la patata de la libertad

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Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

22.12.05

Prejuicios

El anonimato con el que habitualmente se realizan los blogs no deja lugar a la crítica ad-hominem. Aunque esto es necesario para centrarse en El Asunto (el objeto, el tema, la crítica) resulta un auténtico desperdicio, ya que tras muchos blogs brillantes se esconden auténticos gilipollas pugnando por ser reconocidos. Para que ustedes juzguen a gusto –¡cómo solo un occidental demócrata puede hacerlo!-, aquí tienen unos cuantos motivos que humildemente les ofrezco a modo de autoimpugnación. Declárenme gilipollas de la semana:

1. Tengo unos graves prejucios respecto a personas que, en cuanto llevan a cabo algún proyecto, colocan en la parte gráfica de éste fotos muy grandes de Ellos Mismos, institución a la que aparentemente se consagran: un collage de Ellos Mismos junto a Personalidades, Ellos Mismos sonriendo con aspecto de Persona Muy Enrollada, Ellos Mismos junto a Su Negocio o incluso Ellos Mismos parodiándose, estilo fíjate-que-enrollado-soy-que-me-tomo-a-mí-mismo-bastante-en-broma. Me pongo malo, oigan.

2. Ostento también unos graves prejuicios en materia de afiliación o cargo: cualquier persona que me entre con un “yo soy archi-vice-responsable de NHC” (sea NHC una asociación, un partido político, una empresa o un sindicato) se lleva un estufido gatuno ipso facto. Ffffff. Vade retro, Ejecutivos de Dios.

3. Me invaden también unos prejuicios formidables cuando se trata de la Industria de la Transpiración y de sus abnegadas Personas Muy Deportistas. Aunque he conocido a algún vigoréxico majo, de los que antes de desayunar se cascan ochenta flexiones porque hoy es miércoles, en general he establecido una relación proporcionalmente inversa entre ejercicio e inteligencia. ¡Mira que soy irracional, rediós!

4. No se retiren, aún hay más. Otra cosa que me pone frenético son los “tranquilazos”. Dispongo de unos prejuicios insalvables hacia estos tipos que, pongamos un ejemplo, colocan su automóvil frente a tu portal y, cuando estás levantando la bicicleta para sortear su superaparato de dos toneladas, salen de la cafetería enfadados porque te han visto renegar: “¡ya va, ya va, que lo quito enseguida!”. Entonces sucede lo peor: Ellos, benévolos, te hacen El Favor. Sí, El Favor, cuando ya no te sirve. El Favor es una de las peores sensaciones del mundo. Los tranquilazos que practican a diario El Favor, especie netamente urbana, deben ser completamente exterminados (educacionalmente, no abogo por una solución final, aunqueeee...). ¿Y qué hay de sus carteles en el parabrisas? “Estoy en el Franfur del frente” o “Sr. Luis, 5º 4ª, enseguida bajo”. ¡Aaargh! Encima tienes que llamarles por el interfono o por teléfono para que vengan a Hacerte El Favor. ¡¡¡El Favor!!! Noooo...

5. He de contener un insulto cuando alguien, cualquiera, espeta muy natural “no me gustan los animales”. Mis prejuicios al respecto me llevan a no comprender, directamente, como puede haber quién no disfrute al ver correr a un perro, al ver acechar a un gato o al ver volar a un pájaro. Me parece un desprecio supino hacia La Vida. De inmediato me pongo a tramar conjeturas sobre las carencias afectivas y la educación torcida del botarate insensible. Me hierve la sangre, vaya. Siento que mi boca pugna por no decir "pues a mí no me gustas tú".

6. Más prejuicios: hacia quien tiene la manía de contabilizarlo todo, primero en simples unidades y después traducido a Dinero. “Tengo mil quinientos vinilos, que es más de un millon de pelas en música”. Un millón de pelas en música ¿cómo se come eso? ¿Acaso escuchan Dinero? O: “fíjate, ese edificio tiene ochocientas trenta y seis ventanas”. Me asaltan unas enormes ganas de agarrar al tipo en cuestión y preguntarle por su número de neuronas. Cuéntatelas, gañán. Es un grave prejuicio, lo sé: no tolero la contabilización. “Tengo seis de esto…”: Ya ¡¿Y qué?¡ ¡¡¿Y qué?¡¡ Cuando leo el miniperiódico “Qué” me asaltan unas incontenibles ganas de asaltar su redacción revólver en mano: esa gente lo cuenta todo ¡están locos!

7. Otro prejuicio insuperable: hacia el buenrrollismo liberal desarrollista-destructivo. En cuanto se me ponen a hablar de libertades y derechos hipotéticos (véase “el derecho a llegar en 4x4 hasta el pico del Aneto” o “mi libertad ilimitada de adquirir inmuebles”), surge un ecofascista de mi interior que sueña con apoderarse de un arma y vaciar las urbanizaciones de segundas viviendas a punta de pistola, al frente de un escuadrón de bulldozers y grúas con bolas de hierro. ¡Salgan todos, cabrones, y móntense en sus bicharracos metálicos de vuelta a la ciudad, de donde nunca deberían haber salido!
Grave prejuicio, pensarán ustedes: pues sí.
Muy grave.
Hasta escupo espuma.

8. Tengo un prejuicio horrible hacia las Mujeres Rubias con Mechas que se Maquillan Mucho. Puede ser algún complejo freudiano, o resquicios de un machismo clasista intolerante, de cuando todas las prostitutas iban así… el caso es que no puedo sentirme atraído hacia una mujer de esta guisa, por guapa que sea. Formulo extrañas hipótesis sobre mujeres que no se gustan a si mismas y se cubren con fachadas diseñadas en el cine para Grandes Estrellas. Pienso en un estereotipo de belleza construido por y para las mujeres, con el pretexto de que ellos las prefieren rubias y con aspecto de putón. Sí, creo que es un prejuicio.

9. Tengo un grave prejuicio que me hace valorar la música por su exclusividad. Intento moderarlo, y en ocasiones mis oídos lo consiguen sin mi ayuda, por el puro deleite que les complace de una forma irreflexiva… pero no puedo, siempre regreso a ese pensamiento absurdo que establece como una ley cósmica que “si lo han comprado cien mil, entonces es una mierda”. Y si la venta es a un millón, entonces no quiero ni escucharlo. ¿Esprinstin? ¿Radioged? ¿YuTú? ¡¡¡Venga hombre!!!... Es es para los Estadios y su público gilipollas ¿Lo ven? Prejuicios y más prejuicios.

10. Por último, para completar este decálogo de defectos, está mi prejuicio hacia cualquier persona vestida con uniforme –excluyendo tal vez los overoles de obrero y los escolares, que lo usan obligados, pobrecillos-. Fíjense que hasta los militares que en Venezuela vi llevando a cabo misiones sociales me inspiraron una primera sensación de asco. Una noción prerreflexiva, anterior a cualquier racionalización. Una sensación que comienza con un ¡pandacabrones! y seguidamente se suaviza en un maternal ¿¡pero hijos de dios... a dónde vais todos iguales!? Aparte del prejuicio, todo uniforme sito en cualquier punto al alcance de mi campo de visión, genera en mi organismo una enorme ansiedad y unas estupendas ganas se huir al trote, sin saber porqué, creyéndome todo un delincuente, con lo manso que soy.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ya me imagino ese franfur en la trinchera 23 con la Quinta zanja... Tremendo.

5:30 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

ánimo, patata... los prejuicios son totalmente legítimos... por más que estamos cargados de ellos, son muchos menos que los que actúan en sentido contrario, de allí hacia aquí...

creo que voy a contabilizar los suyos, en plan vampiro de barrio sésamo...

E "veintisieeeete prejuicios"

11:57 a. m.  
Blogger la patata de la libertad said...

Ventisiete prejuicios, a mil cien euros cada uno, 29.700 euros... es el precio aproximado de mis prejuicios. El año pasado valían 26.800, o sea que he pogresao más de un 9%. El año que viene pienso rentabilizar aún más: un 12%, teniendo en cuenta las previsiones alcistas la Nueva Ordenanza Cívica y los incrementos del Consumo Mundial, que oscilará entorno a un 60 y un 110%

1:32 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

A mí me encantan los animales.

A la brasa, al horno, a la losa, fritos, estofados... Como sea, me encantan.

Jaime

3:47 p. m.  

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