Autobuses, palizas y patitos de goma
1. Algunas de las señales de que todo esto es mentira quedan tan ocultas como el luminoso de un bingo. Y no hay que ser un especialista ni un buen observador, basta con querer pensar lo que se ve, no tomarlo como algo que se nos da. O peor, creerlo “algo” que simplemente está ahí, como un jubilado que contempla una obra o un señor con bigote frente a una tragaperras.
Durante la semana pasada, infinidad de carteles nos convocaban en Barcelona a una manifestación. Se trataba de apoyar el “nostre” Estatut y salir todos a la calle “espontáneamente”. Algunos de los anuncios advertían que los autobuses podían solicitarse siempre que se quisiese ir en un grupo grande. Aquí es donde todo lo que parecía normal -una manifestación, un lema político absurdo como cualquier otro- dejó de cuadrarme… ¿autobuses? ¿Y quién paga los autobuses? ¿Ha dejado el pueblo de moverse a su antojo con los transportes metropolitanos y con sus infames automóviles personales? Veo que se consolida esta costumbre de liberar gentes en el centro de las ciudades para contarlos después y emplearlos así como expresión de la voluntad popular, como si pudiese planificarse la espontaneidad. Y ¿qué quieren que les diga? No es muy diferente a cuando el Régimen anterior soltaba a su borregada a la menor ocasión, dispuesta a protestar lo que estaba mandado –y hasta con vehemencia-, haciéndose pasar por Pueblo.
2. Veo que regresamos al "noble" argumento de la excepcionalidad. La evocación de la manzana podrida para salvar lo que queda en el cesto. Estos ingleses que golpeaban, ese que se reía ¡Una vergüenza para el ejército! La noble institución del Ejército Británico, que tantas colonias ha ocupado, que durante tantos siglos tan bien ha asesinado por aquí y por allí… ¡Y ahora esto! ¡Qué mancha en el expediente! ¡Qué abuso de autoridad! Etc, etc…
Siempre que escuchen ustedes mierda así, sepan que es sólo para ocultar que no queda ni una sola manzana sana. Que la canasta ya va llena de fruta podrida, y que no hay nada que hacer. Lo mismo he podido oír en unos pocos días sobre los guardias civiles que sobornaban a chinos en Málaga (chinos, qué más da) y sobre los polis marbellíes que mataron a un borracho (un borracho, qué más da) mientras le "reducían" (a cadáver, quieren decir: bonita reducción).
Hay bastantes ideitas absurdas y procesos mentales de justificación en la mente de un soldado o un policía; de entre ellos, yo diría que la deshumanización –u otroización, que dicen ahora los cultos- es un proceso clave: esos que golpeo, estos que extorsiono, los que vengo a reprimir, no son como yo, como mi padre o como mi hijo, no son humanos, no son trigo limpio, no son, en definitiva, como hay que ser.
Y entonces: ¿¡Qué mas da lo que hagan con ellos!?
3. La industria del reclamo recurre cada vez con más entusiasmo a la apropiación de episodios culturales o humanos que nada tienen que ver con lo que se vende. Cuanta más distancia: mejor. Cuanto más sofisticada y más larga la conexión mental con el producto, más halagado se siente el ganso que responde al silbato. Por lo menos -piensa el pato- el silbato es nuevo y más bonito, no es el mismo con el que han engañado a los otros patos.
En su carrera por disimular la colocación de reclamos, los creativos sofistican los cebos de una manera bárbara. Saben que si perfeccionan debidamente los señuelos, podrán convertir la propia naturaleza, la cultura, el arte y la historia en elementos de referencia inconsciente.
Podrán hacer que el mundo entero sea un anuncio.
Y lo mismo sirve Stendhal que unos malos imitadores de Eskorbuto para vender automóviles personales. Lo mismo nos sirven los colores primarios y toda la ciudad de San Francisco para vender televisores planos. De este modo, además, el espectador tiene un episodio cultural que narrar y puede comentarlo de forma evocadora, como si se tratase de algo bueno y distinto, sofisticado y chic (no como esa publicidad feista de segunda clase, del tipo señora sonriente “nos preocupamos por su salud” o mujer de hoy “las puntas de tu pelo necesitan un respiro”), en lugar de sentirse inconscientemente imbécil como cuando narraban entre risas aquella mamarrachada de la gaseosa y el torero, o de la señora que tosía y que se tomaba los caramelos mentolados de su novio.
Bleeerp... se me ha quedado un puntillo agrio a la altura del esternón. Un nudo que sube y baja.
Creo que le llaman náusea, aunque a mí me parece que es el sentido común, que se me quiere salir por la garganta… Pobrecito. Y es que nadie se acostumbra a tantas hostias.
Durante la semana pasada, infinidad de carteles nos convocaban en Barcelona a una manifestación. Se trataba de apoyar el “nostre” Estatut y salir todos a la calle “espontáneamente”. Algunos de los anuncios advertían que los autobuses podían solicitarse siempre que se quisiese ir en un grupo grande. Aquí es donde todo lo que parecía normal -una manifestación, un lema político absurdo como cualquier otro- dejó de cuadrarme… ¿autobuses? ¿Y quién paga los autobuses? ¿Ha dejado el pueblo de moverse a su antojo con los transportes metropolitanos y con sus infames automóviles personales? Veo que se consolida esta costumbre de liberar gentes en el centro de las ciudades para contarlos después y emplearlos así como expresión de la voluntad popular, como si pudiese planificarse la espontaneidad. Y ¿qué quieren que les diga? No es muy diferente a cuando el Régimen anterior soltaba a su borregada a la menor ocasión, dispuesta a protestar lo que estaba mandado –y hasta con vehemencia-, haciéndose pasar por Pueblo.
2. Veo que regresamos al "noble" argumento de la excepcionalidad. La evocación de la manzana podrida para salvar lo que queda en el cesto. Estos ingleses que golpeaban, ese que se reía ¡Una vergüenza para el ejército! La noble institución del Ejército Británico, que tantas colonias ha ocupado, que durante tantos siglos tan bien ha asesinado por aquí y por allí… ¡Y ahora esto! ¡Qué mancha en el expediente! ¡Qué abuso de autoridad! Etc, etc…
Siempre que escuchen ustedes mierda así, sepan que es sólo para ocultar que no queda ni una sola manzana sana. Que la canasta ya va llena de fruta podrida, y que no hay nada que hacer. Lo mismo he podido oír en unos pocos días sobre los guardias civiles que sobornaban a chinos en Málaga (chinos, qué más da) y sobre los polis marbellíes que mataron a un borracho (un borracho, qué más da) mientras le "reducían" (a cadáver, quieren decir: bonita reducción).
Hay bastantes ideitas absurdas y procesos mentales de justificación en la mente de un soldado o un policía; de entre ellos, yo diría que la deshumanización –u otroización, que dicen ahora los cultos- es un proceso clave: esos que golpeo, estos que extorsiono, los que vengo a reprimir, no son como yo, como mi padre o como mi hijo, no son humanos, no son trigo limpio, no son, en definitiva, como hay que ser.
Y entonces: ¿¡Qué mas da lo que hagan con ellos!?
3. La industria del reclamo recurre cada vez con más entusiasmo a la apropiación de episodios culturales o humanos que nada tienen que ver con lo que se vende. Cuanta más distancia: mejor. Cuanto más sofisticada y más larga la conexión mental con el producto, más halagado se siente el ganso que responde al silbato. Por lo menos -piensa el pato- el silbato es nuevo y más bonito, no es el mismo con el que han engañado a los otros patos.
En su carrera por disimular la colocación de reclamos, los creativos sofistican los cebos de una manera bárbara. Saben que si perfeccionan debidamente los señuelos, podrán convertir la propia naturaleza, la cultura, el arte y la historia en elementos de referencia inconsciente.
Podrán hacer que el mundo entero sea un anuncio.
Y lo mismo sirve Stendhal que unos malos imitadores de Eskorbuto para vender automóviles personales. Lo mismo nos sirven los colores primarios y toda la ciudad de San Francisco para vender televisores planos. De este modo, además, el espectador tiene un episodio cultural que narrar y puede comentarlo de forma evocadora, como si se tratase de algo bueno y distinto, sofisticado y chic (no como esa publicidad feista de segunda clase, del tipo señora sonriente “nos preocupamos por su salud” o mujer de hoy “las puntas de tu pelo necesitan un respiro”), en lugar de sentirse inconscientemente imbécil como cuando narraban entre risas aquella mamarrachada de la gaseosa y el torero, o de la señora que tosía y que se tomaba los caramelos mentolados de su novio.
Bleeerp... se me ha quedado un puntillo agrio a la altura del esternón. Un nudo que sube y baja.
Creo que le llaman náusea, aunque a mí me parece que es el sentido común, que se me quiere salir por la garganta… Pobrecito. Y es que nadie se acostumbra a tantas hostias.
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