la patata de la libertad

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5.11.07

Espinacas al plato

Los hay que llegan a ácratas –y se entusiasman como si reconociesen un fin del camino- mediante extrañas derivas ultrarrománticas. Porque creen en un hombre libre de todas sus ataduras, un hombre en armonía con su entorno, un ser que nada con los pececillos de colores, que sólo caza y recolecta frutas (y, puestos a pedir, guapo y con el miembro grande)…

Yo, por el contrario, funciono por negación. He comprobado que el hombre, cuando no tiene instituciones, se las fabrica. No hay que acudir a la acumulación de excedentes agrícolas para hallar la semilla de la dominación. En las tribus de cazadores ya había auténticos cachomulos que sometían al resto. Jefes, clanes y tribus. ¡Anda que no se han encontrado calaveras de neandertales enclenques con huecos de pedradas! Por no mentar la dominación “de género”: que las hembras eran forzadas, robadas e intercambiadas por pieles. Así que, desde que más o menos andamos erguidos, hemos creado instituciones. Las unas tan variopintas e inocuas como La Rutina o El Amor. Las otras, fundaciones férreas y dudosas como La Familia o La Escuela. No todo sobreviene a partir de la acumulación de excedentes: no todo lo que hoy despreciamos ha sido forjado entorno a la propiedad, el ejército, el clero y la jefatura de tribu.

En cualquier caso, esta indudable manía de proyectar esquemas y someterse a ellos debe entenderse como una propensión. No es un signo del destino. Y hay que combatir las propensiones cabronas. Un poco como nuestra afición por la violencia, los juicios subjetivos (p.e. ¡Sarkozy es un canijo impotente!) o la ingesta desproporcionada de grasa de tocino. Hay que hacer lo posible por minimizar las estructuras de poder a nuestro alrededor. Y por establecer relaciones de igualdad. Que ninguna estructura pueda someternos. Esa es La Idea. “¡Nada por encima de mí!”, como gritaba primero Stirner y después Pànic Orfila. Creo que toda institución que nos integre debe permitir nuestra participación, la participación de todos sus implicados. Por ello no creo en la democracia representativa. ¡Qué mierdas de margen me da un voto cada cuatro años! Al guano con esta farsa.

Les decía al principio que a todo esto se llega por negación, no porque uno tenga Fe en nada (y aún menos en El Hombre, con esa falsa inocencia humanista). De forma consciente, no hay dioses que me la pongan dura (aunque seguro que un buen montón de ideas y fes falsas se mueven en mi interior haciendo la conga). Pero permítanme ampliar la justificación: también rechazo todo esto porque sé algo de cocina. Cuando estudiaba primero de derecho, me explicaron la suculenta receta que hoy nos endilgan como una compotita infantil, sin ni siquiera hacer el avioncito (¿para qué? si se ha comprobado que la insolente verdad, recibida por personitas convenientemente adoctrinadas, cobardes y sobrealimentadas, tiene los mismos efectos que una mentira cochina; esto es, ninguno). Recuerdo que, en la solemnidad de una asignatura que acarreaba el adjetivo de Constitucional, la receta sonó de primera.

Abran el libro, Montesquieu, capítulo uno. Ingredientes: Estado y Poderes.
Cocinaremos por “separación”.

Agarras el Estado. Separas los poderes agarrándolos de las hojas. Montas unas elecciones, haces que la gente vote y elija al Legislativo y al Ejecutivo. Al margen, pones a dorar el poder judicial para que se vaya haciendo por su cuenta. Diez minutos, que no se nos queme. Al fin, se establecen los tres poderes sin interferencias mutuas y cada uno gobierna lo suyo. Los unos la justicia, los otros las leyes y los de más allá, los ministerios y sus presupuestos. ¡Tachán! Ya puede servirse el plato. Al Pueblo le encanta. (Advertencia: si el Estado es Español, acompáñese con una buena copa de Transición del 75, que le va mucho a este tipo de sazones).

Pero ya se sabe que en las recetas, los cocineros no lo cuentan todo. Y en concreto, lo que no se incluye en esta suculenta teoría es la esencia del plato. Los trucos de chef, que se dice. Que el legislativo aprueba siempre, siempre, siempre lo que propone el ejecutivo (¡misterio!). Que el gobierno del poder judicial se impone desde el ejecutivo. Tú, tú, y tú. ¡Tú no que eres muy malo! Que el poder judicial deja sin aplicar determinadas leyes siempre que al ejecutivo le convenga. Uy… la Ley de Partidos, se me olvidó en el calor de la negociación. Al fin, con los poderes, uno advierte que es imposible cocerlos por separado sin que se mezclen los sabores. Y no sólo por el descontrol de los ingredientes principales, sino que por lo bajo se añade toda una sazón que no aparece en receta alguna: lobbies económicos, prensa, ejército, mercado, etc, etc… Las componendas, los arreglillos y el chalaneo terminan siempre guisando el plato a la suya.
Al final, queda esta boñiga inconsistente e imposible de llevarse a la boca. Una receta que suena de maravilla pero que tiene el mismo aspecto que los platos de espinacas que le sirven al pobre Calvin. Ya saben: ese magma verde que deviene monstruo peludo.