Ya no hay extras
Parece que las cosas van volviendo a su lugar.
Me he movido ocho mil kilómetros para comprobar que no hay forma de huir. Al principio uno cree que la distancia, debidamente puesta entremedio, lo cambia todo. Cuando uno hace turismo, o se desplaza de vacaciones, fotografía lo peculiar, lo pintoresco. No repara en lo difícil de una vida vivida allá donde uno va a divertirse. Los pobladores del lugar son extras que parecen haber sido distribuídos por el lugar por un ayudante de dirección. Usted, el de la bicicleta repleta de panes, salga ahora. Los chinos que fuman fuera del supermercado, atentos coño. Las señoras que venden parchitas y dulce de tamarindo, pónganse a charlar animadas. Y así, nada parece real. Aunque se disfrute y se tomen unas formdables instantáneas tropicales.
Donde he venido a parar, ya no me sucede eso. Ya no hay extras sino iguales. Mamíferos bípedos atribulados. He estado aquí tantas veces que, por suerte, me parece que la actualidad es tan vana y absurda como en occidente. Quizá algo más poética. Pero por lo demás aquí se trabaja igual, se venera al estado, se participa animadamente en elecciones en donde se elige quien va a mangonear nuevamente a los de abajo y, en resumen, se pierde el tiempo en las mismas componendas y tonterías.
Y a pesar de todo, me siento más tranquilo. Sobretodo por la completa desaparición de la velocidad. Y por el día sin trabajo que me he procurado. Así que, en adelante, ustedes perdonen si el grado de animosidad verbal disminuye, y si abandono la crítica de lo acontecido en el Estado Español. Ya no estoy allí, y por un buen tiempo. Se acabaron también las crónicas sobre la destrucción de Ciudad Escaparate. Supongo que cuando regrese ya habrán cerrado las calles y habrán colocado taquillas en sus entradas. Los lugareños bailarán un ball de bastons para mí y me mostrarán las maravillas que Gaudí hizo allá en los buenos tiempos del modernismo. Y los niños me perseguirán para que me fotografíe con ellos.
Disculpen:
Glocs, glocs... (me estoy bajando un juguito de papaya).
La cosa es que, como habrán comprendido, a partir de hoy reemprenderé el blog.
He conseguido un endeble y delicadísima conexión a internet. En este valle no hay banda ancha ni a ras de suelo ni por la estratosfera. Descargarse un archivito de diez megas implica un par de horas de introspección metafísica absorto en la barra de proceso (soy como los moscones y la luz: no pueeeedo de dejaaar de miraaarlooo). Una complicada conjunción de inepcia empresarial y orografía abultada dificultan el traslado de cualquier impulso eléctrico que quiera transmitirse. Dos pueblos más al norte, internet va que se las pela. Cosas de la vida.
Glocs glocs glocs.
Calorazo, rediós.
Así que en adelante les contaré sobre los intríngulis de esta complicada socialdemocracia venezolana, y sobre la fastidiosa manía de colocar los aparatos de sonido con inmensos suggofres en el porche de las casas para atronar con reguetón subnormal a todo el que viva en un radio de quinientos metros.
Mueeevelo mami, como tu sabeee, mueveloo mamiii.
Me disculpen los gurús de la actualidad musical, pero esa música es una mierda, se mire como se mire. Y nada más. Bueno, sí, otra disculpa: perdonen toda esta dispersión.
Demasiado estímulo para un cerebrito blando como este.
Me he movido ocho mil kilómetros para comprobar que no hay forma de huir. Al principio uno cree que la distancia, debidamente puesta entremedio, lo cambia todo. Cuando uno hace turismo, o se desplaza de vacaciones, fotografía lo peculiar, lo pintoresco. No repara en lo difícil de una vida vivida allá donde uno va a divertirse. Los pobladores del lugar son extras que parecen haber sido distribuídos por el lugar por un ayudante de dirección. Usted, el de la bicicleta repleta de panes, salga ahora. Los chinos que fuman fuera del supermercado, atentos coño. Las señoras que venden parchitas y dulce de tamarindo, pónganse a charlar animadas. Y así, nada parece real. Aunque se disfrute y se tomen unas formdables instantáneas tropicales.
Donde he venido a parar, ya no me sucede eso. Ya no hay extras sino iguales. Mamíferos bípedos atribulados. He estado aquí tantas veces que, por suerte, me parece que la actualidad es tan vana y absurda como en occidente. Quizá algo más poética. Pero por lo demás aquí se trabaja igual, se venera al estado, se participa animadamente en elecciones en donde se elige quien va a mangonear nuevamente a los de abajo y, en resumen, se pierde el tiempo en las mismas componendas y tonterías.
Y a pesar de todo, me siento más tranquilo. Sobretodo por la completa desaparición de la velocidad. Y por el día sin trabajo que me he procurado. Así que, en adelante, ustedes perdonen si el grado de animosidad verbal disminuye, y si abandono la crítica de lo acontecido en el Estado Español. Ya no estoy allí, y por un buen tiempo. Se acabaron también las crónicas sobre la destrucción de Ciudad Escaparate. Supongo que cuando regrese ya habrán cerrado las calles y habrán colocado taquillas en sus entradas. Los lugareños bailarán un ball de bastons para mí y me mostrarán las maravillas que Gaudí hizo allá en los buenos tiempos del modernismo. Y los niños me perseguirán para que me fotografíe con ellos.
Disculpen:
Glocs, glocs... (me estoy bajando un juguito de papaya).
La cosa es que, como habrán comprendido, a partir de hoy reemprenderé el blog.
He conseguido un endeble y delicadísima conexión a internet. En este valle no hay banda ancha ni a ras de suelo ni por la estratosfera. Descargarse un archivito de diez megas implica un par de horas de introspección metafísica absorto en la barra de proceso (soy como los moscones y la luz: no pueeeedo de dejaaar de miraaarlooo). Una complicada conjunción de inepcia empresarial y orografía abultada dificultan el traslado de cualquier impulso eléctrico que quiera transmitirse. Dos pueblos más al norte, internet va que se las pela. Cosas de la vida.
Glocs glocs glocs.
Calorazo, rediós.
Así que en adelante les contaré sobre los intríngulis de esta complicada socialdemocracia venezolana, y sobre la fastidiosa manía de colocar los aparatos de sonido con inmensos suggofres en el porche de las casas para atronar con reguetón subnormal a todo el que viva en un radio de quinientos metros.
Mueeevelo mami, como tu sabeee, mueveloo mamiii.
Me disculpen los gurús de la actualidad musical, pero esa música es una mierda, se mire como se mire. Y nada más. Bueno, sí, otra disculpa: perdonen toda esta dispersión.
Demasiado estímulo para un cerebrito blando como este.
7 Comments:
Juguito de papaya? será de lechoza!
Pues seguiré leyéndote, con más interés aún si cabe, como si fueras mi envíado especial a Venezuela para contarme como va la cosa por ahí.
Por otro lado, que es eso de que no trabajas???!!! Cómo lo has hecho, como??
sí, lechoza... pero quien me entiende si lo digo así? si llamáis parchita al maracuyá, patilla a la sandía y lechoza a la papaya!
bueno, vivo humildemente de unos ahorrillos...
hasta que se me acabe la pasta..
Amigo, la distancia no te aminora el juício, refréscate tranquilo.
Estoy de acuerdo con Elena: quedas nombrado corresponsal particular en Venezuela (y en todo el Caribe; por correo ultra-lento te envío un catalejo de capitán pirata para que lo veas todo)
¡Y que duren los ahorrillos!
y por que Venezuela??
Y que me dices del cambur?
Espero que las altas dosis de "Polarsita" que a buen seguro estas consumiendo te ayuden a tomar distancia respecto a la sociedad "occidental" y te permitan describirla desde un punto de vista entomológico sin perder el sentido del humor que te caracteriza.
Records per a tots.
David C.
Bueno, Venezuela porque la familia política vive aquí. Y porque me gusta a rabiar.
Ui, no David, t'equivoques. Les polarcites clàsiques ja no es troben enlloc. Ara només hi ha d'aquelles cerveses claretes, "light" i "ice", i des que em vaig enterar que gairebé tota la polar es fa amb yuca i blat de moro, m'he passat a la Regional.
El darrer cap de setmana vaig comprar quatre caixes d'aquelles de treinta, i no sé com, es van acabar.
Hombre, en principio yo también estoy en contra de las cervezas claritas, pero una buena Polar Ice entra sola... Va a ser por eso que Venezuela es el único sitio del mundo en el que me he sorprendido a mí mismo empujándome cervezas (sí, sí, en plural. Varias) a las siete de la mañana, recién levantao. Lo cual explica muy bien por qué se te acaban las cajas con semejante celeridad.
Me alegro de que haya vd. reactivado el blog,y le deseo la mejor de las suertes en Venezuela (yo que también estoy recién emigrado, como quien dice, pero en mi caso a Suiza. El queso y el chocolate están muy ricos, pero la mierda de la Feldschlossen no tien ni punto de comparación con la Polar, aunque sea vd. poco fan).
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