Un Cynar, por favor
Hoy contestaba Rafael Reig en Público, donde tribunea a sus anchas en el apartado de Cartas de los lectores, a un muchacho que según el escritor exageraba la importancia de la publicidad. La reprimenda venía cargada de razón –sobretodo por la retórica apocalíptica de la carta, del todo excesiva - pero también contenía una buena dosis de temeridad. No es la primera vez que leo el texto de alguien muy listo que parece tomarse a la ligera la diferencia entre lo necesario y lo superfluo. La mayor parte de la izquierda no quiere entrar ahí. Parece que queden al margen de los mecanismos de dominación sicológica. No les afecta.
La publicidad, acompañada del marketing, es el verdadero aparato de propaganda del capital. Olvídense de los periódicos de derechas, dejen a un lado a los enajenados vocingleros ultraliberales. Todos están de acuerdo en lo esencial: hay que producir y vender hasta que la tierra explote. Lo que mantiene este tinglado, con casi la misma importancia que el propio sistema de producción (the mother of the lamb), es el sistema de producción de necesidades. Funcionan en paralelo y son complementarios. Hace tiempo que habríamos dicho adiós al capitalismo si este no inoculase día tras día esta hambre voraz, insaciable, de chucherías e inutilidades. Un hambre falsa de automóviles, segundas y terceras viviendas, gadgets electrónicos inútiles, etcétera, etcétera…
Claro que hay técnicas productivas destinadas a asegurar un consumo excesivo, como la obsolescencia planificada (camisas que se desintegran en tres lavados, automóviles que revientan a los cinco años, electrodomésticos con dos años de vida…) o la multiplicación de los consumibles, pero ninguna alcanza el nivel de la verdadera estrategia de supervivencia del sistema: la creación de ilusiones, la venta de futuro. La publicidad y el marketing, en definitiva. Por otro lado, parece que al hablar de publicidad, muchos tomen en excesiva consideración la capacidad de discernimiento de sus receptores. Yo no voy a decir que son –¡somos!- todos tontos, pero sí se puede afirmar con cierta comodidad moral que la mayoría tenemos el cerebro reblandecido a causa de una lastimosa vida de trabajo y ocio planificado. Además, la publicidad se sofistica siempre a un mayor ritmo de lo que se sofistican las entendederas del común. Cuando empezó, la publicidad decía “compre N, es más barato” o “compre A, está más rico”, o sin comparaciones, “M está de rechupete”. Ahora la publicidad directa sólo persigue a las amas de casa de más de cincuenta años, que ya no están para monsergas. Para el resto, tenemos a ardillas que saltan por un prado en un anuncio de gas natural (más C02, ideal para los roedores), esculturas cinéticas para anunciar el mismo automóvil de siempre (un trasto de cinco plazas y a combustión), tribus urbanas para los zumos de fruta vitaminados y escenas de seducción para todo tipo de cosmética. Ya no declaran lo que nos venden. Se diría que es droga. Sólo colocan ahí imágenes de niños que ríen, mujeres embarazadas, ejecutivos de Dios en ciudades desiertas, playas paradisíacas y, como siempre, “pit i cuixa”, que no falten. ¡Alegría! El caso es que ya no hay cojones de implorar directamente que les compremos cosas. Ahora sólo les queda engañarnos. Vender por asociación. Que uno relacione un día soleado y el bamboleo del trigo agitado por un viento mañanero con el Feat Segovia, que es ecológico porque depreda el ecosistema "lo justo" y que, además, es prácticamente gratis porque no empiezas a endeudarte hasta dentro de dos primaveras. Y hace brrum, brrum.
Y el engaño, de magnitud sideral, “goes on and on”.
El capitalismo moriría si no pudiese convertir, tal y como ha hecho, nuestra vida cotidiana en un tránsito entre escaparates. Un paseo entre opulencia innecesaria. Cuando uno salía a comprar pan, queso, un billete de tranvía y unas bolitas de alcanfor –antaño, que se dice- el aparato productivo, pese a fundamentarse en unas relaciones de trabajo abusivas y embrutecedoras (hoy no toca este tema), se ajustaba bastante bien a lo que un individuo tipo, en su apartamento y con una familia, podía absorber. Ahora, con las necesidades disparadas y todas ellas tan superfluas como la opinión de un experto en fúmbol, o nos engatusan cada día o van listos.
Y no quiero terminar la diatriba sin lanzar un par de advertencias más.
Primero, que el aparato productivo es desagradable per se. Se vista como se vista. El hombre, pese al advenimiento del posmodernismo, la globalización y todas las corrientes antropológicas que quieran echársele encima, sigue añorando los oficios y la autenticidad de la buena vida . El hombre sigue cargado de nostalgia, que a día de hoy es un desajuste entre su conciencia y su monedero. A eso apuntan las nuevas fórmulas de empaque y venta: a nadie le gusta imaginar a un robot que despieza a un cerdo y clasifica vísceras en unos segundos, así que nos vamos al Empordà, rodamos unos exteriores en Viscalesmates, sacamos a una abuelita mesándole el pelo a un gañancillo hambriento... y ya hemos hecho desaparecer, ¡abracadabra!, todo el desagradable sistema industrial. ¿Y qué me dicen de las patatas fritas o los caldos? Al parecer hay un ejército de tiernas abuelas haciéndolo todo con los métodos más caseros del mundo. Luego se lo venden a Unilever, pero sólo para la distribución.
Advertencia #2: lo mismo sucede con la uniformidad que impone la necesaria concentración de la producción en un sistema siempre creciente. Al hombre, desde siempre, le ha gustado ver sobre la repisa del bar un buen surtido de licores. Y aunque siempre se pida un Cynar, cada vez mira la bendita repisa y se lo piensa unos segundos. Y concluye: un Cynar, por favor. Sin ello, el Cynar sería una imposición propia de un régimen castrocomunista. Para salvar esta uniformidad (o al revés: esta falsa diversidad), el capital, y ahí entra la rama del mercadeo, de qué coloco y cómo lo coloco, tiene todo el montaje de las marcas y el branding. Que aunque el 60% de lo que tienes en el súper sea neslé, unilevel y saralí, pues lo vendemos bajo nombres castellanos corrientes. Que le suenen a la gente como algo "de toda la vida". Para que escojas entre el tomate frito tolís o el rolando, que los dos son neslé y así te la colamos doblada, "porqué tú siempre has sido más de tolís", que sigue el mismo método de fabricación hasta que se colocan las etiquetas.
Y ante todo ello, y ya termino la perorata: ¿podemos tomarnos a la ligera todo este gran mecanismo de engaño a tutiplé? ¿Tiene la publicidad la culpa de todo? No, no a la primera pregunta y no también a la segunda. Se diría que es un complemento de la producción y que va a remolque. Y sin ella, con las necesidades de supervivencia cubiertas, la producción no chuta y el sistema kaputt.
La publicidad, acompañada del marketing, es el verdadero aparato de propaganda del capital. Olvídense de los periódicos de derechas, dejen a un lado a los enajenados vocingleros ultraliberales. Todos están de acuerdo en lo esencial: hay que producir y vender hasta que la tierra explote. Lo que mantiene este tinglado, con casi la misma importancia que el propio sistema de producción (the mother of the lamb), es el sistema de producción de necesidades. Funcionan en paralelo y son complementarios. Hace tiempo que habríamos dicho adiós al capitalismo si este no inoculase día tras día esta hambre voraz, insaciable, de chucherías e inutilidades. Un hambre falsa de automóviles, segundas y terceras viviendas, gadgets electrónicos inútiles, etcétera, etcétera…
Claro que hay técnicas productivas destinadas a asegurar un consumo excesivo, como la obsolescencia planificada (camisas que se desintegran en tres lavados, automóviles que revientan a los cinco años, electrodomésticos con dos años de vida…) o la multiplicación de los consumibles, pero ninguna alcanza el nivel de la verdadera estrategia de supervivencia del sistema: la creación de ilusiones, la venta de futuro. La publicidad y el marketing, en definitiva. Por otro lado, parece que al hablar de publicidad, muchos tomen en excesiva consideración la capacidad de discernimiento de sus receptores. Yo no voy a decir que son –¡somos!- todos tontos, pero sí se puede afirmar con cierta comodidad moral que la mayoría tenemos el cerebro reblandecido a causa de una lastimosa vida de trabajo y ocio planificado. Además, la publicidad se sofistica siempre a un mayor ritmo de lo que se sofistican las entendederas del común. Cuando empezó, la publicidad decía “compre N, es más barato” o “compre A, está más rico”, o sin comparaciones, “M está de rechupete”. Ahora la publicidad directa sólo persigue a las amas de casa de más de cincuenta años, que ya no están para monsergas. Para el resto, tenemos a ardillas que saltan por un prado en un anuncio de gas natural (más C02, ideal para los roedores), esculturas cinéticas para anunciar el mismo automóvil de siempre (un trasto de cinco plazas y a combustión), tribus urbanas para los zumos de fruta vitaminados y escenas de seducción para todo tipo de cosmética. Ya no declaran lo que nos venden. Se diría que es droga. Sólo colocan ahí imágenes de niños que ríen, mujeres embarazadas, ejecutivos de Dios en ciudades desiertas, playas paradisíacas y, como siempre, “pit i cuixa”, que no falten. ¡Alegría! El caso es que ya no hay cojones de implorar directamente que les compremos cosas. Ahora sólo les queda engañarnos. Vender por asociación. Que uno relacione un día soleado y el bamboleo del trigo agitado por un viento mañanero con el Feat Segovia, que es ecológico porque depreda el ecosistema "lo justo" y que, además, es prácticamente gratis porque no empiezas a endeudarte hasta dentro de dos primaveras. Y hace brrum, brrum.
Y el engaño, de magnitud sideral, “goes on and on”.
El capitalismo moriría si no pudiese convertir, tal y como ha hecho, nuestra vida cotidiana en un tránsito entre escaparates. Un paseo entre opulencia innecesaria. Cuando uno salía a comprar pan, queso, un billete de tranvía y unas bolitas de alcanfor –antaño, que se dice- el aparato productivo, pese a fundamentarse en unas relaciones de trabajo abusivas y embrutecedoras (hoy no toca este tema), se ajustaba bastante bien a lo que un individuo tipo, en su apartamento y con una familia, podía absorber. Ahora, con las necesidades disparadas y todas ellas tan superfluas como la opinión de un experto en fúmbol, o nos engatusan cada día o van listos.
Y no quiero terminar la diatriba sin lanzar un par de advertencias más.
Primero, que el aparato productivo es desagradable per se. Se vista como se vista. El hombre, pese al advenimiento del posmodernismo, la globalización y todas las corrientes antropológicas que quieran echársele encima, sigue añorando los oficios y la autenticidad de la buena vida . El hombre sigue cargado de nostalgia, que a día de hoy es un desajuste entre su conciencia y su monedero. A eso apuntan las nuevas fórmulas de empaque y venta: a nadie le gusta imaginar a un robot que despieza a un cerdo y clasifica vísceras en unos segundos, así que nos vamos al Empordà, rodamos unos exteriores en Viscalesmates, sacamos a una abuelita mesándole el pelo a un gañancillo hambriento... y ya hemos hecho desaparecer, ¡abracadabra!, todo el desagradable sistema industrial. ¿Y qué me dicen de las patatas fritas o los caldos? Al parecer hay un ejército de tiernas abuelas haciéndolo todo con los métodos más caseros del mundo. Luego se lo venden a Unilever, pero sólo para la distribución.
Advertencia #2: lo mismo sucede con la uniformidad que impone la necesaria concentración de la producción en un sistema siempre creciente. Al hombre, desde siempre, le ha gustado ver sobre la repisa del bar un buen surtido de licores. Y aunque siempre se pida un Cynar, cada vez mira la bendita repisa y se lo piensa unos segundos. Y concluye: un Cynar, por favor. Sin ello, el Cynar sería una imposición propia de un régimen castrocomunista. Para salvar esta uniformidad (o al revés: esta falsa diversidad), el capital, y ahí entra la rama del mercadeo, de qué coloco y cómo lo coloco, tiene todo el montaje de las marcas y el branding. Que aunque el 60% de lo que tienes en el súper sea neslé, unilevel y saralí, pues lo vendemos bajo nombres castellanos corrientes. Que le suenen a la gente como algo "de toda la vida". Para que escojas entre el tomate frito tolís o el rolando, que los dos son neslé y así te la colamos doblada, "porqué tú siempre has sido más de tolís", que sigue el mismo método de fabricación hasta que se colocan las etiquetas.
Y ante todo ello, y ya termino la perorata: ¿podemos tomarnos a la ligera todo este gran mecanismo de engaño a tutiplé? ¿Tiene la publicidad la culpa de todo? No, no a la primera pregunta y no también a la segunda. Se diría que es un complemento de la producción y que va a remolque. Y sin ella, con las necesidades de supervivencia cubiertas, la producción no chuta y el sistema kaputt.
9 Comments:
A todo esto, que Rafael Reig sostiene, en su larga contestación a la carta, que la publicidad es una "consecuencia" de este sistema. Y exhorta al indignado a pelear "contra el sistema". Y yo, arropado un poco por muchos otros que me superan en alcance y clarividencia(S. Ferlosio, M. Delgado, A. García Calvo) digo que el sistema es producción y a la vez, producción de necesidad. Lo uno complementa a lo otro. Nadie diría nunca que la harina es una consecuencia del pastel ¿verdad? Bien, después del largo post, creo que ya se haya entendido...
Querido Patato:
¿Y podremos afirmar, sin temor a caer en el error, que la política en las democracias desarrolladas se ha convertido en la rama intelectualmente más mediocre de la publicidad?
Yo creo que sí.
Brillant com sempre Patatu, però avui encara més. GRÀCIES!
De un anónimo a otro: SI. No solo eso, si no que el marketing/publicidad se ha apropiado también de todo aquello que "antaño" se agrupaba como ARTE. Ahora, toda actividad creativa es destinada a vender algo. Cada nueva forma de expresión (música, dibujo, video, diseño, loquesea), es rapidamente adaptada y absorbida por el mundo publicitario, convenientemente castrada de antemano de toda alma y significado, claro está. El tunel se alarga cada dia más y la luz a su final queda cada vez más lejana y apagada... usen esta metafora para un anuncio bancario de hipotecas si así gustan de hacerlo...
Amigo Anónimo: el arte siempre ha sido un poco meretriz (joder, que fino estoy esta tarde)
Mucho antes de la muerte del viejo sistema y el nacimiento del santo capital, el arte cantaba loas muy hermosas a los dioses de los poderosos y retrataba virtuoso y noble a todo canalla coronado rey.
Lo veo como una especie de maquinaria infernal que funciona así: el sistema genera infelicidad, una frustración vital que a su vez genera una energía que se gasta en el consumo. Es así como funciona el capitalismo. Necesidades inventadas-ilusión de escasez-trabajo y consumo para llenar el agujero que atraviesa la existencia del ciudadano y que no tiene fondo.
Y no es nuevo. Leí una vez cómo se había impuesto la jornada laboral, la vida en pisos, las calles numeradas... el hombre -máquina es una utopía tan vieja como el estado.
Aquí hay un fragmento del libro "el niño y la razón de estado" que copié en mi blog.
http://chosovi.blogspot.com/2004/11/nuestra-sociedad-de-control.html
El libro está en pdf en el e-mule.
Gracias por el blog, en cuestión de análisis político es el mejor.
Está claro tocayo, nada que añadir.
Moriré sin ver a todos y cada uno de los periódicos declarando a final de año cual impuesto de sociedades su lista completa de anunciantes ordenada por monto ingresado:
cortinglés: 3millones deuros.
bbpuaf: 2.9millones deuros.
Pepsol: 2.8millones deuros.
Elimina al puto capital de la ecuación y dime patato, ¿de qué comería la pluma del señor Reig? ¿cuanto le duraría ese trabajo al señor Reig?
Creame, si quiere prensa seria lea lo poco que queda de ElJueves y Diagonal. El resto son quintacolumnistas, por muy progres que parezcan.
El consumo. Ah, el nuevo motor de la economía. Falso. Del puto sistema. A ver, ¿qué evento puede desencadenar el caos en un gran polo económico? ¿un atentado terrorista? ¿un socavon que inutiliza las líneas de transporte?.... Naaaa, ¡una huelga! A fin de cuentas, si se me paga por horas ¿qué problema hay en que voluntariamente me reduzca el misero sueldo una semana arbitraria de cada mes? Mil como yo y el tinglado empresarial se resiente....
¿Manera de solucionarlo? El consumo, la creación de necesidades absolutamente superfluas e innecesarias. Un iCod, un nuevo teléfono que hace pitinclín, un viaje a un centro hotelero a 5000 kilómetros que es exactamente igual al centro hotelero a 100 kms para volver a la oficina y decir "he estado en Pitufistán donde las playas son fabulosas" aunque no hayas visto a más pituflistaníes que a los camareros y al servicio de habitaciones...
A madrugar todo los días. A competir por tu asiento en el cercanías o a correr cabizbajo al autobus que cubre la destrozada línea hasta que la arreglen (que tiemble la catedral, templos de culto ni uno). Encima de puta, pon la cama.
Occidente, cuna de las libertades. Juas.
Nunca se es suficientemente de izquierdas, no?
Sé que pertenezco a una legión de aborragados consumidores, que le voy a hacer. También es cierto que casi todo el mundo que conozco sobrevive trabajando para producir cosas superfluas, vamos que conzoco pocoas ganaderos.
Mi pregunta es, ¿dónde empieza lo superfluo y dónde acaba lo necesario? La conexión que estamos pagando ahora todos para comunuicarnos es necesario o es superflua.
Yo no tengo coche porque considero que no lo necesito, pero sinceramente, aún comprendiendo los males del liberalismo no entiendo si planteáis simplemente una situación apocalíptica sin solución, o si la solución es el comunismo o el anarquismo, porque para eso no hacía falta tanto derroche dialéctico.
Un saludo de un socialdemocrata vendido al capital
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