Mi último M.A.I.E.
Desprogramarse es un proceso muy hijodeputa. Y es perpetuo. No exagero. Desgraciadamente, se aprenden tantas mentiras durante la infancia, y tenemos tanta capacidad de aprendizaje cuando niños, que los años que restan hasta la muerte son insuficientes para lograr desprenderse de todas las ideas de mierda que nos rondan adentro como perros sin alma.
Por ejemplo: uno disfruta hasta sus veinte años con algunos anuncios y con el culto a algunas marcas y, de pronto, gracias a una cierta voluntad de desarmar la realidad, cae en que la publicidad es en su mayor parte engañosa. Falsa como la buena voluntad de un banquero. Aún así, y con el mejor espíritu reformista –que aconseja el imposible de hallar la moderación dentro de la radicalidad- se inicia la tarea emprendiéndola contra todo anuncio, para ver si alguno supera el prejuicio inicial. Después, se aplica el método en hornadas: en una tanda de anuncios o un paseo por la ciudad (mi ciudad es en sí misma un inmenso anuncio). Ahí llega el despertar. A tomar viento el reformismo. Todos mienten. Hasta los más asépticos y directos.
Veamos pues lo que el método antipublicitario de interpretación espontánea o M.A.I.E. dio de sí en su última ejecución. Anuncio por anuncio.
Un automóvil, en apariencia sobrio. Se trata de una máquina del demonio, según informan los subtítulos (6.700 ccc, 845 vc’s, PSR, RP, SSD, VS, GRR…). Un automóbil Plexus en una carretera escocesa que discurre junto a un precipicio afilado, con el cielo claro como el agua de un riachuelo… Es una imagen mil veces repetida. En realidad, se sabe perfectamente que cualquiera comprará el automóvil para enfrentarse al colapso automobilístico generalizado o, en un argot algo más actual y tecnocrático, a la mobilidad cero. Una nube negra seguirá al automóvil allá donde vaya. Pasarán a su lado bicicletas y patinetes como balas del 45.
El siguiente anuncio, de patatas fritas, nos enseña a una abuela que saca de una olla abombada con una cuchara de madera siete lonchas de tubérculo de extraordinaria geometría. Evidentemente, o bien Patutano va a sacar la producción más cara de su historia, con las patatas a precio de trufa blanca y bolsas autografiadas por las propias abuelas cocineras (un ejército de 7.800 abuelas entrañables freidoras de patatas), o mienten como estadistas y se van a inclinar de nuevo hacia la producción industrial, tendencia perfectamente comprensible en una subsidiaria de Mabisco Brands, cuyo volumen de negocios equivale al PIB de los ciento setenta países africanos más pobres.
Pero la cosa sigue: una empresa especializada en yogures nos dice que, a los diecisiete días de tomarte un yogur diario de esa marca en concreto, te encontrarás mejor. Mejor en general, sin detalles. La marca de yogures te da la garantía. ¿Cómo? Con un sellito de garantía. ¿Qué más quieres, truhán? Bien, hay aproximadamente un trillón de variables que pueden afectar el experimento, pero aún así, pongamos que alguien decide enfrentarse al experimento, invertir en fermentos lácticos para mejorar su estado general. Llamémosle H, nuestra cobaya. H anota con rigor cada toma. Y H advierte tras el periodo de automedicación que ya existen diecisiete cruces en el cuaderno de campo y que se sigue sintiendo igual de miserable que al comenzar. ¿Hay contraprestación para H? No. La garantía era sólo una meridiana seguridad. Como un consejo certificado. H, en consecuencia, ha sido engañado. Y mucho.
Pero sigamos, sigamos camino abajo. Un anuncio de créditos rápidos muestra a un hombre maquillado como una mala cosa (nadie, a menos que se haya untado la cara con grasa de yak, es capaz de brillar así) que nos cuenta una historia enternecedora. “Iba con el agua al cuello, pero acudí a Pofidis y ellos me dieron los 6.000 eipos que necesitaba. Puedes confiar en Pofidis.” Bien, o los guionistas del anuncio y la propia entidad crediticia son todos juntos una manada de invertebrados o se trata de un anuncio destinado a un tipo de persona con coeficiente negativo. El target es un infraser.
El siguiente anuncio muestra a un señor tan extraordinariamente satisfecho de que su seguro automovilístico en Cafre sea tan barato y en tan celebrables condiciones que sólo cabe pensar que el hombre o bien es un Imbécil con mayúsculas –que puede ser, porque hay muchos, y todos perfectamente asegurados- o bien se alegra en realidad de otra cosa: una sucia ocurrencia le ha asaltado al tiempo que firmaba protocolariamente su seguro a terceros, obligatorio por ley. Tenía que ver con una ocurrencia de Martínez, de administración, que es más guarro...
Finalmente, padecemos el sugerente onirismo de un escenógrafo con una supersensibilidad rococó. Una chica bulímica sale de detrás de un ciruelo con cara de haber llorado durante una semana y media. Y pétalos caen del cielo. En el fondo de la imagen hay púrpuras y malvas y mil formas que no se sabe lo que son. La novia cadáver se desliza sobre un estanque artificial con los pulgares, como los dibujos animados cuando no quieren despertar a nadie. Pétalos y más pétalos caen. De lo difuso se acerca un apuesto mozo con el pelo desestructurado y las piernas separadas. Acaba de bajarse de una burra. Eso o le ha salido un forúnculo en la ingle (sucede con los calzones de licra). En la escena final, se abrazan y ella grita odepuar, yetem. O algo así. El desconcierto es tan grande que mi cerebro no sabe si odiar el anuncio y a todas las personas involucradas en su ejecución o pensar –esa sería la explicación reformista- que el creativo, sencillamente, se levantó tarde, improvisó, y los jefazos parisinos le dieron el Ok porque tenían un partido de golf antes de la comida en Le Maison del Llanguedoc. Comieron Coquillage y Crevette aux mimbre du volant cruixent. Y el Chieff Manager, ya en el postre: ¿alguien sabe qué demonios quería decir Lagerdet con esa cháchara sobre el reino onírico? ¿estáis seguros de que la campaña funcionará?... Etcétera etcétera.
Este es el saldo de una ristra cualquiera de mentiras en pantalla. Del marasmo sólo sale mierda, mentiras y ánimo de lucro. No puede interpretarse otra cosa. Este es el mundo de la invención de consumidores. Para la producción industrial, excesiva desde el momento mismo de su concepción, funciona una producción paralela de receptáculos absorbentes. Llámenles "consumidores", si quieren, pero es una calificación en exceso respetuosa. Hablen si quieren de “sociedad de consumo” (una etiqueta parcial, pues lo es tanto “de consumo” como “de producción”; es más, la primera es consecuencia de esta última). Ahora bien, tengan en cuenta que esa sociedad somos cada uno de nosotros. El tonto no es el de al lado. El tonto es usted. El tonto soy yo. Hemos sido agregados a grupos de población, nos han estudiado sicólogos y sociólogos y, a continuación, nos han condicionado. No banalicen la nocividad de la industria del reclamo. Receptáculos planificados, moldeables, diseñados en laboratorios y narrados por creativos, hechos de mentiras y de falsas necesidades. Nosotros. Un asco.
Por ejemplo: uno disfruta hasta sus veinte años con algunos anuncios y con el culto a algunas marcas y, de pronto, gracias a una cierta voluntad de desarmar la realidad, cae en que la publicidad es en su mayor parte engañosa. Falsa como la buena voluntad de un banquero. Aún así, y con el mejor espíritu reformista –que aconseja el imposible de hallar la moderación dentro de la radicalidad- se inicia la tarea emprendiéndola contra todo anuncio, para ver si alguno supera el prejuicio inicial. Después, se aplica el método en hornadas: en una tanda de anuncios o un paseo por la ciudad (mi ciudad es en sí misma un inmenso anuncio). Ahí llega el despertar. A tomar viento el reformismo. Todos mienten. Hasta los más asépticos y directos.
Veamos pues lo que el método antipublicitario de interpretación espontánea o M.A.I.E. dio de sí en su última ejecución. Anuncio por anuncio.
Un automóvil, en apariencia sobrio. Se trata de una máquina del demonio, según informan los subtítulos (6.700 ccc, 845 vc’s, PSR, RP, SSD, VS, GRR…). Un automóbil Plexus en una carretera escocesa que discurre junto a un precipicio afilado, con el cielo claro como el agua de un riachuelo… Es una imagen mil veces repetida. En realidad, se sabe perfectamente que cualquiera comprará el automóvil para enfrentarse al colapso automobilístico generalizado o, en un argot algo más actual y tecnocrático, a la mobilidad cero. Una nube negra seguirá al automóvil allá donde vaya. Pasarán a su lado bicicletas y patinetes como balas del 45.
El siguiente anuncio, de patatas fritas, nos enseña a una abuela que saca de una olla abombada con una cuchara de madera siete lonchas de tubérculo de extraordinaria geometría. Evidentemente, o bien Patutano va a sacar la producción más cara de su historia, con las patatas a precio de trufa blanca y bolsas autografiadas por las propias abuelas cocineras (un ejército de 7.800 abuelas entrañables freidoras de patatas), o mienten como estadistas y se van a inclinar de nuevo hacia la producción industrial, tendencia perfectamente comprensible en una subsidiaria de Mabisco Brands, cuyo volumen de negocios equivale al PIB de los ciento setenta países africanos más pobres.
Pero la cosa sigue: una empresa especializada en yogures nos dice que, a los diecisiete días de tomarte un yogur diario de esa marca en concreto, te encontrarás mejor. Mejor en general, sin detalles. La marca de yogures te da la garantía. ¿Cómo? Con un sellito de garantía. ¿Qué más quieres, truhán? Bien, hay aproximadamente un trillón de variables que pueden afectar el experimento, pero aún así, pongamos que alguien decide enfrentarse al experimento, invertir en fermentos lácticos para mejorar su estado general. Llamémosle H, nuestra cobaya. H anota con rigor cada toma. Y H advierte tras el periodo de automedicación que ya existen diecisiete cruces en el cuaderno de campo y que se sigue sintiendo igual de miserable que al comenzar. ¿Hay contraprestación para H? No. La garantía era sólo una meridiana seguridad. Como un consejo certificado. H, en consecuencia, ha sido engañado. Y mucho.
Pero sigamos, sigamos camino abajo. Un anuncio de créditos rápidos muestra a un hombre maquillado como una mala cosa (nadie, a menos que se haya untado la cara con grasa de yak, es capaz de brillar así) que nos cuenta una historia enternecedora. “Iba con el agua al cuello, pero acudí a Pofidis y ellos me dieron los 6.000 eipos que necesitaba. Puedes confiar en Pofidis.” Bien, o los guionistas del anuncio y la propia entidad crediticia son todos juntos una manada de invertebrados o se trata de un anuncio destinado a un tipo de persona con coeficiente negativo. El target es un infraser.
El siguiente anuncio muestra a un señor tan extraordinariamente satisfecho de que su seguro automovilístico en Cafre sea tan barato y en tan celebrables condiciones que sólo cabe pensar que el hombre o bien es un Imbécil con mayúsculas –que puede ser, porque hay muchos, y todos perfectamente asegurados- o bien se alegra en realidad de otra cosa: una sucia ocurrencia le ha asaltado al tiempo que firmaba protocolariamente su seguro a terceros, obligatorio por ley. Tenía que ver con una ocurrencia de Martínez, de administración, que es más guarro...
Finalmente, padecemos el sugerente onirismo de un escenógrafo con una supersensibilidad rococó. Una chica bulímica sale de detrás de un ciruelo con cara de haber llorado durante una semana y media. Y pétalos caen del cielo. En el fondo de la imagen hay púrpuras y malvas y mil formas que no se sabe lo que son. La novia cadáver se desliza sobre un estanque artificial con los pulgares, como los dibujos animados cuando no quieren despertar a nadie. Pétalos y más pétalos caen. De lo difuso se acerca un apuesto mozo con el pelo desestructurado y las piernas separadas. Acaba de bajarse de una burra. Eso o le ha salido un forúnculo en la ingle (sucede con los calzones de licra). En la escena final, se abrazan y ella grita odepuar, yetem. O algo así. El desconcierto es tan grande que mi cerebro no sabe si odiar el anuncio y a todas las personas involucradas en su ejecución o pensar –esa sería la explicación reformista- que el creativo, sencillamente, se levantó tarde, improvisó, y los jefazos parisinos le dieron el Ok porque tenían un partido de golf antes de la comida en Le Maison del Llanguedoc. Comieron Coquillage y Crevette aux mimbre du volant cruixent. Y el Chieff Manager, ya en el postre: ¿alguien sabe qué demonios quería decir Lagerdet con esa cháchara sobre el reino onírico? ¿estáis seguros de que la campaña funcionará?... Etcétera etcétera.
Este es el saldo de una ristra cualquiera de mentiras en pantalla. Del marasmo sólo sale mierda, mentiras y ánimo de lucro. No puede interpretarse otra cosa. Este es el mundo de la invención de consumidores. Para la producción industrial, excesiva desde el momento mismo de su concepción, funciona una producción paralela de receptáculos absorbentes. Llámenles "consumidores", si quieren, pero es una calificación en exceso respetuosa. Hablen si quieren de “sociedad de consumo” (una etiqueta parcial, pues lo es tanto “de consumo” como “de producción”; es más, la primera es consecuencia de esta última). Ahora bien, tengan en cuenta que esa sociedad somos cada uno de nosotros. El tonto no es el de al lado. El tonto es usted. El tonto soy yo. Hemos sido agregados a grupos de población, nos han estudiado sicólogos y sociólogos y, a continuación, nos han condicionado. No banalicen la nocividad de la industria del reclamo. Receptáculos planificados, moldeables, diseñados en laboratorios y narrados por creativos, hechos de mentiras y de falsas necesidades. Nosotros. Un asco.
3 Comments:
Como casualmente comento en la última entrada de mi blog (http://lagavulin-isladesolacion.blogspot.com/2007/01/como-borregos.html) la cosa parece que sólo puede empeorar pues los publicistas van a poder contar con nuevas y poderosas herramientas en breve.
En mi blog hablaba de ser el "blanco". Tod@s somos el "target". Nadie se libra de ser el objetivo de los buitres. Al fin y al cabo nos convertimos en carroña. Ya nos han matado o nos hemos suicidado antes de llegar a enceder el televisor o pasar por la colección de vallas publicitarias de turno. Es un paso más, pero no poco importante.
Si no estuvieramos tan muertos no podríamos ser el "target", no entraríamos en los parámetros de los sociólogos publicitarios y no podrían exprimir la poca sangre que nos queda después de fabricar lo que nos venden.
Desgraciadamente a mi este mundo me parece que se aleja de la sociedad del espctáculo, del mundo-guerra o mundo-fábrica, para convertirse en mundo-cementerio.Per claro, ésto es poco reformista... que le vamos a hacer. Como decías, buscar la moderación de la radicalidad es un acto inservible, a no ser que se pretenda buscar guiones para anuncios con rebeldes sin/con causa.
Un saludo desde el norte, o el sur, depende de por donde lo mires.
Ha descrito usted el asunto con gran regocijo para mi cerebro -y las celebrables condiciones del seguro todavía me tienen hablando solo-.
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