Carta de amor y negocios desde Patatonia
Querida Helga:
Mi amada y estimada Helga, anhelo de mi alma, dulce ajonjolí de mis más cálidos y ardientes deseos, seguro que te apenará saber que como dictador vitalicio de Patatonia he iniciado mis andanzas políticas con muy mal pie. Por mucho que pongo de mi parte, por mucho afán conciliador que pongo en mi tarea, siempre aparece alguien contrariado por mis decisiones, alguien constitutivo de una determinada asociación o plataforma de intereses que no reconoce la benevolencia de mis acciones. Ello cuando no aparece una pintada en tal o cual barrio en donde se me echa a la cara el hecho de que no estoy legítimamente elegido en elecciones democráticas. Habrase visto mayor desfachatez, mi amada Helga. ¡Elecciones democráticas! ¡Políticos, Helga, quieren políticos que les representen, como si yo no lo fuera! La cuestión es que quieren más, un mayor número de políticos: una pequeña tropa de dictadores como yo. Democracia representativa, le llaman: lo que hay que oír.
Déjame que repase ante ti -que tan bien sabes comprenderme-, en esta forma epistolar puesto que la convivencia parece estarnos vetada por este extraño vicio tuyo del reposo espiritual y campestre, cuáles han sido mis principales preocupaciones durante estas últimas semanas, descripción que tal vez me sirva a mí también como forma de reflexión y distanciamiento de los hechos, ejercicio siempre conveniente para adquirir un necesario nuevo ángulo de gobierno.
En primer lugar, ayer me reuní con el lobby de fabricantes de bicarbonato sódico, pues estaban llamando a un temible lock out de todo el gremio a causa de mi impopular ISBI (Impuesto Sobre el Bicarbonato Sódico) –necesario para compensar la rebaja de medio punto en los impuestos generales sobre la renta y poder promocionarme así como benefactor de mi amada Patatonia-, e intenté hacerles comprender que, sin bicarbonato sódico, cuyo desaprovisionamiento parece inminente, no podré enfrentarme a la reacción del lobby de jubilados y prejubilados, el mayor sector consumidor de este remedio para las malas digestiones y uno de los mayores grupos de presión en Patatonia –en donde, como tú bien sabes, se puede reclamar la jubilación anticipada a los treinta y cinco años y en donde además (y esta impopular medida es nueva, así que atenta, Helguita de mis amores): la pensión corre íntegramente a cargo de la última empresa en la que se trabajó, como compensación por los daños y perjuicios generados por el Trabajo Desempeñado-.
Aparte, estuve toda la semana pasada reunido con mi tropa de Compositores Musicales Públicos, un séquito de ciento veinte músicos y poetas de todas las partes del planeta, intentando establecer con ellos algunas directrices para la música y la letra del himno de Patatonia. Hice algunas propuestas, sobre todo para la letra, pues quiero que sea todo un cántico sacrificial. Más que nada, por si en algún momento necesito enviar a morir a toda una generación de Patatonienses para ganar, qué se yo, el "honor", la "gloria", y quién sabe si un par de kilómetros de frontera para un oleoducto. Así que quiero un himno en el que los súbditos de Patatonia canten ufanos que están dispuestos a todo por nada, es decir: su vida a cambio de la patria, que es una grandeza abstracta bastante tonta por la que deberán morir en caso de Guerra, Estado de Excepción o, seamos claros, porque a mí me dé la gana. Primero propuse una primera estrofa que dijese algo así como: “Marchamos a la Muerte, y nos importa un bledo, porque, hep, porque, hep, porque, heeeeeeep… creemos en Patatoooonia, creemos en Patatoooonia, oe oe…” Y a continuación exigí al Experto en Variaciones Jazzísticas que programase alguna improvisación de la sección de vientos para que se viese cuan libre es Patatonia que hasta en el himno se le da libertad a los músicos. No tengo ni que aclararte lo bien acogida que fue esta decisión por el experto mencionado, pero como siempre la decisión explotó por el otro lado y tuve que contener una pequeña sublevación de la camarilla de Expertos Sinfónicos, uno de los cuales hiperventiló en un ataque de ansiedad y tuvo que ser asistido por mi Cuerpo de Médicos de Cámara –que tienen la obligación de entrar en donde yo me halle interpretando pequeñas piezas de Lizst, ya sabes que yo soy así y que de vez en cuando me concedo estas ligeras extravagancias-.
Pero la más grave afrenta, por su complejidad y peligrosidad, el más grande de cuantos problemas de Estado he afrontado, es una sublevación generalizada sobre la que viene advirtiéndome de forma constante mi Policía Política. Todo debido a la reciente Crisis. Por lo visto -empleo esta entradilla, mi querida Helga, porque yo, ante el peligro de magnicidio que recae sobre mi persona, hace meses que no salgo a la calle-, desde que prohibí el marketing y la publicidad, la venta de productos superfluos se ha desinflado y sobre la Economía ha devenido lo que los expertos –que también andan sin ocupación y, por lo tanto, conspirando- han tenido a bien llamar Crisis de Superproducción. Dicen que es la mayor en la Historia de Patatonia. Anteayer concedí audiencia a uno de esos burócratas mequetrefes que despedí al llegar al trono. Uno que antes era Ministro de Economía, hay que joderse. Ministro ¡y encima de economía! En tono arrogante me dijo que “si perdura la prohibición de la industria del reclamo, la producción de bienes de lujo y de ocio caerá y nos sumiremos en un tiempo oscuro e impredecible”. Le contesté que era un gilipollas y que lo que no era usado de modo natural por el hombre es porque no merece la pena ser producido, ante lo cual, al tipo le sobrevino un soponcio, seguido de una convulsión espasmódica de cinco minutos en la que no dejó de susurrar “crisis” y “superproducción” hasta que “expiró”, por emplear la palabra exacta del más culto de mis Médicos de Cámara, que no pudieron atender al pobre hombre al estar ejecutando la fuga del segundo movimiento del Op. 40 de Lizst, que es bastante jodido. En fin, el caso es que el tipo se me murió ahí encima, sobre la alfombra roja. El puto ministro de economía "expiró". Y ahora tenemos una crisis de superproducción.
Pero lo peor es que todos los que tienen ahora tiempo para descansar, todos esos publicistas, economistas y marquetinistas que antes realizaban los más atroces actos de engaño, reificación y contabilización y que por el bien común tuve que prohibir en mi primer decreto, en lugar de agradecérmelo y dedicarse a escribir odas a los árboles, a las tardes de otoño o a la grandeza de la Patria Patatoniense, andan conspirando allá afuera y ya han formado un ejército. Y lo peor del caso es que quien debía servirme de ayuda, mi Policía Política, cuyo trabajo consiste en avisarme de los complots que contra mí se preparan, me avisa de dos conspiraciones diferentes cada día, así que me resultan completamente inútiles. Son unos burócratas paranoicos. El Jefe de la Policía Política y Gran Tigre de los Asuntos Espinosos viene advirtiéndome mañana y tarde de actos de alta traición. Yo siempre le replico que al final, con tanta falsa previsión, seguro que acertará. Pero no puedo despedir también a mi Policía Política, pues entonces sé a ciencia cierta que su trabajo cambiará de prevenirme sobre conspiraciones a fabricarlas junto con todos los demás, en caso que no se hallen ya colaborando activamente en alguna de las conspiraciones que ellos mismos denuncian.
Y bien, no sé ya qué creer, según los últimos informes, se prepara un asalto combinado de las hordas de economistas, publicistas creativos y marquetinianos para intentar tomar el Palacio del Gran Tubérculo, mi reciente construcción de cuatrocientas habitaciones y veintiséis mil lavabos que ha costado la mitad del presupuesto patatoniense de este año (una preciosidad, Helguita, espera a verlo).
En fin, mi querida Helga, son estos unos tiempos difíciles e interesantes, y espero que el pueblo de Patatonia sepa reaccionar. Siento que sólo mi amor por ti (y mi amor por mí) pueden salvarme de toda esta salvaje población de súbditos que parecen haber perdido el norte como una brújula sobre un electroimán. Lo único que he hecho es liberarles de Trabajo y de la Economía y mira cómo me lo agradecen: conspirando, traicionándome, traicionando a Patatonia. Cuánto te echo de menos, mi querida. Espero que lo estés pasando bien en los montes de Asnalia. Y en cuanto al berrinche sobre ese tu preparador físico, ese adonis tan musculoso que contrataste, perdona mis celos injustificados, al ver esas fotos que me mostró mi Policía Política en las que estabais uno encima del otro y sin ropa, me temí lo peor, pero ahora que me dices que "no es lo que yo creía", debo creerte, estimada Helga, pues sin tu confianza nada de esto tendría sentido.
Eternamente tuyo, aunque consagrado a la gloria eterna que, de momento, disfruta Patatonia.
Mi amada y estimada Helga, anhelo de mi alma, dulce ajonjolí de mis más cálidos y ardientes deseos, seguro que te apenará saber que como dictador vitalicio de Patatonia he iniciado mis andanzas políticas con muy mal pie. Por mucho que pongo de mi parte, por mucho afán conciliador que pongo en mi tarea, siempre aparece alguien contrariado por mis decisiones, alguien constitutivo de una determinada asociación o plataforma de intereses que no reconoce la benevolencia de mis acciones. Ello cuando no aparece una pintada en tal o cual barrio en donde se me echa a la cara el hecho de que no estoy legítimamente elegido en elecciones democráticas. Habrase visto mayor desfachatez, mi amada Helga. ¡Elecciones democráticas! ¡Políticos, Helga, quieren políticos que les representen, como si yo no lo fuera! La cuestión es que quieren más, un mayor número de políticos: una pequeña tropa de dictadores como yo. Democracia representativa, le llaman: lo que hay que oír.
Déjame que repase ante ti -que tan bien sabes comprenderme-, en esta forma epistolar puesto que la convivencia parece estarnos vetada por este extraño vicio tuyo del reposo espiritual y campestre, cuáles han sido mis principales preocupaciones durante estas últimas semanas, descripción que tal vez me sirva a mí también como forma de reflexión y distanciamiento de los hechos, ejercicio siempre conveniente para adquirir un necesario nuevo ángulo de gobierno.
En primer lugar, ayer me reuní con el lobby de fabricantes de bicarbonato sódico, pues estaban llamando a un temible lock out de todo el gremio a causa de mi impopular ISBI (Impuesto Sobre el Bicarbonato Sódico) –necesario para compensar la rebaja de medio punto en los impuestos generales sobre la renta y poder promocionarme así como benefactor de mi amada Patatonia-, e intenté hacerles comprender que, sin bicarbonato sódico, cuyo desaprovisionamiento parece inminente, no podré enfrentarme a la reacción del lobby de jubilados y prejubilados, el mayor sector consumidor de este remedio para las malas digestiones y uno de los mayores grupos de presión en Patatonia –en donde, como tú bien sabes, se puede reclamar la jubilación anticipada a los treinta y cinco años y en donde además (y esta impopular medida es nueva, así que atenta, Helguita de mis amores): la pensión corre íntegramente a cargo de la última empresa en la que se trabajó, como compensación por los daños y perjuicios generados por el Trabajo Desempeñado-.
Aparte, estuve toda la semana pasada reunido con mi tropa de Compositores Musicales Públicos, un séquito de ciento veinte músicos y poetas de todas las partes del planeta, intentando establecer con ellos algunas directrices para la música y la letra del himno de Patatonia. Hice algunas propuestas, sobre todo para la letra, pues quiero que sea todo un cántico sacrificial. Más que nada, por si en algún momento necesito enviar a morir a toda una generación de Patatonienses para ganar, qué se yo, el "honor", la "gloria", y quién sabe si un par de kilómetros de frontera para un oleoducto. Así que quiero un himno en el que los súbditos de Patatonia canten ufanos que están dispuestos a todo por nada, es decir: su vida a cambio de la patria, que es una grandeza abstracta bastante tonta por la que deberán morir en caso de Guerra, Estado de Excepción o, seamos claros, porque a mí me dé la gana. Primero propuse una primera estrofa que dijese algo así como: “Marchamos a la Muerte, y nos importa un bledo, porque, hep, porque, hep, porque, heeeeeeep… creemos en Patatoooonia, creemos en Patatoooonia, oe oe…” Y a continuación exigí al Experto en Variaciones Jazzísticas que programase alguna improvisación de la sección de vientos para que se viese cuan libre es Patatonia que hasta en el himno se le da libertad a los músicos. No tengo ni que aclararte lo bien acogida que fue esta decisión por el experto mencionado, pero como siempre la decisión explotó por el otro lado y tuve que contener una pequeña sublevación de la camarilla de Expertos Sinfónicos, uno de los cuales hiperventiló en un ataque de ansiedad y tuvo que ser asistido por mi Cuerpo de Médicos de Cámara –que tienen la obligación de entrar en donde yo me halle interpretando pequeñas piezas de Lizst, ya sabes que yo soy así y que de vez en cuando me concedo estas ligeras extravagancias-.
Pero la más grave afrenta, por su complejidad y peligrosidad, el más grande de cuantos problemas de Estado he afrontado, es una sublevación generalizada sobre la que viene advirtiéndome de forma constante mi Policía Política. Todo debido a la reciente Crisis. Por lo visto -empleo esta entradilla, mi querida Helga, porque yo, ante el peligro de magnicidio que recae sobre mi persona, hace meses que no salgo a la calle-, desde que prohibí el marketing y la publicidad, la venta de productos superfluos se ha desinflado y sobre la Economía ha devenido lo que los expertos –que también andan sin ocupación y, por lo tanto, conspirando- han tenido a bien llamar Crisis de Superproducción. Dicen que es la mayor en la Historia de Patatonia. Anteayer concedí audiencia a uno de esos burócratas mequetrefes que despedí al llegar al trono. Uno que antes era Ministro de Economía, hay que joderse. Ministro ¡y encima de economía! En tono arrogante me dijo que “si perdura la prohibición de la industria del reclamo, la producción de bienes de lujo y de ocio caerá y nos sumiremos en un tiempo oscuro e impredecible”. Le contesté que era un gilipollas y que lo que no era usado de modo natural por el hombre es porque no merece la pena ser producido, ante lo cual, al tipo le sobrevino un soponcio, seguido de una convulsión espasmódica de cinco minutos en la que no dejó de susurrar “crisis” y “superproducción” hasta que “expiró”, por emplear la palabra exacta del más culto de mis Médicos de Cámara, que no pudieron atender al pobre hombre al estar ejecutando la fuga del segundo movimiento del Op. 40 de Lizst, que es bastante jodido. En fin, el caso es que el tipo se me murió ahí encima, sobre la alfombra roja. El puto ministro de economía "expiró". Y ahora tenemos una crisis de superproducción.
Pero lo peor es que todos los que tienen ahora tiempo para descansar, todos esos publicistas, economistas y marquetinistas que antes realizaban los más atroces actos de engaño, reificación y contabilización y que por el bien común tuve que prohibir en mi primer decreto, en lugar de agradecérmelo y dedicarse a escribir odas a los árboles, a las tardes de otoño o a la grandeza de la Patria Patatoniense, andan conspirando allá afuera y ya han formado un ejército. Y lo peor del caso es que quien debía servirme de ayuda, mi Policía Política, cuyo trabajo consiste en avisarme de los complots que contra mí se preparan, me avisa de dos conspiraciones diferentes cada día, así que me resultan completamente inútiles. Son unos burócratas paranoicos. El Jefe de la Policía Política y Gran Tigre de los Asuntos Espinosos viene advirtiéndome mañana y tarde de actos de alta traición. Yo siempre le replico que al final, con tanta falsa previsión, seguro que acertará. Pero no puedo despedir también a mi Policía Política, pues entonces sé a ciencia cierta que su trabajo cambiará de prevenirme sobre conspiraciones a fabricarlas junto con todos los demás, en caso que no se hallen ya colaborando activamente en alguna de las conspiraciones que ellos mismos denuncian.
Y bien, no sé ya qué creer, según los últimos informes, se prepara un asalto combinado de las hordas de economistas, publicistas creativos y marquetinianos para intentar tomar el Palacio del Gran Tubérculo, mi reciente construcción de cuatrocientas habitaciones y veintiséis mil lavabos que ha costado la mitad del presupuesto patatoniense de este año (una preciosidad, Helguita, espera a verlo).
En fin, mi querida Helga, son estos unos tiempos difíciles e interesantes, y espero que el pueblo de Patatonia sepa reaccionar. Siento que sólo mi amor por ti (y mi amor por mí) pueden salvarme de toda esta salvaje población de súbditos que parecen haber perdido el norte como una brújula sobre un electroimán. Lo único que he hecho es liberarles de Trabajo y de la Economía y mira cómo me lo agradecen: conspirando, traicionándome, traicionando a Patatonia. Cuánto te echo de menos, mi querida. Espero que lo estés pasando bien en los montes de Asnalia. Y en cuanto al berrinche sobre ese tu preparador físico, ese adonis tan musculoso que contrataste, perdona mis celos injustificados, al ver esas fotos que me mostró mi Policía Política en las que estabais uno encima del otro y sin ropa, me temí lo peor, pero ahora que me dices que "no es lo que yo creía", debo creerte, estimada Helga, pues sin tu confianza nada de esto tendría sentido.
Eternamente tuyo, aunque consagrado a la gloria eterna que, de momento, disfruta Patatonia.
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