qué en dos últimos años el gobierno francés eliminó su apoyo a las iniciativas locales? ¿Quién suprimió el 15% de los créditos destinados a la lucha contra la vivienda insalubre en el presupuesto de 2006? ¿Quién reemplazó a la policía de barrio por la policía antidisturbios, con sus humillaciones sistemáticas y sus detenciones arbitrarias, cuyo carácter violento y racista fue incluso denunciado por Amnistía Internacional en un informe reciente?
2. ¿Qué esconden ustedes? Una de dos: o bien ustedes, los políticos, sabían que la causa de los problemas es la injusticia social, la ausencia de futuro, y no hicieron nada (¿por qué entonces deberíamos tenerles confianza a partir de ahora?) o bien carecen de solución, porque la injusticia social es el núcleo de su sistema y no desean eliminar los privilegios de los poderosos (de nuevo ¿por qué entonces deberíamos tenerles confianza a partir de ahora?).
3. ¿«La violencia no resuelve nada»? De una vez por todas, señores burgueses, ¿serían tan amables de indicarles a los pobres cuál es el método de lucha que les sugieren, ya que ninguno de los que han ido utilizando sirvió de nada y su situación no ha cesado de agravarse?
Hasta luego. Ahí les dejo con sus propios pensamientos, espero que a partir de ahora con unas pocas dudas más.
11 Comments:
Prometo linkar el infame artículo de Azúa cuando esté disponible sin suscripción.
Vuelvo a comentarme a mí mismo: ¡no estoy de acuerdo con el texto!
Noo... bromeo. La cosa es que ya está disponible el texto de Azúa. Hagan clic sobre su nombre en la cuarta línea del post. Pero dense prisa, los links de elperiodico caducan más rápido que la leche fresca.
Ayer leí no sin sorpresa que en francia se dan por finalizados los "disturbios", ya que el número de coches incendiados fue de 98 y un centenar es la media de una noche normal cualquiera en Francia. Me da qué pensar que el resto del año la gente no está tan bien, y no sólo se "hacen monadas" cuando están las cámaras delante, es un fenómeno mucho menos aislado de lo que parece aunque sí amplificado estas últimas semanas.
Una de las soluciones ha sido expulsar inmigrantes, cuando la mayoría de detenidos eran franceses. Si eso no es apartheid...
El comentario de Dani me suscita la siguiente cuestión: ¿Será posible que los disturbios de Francia hayan sido únicamente un producto creado por los medios? ¿Será posible que la excepcionalidad con la que nos los han presentado no sea tal, sino que este tipo de disturbios sean en realidad la norma?
Desde luego lo que han hecho los medios es despacharlo rápido, hace días que cuesta encontrar información al respecto.
Por cierto en La bitácora de Almendrón está pasado el artículo de Azua a PDF
http://www.almendron.com/politica/pdf/2005/int/int_1546.pdf
Tal vez hayan decidido -sabiemente, me temo- que es mejor cambiar el foco de sitio, que sin atención de los media la cosa irá frenando.
Sobre tu pregunta, tocayo... no sería tan descabellado. Hay que considerarlo.
Hombre... Algo de decepción si causa que no hayamos visto ningun Porsche, ni Ferrari quemados. Ni siquiera un triste Mercedes...
Tras horas de sesudo análisis, The Economist ha resuelto el problema "Quieren un buen trabajo y casa propia".
Con "el artículo de Azúa" se sobreentendía los de infame.
yo lo veo así: después de ver cómo "los insurgentes" se han aprovechado del espectáculo y la imbecilidad de los mass-mierda para ser escuchados, alguien se ha dado cuenta de ello y ha decidido cerrar el grifo en el único sitio de la cadena que pueden controlar
E
Por cierto, hoy lunes 21, ha aparecido un artículo de otro liberal, también perseguido político de la cuadrilla de librepensadores-contra-el-estatut, el palizas de Ramón de España. Dice lo mismo que Azúa pero peor, en plan campechano, que es como se disimulan las carencias literarias.
Paso de linkarlo, ahí se pudra.
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