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2.5.07

El fin del pensamiento cómodo

o de cómo intento (y fracaso) una historia rápida del declive posmoderno.

Hay una abundante corriente de pensadores que piensan hoy que el relativismo cognitivo y moral que trajo consigo el posmodernismo fue una lacra que retrasó aproximadamente veinte años el normal curso del pensamiento racional. Además, supuso un formidable asidero para la justificación del status quo o de cualquier otra barbaridad a la que, gracias al carácter vaporoso de su interpretación posmoderna, parecía imposible oponer una crítica equivalente. Supongo que, pese a mi simpatía por algunos autores (tal vez injustamente calificados posmodernos) como Deleuze o Focault, he de convenir con ellos que tienen toda la razón.

Una vez se ha suprimido tierra firme ¿dónde se apoya uno para seguir razonando?

La reformulación de las premisas más básicas –idea, concepto, sujeto, realidad-, el cuestionamiento de la dialéctica hegeliana y la adopción de nuevas hormas para la interpretación de los sistemas sociales (esquejes, líquidos, caos) acarreó algunos efectos saludables: por fin, una explicación múltiple (se incluyen la sicología, los relatos individuales y el análisis cultural en la interpretación de la actualidad) y un nuevo estímulo para el antidogmatismo.

El problema, pese a estos dos logros, es que el efecto principal del posmodernismo, muy superior a los saludables efectos descritos, es devastador: se extiende por el globo un método que, tratando de dar cuenta de los hechos, no se acerca y explica para después alejarse y cuestionar (ya se sabe que el parecer de los extranjeros y de los marcianos siempre es más acertado que el nuestro) sino que tan solo se acerca y explica. No hay alejamiento. No hay crítica. Así que de pronto, el hombre y su razón se encuentran abocados a una multiplicidad inabarcable de interpretaciones cruzadas y tangenciales, a una osmosis de procesos e interacciones que no pueden ser descritos de forma sistémica. Llega la época, en consecuencia, de lo episódico, de los relatos personales y del desprecio por lo común. En consecuencia, el hombre pretende poder escribir el sistema en el que se inscribe a partir de su biografía. Y rápido, estimulado por la conveniencia de la supresión de los análisis más radicales, se traslada este juicio de la filosofía a la totalidad de las ciencias sociales.

El pensamiento “molecular”, o pensamiento de la descomposición, llega a la parte más infinitesimal de las nociones para recomponer hacia arriba y poder interpretar mejor el grupo en el que se halla cada componente. Esta noción es subvertida por algunos posmodernos que bajan hasta la molécula con acierto pero son reacios a volver a la superficie. Es este un pensamiento gandul, poco exigente.

Al fin, pasada su época, con un planeta en un estado preapocalíptico, con el saber en manos del beneficio, la educación instrumentalizada para el mercado de trabajo, los ríos contaminados, los polos derretidos, el territorio artificializado y unas predicciones que dejan cortas las narraciones bíblicas, el posmodernismo se encuentra derrotado y en un terreno hostil.

Tal vez podríamos seguir cuestionando la existencia de sistemas sociales, y la interpretación dialéctica de los conflictos y luchas que componen la actualidad. Si todos viviésemos en Oxford y pudiésemos tumbarnos sobre la hierba, podríamos hacerlo. Y si mi Madre tuviese ruedas sería una carretilla. Pero la situación, como sabemos, es muy otra: ya no hay tiempo para eso. Si pretendemos una cierta utilidad para el pensamiento, no ha lugar el recostarse a la sombra de lo ocasional. Hmm… la realidad ¿existe o no? ¿Y cuantas patitas tiene? Esas son preguntas cómodas e ingenuas. El pensamiento se encuentra de nuevo a la intemperie, con la necesidad de explicar procesos complejos y ofrecer, sin mentir ni torcer la interpretación, las explicaciones más simples que puedan llegar a darse.

Pero no asusta la debacle de esta interpretación del mundo. Lo único que da miedo, ahora, son las ideologías (o resurrecciones) que nos puede traer el regreso a las explicaciones totales. Puedo imaginarme a los leninistas frotándose las manos, arrimando toda la harina a su costal.

Y es que no, no se está nada cómodo en un pensamiento despierto.
Por todas partes rondan alimañas.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Vale, pero no entiendo por qué dices que el postmodernismo está en declive. Yo lo veo bien vigente, al hijo de puta. Me gustaría que alguien me diera ideas sobre las bases materiales de este postmodernismo, y sobre la diferencia entre "postmodernismo" y "postmodernidad". Salud.

2:45 p. m.  
Blogger la patata de la libertad said...

Buena apreciación.
Creo que la diferencia entre ese antes en el que el posmodernismo reinaba, quienes lo defendían verdaderamente creían en él. Hoy sólo se mantiene como excusa para el cinismo y la pasividad.
Buf. Sobre tu solicitud, creo que me queda grande. Aparte de lo evidente, que uno alude a un pensamiento y el otro a una época, puede ponerse en duda si el raciocinio filosófico ha creado la época o si la etapa de descomposición social que se denominó posmodernidad fue lo que motivó este pensamiento gandul... Yo me inclino por la segunda explicación.

4:25 p. m.  
Blogger Undívaga said...

Yo también creo que el posmodernismo está en declive. ¿Moribundo? Puede que vuelva a recuperarse. No obstante, vemos signos de su decadencia por todas partes: las masivas manifestaciones contra la guerra de hace unos años, los documentales de Michael Moore o de Al Gore que son éxitos de ventas, la expectación surgida ante la candidatura de Ségolène, el hecho de que cada vez se hable más de política o de los problemas de la sociedad en las cafeterías mientras que las conversaciones futboleras simplemente se mantienen gracias a la encomiable tenacidad de un número cada vez menor de conversadores. La crisis del Real Madrid cada vez preocupa menos: el calentamiento global nos inquieta más a todos. Estamos ante el final de una etapa indolente, relativista y comodona. ¿Realmente acechan los dogmatismos? Todos les tenemos miedo, claro está; pero, sinceramente, soy incapaz de imaginar hacia qué mundo nos encaminamos y de intuir si nos volveremos rígidos como el corsé de Mary Poppins o volveremos a la laxitud de la era dorada de Anita Obregón. Ambos son iconos de nuestra educación infantil que ya no respetamos.

3:13 p. m.  

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