Edificios bobos
No sé a ustedes, pero a mí 619 personas me parecen bastantes personas. Agarradas de la mano y puestas en fila posiblemente darían toda la vuelta a mi manzana. Y 619 son los casos de lipoatrofia que se han registrado en Catalunya en lo que va de año. La lipoatrofia tiene que ver, aunque no es exactamente lo mismo, con el Síndrome del Edificio Inteligente. Se diría que es un efecto más del SEI. Este síndrome, según he podido informarme, deriva en numerosas patologías. Conjuntivitis (e intolerancia a las lentillas), vértigo, mareos, desmayos, problemas circulatorios, sequedad en las vías respiratorias, bronquitis, etc, etc. Se especula que la conjunción de electricidad estática de monitores y cableado junto con la sequedad ambiental causada por los sistemas artificiales de climatización producen un desarreglo fisiológico de enjundia. Me dirán lo que quieran, seguro que habrá hasta arquitectos y expertos en seguridad e higiene entre quienes lean esto, y, así sea mentalmente, refutarán mis ideas y me tildarán de tecnófobo, ludita y cabezón. Me da igual, yo ya he sacada una conclusión: cuanto más se sofistica y perfecciona un hábitat artificial, mayor es el rechazo que suscita en el cuerpo humano. Y tiene su guasa que a este respecto todos los estudios realizados hasta el momento no se muestren del todo concluyentes en lo que respecta a esta arquitectura “inteligente” (por cierto: asquerosa etiqueta, tan de náusea como esa de músicas “avanzadas”). Da igual que visualmente resulten escenarios fabulosos: el cuerpo los considera inhóspitos. Me recuerda a los casos –recuerden a la jirafa Julia Roberts como Erin Brokovich- de todos esos pueblos del medio oeste estadounidense, cercanos a nucleares o a vertidos tóxicos y en los que, pese de que todos van muriendo de cáncer y al final del juicio no queda con vida ni un solo denunciante, la Corte de Justicia del Estado correspondiente declara no tener pruebas fehacientes de que una incidencia del 200% de cáncer respecto a otras zonas pueda estar motivado por lo que está motivado. Siempre se interpone el ardid falaz de la predisposición genética. Como la "propensión a un constipado".
Sintetizo y me despido: el trabajo mata.
Sintetizo y me despido: el trabajo mata.
6 Comments:
A mi, de pasar horas encerrada en una oficina bajo la luz de un fluorescente, me ha dado la impresión de que languidezco y mi piel se pone de color verdoso. Por no hablar de las sillas ergonómicas y el escozor de ojos de horas ante un ordenador. Y las consecuencias en el ánimo, por supuesto, devastadoras.
a mi me ocurre en cualquier gran superficie (llamese alcampo, media markt o ikea). en el momento en el que paso mas de quince minutos, me comienzo a marear, mi vista se nubla, me noto la piel seca, me encuentro cansado...
no quiero ni pensar la sensacion de todos los 'empleados' que por ahi pululan.
la compra mata
Brian
Supericies comerciales concebidas desde un principio como lugares de alta excitación mental para que te gastes los cuartos. Edificios concebidos para elevar la talla de la organización que lo habita y para concentrar en su interior elementos de generación económica. El ser humano desplazándose de forma diaria a ocuparlo. El ser humano reducido a piojo, cobaya y/o hormiguita. Viva el sistema.
Curioso; en la prensa roja catalana (el periódico) no mencionaban ninguno de esos síntomas, sólo hablaban de la quema de lípidos.
Se les habrá olvidado lo otro.
Seguro.
¿Has leído la novela "Rascacielos" de J.G. Ballard? es que el argumento tiene mucho que ver con esto que cuentas: un edificio inteligente, en este caso residencial, cuyos residentes comienzan a desarrollar comportamientos violentos entre ellos y contra el edificio ¡puro ludismo, oiga!
Creo que fue don Agustín el que dijo que hay dos situaciones en las que a todos se nos pone cara de jilipollas: en un ascensor y dentro de un coche. Yo añadiría el trabajo delante de un ordenador. Lo del coche y el ascensor tienen su pase porque son cosas eventuales, lo del ordenador es mas preocupante porque se nos lleva ocho horitas de nuestras humildes existencias. Aunque no hubiera cables ni hondas malignas enfermaríamos igual.
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