La extraña materia de los sueños
He vuelto a soñar. Esta noche, en concreto, estaba en un bar con un par de jueces de la Audiencia Nacional, que me habían invitado a unos cacharros para recordar “viejos tiempos”. No sé a que viejos tiempos se referían, pues tengo entre mis mayores logros personales el no haber sido nunca amigo de ningún juez. Pero ya saben de qué extraña materia están hechos los sueños: mentiras, sobretodo mentiras.
No recuerdo exactamente los nombres de los JRP (Juristas de Reconocido Prestigio: se lo presto a cualquier grupo punk de indocumentados), pero se llamaban de formas muy ridículas y rimbombantes, con apellidos compuestos unidos por conjunciones nobles: Javier-Juan Enorme-Mandruska de Orly y Gustavo-Rafael Gegúndez-Fórmez de Mindanao. Más o menos, ya que como les he comentado alguna vez, suelo soñar en francés (aunque soy incapaz de hablarlo despierto) y en la traducción siempre se pierden algunos matices, por más que insistan las editoriales.
Yo estaba preocupado, pues los dos tipos, que como todos los jueces han pasado de empollar en la universidad –cerrados en casa a cal y canto- a estudiar oposiciones –aún más recluidos, si cabe- durante siete años (con la única ayuda de un sicólogo, un preparador y un caniche filipino) para después recalar en la Escuela Judicial tres años más y celebrar al fin juicios de faltas en Alamillo del Jarama a lo largo de nueve penosos años sin ninguna vida social, son gente que no sabe beber. Lógico. Se plantan en los cuarenta años y no han ingerido más que lo de las dos curdas que pasaron en segundo de BUP. Esas vomiteras tan feas que todos ustedes recordarán.
Bueno, el caso es que todos bebemos, y mientras yo conservo una entereza absoluta (algo que quienes me habéis visto beber podéis certificar ¿verdad?), los dos magistrados venga a decir chorradas y a meterse con el camarero, el cual, en palabras de Gegúndez-Fórmez, “parece vasco”. En defensa de los magistrados, he de decir que el camarero merecía parte de las chanzas, pues sólo atendía al fútbol de la tele y tardaba eones en renovar el contenido de nuestras copas.
Durante un rato la cosa ha estado de lo más entretenida. Escuchar a esos señores tan rectos y tan estirados (sospecho que cilicio mediante), y que además emplean esa oratoria jurídica tan ridícula, pues da mucha risa y es muy bonito de ver. Pero a medida que Javier-Juan y Gustavo-Rafael defendían cada uno sus posturas, ambas a favor de la ilegalización de toda asociación de carácter civil –y ahora cito de memoria, traduciendo del francés soñarreril- “que no expresase su apoyo al actual régimen de forma expresa, formalizando su voluntad de adhesión en documento público con rúbrica ministerial”, yo me he ido calentando más y más. No puedo remediarlo. Soy de "natural venéreo", de "carácter mediterráneo", de "beber iracundo" y todas esas expresiones con las que se encubre a los borrachos agresivos.
Así que les he dicho a esos dos petimetres que no se pueden prohibir pueblos ni sentimientos, pues las fórmulas políticas de asociación no son inventos para la delincuencia sino expresiones populares –equivocadas, de acuerdo, pues el pueblo no necesita representación- pero expresiones populares libres, al fin y al cabo. Y en esas que, sin prestarme atención, el más refinado (que, por cierto, me estaba haciendo ojitos desde la primera copa), el tal Enorme-Mandruska, ha soltado un eructo y luego ha hecho “un chiste de magistrados”, una inside-joke de muy mal gusto:
-¡Buuuuurp! ¡Pues a mí me han entrado ganas de encarcelar a todos los que se llamen Ander o Eneko!
Y cuando ya me levantaba con la silla en la mano, dispuesto a romper la mesa de un golpe y a impartir algo de auténtica justicia popular, me han dado un codazo y me he despertado.
-Carlos, cállate, Carlos, que vas a despertar al niño...
-¡¡¡No, no Enorme-Mendruska, no me ilegalices!!!…
-Calla, Carlos, por dios…
No recuerdo exactamente los nombres de los JRP (Juristas de Reconocido Prestigio: se lo presto a cualquier grupo punk de indocumentados), pero se llamaban de formas muy ridículas y rimbombantes, con apellidos compuestos unidos por conjunciones nobles: Javier-Juan Enorme-Mandruska de Orly y Gustavo-Rafael Gegúndez-Fórmez de Mindanao. Más o menos, ya que como les he comentado alguna vez, suelo soñar en francés (aunque soy incapaz de hablarlo despierto) y en la traducción siempre se pierden algunos matices, por más que insistan las editoriales.
Yo estaba preocupado, pues los dos tipos, que como todos los jueces han pasado de empollar en la universidad –cerrados en casa a cal y canto- a estudiar oposiciones –aún más recluidos, si cabe- durante siete años (con la única ayuda de un sicólogo, un preparador y un caniche filipino) para después recalar en la Escuela Judicial tres años más y celebrar al fin juicios de faltas en Alamillo del Jarama a lo largo de nueve penosos años sin ninguna vida social, son gente que no sabe beber. Lógico. Se plantan en los cuarenta años y no han ingerido más que lo de las dos curdas que pasaron en segundo de BUP. Esas vomiteras tan feas que todos ustedes recordarán.
Bueno, el caso es que todos bebemos, y mientras yo conservo una entereza absoluta (algo que quienes me habéis visto beber podéis certificar ¿verdad?), los dos magistrados venga a decir chorradas y a meterse con el camarero, el cual, en palabras de Gegúndez-Fórmez, “parece vasco”. En defensa de los magistrados, he de decir que el camarero merecía parte de las chanzas, pues sólo atendía al fútbol de la tele y tardaba eones en renovar el contenido de nuestras copas.
Durante un rato la cosa ha estado de lo más entretenida. Escuchar a esos señores tan rectos y tan estirados (sospecho que cilicio mediante), y que además emplean esa oratoria jurídica tan ridícula, pues da mucha risa y es muy bonito de ver. Pero a medida que Javier-Juan y Gustavo-Rafael defendían cada uno sus posturas, ambas a favor de la ilegalización de toda asociación de carácter civil –y ahora cito de memoria, traduciendo del francés soñarreril- “que no expresase su apoyo al actual régimen de forma expresa, formalizando su voluntad de adhesión en documento público con rúbrica ministerial”, yo me he ido calentando más y más. No puedo remediarlo. Soy de "natural venéreo", de "carácter mediterráneo", de "beber iracundo" y todas esas expresiones con las que se encubre a los borrachos agresivos.
Así que les he dicho a esos dos petimetres que no se pueden prohibir pueblos ni sentimientos, pues las fórmulas políticas de asociación no son inventos para la delincuencia sino expresiones populares –equivocadas, de acuerdo, pues el pueblo no necesita representación- pero expresiones populares libres, al fin y al cabo. Y en esas que, sin prestarme atención, el más refinado (que, por cierto, me estaba haciendo ojitos desde la primera copa), el tal Enorme-Mandruska, ha soltado un eructo y luego ha hecho “un chiste de magistrados”, una inside-joke de muy mal gusto:
-¡Buuuuurp! ¡Pues a mí me han entrado ganas de encarcelar a todos los que se llamen Ander o Eneko!
Y cuando ya me levantaba con la silla en la mano, dispuesto a romper la mesa de un golpe y a impartir algo de auténtica justicia popular, me han dado un codazo y me he despertado.
-Carlos, cállate, Carlos, que vas a despertar al niño...
-¡¡¡No, no Enorme-Mendruska, no me ilegalices!!!…
-Calla, Carlos, por dios…
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