la patata de la libertad

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31.5.05

Dinero, Trabajo e (in)felicidad

Adoro los desmentidos de Agustín García Calvo.

Hoy, mientras comía, he podido leer una refutación de La-Felicidad-Por-El-Trabajo, ya saben, la eterna promesa de futuro, la zanahoria frente al burro (que persiguiéndola ara un campo y carga pesadas alforjas).

Atacaba yo el panfleto “De la felicidad” frente a una fuente de ensalada de calabacín cuando me he descubierto abandonando los cubiertos para subrayar un par de párrafos con un lápiz despuntado. Creo que debo compartir con ustedes el razonamiento de AGC “para lo que pueda servir”.

Comienza con una premisa clara, que (1) el trabajo es “una especie de embriaguez grisienta y enfermiza complacencia que, a menudo los trabajadores, por mero contraste con las desgracias y sinsabores de la infelicidad menos organizada de fuera del taller o la oficina, confunden con una felicidad.

Prosigue aseverando que (2) el trabajo es verdaderamente también dinero (más aún: es él, en cuanto fundador del tiempo vacío, el origen y la materia ideal del Capital o dinero vivo) y así se pretende que, mediante el trabajo, se adquiere el derecho a disfrutar del resto de la vida.

Y ahora, bien se intuye, llega la refutación de todo lo anterior; ni (1) ni (2) sino todo lo contrario:

Pues bien, ni lo uno ni lo otro podrán pasar sin trampa y sin endurecimiento del corazón: la embriaguez de la rutina laboral se denuncia a sí sola como placer mentido por el hecho de que necesita tener su justificación fuera de su tiempo, en el tiempo de la vida que con el trabajo se está ganando. Y en cuanto a ese tiempo libre que así se compra, ocio con trabajo, paz con guerra, gloria con sacrificios, riqueza con ahorro de unos o con la explotación de otros, no puede ser un tiempo de naturaleza distinta de la del tiempo del trabajo, guerra o penitencia, que lo ganaba: el trabajador recibe como salario real una porción del mismo tiempo (vacío) que con su trabajo se había constituido; así como la la paz ganada por guerra no puede ser sino guerra no declarada, y la riqueza del explotador, entre los laureles de su parque y entre las brisas de su yate, huele irremediablemente al sudor de los explotados (y al suyo propio).

Y cierra el pensamiento concluyendo que:

Y no es que sea injusto o criminal tratar de vivir un trozo de vida a costa de un trozo de vida esclava: es sencillamente que no es así, que lo uno está en lo otro, "y la marca del precio en el bollo lo cambia al bollo de gusto."

Aquí se encuentra un punto común con otro gran pensador español ácrata: Rafael Sánchez Ferlosio, que dedicó recientemente un gran esfuerzo a desmentir la falacia del non olet -la desconexión de la naturaleza del dinero respecto a su propio proceso generador-, mediante la cual el emperador pretendía que el dinero gastado por el pueblo pagando los baños públicos era un dinero "limpio" pues aunque se hubiese generado con micción y deyección, las monedas resultantes “no olían a orines”.

Esto es, en última instancia, lo que más detesto del capitalismo: que no permite gozar realmente de cosa alguna pues están todas contaminadas por el origen del dinero con el que se han conseguido.