De tres cambios para que nada cambie
Despliegue dels Mossos
Parece que haya manos que salgan de los televisores, lo agarren a uno por el cuello y le hagan tragarse noticias. En el caso de las propagandas institucionales, aquellos cambios de subdirecciones, departamentos y demás oficinas de la inutilidad pública, se hace más evidente el carácter casi coercitivo de la repetición televisiva. No les hablo todavía de la prodigiosa niña monarca sino del despliegue comunicativo que ha llevado a cabo la Generalitat para advertirnos a todos que “tal y como estábamos esperando, ya tenemos nuevos cuerpos de seguridad”. Qué alivio. No saben cómo lo esperaba, con que fruición, con qué enorme desesperación anhelaba que le cambiasen el nombre a la policía. Ahora se llamarán loquesea en catalán, nada que ver con loquesea en castellano. Dentro de unos años, para justificar otras grandes partidas presupuestarias, pueden volver a cambiarla y dejarla como estaba antes. Y así hasta que se cansen. Al fin y al cabo, el único objeto de todas estas inutilidades es aparentar cambio para conservarlo todo igual. No obstante, existen precedentes de refundación de la policía, más allá de los propios mossos (este es un cambio reeditado) ¿o ya nadie recuerda a los guardias de asalto? Corrían los años 30. Se convirtieron en el terror dels barris. La contrarrevolución en estado puro. “Por una nueva higiene urbana”, clamaron los hombres del Orden, pesoe y ugeté incluídos. Luego llegaron los palos, como sucede después de toda proclama aséptica de pureza urbana, como la "novedosa" Tolerancia 0 y demás imbecilidades tecnocráticas. En fin, espero que no se repita muchas más veces; teniendo en cuenta que uno de los peores defectos de todo nuevo funcionario es el exceso de celo, no cuesta mucho suponer que donde no haya delincuencia tendrán que inventarla. Benditos Mossos.
Gestión de inundaciones
Hace quince días, algunos pueblos del Baix Empordà sufrieron graves inundaciones. Ahora andan todos con la conciencia turbia y preguntándose cómo pudo pasar: “construimos en las rieras, construimos en las laderas de toda colina, construimos en los humedales, construimos hasta casi adentrarnos en el mar… ¡y que ahora nos suceda esto!”. Para incrementar la sensación de absurdo (la cara en forma de ? y un eterno ¿¡ein!? en los labios), los alcaldes de los pueblos de la zona demandan ahora “medidas de gestión de inundaciones”. ¡Gestión de inundaciones! El desprecio a la naturaleza no tiene límites. Dentro de la obsesión por aparentar que todo es gestionable, que el hombre todo lo puede, gestionemos también el caos. ¿Y qué tal una asignatura en Administración Pública llamada Gestión de Infortunios? ¿Y un Ministerio de Calamidades? Por lo visto, en el caso que me ocupa, no se trata de establecer baterías antiaéreas de misiles nimbodestructores o aligerar la carga de humedad de las nubes con embudos voladores. Lo que se pretende aquí es “atenuar la construcción en zonas determinadas como inundables” (palabras textuales de una concejala de Platja d’Aro). “Atenuar”. Observen la finura del engaño: no ya demoler lo que está construido sobre los lechos secos de las rieras como sería preceptivo, no ya dejar de construir por donde pueda bajar el agua de nuevo sino simplemente “atenuar”, esto es, aminorar el ritmo de la construcción. Para que se hagan una idea de lo innecesaria de esta construcción: los tres pueblos más afectados (Castell-Platja d’Aro, S’agaró y Calonge) tienen un máximo de veinte mil habitantes durante el año, aunque llegan a acoger entre los tres a casi medio millón de veraneantes en temporada. Desespera contemplar semejante tozudez, semejante confianza en un modelo de destrucción y construcción que se halla completa y únicamente al servicio del movimiento de Dinero. Tal vez si de pequeños les hubiesen regalado unas volquetas y unos bulldozers de plástico… o un juego de ladrillos de colores…
La igualdad de todos los españoles
La prodigiosa niña monarca (ahora sí) ha venido al mundo entre vítores y alborozo. Una monada, la niña. Unos mofletes sonrosados, un llanto noble, un gesto de inteligencia infinita. Y nada más nacer, la niña reclama una reforma constitucional. Déjense de estatuts d'autonomia y demás vainas, lo verdaderamente importante demanda modificaciones en la carta magna ¡im-pos-ter-ga-bles! La comadrona lo entendió perfectamente: bu-aaah, o séase, reforma constitucional. Esto lo pide la niña monarca porque no hay derecho que las mujeres no puedan ser reinas... La idiocia mayoritaria exige una estrategia de igualdad impepinable: hacer extensible la estupidez patriarcal a todas las mujeres. Que puedan ser tan desiguales como los propios hombres.
Hasta Reinas, si tercia.
...
¡Las vueltas que pueden llegar a darse para dejarlo todo igual!
Parece que haya manos que salgan de los televisores, lo agarren a uno por el cuello y le hagan tragarse noticias. En el caso de las propagandas institucionales, aquellos cambios de subdirecciones, departamentos y demás oficinas de la inutilidad pública, se hace más evidente el carácter casi coercitivo de la repetición televisiva. No les hablo todavía de la prodigiosa niña monarca sino del despliegue comunicativo que ha llevado a cabo la Generalitat para advertirnos a todos que “tal y como estábamos esperando, ya tenemos nuevos cuerpos de seguridad”. Qué alivio. No saben cómo lo esperaba, con que fruición, con qué enorme desesperación anhelaba que le cambiasen el nombre a la policía. Ahora se llamarán loquesea en catalán, nada que ver con loquesea en castellano. Dentro de unos años, para justificar otras grandes partidas presupuestarias, pueden volver a cambiarla y dejarla como estaba antes. Y así hasta que se cansen. Al fin y al cabo, el único objeto de todas estas inutilidades es aparentar cambio para conservarlo todo igual. No obstante, existen precedentes de refundación de la policía, más allá de los propios mossos (este es un cambio reeditado) ¿o ya nadie recuerda a los guardias de asalto? Corrían los años 30. Se convirtieron en el terror dels barris. La contrarrevolución en estado puro. “Por una nueva higiene urbana”, clamaron los hombres del Orden, pesoe y ugeté incluídos. Luego llegaron los palos, como sucede después de toda proclama aséptica de pureza urbana, como la "novedosa" Tolerancia 0 y demás imbecilidades tecnocráticas. En fin, espero que no se repita muchas más veces; teniendo en cuenta que uno de los peores defectos de todo nuevo funcionario es el exceso de celo, no cuesta mucho suponer que donde no haya delincuencia tendrán que inventarla. Benditos Mossos.
Gestión de inundaciones
Hace quince días, algunos pueblos del Baix Empordà sufrieron graves inundaciones. Ahora andan todos con la conciencia turbia y preguntándose cómo pudo pasar: “construimos en las rieras, construimos en las laderas de toda colina, construimos en los humedales, construimos hasta casi adentrarnos en el mar… ¡y que ahora nos suceda esto!”. Para incrementar la sensación de absurdo (la cara en forma de ? y un eterno ¿¡ein!? en los labios), los alcaldes de los pueblos de la zona demandan ahora “medidas de gestión de inundaciones”. ¡Gestión de inundaciones! El desprecio a la naturaleza no tiene límites. Dentro de la obsesión por aparentar que todo es gestionable, que el hombre todo lo puede, gestionemos también el caos. ¿Y qué tal una asignatura en Administración Pública llamada Gestión de Infortunios? ¿Y un Ministerio de Calamidades? Por lo visto, en el caso que me ocupa, no se trata de establecer baterías antiaéreas de misiles nimbodestructores o aligerar la carga de humedad de las nubes con embudos voladores. Lo que se pretende aquí es “atenuar la construcción en zonas determinadas como inundables” (palabras textuales de una concejala de Platja d’Aro). “Atenuar”. Observen la finura del engaño: no ya demoler lo que está construido sobre los lechos secos de las rieras como sería preceptivo, no ya dejar de construir por donde pueda bajar el agua de nuevo sino simplemente “atenuar”, esto es, aminorar el ritmo de la construcción. Para que se hagan una idea de lo innecesaria de esta construcción: los tres pueblos más afectados (Castell-Platja d’Aro, S’agaró y Calonge) tienen un máximo de veinte mil habitantes durante el año, aunque llegan a acoger entre los tres a casi medio millón de veraneantes en temporada. Desespera contemplar semejante tozudez, semejante confianza en un modelo de destrucción y construcción que se halla completa y únicamente al servicio del movimiento de Dinero. Tal vez si de pequeños les hubiesen regalado unas volquetas y unos bulldozers de plástico… o un juego de ladrillos de colores…
La igualdad de todos los españoles
La prodigiosa niña monarca (ahora sí) ha venido al mundo entre vítores y alborozo. Una monada, la niña. Unos mofletes sonrosados, un llanto noble, un gesto de inteligencia infinita. Y nada más nacer, la niña reclama una reforma constitucional. Déjense de estatuts d'autonomia y demás vainas, lo verdaderamente importante demanda modificaciones en la carta magna ¡im-pos-ter-ga-bles! La comadrona lo entendió perfectamente: bu-aaah, o séase, reforma constitucional. Esto lo pide la niña monarca porque no hay derecho que las mujeres no puedan ser reinas... La idiocia mayoritaria exige una estrategia de igualdad impepinable: hacer extensible la estupidez patriarcal a todas las mujeres. Que puedan ser tan desiguales como los propios hombres.
Hasta Reinas, si tercia.
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¡Las vueltas que pueden llegar a darse para dejarlo todo igual!
1 Comments:
Cosas del clima mediterráneo, se permite la construcción sin las debidas consideraciones medioambientales sobre cauces y desagües naturales propios de las lluvias torrenciales que tenemos desde siempre en cualquier época del año, y luego la culpa de que se inunden es del tiempo o de las instituciones que no han "canalizado" los lechos naturales (es decir, para que el hormigón que hemos puesto en el campo no tenga problemas cuando "le da por llover", hay que hormigonar más campo). Muchos constructores están muy contentos.
Un día de éstos van a hacer fideos con la cara de la nueva infanta, por si aún no sale hasta en la sopa...
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