la patata de la libertad

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2.7.07

Bicicleting y gestión pública

...algunas consideraciones sobre los recientes éxitos municipales.

Los políticos están vendidos. En las dos acepciones que pueden darse a esta frase hecha. Y no lo afirmo a la babalá: he podido comprobar de cerca la cantidad de protocolos y planes de actuación que firman y (en teoría) supervisan, y con ello he advertido triste la imposibilidad de cambio. Se encuentran sometidos a tantos automatismos de gestión, tantos protocolos y tanta presión social que ya no controlan el timón. Su función es dar seguimiento a decisiones forzadas por el empresariado del sector análogo a su departamento administrativo. Lobbies y mafias de poder político condicionan de cabo a rabo nuestra política. Así es como se liquida la representatividad, la delegación de nuestros asuntos a unas pocas y sobornables manos. Sobreviene entonces la política como profesión, como puesto de trabajo. A verlas venir, a capear y a planificar según me dejen. A merced de las necesidades falsas impuestas por esta sociedad de hiperproducción y puestos de trabajo.

Esta disposición de las cosas asumida como una fatalidad climatológica y puesto en contraposición al rol asumido de "agente social", genera la necesidad imperiosa de hacer ver como que se hace. Piensen en el cabrón que ayuda en una mudanza y pone cara de esfuerzo sin aguantar realmente el sofá. Ahí es donde entra de lleno la difusión de ideología quimérica y el ejercicio del lenguaje simbólico que ha venido a llamarse “marketing político”. Esto vendría a ser, en nuestra desafortunada metáfora, la “cara de esfuerzo”. Como todos hemos podido extraer de nuestra experiencia cotidiana: para ser un caradura hay que tener labia. El Estado no es ajeno a esta dialéctica, todo lo contrario.

Los socialdemócratas y democristianos que se alternan para gobernarnos acogen y difunden con entusiasmo el principio según el cual pueden conciliarse los intereses públicos con el capital privado. Está claro que se puede. En primer lugar porque “público” se refiere más a la titularidad estatal que a cualquier otra cosa, y detentar la propiedad de algo en exclusiva no viene ligado a su gestión altruista. Es más, la experiencia suele confirmar justo lo contrario. En segundo lugar, porque “lo estatal” hace cincuenta años que se viene “conciliando” con “lo privado” mediante su liquidación. Se puede “conciliar” de este modo si se ha reducido previamente el espacio colectivo, se ha parcelado su superficie y se ha puesto en venta sin miramientos.

Con todo, la fórmula de la “conciliación de intereses” contrapuestos es, evidentemente, una simplificación y una mentira cochina. Las relaciones de dominio conllevan, por su propia naturaleza, una jerarquía irreconciliable. La única forma de hacer que dominante y súbdito brinden a la vez, uno con cava y el otro con un meado turbio, es no revelar el contenido de las copas. Engañar. Y aún si se aceptase tal principio de conciliación, cabría objetar que el orden del enunciado se ha invertido en beneficio de la Economía. Se concilia por aproximación. Ellos, arriba, plantean ahora las cuestiones al revés: cómo podemos mover dinero y hacer que esto coincida con algún interés real de abajo. Ese es el intríngulis que vertebra los planes estratégicos, los créditos públicos y las subvenciones.

El caso de las bicicletas de alquiler en Ciudad Escaparate da un perfecto ejemplo de como se complementan progresismo (política representativa a la manera local del multiculturalismo chupi-guay) y capital. A la vez que se resuelve una supuesta necesidad -que no estaba planteada de ningún modo homogéneo pero que ocupaba un lugar principal en el imaginario de la “mobilidad verde y sostenible”- hay previsiones de un negocio considerable (aquí no vale rebatir con cifras inmediatas, que os veo venir; estamos en el plazo de amortización... esperad un tiempo y lo hablamos).

De un complejo planteamiento inicial -reducir la automovilidad, incrementar el uso de la bicicleta mediante una gestión racional del espacio colectivo (esto es, matriculación y marcaje de bastidores para evitar los robos, menos carriles para el coche y más para la bicicleta)-, se ha tomado en consideración únicamente su vertiente económica, y nos hemos quedado con una simple explotación de alquiler de vehículos, cuya concesión, además, ha recaído en Clear Channel, una corporación estadounidense de publicidad… Podemos temer, en consecuencia, que se ha premeditado un uso publicitario de la superficie que cubre inútilmente la rueda trasera de los vehículos bicing, hecho que convertirá a unos cien mil barceloneses en agentes publicitarios. Entonces, cuando veamos a los alegres ciudadanitos promocionando sopa de sobre o créditos rápidos, lengua fuera y de casa al trabajo, podremos volver a exclamar a coro: ¡¡¡nos la han colado pero bien!!!

Este ejemplo, por reciente, por nimio (en comparación con los tejemanejes urbanísticos) y por malicioso, deja ver cómo las administraciones no prestan un servicio al ciudadano, sino que conceden negocios a empresas privadas cuyo objeto social, ahora sí, resuelve de refilón una necesidad ciudadana inventada para satisfacer el negocio concedido.

Un círculo puesto a rodar en sentido inverso.

Así pues, muchos de nosotros observamos con desdén y fastidio el inesperado éxito del bicing (¿alguien puede aclararme porque en este caso no se usa el castellano?) y ello nos hace formular un buen montón de preguntas irónicas: ¿Acaso había cien mil ciudadanos que antes no podían ir en bicicleta? ¿Por qué no podían ir? Aquí nunca ha habido un problema de disponibilidad de vehículos. ¿Será que después de gastarse quince mil euros en un coche (hay aquí de media dos por familia) no les quedaban trescientos para la bici? ¿Temían sacar la bici del trastero porque se la iban a robar, del modo absurdo en que mi tía protegía la colchoneta de la playa para evitar un reventón?... No queda otra que concluir que el éxito ha sido, antes que nada, ideológico. Una realidad fabricada. Y esta es la parte en que debemos ligar la actuación de nuestras instituciones con la "cara de esfuezo".

Lo que sucede en realidad es, como siempre, muy distinto a lo proclamado en las alturas. Ahora se rueda en bicicleta por los mismos exiguos carriles –invadidos y bloqueados por motocicletas y camionetas de reparto-, con las mismas interrupciones “semafóricas” y con el doble de vehículos. Insisto: el problema aquí nunca ha sido la disponibilidad de vehículos. La cuestión inicial subsiste. Es una problemática de espacio y volumen, no de acceso a la bicicleta. Hay demasiados automóviles y no hay cómo ir en bici en horas punta sin ser objeto de un verdadero riesgo para la integridad física.

No puedo por menos que acoger esta medida municipal con recelo y sarcasmo. Conociendo como conozco el perfil del progresista barcelonés (que es la mayoría, nos guste o no), puedo anticipar que de lunes a viernes rodará en automóvil o motocicleta, y que en el fin de semana en que no se vaya a buscar setas o depredar de cualquier otra manera la campiña cercana, utilizará su carnet de bicing con la finalidad primordial de expurgar su conciencia. Con esa agradable y falsa sensación de estar neutralizando toda la mierda que ha salido del tubo de escape de su vehículo en los cinco días anteriores. El ciudadano-árbol.

En el mismo orden de cosas, queda en entredicho también el propio concepto de “derecho a la movilidad”, punta de lanza del ciudadanismo rodado, ya que cuando uno se dirige a entregar su tiempo en beneficio ajeno, no ejerce ningún derecho sino una puta obligación. Ejercer el derecho a la movilidad sería, para mí, poder subir a Collserola un miércoles por la mañana. Y no puedo.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Lo de Clear Channel es EL DATO. Yo los conocía porque en USA poseen casi 700 emisoras de radio. No se llevan nada bien con la libertad de expresión y esas minucias.

10:53 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Totalment d'acord amb tu, pero...

jo, antic propietari d'una, ja poc flamant bici, vaig veure com l'ajuntament me la robava. és a dir, durant una temporada la vaig deixar al carrer lligada, doncs no la podia utilitzar i pujar-la per les escales fins un 5è pis era incòmode de la óstia, a part de que al pis no m'hi cap. la bici es va anar rovellant i un dia l'ajuntament va tallar totes les cadenes de bicis que es veien una mica descuidades i les van fer desaparèixer, aixó va passar just abans d'implementar el bicing... em van coaccionar a fer-me soci? o potser la bici no era prou maca per aquesta ciutat? Clar, m'havia d'haver gastat 600 euros en una bici més maca...

no m'agrada el concepte, però ara em resulta útil, no se'm rovella, no he de patir pels robatoris (l'ajuntament ja em va robar i ara no ho podrà tornar a fer) i per 6 euros tinc una bici tot l'any.

evidentment que si hi acaben posant publicitat ja me'n encarregaré d'anar treient-la...

2:15 p. m.  
Blogger Miquel said...

Aunque en el fondo puedo estar de acuerdo en lo que dices, te aseguro que aquí en Madrid daría lo que fuera por ver algo de ese progresismo barcelonés, ya sea en cultura, en urbanismo o en fomento del tranporte en bicicleta. Es como si todo fuera aquí mucho más descarado pero no hay nadie para criticarlo (en barna protestáis por casi todo, o al menos hay un debate abierto y accesible). Aquí hemos sufrido el peor alcalde de la historia y nadie decía nada y al de ahora ya la gente incluso no oculta su simpatía, cuando se está arrastrando una administración local carca, corrupta e inepta desde el 93, año en el que siempre pienso que debía haberme ido a Barcelona.

9:50 a. m.  

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