Policías vestidos de seda
Nos encontramos en la cima de una era de sumisión pactista. Todas las imposiciones se camuflan en forma de consenso. Los políticos, la economía y sus medios, a fuerza de repetición y seducción, han logrado que los individuos se conciban a sí mismos -y ante todo- como “ciudadanos” bajo la creencia de que la sociedad, por el mero hecho de compartir territorio y futuro, posee unos valores comunes y unos intereses compartidos. Se ha logrado a su vez que la palabra confrontación produzca una enorme pereza y que la sola mención de los vocablos “clase” o “desigualdad” haga que los intelektuales levanten el periódico para taparse la cara: “si hablo de eso, nadie me publicará”, musitan para sus adentros. Pero es una convicción gaseosa, satisfecha, que reventará ante la más mínima circunstancia adversa. Todo el mundo sabe que los intereses de un pensionista y los de una inmobiliaria son contrapuestos, o que la precariedad y flexibilización son consecuencia de la rapacería planificada desde arriba, o que la destrucción del territorio va asociada a la nueva distribución mundial del trabajo, en que nosotros distribuimos reticularmente con infraestructuras siempre crecientes y unos chinitos (futuros demócratas ciudadanistas) hacen el trabajo de fábrica que desempeñaron nuestros abuelos.
Esta hipnosis autoinducida, esta ideología del buenrrollismo ciudadanista que tan hondo ha calado, produce el estado de ánimo necesario para poder colar entre la mayoría las dosis de cinismo y mentira necesarias para alimentar aún más la predisposición a favor del poderoso. Ayer mismo, en el telediario nocturno de mayor audiencia (ese que conduce un señor con los ojos entrecerrados), reportó una periodista desde París, en el centro mismo de las manifestaciones que mantiene Francia contra su nueva legislación hijoputesca. Toda la narración fue destinada a criminalizar a los que lanzaban piedras a la policía y destrozaban mobiliario urbano. Y ya se sabe que, criminalizada la propuesta, deslegitimadas sus pretensiones. Los media han aprendido bien este cuento: ¿quieres deslegitimar una propuesta? Prende un fuego y fílmalo junto a un manifestante.
Pero el guión de la noticia fue de una desfachatez inaudita: los policías secretos infiltrados en el cuerpo de la manifestación fueron denominados “Policías vestidos de civil” (¿qué me pongo hoy? ¿Mi uniforme o mi ropa de civil?) y según la periodista procuraban contener los “brotes de violencia” que se producían en la manifestación… Vamos a ver, hijita, si un secreta está infiltrado en una manifestación lo último que puede hacer es tratar de poner freno a la algarada; todo lo contrario, está allí para detallar indumentarias y descripciones físicas por su móvil y para hacer fotos de los manifestantes e ir a por ellos después. No ejercen de vigilancia civil ni velan por que las manifestaciones se lleven a buen puerto, para eso están los antidisturbios, que tienen un aspecto y un equipo preparados para el ejercicio de la violencia y la intimidación.
Estos “violentos”, y seguimos con la narración fantástica de la periodista, tampoco había podido ser contenidos por “los estudiantes” (a quienes, según el guión de la noticia, “incluso pateaban”; y para ilustrarlo, intercalaron las imágenes de un secreta –o un estudiante de treinta y cinco años- siendo pisoteado en el suelo para adornar convenientemente la mentira), los cuales constituyen un bando distinto. Tenemos por un lado a “los violentos”, que son malos, y por el otro a “los estudiantes”, que son buenos, disciplinados, detestan la violencia y desean un mañana mejor. Son encantadores. No me pregunten cómo distinguía la señorita periodista a "los violentos" de "los estudiantes" estando todos concentrados en la misma manifestación y en un espacio francamente reducido para el caudal de asistentes. Además ¿No había estudiantes violentos? ¿O es que, a un nivel lógico más abstracto, la violencia imposibilita el estudio?
Por si esto no fuera poco, "los violentos" atacaron también a la prensa que les criminaliza, y visto el venenoso discurso de la periodista, que se asombró de que les lloviesen piedras, queda claro el porqué. Sorprende que les sorprenda haberse convertido en blanco de la ira popular. Cuando no hay autocrítica, cuando la ideología penetra en una mente hasta hacerse irreconocible (y esa es la ideología perfecta: la que borra sus propias huellas) los ataques le alcanzan a uno con los calzoncillos bajados y mirando a Cuenca.
Pero lo último, lo que más me gustó, fue un enfoque rápido de algunos sindicalistas, un montón de futuros prejubilados –a corto plazo-, que habían hecho cordones humanos para que los violentos no penetrasen en zonas "sensibles" de la ciudad. Esto es lo mejor: los sindicatos ejerciendo de protección civil, colaborando en el mantenimiento del orden, no sólo ya en la desactivación de la lucha popular, arreglando claudicaciones y expedientes de regulación, sino como agente colaborador de los cuerpos de represión del estado.
Creo que voy a vomitar.
Esta hipnosis autoinducida, esta ideología del buenrrollismo ciudadanista que tan hondo ha calado, produce el estado de ánimo necesario para poder colar entre la mayoría las dosis de cinismo y mentira necesarias para alimentar aún más la predisposición a favor del poderoso. Ayer mismo, en el telediario nocturno de mayor audiencia (ese que conduce un señor con los ojos entrecerrados), reportó una periodista desde París, en el centro mismo de las manifestaciones que mantiene Francia contra su nueva legislación hijoputesca. Toda la narración fue destinada a criminalizar a los que lanzaban piedras a la policía y destrozaban mobiliario urbano. Y ya se sabe que, criminalizada la propuesta, deslegitimadas sus pretensiones. Los media han aprendido bien este cuento: ¿quieres deslegitimar una propuesta? Prende un fuego y fílmalo junto a un manifestante.
Pero el guión de la noticia fue de una desfachatez inaudita: los policías secretos infiltrados en el cuerpo de la manifestación fueron denominados “Policías vestidos de civil” (¿qué me pongo hoy? ¿Mi uniforme o mi ropa de civil?) y según la periodista procuraban contener los “brotes de violencia” que se producían en la manifestación… Vamos a ver, hijita, si un secreta está infiltrado en una manifestación lo último que puede hacer es tratar de poner freno a la algarada; todo lo contrario, está allí para detallar indumentarias y descripciones físicas por su móvil y para hacer fotos de los manifestantes e ir a por ellos después. No ejercen de vigilancia civil ni velan por que las manifestaciones se lleven a buen puerto, para eso están los antidisturbios, que tienen un aspecto y un equipo preparados para el ejercicio de la violencia y la intimidación.
Estos “violentos”, y seguimos con la narración fantástica de la periodista, tampoco había podido ser contenidos por “los estudiantes” (a quienes, según el guión de la noticia, “incluso pateaban”; y para ilustrarlo, intercalaron las imágenes de un secreta –o un estudiante de treinta y cinco años- siendo pisoteado en el suelo para adornar convenientemente la mentira), los cuales constituyen un bando distinto. Tenemos por un lado a “los violentos”, que son malos, y por el otro a “los estudiantes”, que son buenos, disciplinados, detestan la violencia y desean un mañana mejor. Son encantadores. No me pregunten cómo distinguía la señorita periodista a "los violentos" de "los estudiantes" estando todos concentrados en la misma manifestación y en un espacio francamente reducido para el caudal de asistentes. Además ¿No había estudiantes violentos? ¿O es que, a un nivel lógico más abstracto, la violencia imposibilita el estudio?
Por si esto no fuera poco, "los violentos" atacaron también a la prensa que les criminaliza, y visto el venenoso discurso de la periodista, que se asombró de que les lloviesen piedras, queda claro el porqué. Sorprende que les sorprenda haberse convertido en blanco de la ira popular. Cuando no hay autocrítica, cuando la ideología penetra en una mente hasta hacerse irreconocible (y esa es la ideología perfecta: la que borra sus propias huellas) los ataques le alcanzan a uno con los calzoncillos bajados y mirando a Cuenca.
Pero lo último, lo que más me gustó, fue un enfoque rápido de algunos sindicalistas, un montón de futuros prejubilados –a corto plazo-, que habían hecho cordones humanos para que los violentos no penetrasen en zonas "sensibles" de la ciudad. Esto es lo mejor: los sindicatos ejerciendo de protección civil, colaborando en el mantenimiento del orden, no sólo ya en la desactivación de la lucha popular, arreglando claudicaciones y expedientes de regulación, sino como agente colaborador de los cuerpos de represión del estado.
Creo que voy a vomitar.
4 Comments:
La alegre demonización de ciertos movimientos sociales, como el que acontece en Francia ahora mismo, por parte de ciertos medios de comunicación.
No dejan de ser trolas. Si todos los participantes en las manifestaciones tuvieran el mismo comportamiento que la minoría violenta de la que informan las brigadas antidisturbios acabarían desaparecidas en combate, devoradas por la multitud con sus porras, cascos y demás parafernalia.
Los estudiantes, los sindicalistas y la policía, todos en el mismo bando, el de los buenos. En el otro bando, la minoría de violentos.
Impecable análisis el suyo, como es costumbre, Sr. Patata.
Estoy leyendo en el BOES esta mañana que "El Gobierno y los agentes sociales pactan un despido más barato para algunos contratos". Francamente, viendo lo que veo y comparando con los vecinos de arriba lo que me extraña es que todavía exista la indemnización por desemplo.
"La patronal" como "agente social". Para descojonarse si no fuera para llorar.
Agente social, mmm... parece una simplificación de Agente de Destrucción Social. Porque eso sí lo es.
Publicar un comentario
<< Home