la patata de la libertad

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31.1.08

Durkheim y la consola

Ayer por la tarde charlaba muy animado con un amigo. Discutíamos sobre si se puede hacer algo con todo esto o si, tomando la obra de Durkheim como el manual que nunca ha sido, deberíamos ir ya escogiendo como especie -colectivamente- una de las modalidades de suicidio que se exponen en su famoso tratado monográfico.
De pronto, mi pie chocó con un obstáculo, el cual se desplazó unos pocos centímetros. Era una consola de esas pequeñas que se llevan tanto ahora y que, tras varias décadas de innovación ergonómica, se parecen finalmente a las antiguas maquinitas de hace veinticinco años con las que hacíamos saltar barriles a dos hermanos fontaneros. La recogí del suelo y la encendí sin esperanza, suponiéndola estropeada… pero la muy cabrona se encendió. Qué disgusto.
La pantalla inferior mostró un gran título, CEO World Rapture, rodeado de un pequeño dibujo que mostraba a un ejecutivo trepando por una gráfica de beneficios. Con gran interés, pulsé “play game”. Se trataba de un juego de aquellos que se denominan exageradamente “de estrategia” y que hacen sentir inteligentes a las personas capaces de encontrar puertas secretas, llaves bajo alfombras y atajos ocultos dispuestos perfectamente por sus programadores para ser encontrados en aproximadamente un minuto y medio, que es lo que tardan en general los seres humanos en agobiarse frente a una decisión cualquiera.

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En el inicio del juego, un venerable viejo con el cabello blanco sentado en un butacón de su despacho en lo alto de un rascacielos explica la primera misión: tienes que ir a Filipinas y construir una gran presa a las afueras de Manila, convencer al gobierno para que abra una FEZ –free economic zone- donde instalar dos maquilas para la manipulación de material eléctrico y sólo tienes tres millones para sobornos. Tu tiempo empieza ya y el viernes que viene hay consejo de dirección, así que ya puedes correr.
Unas pantallas de transición nos sitúan en contexto: el ejecutivo dentro de un taxi, repasando una documentación; el despegue de un 747 y, más adelante, el mismo ejecutivo es transportado por un triciclo-taxi en medio de una copiosa lluvia, supuestamente monzónica.
La primera pantalla nos sitúa frente al Ministerio de Economía y Finanzas de Filipinas. Hacemos entrar al Ejecutivo con el cursor. En el lobby, debemos hacerle pasar corriendo y semiagachado frente a conserjes despistados hasta el despacho del ministro.
Allí nos recibe una oriental guapísima, secretaria del ministro Dr. Ildefonso Flores. Tenemos una caja de opciones en la parte de debajo de la pantalla –una lengua bífida, un fajo de billetes y un sobre cerrado- que aparece de forma automática cuando hay que tomar decisiones. Con el pequeño lápiz plástico, optamos por la lengua bífida: el ejecutivo suelta un rollo formidable sobre la tremenda eficiencia de la secretaria y sobre cuanta falta le haría una secretaria así en su oficina de Nueva York, adulación que concluye con la solicitud de un currículo… La secretaria nos guiña el ojo y nos deja entrar en el despacho del ministro. Tomamos asiento y volvemos a pulsar el botón ‘lengua bífida’. El ejecutivo habla sobre las “inmensas posibilidades“ de enriquecerse que tiene el pueblo filipino, que su empresa “crea riqueza” en casi todos los países donde se instala, que la presa sería “una gran oportunidad” y que la FEZ “llevaría empleo” a los suburbios de Manila… El ministro enfurece y dice haber escuchado ese mismo discurso centenares de veces: “ustedes los americanos siempre pretenden entusiasmarnos con esa retórica liberal hueca…”. Enojado, nos manda fuera del despacho, así que reaccionamos inmediatamente pulsando el botón “fajo de billetes”. Inmediatamente, se nos descuenta un millón de dólares del presupuesto y el ministro nos conduce de nuevo al sillón. Apretamos entonces el botón “sobre cerrado” y dejamos caer sobre el escritorio del Ministro una serie de documentos con nuestras propuestas, a las que el ministro, según asegura, “prestará la máxima atención que me sea posible”. Salimos del ministerio y veo que se nos abre un camino hacia un prostíbulo cercano al ministerio. El indicador domination skills –que hemos visto descender a lo largo de la partida- ha caído a niveles irrisorios y parpadea. Como consecuencia, el ejecutivo se muestra cabizbajo, suda y ya se ha quitado la corbata. Con el cursor de dirección apretado, nos acercamos al pequeño palacete del placer y pulsamos el botón “fajo de billetes”. Concluida la faena, censurada ignominiosamente por los programadores del software, nos dirigimos de nuevo al aeropuerto y volamos de vuelta a NYC. Consultamos los resultados en la opción “ver finanzas”. Se muestran en la pantalla superior. Son excelentes. Han aprobado la maquila y hay un proyecto oficial para estudiar la idoneidad medioambiental de la presa, declaración en la que, sin embargo, se nos exige otro millón de dólares más. Pagamos –ya saben: botón “fajo de billetes”- y salimos de la opción “ver finanzas”. La máquina nos pregunta ahora si queremos grabar la partida o seguir adelante sin salvarla. Elegimos una opción C, que no aparece en pantalla pero que nos resulta doblemente apetecible. Es la opción “estrellar la consola contra el suelo de una puta vez, maldita sea”.

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Lancé con fuerza el ingenio, que impactó en la calzada dejando ver sus circuitos. Mi amigo, como tomado por una carga de energía cósmica, golpeó una y otra vez la consola con la planta del pie, dando lugar a un baile torpe y desconcertante, como un cherokee borracho que invoca un chirimiri. El pequeño amasijo de cables y plástico roto quedó en medio de la calzada y fue atropellado por un par de automóviles que circulaban, como siempre, con demasiada prisa.
Seguimos el paseo y le expliqué que también hay juguetes en los que los niños compiten con automóviles sobre una pista de plástico en cuyo final hay dispuesto un centro comercial. Menospreció mi ejemplo y me explicó que, desde donde alcanza a recordar, sucedáneos del monopoly como el que acabamos de romper han existido toda la vida.
Después argumentó que “si no los cazan chiquitos, luego de mayores dan problemas”. A continuación, siguió con sus conjeturas durkheimnianas, como si el breve episodio de violencia premoderna no hubiese tenido lugar…