El gato se ha vomitado
Aquí lo tengo, junto al occipital: una escena tan fresca como si hubiera acontecido ayer.
Contexto: deberes de Dibujo, primera hora de la mañana, años 80… a mediados.
C.C., un amigo, es interpelado sobre la realización de una lámina. No la ha hecho. Se disculpa: “mi gato se ha vomitado encima” (ahora advierto, veinte años después, que vomitar no es reflexivo). Lo hace con la cara más dura que estos ojos han visto.
Cuela. Es decir, el profesor se deja engatusar, nunca mejor dicho.
Después de aquello, yo lo intento millones de veces, con mentiras cada vez más grandes y más sólidas, y nunca funciona:
“Ni se lo imagina, Sr. Marín, un ovni aparcado en el rellano…”… “¡Alonso, fuera!”
“Mi perro se indigestó y…”… “¡Alonso, fuera!”
Divertido y frustrante a partes iguales.
Todavía hoy, cuando me sepulto entre caricias de almohadones y el nórdico recién lavado me arrulla y los estiramientos son un enorme placer y el día no ha empezado… siento unas enormes ganas de llamar al trabajo y mentir de forma escandalosa:
“No se lo creerán… el vecino del cuarto primera… sí, sí… ha venido la policía y todo… se colgó de la viga y resultó que estaba podrida, se ha deslomado… muerto igual… sí, está aquí el juez y no deja que me vaya… van a levantar el cadáver… no hay nadie más para hacer de testigo…”.
Etcétera Etcétera.
Ya se sabe que cuanto más grandes son las mentiras, más fácil resulta tragárselas.
De ahí este régimen político que padecemos.
Contexto: deberes de Dibujo, primera hora de la mañana, años 80… a mediados.
C.C., un amigo, es interpelado sobre la realización de una lámina. No la ha hecho. Se disculpa: “mi gato se ha vomitado encima” (ahora advierto, veinte años después, que vomitar no es reflexivo). Lo hace con la cara más dura que estos ojos han visto.
Cuela. Es decir, el profesor se deja engatusar, nunca mejor dicho.
Después de aquello, yo lo intento millones de veces, con mentiras cada vez más grandes y más sólidas, y nunca funciona:
“Ni se lo imagina, Sr. Marín, un ovni aparcado en el rellano…”… “¡Alonso, fuera!”
“Mi perro se indigestó y…”… “¡Alonso, fuera!”
Divertido y frustrante a partes iguales.
Todavía hoy, cuando me sepulto entre caricias de almohadones y el nórdico recién lavado me arrulla y los estiramientos son un enorme placer y el día no ha empezado… siento unas enormes ganas de llamar al trabajo y mentir de forma escandalosa:
“No se lo creerán… el vecino del cuarto primera… sí, sí… ha venido la policía y todo… se colgó de la viga y resultó que estaba podrida, se ha deslomado… muerto igual… sí, está aquí el juez y no deja que me vaya… van a levantar el cadáver… no hay nadie más para hacer de testigo…”.
Etcétera Etcétera.
Ya se sabe que cuanto más grandes son las mentiras, más fácil resulta tragárselas.
De ahí este régimen político que padecemos.
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