Preguntas que no quieren respuesta
Hay preguntas que, con un fingido interés por las respuestas, están diseñadas realmente para reconfortar al interrogado. La edición digital de El Periódico, que lisonjea cada día a sus lectores y les trata como a una sarta de imbéciles (¿o acaso es un proceso de retroalimentación?), pregunta: “¿Qué libro no ha podido acabar por resultarle demasiado pesado?”.
O bien falta un plural o la pregunta pretende un único título como respuesta.
En este último caso, con toda probabilidad, el lector de El Periódico se engañará a sí mismo y contestará un solo libro, cuando todo el mundo sabe que los libros abandonados se cuentan con ambas manos, sea cual sea el lector. Y aún más si se trata de un lector con el perfil de la mayoría: asalariado, superficial, futbolero, dormilón, deportista, adicto al ocio y a cualquier actividad que le permita atravesar el día con la sensación de “no haber perdido el tiempo”. Sea lo que sea lo que pueda significar la frasecita de marras.
¡Por el amor de dios: si lo que más se vende hoy es parapsicología, Jorge Bucay, el Club Bilderberg y Los Pilares de la Tierra! ¿Cómo no se van a abandonar antes de la página 10 todas esas ingentes cantidades de clásicos que se siguen vendiendo? La finalidad de los clásicos, hoy día, a gran escala, es ornamental. Algo debe rodear el televisor. No vale con sólo un estante de deuvedés regalados por el dominical...
¿Se ha completado ya extirpación del lóbulo del gusto? ¿Queda algo de paciencia para un hilo argumental decente o en adelante deberá explicarse todo como el guión de una teleserie? ¿Acaso hemos sucumbido ya a las terribles consecuencias del hiperestímulo y a la producción visual pura?
Son preguntas que me hago, vista la ingente cantidad de basura que se despacha en las megalibrerías.
Y disculpen que haga referencia a la desagradable clasificación de clásico, pues cualquier plasta recordada durante cinco siglos parece tener esa consideración. El caso es que no he encontrado otra palabra que resuma mejor a una producción literaria de calidad, atemporal y de goce subjetivo incomparable.
O bien falta un plural o la pregunta pretende un único título como respuesta.
En este último caso, con toda probabilidad, el lector de El Periódico se engañará a sí mismo y contestará un solo libro, cuando todo el mundo sabe que los libros abandonados se cuentan con ambas manos, sea cual sea el lector. Y aún más si se trata de un lector con el perfil de la mayoría: asalariado, superficial, futbolero, dormilón, deportista, adicto al ocio y a cualquier actividad que le permita atravesar el día con la sensación de “no haber perdido el tiempo”. Sea lo que sea lo que pueda significar la frasecita de marras.
¡Por el amor de dios: si lo que más se vende hoy es parapsicología, Jorge Bucay, el Club Bilderberg y Los Pilares de la Tierra! ¿Cómo no se van a abandonar antes de la página 10 todas esas ingentes cantidades de clásicos que se siguen vendiendo? La finalidad de los clásicos, hoy día, a gran escala, es ornamental. Algo debe rodear el televisor. No vale con sólo un estante de deuvedés regalados por el dominical...
¿Se ha completado ya extirpación del lóbulo del gusto? ¿Queda algo de paciencia para un hilo argumental decente o en adelante deberá explicarse todo como el guión de una teleserie? ¿Acaso hemos sucumbido ya a las terribles consecuencias del hiperestímulo y a la producción visual pura?
Son preguntas que me hago, vista la ingente cantidad de basura que se despacha en las megalibrerías.
Y disculpen que haga referencia a la desagradable clasificación de clásico, pues cualquier plasta recordada durante cinco siglos parece tener esa consideración. El caso es que no he encontrado otra palabra que resuma mejor a una producción literaria de calidad, atemporal y de goce subjetivo incomparable.
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