La mesa de Adeler
Ganó ZP, nos regalarán unos cuartos (400€) y parece ser que Pouré al final, jugará infiltrado (lo que en realidad quiere decir “drogado localmente”)... ¿qué más quieren, rapaces? Ah, sí, me olvidaba: una vida sin trabajo, sin autoridad, sin jerarquías, una vida plena de producción artesana, sexo acrobático y relación social atribulada. Pues de momento, nada. Pero, eh, escuchen: ganó ZP, nos regalarán 400 eipos y Pouré podrá cubrir la banda... Ya, ya lo sé. Ustedes no son tontos y no tragan. Pero en fin, como mínimo les proporcionaré una buena lectura. En ocasiones la vida ofrece poco más.
¿Verdad que nuestra relación con la técnica y la tecnología es contradictoria? La usamos pero la tememos y/o la detestamos. Hay quienes buscan el origen del desajuste en la primacía del uso tecnológico antes incluso que la racionalidad organizativa a la que, por lo menos teóricamente, la tecnología debería atender. Otros apelan al absurdo del hombre pretendiendo superar su naturaleza (infinitamente compleja y ) por medio de útiles y cachivaches de uso caduco e inútil. Los hay que realizan interpretaciones sicosociales en donde los aparatos son sustituciones de órganos sexuales que responden a la liberación de pulsiones reprimidas. Y bla bla bla.
Yo, estoy con Thurber. Creo que el desajuste es aún más primigenio, y que proviene del miedo y del asombro. Sucede luego que se cuela hacia arriba, hacia la razón, en forma de perfectas excusas para dar vueltas colina abajo como una croqueta en un plato de pan rallado, en lugar de usar un caminador mecánico o unos zuecos digitales. Pero no es un juicio madurado sino una natural propensión a conservar el cuerpo de una pieza, vivo y funcionando.
Escuchen a Thurber, a ver si les convence como a mí:
Tal como yo lo entiendo, el efecto del automóvil y de otros artefactos mecánicos sobre el estado de nuestros nervios, mentes y espíritus es un problema sobre el que los psicólogos populares con los que he lidiado saben muy poco. La explicación sexual de la relación del hombre con la máquina no es lo bastante buena. Para llegar a la explicación verdadera debemos remontarnos muy atrás, hasta la época de Franklin y la cometa, o al menos hasta cierto hombre y cierta mujer que aparecen en un libro de relatos escrito hace más de sesenta años por Max Adeler. Uno de los cuentos de este libro trata de un ama de casa que había comprado una mezcla de tabla de planchar y mesa de juegos, ideada por algún genio de Nueva Inglaterra en sus ratos de ocio. Al volver a casa y encontrarse con el artilugio en la sala, el marido lo miró horrorizado.
-¿Y eso qué es?- preguntó.
La esposa le explicó que era una mesa de juego, pero que si se pulsaba un botón que había debajo, se convertía en tabla de planchar. Acto seguido pulsó el botón, la mesa pegó un salto de un palmo, se deplegó y se convirtió en una mesa de planchar. El cuento describe como aquella cosa se volvió tan sumamente sensible que cambiaba sin cesar nada más tocarla, sin necesidad de pulsar el botón. El marido la arrumbó en el desván (después de que saltara en el aire en un par de ocasiones y lo golpeara mientras jugaba a la euchre, y en las noches ventosas se le oía moviéndose y dando golpetazos, y pasando de mesa de juego a tabla de planchar y vuelta a empezar). El relato per se sirve como ejemplo de nuestra pavorosa herencia de irritación, asombro y terror ante los artefactos mecánicos. El principio mecánico en juego en este deplorable invento no guardaba, creo yo, relación alguna con el sexo. Algunos analistas ven sexo en todas partes, incluso en una tabla de planchar saltarina, pero creo que podemos prescindir de esos científicos.
No hay un solo hombre (por seguir con el ejemplo) que tras luchar con una mesa de juego autoadaptable vuelva a ser el mismo de antes. Si llega al estado que vacila, se muestra indeciso y se abalanza sobre cualquier dispositivo mecánico que salga a su encuentro, no es, opino yo, porque reconozca en el dispositivo la incitación al sexo, sino sólo porque recoonoce la amenaza de la máquina como tal.
Sigue Thurber en este episodio dando cuenta de una situación en la que, en medio de una noche oscura y fría en la que se encontraba atendiendo a sus perros en el granero, su automóvil se puso a tocar el claxon por culpa de un cortocircuito. Thurber reconoce que algo en su interior cambió. Termina este estupendo ensayo “Sexo ex machina” (que Acantilado ha recogido en su imprescindible recopilación “Carnaval”: ¡por el amor de dios, háganse con ella a cualquier precio!) con una referencia al miedo a volar, otra exteriorización, en muchos casos inconsciente, de la fobia y el recelo que nos causa a la tecnología:
Para terminar, me gustaría referirme al caso de un amigo mío de Ohio llamado Harvey Lake. Cuando tenía apenas diecinueve años, la barra de dirección de un pequeño cochecito eléctrico se le rompió en la mano, perdió el control del vehículo, atravesó una valla y fue a parar a los jardines de la Escuela Columbia para Señoritas. Le tomó miedo a los automóviles, los trenes y cualquier otro tipo de vehículo no tirado por caballos. Pues bien, los psicólogos calificarían de miedo ese complejo y lo calificarían como anormal, aunque yo lo veo como una aprensión meramente razonable. Si, como consecuencia de haber sido catapultado a los jardines de la Escuela Columbus para Señoritas, Harvey Lake le hubiese tomado miedo a las chicas, eso lo consideraría yo un complejo, pero no llamaría complejo a su miedo normal a las máquinas. Harvey Lake no se subió a un avión en su vida (murió tras caerse de un porche), pero es algo que tampoco considero neurótico, sólo sensato.
He conocido, sin duda, hombres con compejos. Por ejemplo, Marvin Belt. Tenía un complejo con los aviones de lo más interesante. No le daban miedo las máquinas, ni las alturas, ni los accidentes. Él sólo temía que el piloto de cualquiera de los aviones a los que se subía perdiera el juicio.
-Me imagino sobrevolando Montana- me dijo una vez-, en un avión trimotor, de esos enormes, perfectamente seguros. Algunos pasajeros dormitan, otros leen, pero yo voy con la vista clavada en la puerta de la cabina de mando. De repente sale el piloto con los ojos brillantes, de loco. Con voz de falsete, como la de una niña, e dice: “oiga, revisor, tenga la bondad de dejarme en la calle Ciento veinticinco”.
-Bueno-le dije a Belt-, aunque el pilot se vuelva loco, queda el copiloto.
-Pues no-dijo Belt-. El piloto ha golpeado al copiloto en la cabeza con algo y lo ha matado.
Pue sí, los psicoanalistas pillarían a Marvin Belt. Pero no van a pillar a Harvey Lake, ni al señor C, ni al señor AR, ni al señor F, y tampoco, mientras tenga fuerzas, a mí.
¿Verdad que nuestra relación con la técnica y la tecnología es contradictoria? La usamos pero la tememos y/o la detestamos. Hay quienes buscan el origen del desajuste en la primacía del uso tecnológico antes incluso que la racionalidad organizativa a la que, por lo menos teóricamente, la tecnología debería atender. Otros apelan al absurdo del hombre pretendiendo superar su naturaleza (infinitamente compleja y ) por medio de útiles y cachivaches de uso caduco e inútil. Los hay que realizan interpretaciones sicosociales en donde los aparatos son sustituciones de órganos sexuales que responden a la liberación de pulsiones reprimidas. Y bla bla bla.
Yo, estoy con Thurber. Creo que el desajuste es aún más primigenio, y que proviene del miedo y del asombro. Sucede luego que se cuela hacia arriba, hacia la razón, en forma de perfectas excusas para dar vueltas colina abajo como una croqueta en un plato de pan rallado, en lugar de usar un caminador mecánico o unos zuecos digitales. Pero no es un juicio madurado sino una natural propensión a conservar el cuerpo de una pieza, vivo y funcionando.
Escuchen a Thurber, a ver si les convence como a mí:
Tal como yo lo entiendo, el efecto del automóvil y de otros artefactos mecánicos sobre el estado de nuestros nervios, mentes y espíritus es un problema sobre el que los psicólogos populares con los que he lidiado saben muy poco. La explicación sexual de la relación del hombre con la máquina no es lo bastante buena. Para llegar a la explicación verdadera debemos remontarnos muy atrás, hasta la época de Franklin y la cometa, o al menos hasta cierto hombre y cierta mujer que aparecen en un libro de relatos escrito hace más de sesenta años por Max Adeler. Uno de los cuentos de este libro trata de un ama de casa que había comprado una mezcla de tabla de planchar y mesa de juegos, ideada por algún genio de Nueva Inglaterra en sus ratos de ocio. Al volver a casa y encontrarse con el artilugio en la sala, el marido lo miró horrorizado.
-¿Y eso qué es?- preguntó.
La esposa le explicó que era una mesa de juego, pero que si se pulsaba un botón que había debajo, se convertía en tabla de planchar. Acto seguido pulsó el botón, la mesa pegó un salto de un palmo, se deplegó y se convirtió en una mesa de planchar. El cuento describe como aquella cosa se volvió tan sumamente sensible que cambiaba sin cesar nada más tocarla, sin necesidad de pulsar el botón. El marido la arrumbó en el desván (después de que saltara en el aire en un par de ocasiones y lo golpeara mientras jugaba a la euchre, y en las noches ventosas se le oía moviéndose y dando golpetazos, y pasando de mesa de juego a tabla de planchar y vuelta a empezar). El relato per se sirve como ejemplo de nuestra pavorosa herencia de irritación, asombro y terror ante los artefactos mecánicos. El principio mecánico en juego en este deplorable invento no guardaba, creo yo, relación alguna con el sexo. Algunos analistas ven sexo en todas partes, incluso en una tabla de planchar saltarina, pero creo que podemos prescindir de esos científicos.
No hay un solo hombre (por seguir con el ejemplo) que tras luchar con una mesa de juego autoadaptable vuelva a ser el mismo de antes. Si llega al estado que vacila, se muestra indeciso y se abalanza sobre cualquier dispositivo mecánico que salga a su encuentro, no es, opino yo, porque reconozca en el dispositivo la incitación al sexo, sino sólo porque recoonoce la amenaza de la máquina como tal.
Sigue Thurber en este episodio dando cuenta de una situación en la que, en medio de una noche oscura y fría en la que se encontraba atendiendo a sus perros en el granero, su automóvil se puso a tocar el claxon por culpa de un cortocircuito. Thurber reconoce que algo en su interior cambió. Termina este estupendo ensayo “Sexo ex machina” (que Acantilado ha recogido en su imprescindible recopilación “Carnaval”: ¡por el amor de dios, háganse con ella a cualquier precio!) con una referencia al miedo a volar, otra exteriorización, en muchos casos inconsciente, de la fobia y el recelo que nos causa a la tecnología:
Para terminar, me gustaría referirme al caso de un amigo mío de Ohio llamado Harvey Lake. Cuando tenía apenas diecinueve años, la barra de dirección de un pequeño cochecito eléctrico se le rompió en la mano, perdió el control del vehículo, atravesó una valla y fue a parar a los jardines de la Escuela Columbia para Señoritas. Le tomó miedo a los automóviles, los trenes y cualquier otro tipo de vehículo no tirado por caballos. Pues bien, los psicólogos calificarían de miedo ese complejo y lo calificarían como anormal, aunque yo lo veo como una aprensión meramente razonable. Si, como consecuencia de haber sido catapultado a los jardines de la Escuela Columbus para Señoritas, Harvey Lake le hubiese tomado miedo a las chicas, eso lo consideraría yo un complejo, pero no llamaría complejo a su miedo normal a las máquinas. Harvey Lake no se subió a un avión en su vida (murió tras caerse de un porche), pero es algo que tampoco considero neurótico, sólo sensato.
He conocido, sin duda, hombres con compejos. Por ejemplo, Marvin Belt. Tenía un complejo con los aviones de lo más interesante. No le daban miedo las máquinas, ni las alturas, ni los accidentes. Él sólo temía que el piloto de cualquiera de los aviones a los que se subía perdiera el juicio.
-Me imagino sobrevolando Montana- me dijo una vez-, en un avión trimotor, de esos enormes, perfectamente seguros. Algunos pasajeros dormitan, otros leen, pero yo voy con la vista clavada en la puerta de la cabina de mando. De repente sale el piloto con los ojos brillantes, de loco. Con voz de falsete, como la de una niña, e dice: “oiga, revisor, tenga la bondad de dejarme en la calle Ciento veinticinco”.
-Bueno-le dije a Belt-, aunque el pilot se vuelva loco, queda el copiloto.
-Pues no-dijo Belt-. El piloto ha golpeado al copiloto en la cabeza con algo y lo ha matado.
Pue sí, los psicoanalistas pillarían a Marvin Belt. Pero no van a pillar a Harvey Lake, ni al señor C, ni al señor AR, ni al señor F, y tampoco, mientras tenga fuerzas, a mí.
4 Comments:
Ya en un mítico cartoon de Disney de hace mil años acertaban con la relación que tiene el ser humano con su automóvil. Yo lo vi cunado era muy chinorri y aun me acuerdo. Lo he encontrado en YouTube, aunque sólo en alemán.Pero no teman, se entiende todo (es Disney, por Dios!)
Ahí está:
http://youtube.com/watch?v=t3XGw__unjQ&feature=related
Parece q este blog está extinguiendose. Espero que no sea así y que el autor siga escribiendo tan buenos comentarios y análisis de la actualidad. Estoy seguro de que hay bastantes seguidores que lo lamentarían.
Un saludo.
No temas, el patato debe estar dando buena cuenta de los 700.000 kg de callos con garbanzos que le hice llegar por Seur. Pero encuanti que acabe seguro que sigue rajando a diestro y siniestro.
Porque es así, no????
El Gran Patato Mayor está en pleno traslado a Margarita. En cuanto se consiga una conexión a internet, volverá por aquí.
d.
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