¡Es la Guerra!
Antes de que el plasma fuese obligatorio, todo Bar tenía colocado sobre la puerta de entrada un televisor con un tremendazo tubo de rayos azules (o rayos católicos). “Para optimizar espacio”, te contaba el dueño si estaba mínimamente cultivado. El Bar en el que yo me encontraba aquél día no era ninguna excepción. Hace cosa de cuatro años de aquello, y un zopenco gringo declaraba la guerra a Irak sobre la puerta del Bar Ferrer. Más que nada, para que no se notase que era una agresión. “Nos hemos peleao”, le cuenta al dire el abusón que tiene agarrado por el cuello al canijo.
Bajo los rayos católicos, un borracho exclamó: “yo en este planeta ya paso de estar…”.
No ha pasado mucho tiempo pero sí ha cambiado un poco el nivel de hartazgo. Ha aumentado escandalosamente, se diría. Ahora todos nos sentimos un poquito como El Borracho que Oyó Declarar la Guerra a Irak. A diario. Con el agravante de que ahora no solo indigna cosa mala que se envíen ejércitos a mesopotamia. Mi generación ha comprobado en este poquito tiempo -4 años, insisto- que va a vivir casi toda su vida como una rata asalariada, que no va a poder acceder a una choza como la de sus padres, que va a ver criar sus hijos por canguros ecuatorianas, que no va a poder escaparse al campo porque todo estará recalificado y edificado, que no va a poder regresar al pueblo porque el área metropolitana de la urbe más próxima lo habrá convertido en periferia degradada, que no es capaz de mantener la atención en un libro porque tienen el aparato cognitivo hipersaturado de bazofia espectacular y, finalmente, que su descendencia no alcanzará la vejez si debe vivir veranos a 60º e inviernos a 30º.
El problema no es ya sólo que un zopenco invada Irak (que también, no le quito hierro). Tampoco que un locutor estrafalario evoque la guerra civil y diga que es culpa del PSOE –cuya patética actuación tampoco es como para hacerle desfilar con el pecho alzado-. No hay porqué preocuparse por los asaltos a mansiones de empresarios. Ni por el mísero salario de las Fuerzas de Represión del Estado. No prestaría demasiada atención a la subida de dos puntos en el endeudamiento de Las Familias (para qué otra cosa están las familias sino para comerse solidariamente todas las mierdas que les lanza el mundo de La Empresa). El problema, ahora sí, es un problema que no se soluciona con recetas biográficas (un líder, una buena gestión…) ni con una nueva leyecita contra el construir más de la cuenta (¡no se vale recalificar macetas!) o a favor de alquilar un 10% más. Tampoco se salva la situación si se refuerza la línea de cercanías (¿para qué? Para ir a Trabajar mejor… ¿qué pensarían de un grupo de Presos revindicando mejores Lecheras en su traslado a la cárcel?) ni si SEAT se lo repiensa y no despide a esos cinco mil de allí (si no es hoy será mañana, pues la competición entre legislaciones y salarios se juega internacionalmente, y fuera del alcance de cualquier Estado benefactor). La cosa está como para exclamar a la manera del Borracho que Oyó Declarar la Guerra a Irak: "Yo en este planeta ya paso de estar…". El replanteamiento, como se ve, o es filosófico, o es total, o no es.
Bajo los rayos católicos, un borracho exclamó: “yo en este planeta ya paso de estar…”.
No ha pasado mucho tiempo pero sí ha cambiado un poco el nivel de hartazgo. Ha aumentado escandalosamente, se diría. Ahora todos nos sentimos un poquito como El Borracho que Oyó Declarar la Guerra a Irak. A diario. Con el agravante de que ahora no solo indigna cosa mala que se envíen ejércitos a mesopotamia. Mi generación ha comprobado en este poquito tiempo -4 años, insisto- que va a vivir casi toda su vida como una rata asalariada, que no va a poder acceder a una choza como la de sus padres, que va a ver criar sus hijos por canguros ecuatorianas, que no va a poder escaparse al campo porque todo estará recalificado y edificado, que no va a poder regresar al pueblo porque el área metropolitana de la urbe más próxima lo habrá convertido en periferia degradada, que no es capaz de mantener la atención en un libro porque tienen el aparato cognitivo hipersaturado de bazofia espectacular y, finalmente, que su descendencia no alcanzará la vejez si debe vivir veranos a 60º e inviernos a 30º.
El problema no es ya sólo que un zopenco invada Irak (que también, no le quito hierro). Tampoco que un locutor estrafalario evoque la guerra civil y diga que es culpa del PSOE –cuya patética actuación tampoco es como para hacerle desfilar con el pecho alzado-. No hay porqué preocuparse por los asaltos a mansiones de empresarios. Ni por el mísero salario de las Fuerzas de Represión del Estado. No prestaría demasiada atención a la subida de dos puntos en el endeudamiento de Las Familias (para qué otra cosa están las familias sino para comerse solidariamente todas las mierdas que les lanza el mundo de La Empresa). El problema, ahora sí, es un problema que no se soluciona con recetas biográficas (un líder, una buena gestión…) ni con una nueva leyecita contra el construir más de la cuenta (¡no se vale recalificar macetas!) o a favor de alquilar un 10% más. Tampoco se salva la situación si se refuerza la línea de cercanías (¿para qué? Para ir a Trabajar mejor… ¿qué pensarían de un grupo de Presos revindicando mejores Lecheras en su traslado a la cárcel?) ni si SEAT se lo repiensa y no despide a esos cinco mil de allí (si no es hoy será mañana, pues la competición entre legislaciones y salarios se juega internacionalmente, y fuera del alcance de cualquier Estado benefactor). La cosa está como para exclamar a la manera del Borracho que Oyó Declarar la Guerra a Irak: "Yo en este planeta ya paso de estar…". El replanteamiento, como se ve, o es filosófico, o es total, o no es.
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