¡Animalillos!
En estos días ando sintiendo penita por esos animalillos que han descubierto –in-fraganti, parecen querer añadir con saña los titulares- en algún lugar de Indonesia, inmersos en una agradable e ignota supervivencia. Ajenos al hombre y, por tanto, "a la buena de Dios", pues según nuestro propio esquema mental deben estar sometidos forzosamente a alguien (y si no ya saldrá algún oscurantista con el “sino”, que no es el hombre ni Dios sino una voluntad de por ahí arriba; lo-que-no-puede-explicarse, en definitiva, que también necesita nombre).
En adelante, desde ahora mismo, los animalillos serán investigados, catalogados, convertidos en objetos científicos primero (con todo lo que comporta ser objeto de análisis metodológico: habrá que colgarles arandelas metálicas, radiotransmisores, numerarlos, pesarlos y hacer las cuantificaciones que sean necesarias, secuestrando y violentando al objeto de estudio con malas artes –científicas, eso sí- si es menester) y en cosita dineraria después (traslados a zoológicos, a instituciones de observación científica subvencionada, ect, etc…).
Y con un poco de (mala) suerte, los periodistas imbéciles que hablan de un mundo “perdido” (por “no descubierto”, como si lo ajeno al conocimiento humano andase a la deriva, sin lugar), terminarán de exotizar el remoto paraje para convertirlo uno de esos destinos para la aventura en donde se hace turismo caro y de ensueño para “grupos exclusivos de cincuenta”.
Aparte, habrá que considerar también a los lugareños neoguineanos, para los cuales, desde que hay interés occidental, cada animalillo de esos tiene un valor en el mercado negro (ese que se crea por la conjunción de la simple curiosidad y el dinero) de “un par de automóviles” o de -una vez consumado el intercambio con el blanco occidental curioso- “comida para un par de meses”.
Creo poder anticipar algunos de sus pensamientos no formulados todavía, que me miran con cara de asco y replican: ¿y entonces qué hacemos, ignorarlos? ¡¿No nos ocupamos del descubrimiento?!
Exacto. NO HAGAMOS NADA. Es lo único que puedo responder con rotundidad.
Debemos sobreponernos a nuestra curiosidad y dejarlos donde están, ajenos a nosotros. Lo contrario les costará la extinción, o la reducción de su existencia a un elemento museístico, controlado, privado de libertad. A esos animales no les hace ninguna falta que conozcamos exactamente –inventando categorías, si no las hay, para justificar el desconocimiento- el carácter de su metabolismo y sus costumbres reproductivas. Si lo piensan bien, no hay nada de malo o de bruto en proclamar desde lo lejos “pues pasadas aquellas montañas hay unos animales raros del carajo”... para quedarse después con la vista perdida y cara de haber dicho algo profundo.
Además, lo que nos pueden contar los científicos, aparte del nombre en latín, que siempre tiene su coña, ya nos lo sabemos. No cuesta mucho hacer un análisis de campo inventado. Vamos. Pruébenlo.
En adelante, desde ahora mismo, los animalillos serán investigados, catalogados, convertidos en objetos científicos primero (con todo lo que comporta ser objeto de análisis metodológico: habrá que colgarles arandelas metálicas, radiotransmisores, numerarlos, pesarlos y hacer las cuantificaciones que sean necesarias, secuestrando y violentando al objeto de estudio con malas artes –científicas, eso sí- si es menester) y en cosita dineraria después (traslados a zoológicos, a instituciones de observación científica subvencionada, ect, etc…).
Y con un poco de (mala) suerte, los periodistas imbéciles que hablan de un mundo “perdido” (por “no descubierto”, como si lo ajeno al conocimiento humano andase a la deriva, sin lugar), terminarán de exotizar el remoto paraje para convertirlo uno de esos destinos para la aventura en donde se hace turismo caro y de ensueño para “grupos exclusivos de cincuenta”.
Aparte, habrá que considerar también a los lugareños neoguineanos, para los cuales, desde que hay interés occidental, cada animalillo de esos tiene un valor en el mercado negro (ese que se crea por la conjunción de la simple curiosidad y el dinero) de “un par de automóviles” o de -una vez consumado el intercambio con el blanco occidental curioso- “comida para un par de meses”.
Creo poder anticipar algunos de sus pensamientos no formulados todavía, que me miran con cara de asco y replican: ¿y entonces qué hacemos, ignorarlos? ¡¿No nos ocupamos del descubrimiento?!
Exacto. NO HAGAMOS NADA. Es lo único que puedo responder con rotundidad.
Debemos sobreponernos a nuestra curiosidad y dejarlos donde están, ajenos a nosotros. Lo contrario les costará la extinción, o la reducción de su existencia a un elemento museístico, controlado, privado de libertad. A esos animales no les hace ninguna falta que conozcamos exactamente –inventando categorías, si no las hay, para justificar el desconocimiento- el carácter de su metabolismo y sus costumbres reproductivas. Si lo piensan bien, no hay nada de malo o de bruto en proclamar desde lo lejos “pues pasadas aquellas montañas hay unos animales raros del carajo”... para quedarse después con la vista perdida y cara de haber dicho algo profundo.
Además, lo que nos pueden contar los científicos, aparte del nombre en latín, que siempre tiene su coña, ya nos lo sabemos. No cuesta mucho hacer un análisis de campo inventado. Vamos. Pruébenlo.
7 Comments:
¿No es en esa isla donde la leyenda dice que todavía hay canibales? Con un poco de suerte, de la próxima expedición se pierde la pista...
R
Uy... eso era antes.
Hace poco vi un documental de la televisión pública francesa (muy serio y muy antropológico, nada de TRIIIIBUSSALVAAAAAJESEN NATIONAAAALGEOGRAFICCHANEL...) en el que los guineanos de las tribus más guerreras habían adoptado un modo de vida bastante sedentario y pacífico. Seguían con sus tradiciones (comer, joder, beber y bailar y fumar, como en todas partes) pero la ley del Estado se les había impuesto, pues tras varias de esas contiendas habían aparecido hombres uniformados que se habían llevado a la capital a un par de ellos, a modo de ejemplo, como para decirles: "ya nos podéis comeros los testículos del enemigo, ahora los vuestros me los como yo".
En total: que como ya tienen un enemigo común y mucho más poderoso, han decidido dejar de matarse entre sí.
También recuerdo de ese documental lo felices que se les veía ahí sin civilizar, fumándo unos caliqueños curiosísimos -que hicieron vomitar al camarógrafo francés- y haciendo unos ritos extraños para afilar guijarros de río, para poder matar mejor al enemigo (a partir de ahora el Estado).
Y en fin, pues eso, que como está el mundo, que ya no hay ni caníbales...
Mira lo que se cuenta la Torres al respecto mientras nos venden la moto del Parque Jurásico.
Por lo que parece, tras Banda Aceh, Timor y esto de la ocupación de guinea (que ignoraba como un tonto; gracias alejo) los indonesios hacen una proyección geográgica y mental de lo que ha de ser suyo: todo el archipiélago.
Curioso que todos los indonesios de la capital proclamen orgullosos aquello de "tenemos más de 2000 islas". No las habitan: las "tienen".
Un día de estos alguna víctima del conflicto pone una bomba, se carga a 20 turistas occidentales y ya tenemos nueva "guerra de civilizaciones". Nos toman el pelo. Definitivamente. Mal asunto cuando hay que escarbar en las columnas de la Torres en vez de leer en portada para enterarnos de lo que pasa. Claro que el episodio referido sucedio hace tanto tiempo...
Recuerdo las implicaciones geoestratégicas de Indonesia en el área. Suharto criminal, pero es nuestro criminal. Aliado preferente con derecho a compra de material bélico yanqui... qué repetitiva es la historia reciente.
Tienes razón. Pero hay un terrible efecto de rebote: sin investigación no tenemos conclusiones y con investigación destruimos el objeto de estudio -o lo transformamos (y obtenemos conclusiones falsas)-.
Y peor, asumiendo la organización actual de la investigación: ¿Cabría la posibilidad de estudio sin secuestro de animales, sin financiación de multinacional interesada en, pongamos, la explotación cosmética de alguna sustancia que por allá se halle? ¿Cabría la investigación sin un objetivo apriorístico (demostrar que en un sistema virgen se produce H y además G) que desvirtuase por completo la investigación? ¿Cabría hoy un análisis desinteresado, por el puro goce del conocieminto científico, sin subvenciones y sin cuenta de resultados que ofrecer?
Y además, algunas de las extrapolaciones de Darwin hay que ponerlas en cuarentena. Hay multitud de excepciones patafísicas, tantas que hasta se podría hacer una ciencia de la excepción: el armadillo, el dragón de komodo o el mismo hombre, que lejos de evolucionar en relacion a su entorno, modifica el entorno para no tener que evolucionar.
En fin, algo hay de adoración tonta a la ciencia (y de antropocentrismo) en eso de no ponerse ningún límite, ni siquiera a la hora de diseccionar a otros sujetos (no humanos, claro) y joderles la marrana.
La pregunta no es tanto ¿hemos de negarnos a conocer? sino ¿debemos conocer a pesar de _____, sabiendo todo lo que sucederá? Porque, no pequemos de inocentes, uno sabe perfectamente qué sucede en cualquier hábitat investigado por un occidental: se desintegra.
Alejo muy interesante el enlace.
Y si que quedan canibales. En Filipinas, existe una tribu, que no se deja ver (ni de coña) pero que es conocida por los autoctónos de nosequé isla.
Me lo han contado muchos filipinos de la zona.
No recuerdo el nombre, pero esta gente vive acojonada. Igual es una leyenda urbana, no lo sé. Pero ellos hablan de esta tribu como real...
Que bonito es que nos queden estas "cositas" para creer que no hemos llegado a joderlo todo...todavía.
Salud.
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