la patata de la libertad

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Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

31.10.05

De Dios y el Automóvil

A medida que avanzo e intento descartarme de algunos argumentos, observo con una cierta acritud que existe la desagradable costumbre de quedarse pegado a aquellos más dulces. Aquellos que proyectan un imposible presente eterno. Aquellos destinados a la conservación de una realidad propicia. El pensamiento conveniente, esta sería su etiqueta más apropiada.
No puede observarse de otra manera el hecho de que en las alturas estén convencidos de la compatibilidad de esto, este sistema de dominación y acumulación-por-la-descompensación-provocada, con la reducción de la pobreza en el mundo. Aunque no puede ya sorprenderme. Entra dentro de la misma lógica de emplear ejércitos para salvar a los pueblos. O permitir que todos tengan armas para que se defiendan los unos de los otros.
Me indigesta que haya quién sea capaz de sostener que hay que mejorar el tránsito o reformar el senado -estas cosas que se saben en decadencia, cuando no en ruinas-.
Una nueva mano de pintura para no percibir su descomposición interna.
Reformar el Senado, mejorar el tránsito... Hay que ser inocente o muy imbécil.
Cualquiera puede predecir que, con un crecimiento demográfico siempre creciente (o, relajando la premisa, “que debe ser siempre creciente”), con necesidades crecientes de desplazamiento por el crecimiento económico (o, de nuevo su versión laxa, “una economía que debe ser siempre creciente”), con un consumo de vehículos siempre creciente por la incorporación de nuevos conductores (o por la desvalorización por el uso ¡valiente nuevo truco!) y considerando el espacio por el que se transita como un factor finito –pese a que los constructores siempre dibujen una naturaleza infinita en su perpetua exigencia de nuevas carreteras y nuevas urbanizaciones-, el tránsito no tardará en transmutar del todo en colapso. Y quién sabe, tal vez las administraciones que entonces haya lleguen al convencimiento de que hay que gestionarlo con prohibiciones o hacer “lo que se tenga que hacer” (aquí aparentarán rotundidad para reforzar la Fe de sus súbditos), como restringir la venta de vehículos. En cualquier caso, será una planificación inmediata, corta de miras como siempre, como está escrito que ha de ser (¿no fueron Ellos quienes desmantelaron trenes y tranvías?). En este caso, el pensamiento conveniente habrá situado a la ciudadanía en ese punto de rebote insolente, irreflexivo, que toma al automóvil como una prolongación de uno mismo y a la posibilidad de desplazamiento como un derecho constitucional (léase supremo, pues la constitución es hoy en día no es más que otra forma de Dios), y no habrá posibilidad de entendimiento. El Estado actuará con toda su fuerza. Quién sabe: tal vez podamos sacar entonces algo bueno, tal vez entonces, a través de esta gran equivocación que es el automóvil personal algunos se den cuenta de la monstruosidad de este ente impersonal que lucha por gobernarnos a todos: el Estado. ¡Me quieren quitar el automóvil! ¡Asesinos! ¡Genocidas!
Todas estas cosas se ven venir, cualquiera que quiera sentir el futuro puede sentirlo, eso es a lo que invita el marketing de la industria del automóvil y es lo que consigue. El futuro son automóviles multiplicados por millones. El colapso.
Y la justificación de todo esto está al alcance de cualquiera: progreso, bienestar, abstracciones más efectivas cuanto más elevadas, evocaciones sublimes sin referencia terrestre (por más que uno cite el bienestar propio fruto de su ajuste a las necesidades de la producción). Cualquiera puede citar estas ideas marcianas con total tranquilidad sabiendo que cada cual la interpretará a su gusto -pensando además que su interpretación personal es la misma que la de todos aquellos que la han interpretado-. Así es como se consigue una total empatía entre los consumidores o entre los súbditos, que vienen a ser los mismos; así es como se comulga proyectando una versión de uno mismo en los demás. Es un truco muy antiguo. El preferido de la iglesia. El que ha adoptado ahora el marketing y los profesionales de la comunicación, los vendedores de mentiras. Ahí arriba está lo que todos vosotros creéis: es bueno, es nuevo, es diferente.
Mentiras, todo mentiras.
Es Lo Mismo de siempre.
Lo Único con diferentes rostros.
Dios, Progreso, Futuro, Bienestar, Constitución… no son sino distintas versiones de Lo Mismo.
La comunidad en un puente colgante, mirando al futuro. ¿No les suena la imagen? Son las riendas que nos han colocado. Muy sutiles, muy ideales, muy perfeccionadas. Permiten que uno perciba la libertad pero lo estiran hacia atrás ante cualquier amenaza de descarrío.
Mantienen al jinete en su sitio y a nosotros debajo.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

No habrá colapso. Ojalá lo hubiera, pero nunca permitirán que se alcance esa situación. El colapso es siempre futuro.

2:08 p. m.  
Blogger la patata de la libertad said...

En parte tienes razón. En el mismo texto afirmo (¡contradiciéndome!) que se las arreglarán para hacer lo que se tenga que hacer para que los automóviles sigan circulando (prohibiendo, limitando). Sin embargo ¿no es esto que vivimos ya un cierto colapso? Quiero decir que
¿cómo se entra y se sale de las ciudades? ¿qués sucede en los aeropuertos cada vez más a menudo?
Esto que vivimos es bastante parecido a un colapso.
Por suerte para ellos, la imposibilidad de movimiento sólo sucede de vez en cuando, lo cual, debidamente manipulado, refuerza su mentira de que se puede evitar.
Pero la idea de colapso, en eso sí te apoyo, es una amenaza necesaria para que nos dejemos gestionar.

Un saludo, tocayo.

3:35 p. m.  

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