Antimonárquico y Antirrepublicano
Por lo visto, hacen falta paquetes ideológicos perfectamente estancos.
Y parece que cada efeméride monárquica incite a la fantasía de una tercera república.
No se ofendan aún, hablo de fantasía no por imposible -¡se trata de una reedición de algo que ya se hizo!- sino por su capacidad de despertar unas esperanzas disparatadas.
De la necesaria supresión de una familia parasitaria hemos pasado a hablar de la adopción de un sistema de poder conveniente que reemplace el actual. ¡Qué grave error! ¡Así sólo se refuerza el régimen! ¡¿Como pueden hacernos debatir sobre la conveniencia de que nos gobiernen de uno u otro modo?!
El rey no es más que un producto decadente de otra época: ruinas. Un templo caído.
Hace años, exactamente 27, que estado y capital pactaron para vaciar su cargo de todo poder y hoy sólo sirve como un catalizador de abstracciones (símbolo, si quieren): nobleza, representación, honor, contemporización de conflictos (o mejor "mediador en simulacros")… Incluso el mando supremo de las fuerzas armadas, ese supuesto gran poder que el rey gestiona, está en realidad asumido por el General Jefe del Estado Mayor, un militar de carrera, un tecnócrata con uniforme. El rey, por mucho que algunos deseen personalizar en él los males de España, no es más que un personaje de narración medieval que todavía conviene: otra agradable distracción para la plebe.
El cambio de una monarquía parlamentaria a una república, ya sea con jefe de estado o sin él (un sistema presidencialista), no implicará un cambio “revolucionario” más que para quienes tengan una suscripción al Hola y una cierta tendencia al voyeurismo de peluquería. Es más, aquellos que esgrimen discursos que relacionan indisolublemente valores “revolucionarios” (laicismo, humanismo, solidaridad, educación…) a la forma República no tienen más que observar los nefastos primeros años de nuestra segunda república antes de que los fascistas se apropiasen del poder. O aún más fácil: echen un vistazo a los grandes Estados del Bienestar -casi todos ellos repúblicas presidencialistas- que existen en Latinoamérica, Europa del Este, África o América del Norte.
Constato pues, que la república no es más que una organización de poder que ha devenido disfraz ideológico del propio poder que defiende, un método de gobierno como cualquier otro, susceptible de ser ejercido con cualquier signo y en cualquier dirección. Y concluyo: que sería mucho más claro, más sencillo y más riguroso hablar de la supresión (institucional, no se escandalicen) del rey y de toda dinastía monárquica. ¡Y ya! Para resolver este entuerto institucional no hace falta nada más.
Lo que no pienso hacer es comprar este kit republicano que consta de un argumentario predefinido y regurgitado desde arriba: (1) el rechazo inicial de una forma de poder desproporcionada, (2) una concepción romántica de otra forma de poder y, finalmente, (3) la adscripción política a una nueva organización del Estado.
No gracias, no compro el paquete completo: me quedo sólo con la primera premisa.
-Adiós, Sr. Rey, ande usté con dios.
Y santaspascuas.
Y parece que cada efeméride monárquica incite a la fantasía de una tercera república.
No se ofendan aún, hablo de fantasía no por imposible -¡se trata de una reedición de algo que ya se hizo!- sino por su capacidad de despertar unas esperanzas disparatadas.
De la necesaria supresión de una familia parasitaria hemos pasado a hablar de la adopción de un sistema de poder conveniente que reemplace el actual. ¡Qué grave error! ¡Así sólo se refuerza el régimen! ¡¿Como pueden hacernos debatir sobre la conveniencia de que nos gobiernen de uno u otro modo?!
El rey no es más que un producto decadente de otra época: ruinas. Un templo caído.
Hace años, exactamente 27, que estado y capital pactaron para vaciar su cargo de todo poder y hoy sólo sirve como un catalizador de abstracciones (símbolo, si quieren): nobleza, representación, honor, contemporización de conflictos (o mejor "mediador en simulacros")… Incluso el mando supremo de las fuerzas armadas, ese supuesto gran poder que el rey gestiona, está en realidad asumido por el General Jefe del Estado Mayor, un militar de carrera, un tecnócrata con uniforme. El rey, por mucho que algunos deseen personalizar en él los males de España, no es más que un personaje de narración medieval que todavía conviene: otra agradable distracción para la plebe.
El cambio de una monarquía parlamentaria a una república, ya sea con jefe de estado o sin él (un sistema presidencialista), no implicará un cambio “revolucionario” más que para quienes tengan una suscripción al Hola y una cierta tendencia al voyeurismo de peluquería. Es más, aquellos que esgrimen discursos que relacionan indisolublemente valores “revolucionarios” (laicismo, humanismo, solidaridad, educación…) a la forma República no tienen más que observar los nefastos primeros años de nuestra segunda república antes de que los fascistas se apropiasen del poder. O aún más fácil: echen un vistazo a los grandes Estados del Bienestar -casi todos ellos repúblicas presidencialistas- que existen en Latinoamérica, Europa del Este, África o América del Norte.
Constato pues, que la república no es más que una organización de poder que ha devenido disfraz ideológico del propio poder que defiende, un método de gobierno como cualquier otro, susceptible de ser ejercido con cualquier signo y en cualquier dirección. Y concluyo: que sería mucho más claro, más sencillo y más riguroso hablar de la supresión (institucional, no se escandalicen) del rey y de toda dinastía monárquica. ¡Y ya! Para resolver este entuerto institucional no hace falta nada más.
Lo que no pienso hacer es comprar este kit republicano que consta de un argumentario predefinido y regurgitado desde arriba: (1) el rechazo inicial de una forma de poder desproporcionada, (2) una concepción romántica de otra forma de poder y, finalmente, (3) la adscripción política a una nueva organización del Estado.
No gracias, no compro el paquete completo: me quedo sólo con la primera premisa.
-Adiós, Sr. Rey, ande usté con dios.
Y santaspascuas.
3 Comments:
Lamentablemente, patata, tienes razón. A Don Dinero le da exactamente igual una monarquía, que una república, que un triunvirato. Don Dinero manda en cualquier caso, y casi cualquier forma de estado acaba por defenderlo. Si nos dieran a elegir entre monarquía y república y eligieramos una de las dos, sencillamente habríamos perdido. No obstante, hay cosas que algunos republicanos defienden tomando como referente la IIª república, que me parecen irrenunciables: laicismo, educación pública, etc... No se hasta que punto se ha mitificado el referente, pero creo que ya va siendo hora de centrarse en los contenidos y no en los nombrecitos. Al fín y al cabo, Bush también es republicano, ¿no?
Nadie duda de las buenas intenciones de los republicanos. Es más: suelen ser ilustrados y honestos en sus propuestas. Confío mil veces más en ellos que en los monárquicos.
Pero esta es una discusión vieja, obsoleta antes de nacer, ruinosa.
Por mí que se elimine la monarquía sin más. Pero que no traten de timarme, que no traten de proyectatr ideologías a partir de una forma de estado: lo contrario de una monarquía no es una república, sino una sociedad sin castas, lo cual incluye burócratas y dinastías burguesas. La república permite todo eso y mucho más. Al fin y al cabo, no es más que la forma de estado predominante en el mundo.
Por otra parte, la jefatura de estado en Francia cuesta cuatro veces más que nuestra monarquía y los regímenes presidencialistas suelen constituir embajadores vitalicios (gente con pasta, ex-presidentes, etc...) así que el argumento del dinero que nos cuesta no me parece del todo acertado. Igualmente, se gastaría en alguna otra necedad para representar a "la nación".
Un saludo
Por supuesto, cuando la monarquía pierda "popularidad", aparecerán republicanos a diestro y siniestro, que querrán instaurar una república para que todo siga igual. En cuanto a lo del coste de la monarquía, yo preferiría quitar el ejército, los coches, la mitad de las farolas de Valencia, la mayoría de los burócratas y políticos, etc: ahorraríamos mucho más.
¿He dicho los coches? ¡No quería decir eso! ¡Soy inocente, no he quemado nada!
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