la patata de la libertad

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2.1.08

El Fin de la Familia (as we know it)

... and I feel fine

Comprobadas una vez más sus orondas figuras en las imágenes retransmitidas de la manifa pro-patriarcado, veo que, tal y como reza la canción popular, siguen sin comer chinas del río. Por lo demás, y como siempre, se equivocan de dirección en sus lamentos. La culpa de sus desdichas (como que los divorcios anuales alcancen casi el 70% del número de nuevas uniones) es del capitalismo, y no del jerarca de turno en el ejecutivo.
¿Han visto ustedes el florecimiento de hermosas masias y casas rurales restauradas convertidas en templos del yantar para casamientos por lo alto, con carpas que ni el circo de los muchachos, espá purgante a la Kellogg y catering de cocina-fusión (de primens, mango esferificado, de séguns, brocheta de calamar del Japón con langosta thermidor y vapores de porto)?
¿Saben ustedes que cuatro ciudades españolas tienen ya un Festival Anual de los Novios en el correspondiente hangar urbano para exposiciones, con toda una feria de negocios consagrados al bendito negocio del matrimonio, que van desde la costura a la logística celebrativa, pasando por empresas de Limusinaje, ornamentación floral o agencias de falsificación de festejos, que prestan actores que, a petición del contratante, pueden hacerse pasar por El Primo Enrollao o incluso hacer las veces de Sacerdote Celebrante enfundado en unos hábitos de pega?
¿Saben que el monto medio de los casamientos ronda los dieciocho mil euros, o que los bancos tienen líneas de crédito destinadas de forma exclusiva a los créditos matrimoniales?
No he sido capaz de comprobar qué importante parte de la facturación de las agencias de viajes corresponde a jonimuns y tampoco he podido esclarecer, y sería un buen dato a ofrecerles, qué parte de la Industria del Matrimonio -todo este marasmo de capital que engorda segundo a segundo como una supernova-, se dedica al marqueting y publicidad pre-celebratoria, es decir, a la creación de la necesidad de casarse. Esa “chispa de deseo” que se cuela en la cabecita de MªÁngeles y que, un buen día, cuando al fin ha cuajado el fermento anhelante, se traslada del subconsciente a la lengua para decir: “yo es que lo que quiero es casarmeeee, cariñín”.
Y es que la mercantilización del rito hunde en el fondo del pozo la institución matrimonial y traslada todo el peso a la celebración, al bodorrio, que es de donde pueden rascarse algunos billetes. Todo esto determina, ¡y de qué forma!, que un mundo y una existencia cotidiana regidos por las necesidades del Dinero, que generan unas formas de convivencia poco compatibles con la coexistencia continuada de parejas de amantes (o simples acompañantes), se pirre por la clásica boda.
Hay un terrible desajuste, una fisura, que sólo puede corregirse mediante el divorcio.
Y es que la gente quiere bodas, y no matrimonios.
Agotada a nuestro pesar la fórmula obrera y sindical de golpear hacia arriba, domesticada la especie y rendida al mundo del Trabajo y de la superexigencia empresarial, la realización personal (ya no es “social” ¡olvídense!) se ciñe ahora a medios inocuos y propensos a la comercialización... y, lo más importante, a la conquista de la totalidad del tiempo “libre” -bien sea el turismo patológico (“el próximo finde a Venecia, al otro Lausana y en verano a Vietnam”), el agotamiento físico autoestimulado o la exploración sensorial místico-garbancera-. Ello hace que las formulas de cohabitación giren en sentido contrario al matrimonio, que no resulta más que una molestia para una persona trabajadora, desinhibida y consumidora de las mentadas formas de autorrealización inerme.
El actual giro de las cosas, y me satisface comprobar que por lo menos esto no estaba previsto, es MUY contrario al matrimonio. Pese a ello, la Boda, producto de otra época, obsoleta y marchita en su concepción original, subsiste mercantilizada. El fulgor de esas futuros y estupendos festejos (paradójicamente, verdadero rito de consagración de la pérdida de libertad: en las que ella brilla como reina-por-un día y él, con la corbata como diadema, pierde los papeles en una danza ebria de extasis sufí), son un auténtico reclamo comercial, y en definitiva lo que hace que la Jenny se case con el Joserra… en ningún caso parece estimular la condena de vivir el uno contra el otro “para siempre” (¿quién en su sano juicio puede plegarse a esta fórmula?), como recuerda esa infame actualización de los entremeses de variedades con la que nos obsequia cada noche el popular mafioso de la televisión, recién torturado por “alvaro-cosovanes” (así se expresó un vecino de Colmenar en una microentrevista televisada), José Luis Moreno. Seguro que saben de qué serie les hablo, no se hagan los tontos. En ella aparecen tres matrimonios que se odian, se insultan y se vejan con un grado de violencia moral que ya quisieran para sí los carceleros de Guantánamo. Al fin y al cabo, la serie es un estupendo recordatorio de lo que puede sucederle a alguien si no capitula a tiempo, si no rompe el yugo antes de que la espiral de odio se haga eterna. Otro estímulo más para el divorcio.
Y claro que habrá quien diga –los obispos, por ejemplo, que son hombres infinitamente rectos y, en consecuencia obtusos- que son las nuevas leyes las que fomentan que ahora suceda esto. Mentira cochina. Primero, porque las leyes no crean realidades sino que las consolidan. En la sociedad y en la mente del tecnócrata, la realidad (o una aproximación de ella) preexiste. La promulgación de un texto legal, metafóricamente, se corresponde al grabado en piedra. Antes de publicarla, alguien ha pensado la ley, y la naturaleza en la que se ha inspirado el legislador necesariamente estaba allí para ser objetivada. Como comprobarán si leen este último párrafo un par de veces, esto no es una defensa de las leyes (válgame dios) sino un recordatorio de su proceso lógico de producción. Algo tan tan obvio que de tan obvio ha sido obviado por los curitas.
Pero también es mentira cochina, y este es un argumento de menor peso filosófico pero no por ello menos contundente, porque antes podía hacerse esto mismo -partir peras- con la misma libertad. Tan sólo se ha desburocratizado. Y no crean ustedes que tanto, pues el registro tarda tres meses de media en liberar a los divorciantes. Por otro lado, y ya que quien escribe esto es un casado-por-los papeles (y porque quería que ella se quedase conmigo, entiéndanme), podrían revisar también el papel de la criminal política inmigratoria, que sin querer ha hecho del matrimonio una última válvula para esquivar la irregularidad que tanto conviene arriba, el margen de los trabajadores que mayores beneficios reportan.
Finalmente, no crean que he olvidado el tema de los matrimonios homosexuales. No lo he tratado a propósito. Sin duda, se trata de un desatino interpretativo generalizado, y que tanto los curas como los homosexuales patinan circularmente en direcciones opuestas y, sin embargo, convergentes. Se me ocurren pocas cosas más retrógradas que extender como supuesta libertad lo que es un verdadero corsé antropológico, una institución que sólo merece su total y completa aniquilación.
Resumo en verso: que cada uno se ajunte a su manera y por el tiempo que quiera.
Y a los curas, que les den… ¿Qué sabrán ellos de familias?

4 Comments:

Blogger la patata de la libertad said...

Y me comento a mí mismo: en cierto modo, parece como si cayésemos bastante tarde de la higuera para descubrir que también las condiciones mismas en las que dice moverse el capital (organizativamente, en democracia; nuclearmente, en familia...) se vuelven incompatibles con el proceso de acumulación en curso... Y si nos fijamos, sucede lo mismo con el resto de procesos sociales y antropológicos naturales...

4:43 p. m.  
Blogger Elena Duque said...

Hubo un tiempo (afortunadamente poco) en el que trabajé grabando bodas, y si ya es absurdo todo desde fuera de la maquinaria, desde dentro aún más. Nunca sabía muy bien si sentir pena o desprecio por los novios. TODAS las fiestas estaban igual estructuradas, costaban un pastón (hasta nosotros para grabar dentro de la iglesia teniamos que untar al cura) y los fotografos y cámaras con más experiencia se las sabían al dedillo, incluso algunos metían prisa a los trámites celebratorios, para que bailasen el vals rápido y podernos ir a casa a una hora decente (lo cual se agradece, no mola estar a las 3 de la mañana perdido en un salón de fiestas en una carretera secundaria de Guadalajara). Nada más ridículo que ver a las parejas de recién casados haciendo cola en los jardines de oriente para hacerse las románticas fotos del jardín, en las que el fotógrafo los pone en poses artificiales y ridículas y los pobres imbéciles no dicen ni pio. Ayss...

5:08 p. m.  
Blogger la patata de la libertad said...

Yo la única forma que tengo de soportar las bodas consiste en emborracharme muy rápido, tan buen punto empieza el aperitivo. Así ya dejo de pensar en estos términos que escribo y me puedo dedicar a ser patético con total desenvoltura.

5:26 p. m.  
Blogger lamalaeducacion said...

"Y a los curas que les den". No hombre no, que a un gran porcentaje les gusta, y no vamos a hacerle, encima, tal favor... Estoy contigo en lo de "que cada uno se junte como y con quien quiera".

2:13 a. m.  

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