Wiriwiri+lecturas
Una cosa bárbara: mis compañeras de trabajo charlan entre ellas emitiendo un wiri-wiri-wiri de fondo que ya he asumido como el ruido del aire caliente que sale del techo o el tecleo indiscriminado de informes, análisis y código fuente, clac, clac, taclac, clac… wiriwiriwiri. Entretanto, los hombres permanecemos callados: es demasiado pronto como para que nada pueda interesarnos hasta el punto de hacernos soltar la lengua. Podría construir una de esas teorías deterministas en las que el tamaño del hipotálamo en la mujer fomenta la creación de discursos cotidianos fluidos en modo “diálogo” –y digo en modo porque no hay más que mirarlas para advertir que no se escuchan-. Podría construir una teoría, como dije, pero no lo haré. Generalizaciones, las justas. En algunos momentos presto atención al wiriwiri: “claro porque en casa no todos cogemos las vacaciones los mismos días… wiri-wiri-wiri… ¡estaba en el autobús y se me ha sentado al lado una señora más pesada!... wiri-wiri-wiri… estaba ayer en la illa y wiri wiri wiri...”. En ocasiones parecen haber entrado en bucle: “ayer fui a Mingo y estaba todo carísimo, uy sí, carísimo, sí, sí, carísimo, uy, Mingo, carísimo, todo carísimo, sí sí… Mingo, carísimo...”
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Hace tiempo que no les comento ninguna lectura. Tal vez sea porque un día me aventuré a iniciar una ristra de reseñas y me detuve a la mitad, aburrido de mí mismo. Continuemos pues, a partir de ninguna parte, retomando un escrito que se perdió en las minúsculas inmensidades de algún disco duro: he terminado El Invencible, de Stanislav Lem. Una de sus pocas novelas serias. Está bien, pero tampoco como para echar cohetes. Si no han leído Solaris, Ciberíada, o Diarios de las Estrellas, no tienen nada que rascar con este libro. También he leído Campo de Batalla, de Graham Greene, comprado por sólo dos ecus en el Sagrado Mercat de Sant Antoni. De tercera o cuarta mano, oigan. Resulta curioso que un tipo católico, espía británico, tan conservador como este figurón, retrate de una forma tan despiadada todas las formas de Poder. El libro relata el asesinato de un policía en defensa propia. El asesino: un comunista londinense. La novela destripa las partes rivales de forma ecuánime. Policías, empresarios, líderes del Partido Comunista, aparecen todos moviendo sus peones y sacrificando fichas “por el bien común”. Concluí también El enigma de la Docilidad, un panfleto de Virus, un ensayito milenarista de Pepe García Olivo, que arremete contra la multiculturalidad, el liberalismo y tantas otras formas de ideología sumisa. No queda títere con cabeza. Un gustazo. Por último, he leído también una magnífica novelita policíaca de Andreu Martín, Con los muertos no se juega. El autor barcelonés plantea una suerte de nuevo Carvalho, Ángel Esquius, un detective viejo, listo como un demonio y pelín sibarita. Lo peor del libro, aunque soportable: sus gustos musicales (¿hace falta citar de nuevo a Los Bítels? ¿hay algo más quemado que Los Bítels?) y una pequeña propensión a organizar escenitas románticas.
1 Comments:
"En ocasiones parecen haber entrado en bucle"
BUENÍSIMO!!!
;*
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