la patata de la libertad

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Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

7.3.06

Cuatro notas sobre ingenuidad, pereza, desidia...

... y otros elevados valores morales

¡Qué mal ejemplo! (en lapatata no recomendamos que los niños fumen)

1. La realidad política parece afianzarse en su secular camino hacia la ingenuidad colectiva, un lugar en donde habitan hipopótamos multicolores y surcan los cielos miles de "hadas buenas", un país en donde todos aparentan que cambiar algo con las actuales instituciones es cuestión de persistencia. Y Fluffy reina tranquilo (como saben, Fluffy es un osito de peluche responsable del 96% del Mal que asola el planeta). Al margen de los análisis viscosos sobre el Estatut y la inviolabilidad de la Sacrosanta Unidad de España que provienen de la derecha -a la que ya conocemos y hacia la que renovamos continuamente nuestro monacal voto de odio- ofende particularmente la perversa y fingida inocencia socialdemócrata que, como siempre, pretende hacer un revuelto sin partir los huevos, al aplazar hasta infinito el problema nacionalista cerrándose a cualquier posibilidad de autodeterminación; destino que, dicho sea de paso, sería una mera reproducción a pequeña escala del régimen de dominio que hoy existe. Pero en la falsa realidad actual nada tiene lugar afuera del Madrid centrífugo y eterno. Y los nacionalistas “periféricos” lo saben, así que hacen ver como que hacen y se dedican a la reproducción de sus actuales circunstancias, que les dan muy bien de comer: ahora mismo se hallan inmersos en la preparación y negociación a la baja de un nuevo régimen de sumisión al Estado ¡como si se tratase de un triunfo y un avance para el Pueblo! (que, y no está de más decirlo, en ningún momento les ha reclamado una nueva ley: maldita la falta que nos hace otra ley). Hace poco leí que la mejor forma para preservar la propia salud mental es reconocer un cierto grado de locura en uno mismo. Es cierto: los locos de atar suelen declararse solemnemente cuerdos, y en el acto de afirmación reclaman para sí la razón de forma exclusiva. En este caso, vista la cordura generalizada, contemplado el vasto ejército de soldados de la razón, me declaro loco y ajeno a toda esta ingenuidad política. Yo no estoy aquí. Como bien dice Amorós, la nueva lucha será antipolítica o no será lucha. Así que ahí se quedan, los que quieran, en el país de las hadas buenas y los hipopótamos multicolores. A pelear por el Estatut.

2. Ataque de nostalgia. Se abrieron las puertas de mi antiguo colegio cuando pasaba por delante y salió de dentro el habitual tropel de enérgicos individuos diminutos, cargado cada uno con un fragmento de mis recuerdos. Peleas en el patio. Rodillas peladas. Jerseys con coderas. Castigos de cinco a siete. Seis partidos de baloncesto simultáneos en las mismas dos canastas. Señora Pilar, Señora Pilar, clac clac clac –ruido de monedas contra la barra- ¡un recambio y dos láminas de dibujo! (de sexto, con los márgenes verdes, más pequeñas que las de BUP). La puerta, hoy franqueada por una cafetería de lujo y una residencia estudiantil –hasta los curitas se han incorporado a la sociedad-empresa-, funcionó como un surtidor de melancolía. Una explosión amarilla y verde. Contemplé el patio unos segundos, suspiré y proseguí el paseo, silbando una estúpida canción que nos hacían cantar en misa y que concluye con el fraternal verso “junto a tiiiii, buscaré otroooo baaaar”.

3. Me hace cierta gracia –por no mentar mis más oscuras penas- que toda oposición a la técnica y su dominio (infraestructuras, sumisión a móviles y ordenadores, vigilancia y rastreo, trabajo inmaterial involucrado, etc, etc) tenga que ser objetada, a falta de argumentos mejores, mediante una tramposa retrotracción al tiempo de las cuevas y los taparrabos de piel de nutria. A ver, señores, no impugnamos el vestido ni las herramientas, no rechazamos la ciudad ni el arte ni la cultura (aunque sí los triunfantes y actuales), tan solo reclamamos lentitud y, sobretodo, una inaudita y desconocida sumisión de la técnica a nosotros los humanos, sus creadores. Pretendemos que la economía y la ciencia se adapten a nuestros ritmos, y no al revés, como viene sucediendo. Pretendemos frenar el desmantelamiento de formas de vida humildes (sin pretensiones de eternidad), oficios y organizaciones sociales lentas. Todos deberíamos pensar un buen rato en ello. Un ejercicio en este sentido podría consistir en la contemplación de nuestra infraestructura tecnológica para comenzar a pensar en qué nos condiciona, a qué nos impulsa, cómo nos transforma, cómo nos configura. Y después, entrar a valorar posibles descartes, rechazos. Sin ciertas pausas en el modo de pensamiento actual, proyectado siempre hacia el porvenir, hacia la destrucción del presente y la construcción del futuro, sin una parada en ejercicios críticos como este, la vida moderna nos condena a un camino hacia delante, hacia nosesabedonde, y a toda mierda, señores, sin vuelta atrás.

4. Me reclamaron en un amabilísimo mail mi extraña posición ante el tabaco, que es muy malo y mata. Como la drogaína. En este y otros temas, mi postura es "radical" y se asemeja bastante a la de la derecha liberal (caigan sobre mí las siete plagas): allá cada uno con su cuerpo. Cabe objetar contra esto la cantinela de los Fumadores Pasivos, que es en buena parte cierta. Que si uno se halla en una sala pequeña o si, sencillamente, se encuentra comiendo o bebiendo algo, debe poder hacerlo sin estar rodeado de humo asqueroso. Aunque por otra parte, las leyes hacen tabula rasa y generan miles de pequeñas situaciones injustas. Que en un local de veinte metros de alto y siete mil metros cuadrados no se pueda fumar es tan ridículo como prohibir fumar al aire libre. Pero bien, de acuerdo, aceptamos pulpo: no tengo nada en contra de que los pequeños locales manden a hacer el pitillo a la calle. De hecho, puede ser un buen momento para salir a comentar la jugada, que si Juani se ha engordao y que si Jordi cada día se emborracha más pronto (debe ser el estrés). El problema lo tengo con el control y la persecución, con la defensa que el Estado interpone contra nosotros mismos, para protegernos de nuestros vicios. Esa es una moralina mema y santurrona que no puedo soportar. Si quieren, que nos lo planteen en términos económicos. A estas alturas, no podemos creernos ningún otro argumento que no sea material. Sencillamente, no puedo creer que un Estado decida fomentar un régimen económico como el actual, con la destrucción generalizada del pueblo y de su territorio, a la vez que defiende la salud de los que habitan el desierto que él mismo ha creado. “¿Estarán sanos los árboles del bosque que estoy quemando?”, como pueden ver, es una preocupación estúpida y enfermiza. Aunque, eso sí, encaja a la perfección con la esquizofrenia del turbocapital.