Contradicción matutina
Esta mañana, justo antes de salir de casa, han llamado dos veces con insistencia al interfono. Mi mujer y yo nos hemos mirado durante unos segundos, en silencio, preguntándonos el uno al otro con la mirada si esperábamos a alguien. Puesto que ninguno de los dos habíamos quedado con nadie, le he dicho adiós y he salido de casa medio mosca, intentando deducir quién era que llamaba a nuestra casa a las ocho y media de la mañana.
Ya en el ascensor, y tras unas cuantas especulaciones, he caído en la cuenta de que no podía ser otra cosa que un repartidor de propaganda, que pulsa todos los timbres a discreción para que alguien le abra. Cuando he llegado al rellano mis elucubraciones se han confirmado: un chaval moreno, con una mochila a la espalda, metía octavillas de colores en los buzones a toda velocidad. No le he dicho nada, sencillamente le he mirado mal y he salido a la calle.
Camino del metro he seguido dando vueltas al asunto. Estaba cabreado porque no me gusta que llamen a mi casa cuando no espero a nadie, y porque un individuo entra a repartir propaganda en un portal presidido por una placa que reza "no se admite correo comercial".
No obstante, mientras me cagaba en cosas y mascullaba improperios a paso ligero, se me ha ocurrido hacer la lectura del acontecimiento desde otro punto de vista: un tipo más joven que yo se marcha de su país y llega a Barcelona. Probablemente parte de su familia se haya quedado allí, y probablemente hasta tenga algún hijo que dependa de él. A pesar de las dificultades, encuentra un trabajo como repartidor de folletos en buzones de portales, que seguramente no le gusta y que está mal pagado...
Así he seguido un rato más, en el bullicio del metro, imaginando cual podía ser la situación de ese repartidor que ha llamado a mi casa por la mañana. Y me he sentido un poco confundido, porque no sé donde acaba mi derecho a que no llamen al timbre, y donde empieza mi conciencia social (o como queráis llamarlo).
Veisin.
Ya en el ascensor, y tras unas cuantas especulaciones, he caído en la cuenta de que no podía ser otra cosa que un repartidor de propaganda, que pulsa todos los timbres a discreción para que alguien le abra. Cuando he llegado al rellano mis elucubraciones se han confirmado: un chaval moreno, con una mochila a la espalda, metía octavillas de colores en los buzones a toda velocidad. No le he dicho nada, sencillamente le he mirado mal y he salido a la calle.
Camino del metro he seguido dando vueltas al asunto. Estaba cabreado porque no me gusta que llamen a mi casa cuando no espero a nadie, y porque un individuo entra a repartir propaganda en un portal presidido por una placa que reza "no se admite correo comercial".
No obstante, mientras me cagaba en cosas y mascullaba improperios a paso ligero, se me ha ocurrido hacer la lectura del acontecimiento desde otro punto de vista: un tipo más joven que yo se marcha de su país y llega a Barcelona. Probablemente parte de su familia se haya quedado allí, y probablemente hasta tenga algún hijo que dependa de él. A pesar de las dificultades, encuentra un trabajo como repartidor de folletos en buzones de portales, que seguramente no le gusta y que está mal pagado...
Así he seguido un rato más, en el bullicio del metro, imaginando cual podía ser la situación de ese repartidor que ha llamado a mi casa por la mañana. Y me he sentido un poco confundido, porque no sé donde acaba mi derecho a que no llamen al timbre, y donde empieza mi conciencia social (o como queráis llamarlo).
Veisin.
2 Comments:
Estoy de acuerdo en que el dilema es descorazonador. Y precisamente por ello aún da más rabia. Aquellos quienes usan estos servicios absolutamente precarizados, expuestos al abuso laboral, sectores pauperizados como el telemarketing o el buzoneo, son un atajo de cobardes hijosdeputa que medran escudados tras la miseria ajena. Te llama timofónica, oño o tele 3 a las diez de la noche –pagan ellos, ergo llaman ellos-, voz sudamericana mediante, y a uno le da pena echarle el broncazo a esa voz andina que probablemente tiene hijos y que no tiene culpa de nada… Recomendación: que llaman al timbre, no se abre. Educadamente, eso sí (disculpe, pero no puedo abrirle, no deseamos publicidad). Que llaman por teléfono: “con todos los respetos, pero aquí no atendemos publicidad telefónica, muchas gracias, adiós”. Tampoco es cuestión de sobrarse con ellos. Se ve venir que al final, cuando tengan a todo el mundo hasta los mismísimos, ese oficio desaparecerá. Aceleremos el proceso, pues. Resumo: Todo lo que se nos puede exigir bajo esta jodienda continua de intentar vendernos cosas no importa cuándo ni en qué contexto (tu casa, por la noche, también vale) es un poco de educación para con los precarios que nos fastidian el descanso. Sin embargo, tampoco se nos puede exigir colaboración. Y aún menos con la vieja amenaza de los Puestos de Trabajo. Menudas opciones políticas tendríamos todos entonces, sometidos a la hipócrita amenaza de los Puestos de Trabajo: no podríamos aspirar a que dejasen de fabricarse armas de fuego, ni a que cesase la actividad del ejército ni a que dejasen de fabricarse inutilidades contaminantes ni a que abandonase su inútil quehacer el cuerpo de policía nacional y otros equivalentes autonómicos. En definitiva, que El Mal no se hace solo, y que no se puede estar siempre compadeciendo a los futuros parados. Además ¿no son las mismas voces que nos amenazan con la destrucción de puestos de trabajo las que luego necesitan cuadrar números y despiden a tres mil, o las que suspiran por un mercado de trabajo desrregulado y despido libre? No sufras por los precarios, Pau. Trabajos de mierda hay a montones. Si no es este, es ese otro. Trabajos de mierda son la mayoría.
Es uno de los grandes misterios de la vida: el por qué narices inconscientemente vemos a curritos como nosotros como el enemigo en vez de al capital que les paga.
El hombre es un lobo para el hombre... siempre y cuando el hombre saque el cerebro de reptil a pasear. A ver si utilizamos un poco más las funciones superiores.
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