la patata de la libertad

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21.3.06

Algunas consideraciones apresuradas...

... sobre la revuelta de los botelloneros

I.
El ocio no agota su significado en ese “pasar un buen rato” con el que la mayoría lo identifica. Esa es la versión simplificada, reducida: la que vende la publicidad y repiten las administraciones. El Ocio en nuestra sociedad es, ante todo, una costumbre y un reconocimiento social mútuo. La mayor parte de la gente no se divierte en discotecas (tal vez aquellos que, como los petirrojos macho, segregan endorfinas durante el flirteo) y, reconozcámoslo de una puta vez, se aburre en los conciertos y eventos sociales. Sin embargo, aparentan lo contrario porque, si después de cinco días de trabajo inútil o estudio de falsas convenciones en la universidad, “encima” no han de divertirse en su tiempo libre, mejor sería morirse, echarse al monte o aventurarse en un viaje de huída hacia cualquier parte. Tienen la obligación de gozar.
Resumo, y esta vez cambiaré el enfoque Zizek por uno Debord: que una vida cotidiana miserable evacua conductas a modo de representaciones de felicidad. La falsificación de la realidad, donde todo el tiempo es tiempo de apariencia, administración y disimulo, impone diversiones falsas. Permítanme ocupar por un momento una tribuna de burgués para describirlo pues, en cuestión de Ocio (por práctica a través de lo siglos y porque fueron ellos quienes primero tuvieron tiempo para inventarlo), los burgueses no tienen competencia: el botellón supone una ingesta alcohólica desproporcionada de destilados baratos, en un espacio incómodo y no habilitado, ante la presión de un control social militarizado y, en muchas ocasiones, expuestos a un frio que invita al recogimiento. No es esa una forma de “pasar un buen rato”. Más bien pertenece a la dimensión de rutina y reconocimiento social a la que he hecho referencia, a la obligación de divertirse.
Hago esta larga aclaración sobre las verdaderas motivaciones del “botellón” porque existe una versión simple y boba que aduce siempre que tiene ocasión que esta es la forma en que los jóvenes “se lo pasan bien”, afirmación que, pretendiendo solidarizarse con la juventud, consigue justo lo contrario, pues resulta una completa falsedad y ayuda a perpetuar la inaccesibilidad de las formas de ocio burguesas que deberían estar al alcance de cualquiera. Los jóvenes se lo pasan bien cuando no planifican la diversión. Los jóvenes, que no son tan tontos como los medios gustan representarles, preferirían con toda seguridad comerse un asado de tira en una brasería y tomarse después un buen ron envejecido en barrica de roble, pero sucede que nuestra actual organización social les impide esta posibilidad y les impone ciertos modelos de diversión “obligatoria”. ¡Rebélate, gañancito, bebe este vodka de nabo Revolution Flavour combinado con refresco sabor tropicola y baila con tus dreadlocks este ritmo “tribal” de esencia chill-out-fusión! Por resumir aún más: que se puede perfectamente convencer a la mayoría de que lo malo es bueno. Basta una inversión suficiente en marketing.

II.
Otra de las consideraciones que parece evitarse es la valoración política del conflicto. Por supuesto, no voy a ser tan tonto de atribuir conciencia revolucionaria a los botelloneros (de misma estúpida forma en que se les ha endosado conciencia de clase a los automovilistas antiparquímetros), pero en toda explosión popular debemos buscar las raíces de la confrontación y sopesar la influencia de los factores sociales que puedan llegar a conocerse. El resto es especular entorno al vacío, como bien se percibe con los habituales recursos a las condenas de chichinabo (“amenazan la paz social”, “quiebran el orden”; ¿¡Qué paz social!? ¿¡Qué mierdas de orden!?) y a las consideraciones moralistas en la más pura línea higienista y de home de seny, una expresión anacrónica que parece un auténtico revival de los años precursores a la revuelta anarquista en Barcelona.
Decía que, de alguna manera, han de poder encontrarse motivos de alcance material a la hora de valorar los enfrentamientos con la policía. Primero, podríamos anotar que el Macrobotellón Cívico contaba con una convocatoria preciosa, impresa en papel amarillo y que conjuntaba los insustanciales lemas del ayuntamiento (Barcelona Batega, Barcelona va B.) junto con una referencia indirecta (macrobotellón “cívico”) a su ordenanza fascista. Esto ya nos sitúa en el escenario de un conflicto causado por un abuso de poder de la actual administración de Ciudad Escaparate, que consagra la calle como espacio de circulación de mercancías y como escenario museificado para la contemplación turística. Es decir, que la ciudad entera se ha consagrado al flujo de valorización capitalista. ¿Qué les parece? ¿Estamos o no estamos ante un conflicto político? Sin embargo, al Estado y al Capital, que viajan juntos en esta apropiación encubierta del espacio común, les interesa vender la confrontación resultante como una expresión unilateral de disconformidad adolescente, un puro sinsentido, un acto de vandalismo ilógico de jóvenes que se revuelven contra La Nada más absoluta y al cual no se le pueden buscar explicaciones. Al modo de President Ansar, que reclamó un buen día que frente al terrorismo debería desmitificarse el propio concepto de “causa” (lo cual no deja de ser un modo sofisticado de proclamar de nuevo ¡Viva la Muerte!), los socialdemócratas rechazan el propio acto de pensar, rechazan el conocimiento de aquello que pueda haber causado el descontento o –si nos ponemos de su lado- el “vandalismo”. “No se puede y ya está”. Como ven, estamos en manos de tontos infantiles y malcriados o, si les otorgamos algo de capacidad filosófica, peligrosos tecnócratas oscurantistas y autoritarios.
A continuación, sin contar con un estudio de campo y con las miles de encuestas que nos harían falta para ordenar y priorizar unas causas sobre otras, enumeraré algunos de los motivos que creo pueden haber contribuido a la creación de este clima, y no me refiero sólo al acto del "botellón": un aumento del setenta por cien en los precios del alcohol en los bares durante los últimos años (en especial desde la entrada del Euro), el colapso del sistema de ascenso social y fomento del Puesto de Trabajo, la precarización de los primeros empleos, la alienante consagración de las universidades a la “formación de profesionales” (ejerciendo de factoría biosocial para el mercado), la desatención familiar por la incorporación de la mujer al mercado laboral y la extensión del horario laboral, el embrutecimiento cultural generado por formas cada vez más planas y superficiales de difusión y creación de cultura (por no entrar en la cultura misma, que premia monetariamente las expresiones individuales y egoístas sin dimensión social)… etcétera, etcétera y etcétera. Y todo el etcétera que quieran.

III.
Así a lo tonto, "como quien no quiere la cosa", tenemos ya un par de elementos configuradores del "macrosarao": (1) la válvula de escape a una vida de mierda, el Ocio salvaje en la calle, que incluye destrucción, saqueo y enfrentamiento a las fuerzas del orden (en una vida tan desnaturalizada como la nuestra, no me negarán que estas acciones son lo más parecido a una aventura que un joven puede llegar a vivir) y (2) el uso de las actuales formas de diversión como dispositivo de acción antiautoritaria contra unas circunstancias sociales indignas.
Y bien ¿Qué podría faltarnos en esta visión apresurada y de corto alcance?... Acertaron, resta descubrir aún más de la imbecilidad que cae en el huerto del Consistorio. En primer lugar, denunciando la militarización del Barrio del Raval, que no deja de ser una provocación imbécil se mire como se mire. Si ante la convocatoria de una fiesta se reacciona con la convocatoria de un ejército urbano, la dialéctica reactiva básica (existente en cualquier ser humano con las más primitivas ganas de vivir) dicta que los festejantes confronten. Sin embargo, esta simple reflexión parece haberles pillado cagando, como se dice vulgarmente. Y no sólo eso sino que al grave error “militar” de movilizar a trescientos cincuenta agentes en un barrio de calles angostas y fácil huída (por no hablar de la consideración moral que debe merecerle a cualquiera que el ayuntamiento pretenda reprimir –no seamos inocentes: esa es la función social de los antidisturbios- a un buen grupo jóvenes ociosos), debe sumársele el necio resumen que han concluido: “fueron doscientos violentos expertos en reventar actos”. Como siempre, a problemas sistémicos, soluciones biográficas. Que no podemos ni sabemos explicarlo, pues inventemos una narración fantástica con una bipolaridad moral bien marcada. Que la ciudadanía sepa que hay Orcos, unos doscientos, y que ellos son los Malos a los que el Consistorio debe enfrentarse. Todo mentira, por supuesto: por arriba ellos hacen ver como que hacen y por aquí abajo, la gente hace ver que se cree que arriba hacen. Es el consenso perfecto. La imbecilidad ciudadanista.
Finalmente, considerando al fin en este tercer bloque los errores “estratégicos” –tanto como sus malignos Planes- llegamos al meollo de la cuestión: la maldita ordenanza cívica. No entraré aquí en su inconstitucionalidad (pues en rigor, la propia constitución debería ser proclamada inconstitucional), sino que me limitaré a referirme a algunas de las actividades que prohíbe: consumo de alcohol en el espacio público, prostitución en el espacio público, patinaje (skate y rolling) sólo en zonas habilitadas, colocación de carteles en fachadas, “juguesques”, limosna en los pasos cebra, graffitis y, en general, toda forma de vida o expresión que no se ajuste al “orden” y a “las buenas costumbres”. Esta ordenanza, de haber sido aprobada por la Derecha, hubiese causado los peores disturbios sociales en ochenta años, pero como es papillita cívica y multicultural de la socialdemocracia, el Ciudadano traga y la revuelta deviene incomprensible. O peor aún, en un alarde de invocación autorreferencial, la propia revuelta es "incívica". Así que, en conclusión, y descuidando por un momento el afán científico que por lo bajo pueda habérseme escapado: que lo que no se comprende es que las confrontaciones surjan así, de tanto en tanto, y que no sean una constante invariable o un verdadero escenario de guerra social generalizada. ¿Será que estamos adocenados ya de forma definitiva?
No quiero creerlo.
Por ello me alegro que, así sea de pascuas a ramos, la calle arda.
Así se sabe de quién es.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Dicen por allá arriba: "jaiak bai, borroka ere bai". Es decir, "fiestas sí, lucha también".

Y descontextualizando todo lo que has dicho, y con las salvedades precisas, la pena que pueda dar el hecho de que sean estas nuestra motivaciones y todo lo demás, me acuerdo de una canción creo que era de La Polla, que decía "es política". Refiriendose al vandalismo.

No olvidemos que los "gamberros españoles" son citados por fuentes diversas extranjeras con la misma categoría que los squatters holandeses. Si nuestra fuerza es una combinada de motivación real y de borrachuchismo, pues que así sea.

Otra cosa será que haya la suficiente energía cinética para convertir el mear en la calle con un acto verdaderamente desestabilizante.

Tendría que ser un chorro portentoso. Pero ahí estamos.

5:32 p. m.  
Blogger la patata de la libertad said...

Sastamente, purranki. Porque como dice el plomero Gómez Letras, que comparte despacho con El Detective Belascoarán: "lo importante no es el chorro sino la espuma que se levanta".
Con respecto a las fuentes extranjeras, a mí me pasó que conseguí otro enfoque sobre el vandalismo cuando leí "España en el corazón" (no te dejes engañar por el título, no es una sanfaina patriotera), una recopilación de Os Cangaceiros editada por los buenos de Pepitas de Calabaza. El grupo francés da una visión diferente sobre la violencia milenarista que levantamos en la península cada dos por tres, aunque ellos tampoco se quedan cortos.
Pero sí, ahí estamos. En pitinglis y con Emma Goldman "it's not my revolution if i can't dance to it".

6:04 p. m.  

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