la patata de la libertad

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Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

4.1.06

Episodios Aislados



Una inmobiliaria compra Can Fabra por 31 millones tras haber sido valorado por el ayuntamiento por 37 y al cabo de unos pocos días enajena el inmueble hacia la administración local por más de cincuenta. Nadie especuló. “Sencillamente -dice el vicesubsecretario de Asuntos Espinosos del ayuntamiento- nos interesó el inmueble una semana después de que lo adquiriese Construmuch S.A., empresa con la que no tenemos ninguna relación”.

Otra cosa que simplemente ha sucedido por ahí: un señor muy conservador, lobista del partido republicano de los Estados Unidos de América, el Sr. Abramoff, ha destapado una compraventa de favores en la que estaban implicados hasta 30 congresistas republicanos. Ya saben, esos venerables señores canosos, wasps en su mayoría, que velan por el interés general.

Nadie se lo esperaba. Son cosas que pasan. Cosas de la Vida. Escándalos.

Deben venderse así. No pueden ser estructurales.

Vamos, sorpréndanse.

Indignémonos eternamente como nos está mandado:

¡Cuanta corrupción! ¡Qué gente tan mala!

Quizá deberíamos retocar la Ley de Incorruptibilidad en la Gestión Pública al Por Mayor. O lanzar otro edicto... ¡Nononó! Algo más grande: ¡Una declaración pública en contra de la corrupción en general! O mejor: ¡¡¡Un Pacto de Estado por las libertades totales y contra la corrupción en todo!!!

"Tengan FE. En breve, todo será mejor". Escuchen la voz de Fluffy.

Sé que cuesta, pero debemos creer, por el bien de la democracia representativa. ¿No creerán que así funciona la cosa y que es el propio sistema quien propicia estos episodios aislados?

Ya sin ironía: a tenor de los dos primeros párrafos, repetidos a diario con sujetos diferentes, procedentes de cualquier partido político y de cualquier institución de las que por arriba habitan, insistía yo hace unos días que no hay diferencia alguna entre Estado y Capital, tal y como demostrase tan campechanamente Agustín García Calvo en su Análisis de la Sociedad del Bienestar.

Ahí es donde se equivocan comunistas e izquierdas estatistas, con su predilección inocente por las “nacionalizaciones” y los “gobernantes honestos”, procedentes de partidos políticos con “intereses populares legítimos”. A estas alturas, semejantes propuestas (no distingo si cándidas o malintencionadas) conseguirían un simple cambio de titularidad, así como el mantenimiento bien arriba de nuevos puestos de dominio sobre nosotros. Más Dinero y más Poder, en definitiva. Lo que ya conocemos y lo que no queremos.

Javier Ortiz, con su habitual buen oficio, se casca un párrafo absolutamente esclarecedor sobre todo esto:

“Hace un siglo —o incluso más— los críticos del sistema capitalista se empeñaban en desvelar las relaciones de colusión existentes entre los responsables de la política y los dueños de la economía. Hoy ese esfuerzo es totalmente innecesario. Unos y otros forman un todo compacto. El bloque del poder se ramifica, pero es un mero reparto de funciones. Su interior está unido por grandes vasos comunicantes. Los políticos, en cuanto se deciden a descansar, pasan sin ningún problema a convertirse en empresarios, o en financieros. O al revés, como en el caso de Rato y de Piqué. Nada hay de extraño tampoco en que los grandes empresarios intervengan en la vida política, sea gracias a su trato de favor a tal o cual partido o sea a través de los medios de comunicación en los que tienen presencia, o que controlan, sin más. En cualquier caso, la relación entre todos ellos es constante: no paran de hablarse, de verse, de consultarse, de darse consejos mutuos, de practicar el do ut des con la mayor de las naturalidades."