Nuevo arrebato de indignación
... ante la profundización de la vigilancia
Cada día me irrita más la moral del verdugo. Y cada vez hay más puestos de trabajo que requieren pequeños policías y operadores de malas noticias. Personajes que deben protegerse de su propia locura adoptando un código de conducta invertido. La actual organización de nuestra sociedad requiere la proliferación e institucionalización del Ejecutor y del Policía Infiltrado. En mi trabajo, aparece cada cuatro o cinco semanas un cincuentón canoso cuyo trabajo es Gestionar el Capital Humano. En cristiano: echa al personal a la calle. Se le conoce cariñosamente como “el de la guadaña” y un compañero de trabajo declara siempre con las cejas arqueadas y la boca en forma de "O" que el Despedidor “no tiene sombra”, ante lo que me veo forzado a replicar únicamente con un suave alarido de terror. El Gilipollas en cuestión se pasea por entre los escritorios y, apenas detiene su paseo junto a alguna mesa, se intuye desde la distancia como el currante más cercano comienza a respirar nerviosa y aceleradamente. Supongo que ese cobarde desgraciado creerá que el suyo es un trabajo “como cualquier otro” y sobretodo –y esto se lo habrán escuchado a más de un narcotraficante (cuyo trabajo, comparado con el del Despedidor, rebosa moral y buenas constumbres)- “que alguien tiene que hacerlo”. En un episodio que narré a medias, les hablé de una sala de conciertos propiedad del ayuntamiento de Ciudad Escaparate en donde está prohibido fumar, beber y llamar de tú a las mujeres. Y ojito con soltar algún taco. Pues bien, en ese mismo recinto, los cinco infelices –cuatro jóvenes estudiantes y un nórdico larguirucho- que sostenían la puerta y comprobaban que todo el mundo portaba su estúpida pulserita acreditativa, consagraron buena parte de la noche a reprender a todo aquel que osase encender un cigarrillo. La Policía del Humo. Huelga decir que un servidor fumó más de lo que acostumbra, y que lo único que consiguieron esos lamentables bufones cívicos fue que resultase imposible orinar sin que el humo impidiese prácticamente la respiración. Los muy imbéciles mandaron a la gente a fumar al único sitio de techo bajo y en donde podía molestar el humo. Pero no es este fallo de estrategia lo que se les puede recriminar sino el hecho de que cualquiera, cualquier ciudadanito, cualquier personita de a pie y sin que medie reclutamiento forzoso, esté dispuesta a ejercer de pequeño policía a cambio de un sueldo de mierda. Me niego a creer que no tienen alternativa… Y aún cuando el mercado laboral se ponga así de hijoputa y proclame que no hay otro Puesto de Trabajo posible: mejor robar o atracar bancos que dedicarse profesionalmente a fastidiar, importunar, hartar, fiscalizar, controlar y vigilar.
Cada día me irrita más la moral del verdugo. Y cada vez hay más puestos de trabajo que requieren pequeños policías y operadores de malas noticias. Personajes que deben protegerse de su propia locura adoptando un código de conducta invertido. La actual organización de nuestra sociedad requiere la proliferación e institucionalización del Ejecutor y del Policía Infiltrado. En mi trabajo, aparece cada cuatro o cinco semanas un cincuentón canoso cuyo trabajo es Gestionar el Capital Humano. En cristiano: echa al personal a la calle. Se le conoce cariñosamente como “el de la guadaña” y un compañero de trabajo declara siempre con las cejas arqueadas y la boca en forma de "O" que el Despedidor “no tiene sombra”, ante lo que me veo forzado a replicar únicamente con un suave alarido de terror. El Gilipollas en cuestión se pasea por entre los escritorios y, apenas detiene su paseo junto a alguna mesa, se intuye desde la distancia como el currante más cercano comienza a respirar nerviosa y aceleradamente. Supongo que ese cobarde desgraciado creerá que el suyo es un trabajo “como cualquier otro” y sobretodo –y esto se lo habrán escuchado a más de un narcotraficante (cuyo trabajo, comparado con el del Despedidor, rebosa moral y buenas constumbres)- “que alguien tiene que hacerlo”. En un episodio que narré a medias, les hablé de una sala de conciertos propiedad del ayuntamiento de Ciudad Escaparate en donde está prohibido fumar, beber y llamar de tú a las mujeres. Y ojito con soltar algún taco. Pues bien, en ese mismo recinto, los cinco infelices –cuatro jóvenes estudiantes y un nórdico larguirucho- que sostenían la puerta y comprobaban que todo el mundo portaba su estúpida pulserita acreditativa, consagraron buena parte de la noche a reprender a todo aquel que osase encender un cigarrillo. La Policía del Humo. Huelga decir que un servidor fumó más de lo que acostumbra, y que lo único que consiguieron esos lamentables bufones cívicos fue que resultase imposible orinar sin que el humo impidiese prácticamente la respiración. Los muy imbéciles mandaron a la gente a fumar al único sitio de techo bajo y en donde podía molestar el humo. Pero no es este fallo de estrategia lo que se les puede recriminar sino el hecho de que cualquiera, cualquier ciudadanito, cualquier personita de a pie y sin que medie reclutamiento forzoso, esté dispuesta a ejercer de pequeño policía a cambio de un sueldo de mierda. Me niego a creer que no tienen alternativa… Y aún cuando el mercado laboral se ponga así de hijoputa y proclame que no hay otro Puesto de Trabajo posible: mejor robar o atracar bancos que dedicarse profesionalmente a fastidiar, importunar, hartar, fiscalizar, controlar y vigilar.
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