Dame una R, dame una E... ¡R-E-C-E-S-I-O-N!
Barbara Ehrenreich lo dejaba claro en un potente artículo traducido para Sinpermiso. A la gente de por aquí abajo nos importa uno o dos bledos la tan mentada “recesión”, pues se ha llegado a un punto en que, de la bonanza económica a la depresión generalizada, lo único que cambia para nosotros son los titulares. Cuando el curso de la economía mantiene, tanto en sus picos como en sus más bajos valles, las mismas condiciones de precarización generalizada y acumulación para unos pocos, que haya “recesión” es irrelevante (excepto para esos pocos).
Yo no invierto en bolsa. Suficiente tengo con mis hijos y mis gastos –la mayor parte de ellos, además, superfluos- como para andar echando monedas en una tragaperras algo más sofisticada. Por mucho que hagan apologías de la estabilidad financiera e intenten asustarnos con comparativas históricas (en concreto, con el crack del ‘29), aquí no se ha creado una “clase media” con fortunas invertidas en los stocks markets. Como mucho, algún gilipollas que ha metido unos ahorrillos en dos acciones y media de timofónica y que, honestamente, merece quedarse sin ellos. Por lo general, invierten en bolsa conglomerados de capital y grandes fortunas financieras. Y contra la absurda pretensión de que empaticemos con el sufrimiento de números que menguan, sólo logran que muchos nos alegremos de estas supuestamente escandalosas caídas. Una cosa muy otra es la consecuencia innecesaria de estas "contracciones", que en los consejos de administración y en los bancos centrales son interpretados como signos propicios para emprender descapitalizaciones, con los tristes resultados que todos conocemos. Pero es que a toda esa fauna le basta con escuchar el canto de una garza hembra para que les entren unas ganas incontenibles de despedir a mil. Y ese es un proceso neuronal que merece análisis aparte.
Yo no invierto en bolsa. Suficiente tengo con mis hijos y mis gastos –la mayor parte de ellos, además, superfluos- como para andar echando monedas en una tragaperras algo más sofisticada. Por mucho que hagan apologías de la estabilidad financiera e intenten asustarnos con comparativas históricas (en concreto, con el crack del ‘29), aquí no se ha creado una “clase media” con fortunas invertidas en los stocks markets. Como mucho, algún gilipollas que ha metido unos ahorrillos en dos acciones y media de timofónica y que, honestamente, merece quedarse sin ellos. Por lo general, invierten en bolsa conglomerados de capital y grandes fortunas financieras. Y contra la absurda pretensión de que empaticemos con el sufrimiento de números que menguan, sólo logran que muchos nos alegremos de estas supuestamente escandalosas caídas. Una cosa muy otra es la consecuencia innecesaria de estas "contracciones", que en los consejos de administración y en los bancos centrales son interpretados como signos propicios para emprender descapitalizaciones, con los tristes resultados que todos conocemos. Pero es que a toda esa fauna le basta con escuchar el canto de una garza hembra para que les entren unas ganas incontenibles de despedir a mil. Y ese es un proceso neuronal que merece análisis aparte.
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