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Diez notas sobre el movimiento alterglobalización
Hace unas pocas semanas me vi en el brete de escribir un artículo para La Escuela Moderna. Un ensayito sobre la pasma que se salió de madre y terminó siendo un compendió histórico de la lucha contrarrevolucionaria en los últimos treinta años, ahí es nada. Tuve que contenerme, pero aún así no pude entregar menos de doce paginitas que, debidamente extendidas, hubiesen dado para un opúsculo más que serio. El caso es que, cuando estaba enumerando a los enemigos actuales de la policía, tras abordar a los okupas, en un párrafo que podríamos denominar “de transición”, di con el movimiento alterglobalizador y ahí me encallé. Uno sabe lo que desean los okupas, tienen un lenguaje claro y explícito, abordan problemas inmediatos (la especulación, la falta de vivienda, la conquista de una cotidianeidad diferente) y lo hacen con medios coherentes, proporcionados y efectivos. Supongo que por ello cuentan con la simpatía y la solidaridad de una buena parte de la sociedad. En cuanto a los alterglobalizadores, que debían ser tratados en el siguiente párrafo, me encontré con un problema bien serio. Toda la concreción del movimiento okupa, palabras recias y significantes, se transformó en una evasión de resplandores inasibles, huecos.
De inmediato concluí que, si yo no tenía claro todo aquello, sólo cabían dos posibilidades. O bien soy mucho más zote de lo que me considero o los alterglobalizadores no hicieron muy bien los deberes. A pesar de haber compartido algo de tiempo con ellos (y también la calle en muchas protestas) no sabía cómo hablar de aquel movimiento. Quiénes eran, qué querían y cómo podía definirles. Entonces descubrí que mi ignorancia –fingida, falsa- era la guarida de un inmenso recelo. Que estaba emponzoñado de rencor hacia el mentado movimiento. Y ahí vislumbré la posibilidad de esta diatriba. Para evitar embrollarme con un hilo argumentativo, separaré mis argumentos en diez puntos. Ahí van.
1. Esa protesta, ese ola inesperada de multitudes contra las instituciones de Bretton Woods, contra la componenda de los Estados Más Poderosos (los Tres, los Seis, los Ocho, los Veinte…) se quedó en una pancarta en blanco, un poco como la campaña de Obama. ¡Cambiaremos el mundo! ¡Sí podemos! ¡Estamos contra ellos!... Claro, amigos, pero ¿no podríamos concretar un poco más? ¿Cambiar el mundo antes de desayunar o después? ¿Y para eso hay que llevar ropa oscura? ¿Puedo llevarme el móvil? ¿Podríamos pasar antes por el videoclub a devolver las pelis?
2. ¿Qué recordamos ahora de todo ello? Pues que un buen montón de millones de personas coordinadas a lo largo y ancho del globo protestaron muy indignadas no se sabe qué. En realidad, el movimiento alterglobalizador enseñó al mundo que mil dos cientos millones de militantes fueron capaces de unirse y organizarse (igual que Tunnick congrega a ochentamil para despelotarse en el estadio del Arsenal), pero que no pudieron ni siquiera ralentizar toda esta máquina de destrucción y acumulación. Según las fantásticas teorías negrianas, esa masa inerme constituía la nueva subjetividad militante, la “multitud”, demasiado heterogénea para ser interpretada como proletariado, demasiado variopinta como para calificarla de un modo más preciso. En realidad, puede que no estuviese mal llamar multitud a ese gentío de aquí y de allá sin ninguna ligazón concreta. El error, y de bulto, fue considerarlo “sujeto antagonista”.
3. Hablemos claro: aquello no sirvió para nada. Ni un poso de conciencia dejó. Y si no miren como ahora, frente al colapso mil veces anunciado, se aprestan a reformar las mismas instituciones para seguir jugando al mismo juego. Se me objetará aquí que todas las luchas se acumulan, que todas sirven. Que aprendemos de las derrotas. Pero yo me temo que eso es mentira. Es poco más que un lugar común al que nosotros, resentidos y fracasados, nos aferramos siempre que perdemos. Pero no. No todas las luchas se acumulan, no todas sirven. En el actual sistema, generalmente, lo que no mata engorda. Casi cualquier batalla perdida es fagocitada por el espectáculo y convertida en nostalgia, en identidades de quita y pon, en marcas de tejanos, en parálisis. Ahí tienen, para comprender este punto, ese venenoso producto cinematográfico, “La batalla de Seattle”, con el tontainas de Outkast haciendo de incomprensible militante ecologista (sí, incomprensible, he adjetivado bien) y la Ana Lucia de Perdidos en el papel de entregada alterglobalizadora de oscuro pasado. Para vomitar… Aaah, ya puedo escuchar algunas de sus vocecillas: “¿y qué luchas sirven entonces, listo?”. Pues no estoy muy seguro, pero supongo que aquellas que son consideradas episodios infaustos en la historia de la democracia, las que han sido fuertemente reprimidas, las que quieren relegarse al cajón de lo que nunca sucedió, las que no pueden ser recuperadas por el poder para vendernos nada. Vean ustedes la guerra social desatada en Grecia en estos días. La poli en jaque, las tiendas cerradas, los políticos asustadísimos. Eso sí que sirve.
4. El mayor de los errores que se cometió aquel movimiento fue no adoptar una posición decididamente anticapitalista. Querían que frenase el saqueo al tercer mundo, salvar a las ballenas, un comercio justo, una España Republicana y, ya puestos, cuarto y mitad de alubias con chistorra. Encima, como prueba de “realismo”, mendigaban pequeñas reformas." Tocamos con los pies en el suelo", presumían. “Queremos un capitalismo amable, justo”. Y venga dar cancha a Stiglitz, Soros y otros adalides del discurso económico y posibilista. ¿La misión? Poner fin a los “excesos” del capitalismo… ¿Excesos? ¡El capitalismo es un exceso! Es apropiación de tiempo de vida, de trabajo ajeno, es esclavitud, mercantilización de la vida. ¿Hay que reformar eso? ¿Cuidar sus excesos? ¿Qué excesos? ¿Que los esclavos asalariados no trabajen más de ocho horas? ¿Que nos exploten bien, moderadamente? ¿Que no se invadan paisillos allá por la periferia infraprogresada de occidente para importar materia prima barata?
5. Esta voluntad timorata, minusválida, junto con todas aquellas extrañas solicitudes -que Bush dimita, que los peces suden mantequilla, que se cobre el 0,6 % a los muymillonarios por cada finca rústica que enajenen, que en el FMI recen el “Jesusito de mi vida” antes de ir a dormir-, confirió a las protestas un tono irreal, una sensación de evento circense, de confrontación peregrina y de derrota anticipada. Una escenificación vacua que dio perfecto pie a que los homenets de seny exclamasen vermú en mano aquello de “¡ah, estos jóvenes… ya se les pasará!”. Y vaya si se les pasó. Tanto fue así que no tardaron en apropiarse de tan escuálida protesta y vestirla con ropajes “new age” para sus ferias multiculturalistas y celebraciones institucionales socialdemócratas. No muchos fuimos, a la luz de las desérticas protestas antifórum, los indignados con la reapropiación de la lucha que, una vez más, hicieron los socialdemócratas. Es más, parece que los alterglobalizadores disfrutaron con su reconocimiento institucional. Para cuando se celebró el Fórum de las Culturas y se puso en marcha la onegeización de la protesta (para organizarla, para destruirla), la mayor parte de líderes anterglobalizadores ya se encontraban en las filas del enemigo... Las hipotecas, los churumbeles, ya saben.
6. Otro de los inconvenientes que impidió que su protesta arraigase en el imaginario social fue la adopción de cánones estéticos neojipis. ¡Ese insoportable etnopop que difundían los sound systems mientras rastafaris adolescentes hacían malabares! ¿¡Quién puede con eso!? Desde luego, aquel no era el ruido ni la imagen con los que los asalariados de mierda, precarios e hipotecados podíamos identificarnos. ¿Qué había sucedido con el punk y el hardcore, con el rock radical urbano, el pop inglés proletario, el rock and roll incendiario? Ya no éramos modernos, había que incluir en la fórmula de protesta aires antropológicos nuevos -world music, sonidos étnicos: tercermundismo garbancero- . Más de una vez pensé en ir al Mayday con tapones de cera y un gabán de mi abuelo. Y no me vengan con lo del "salto intergeneracional" que yo por entonces tenía veintitantos.
7. Se aceptaron así a la brava, sin apenas interponer interrogantes, todas las tesis sobre la globalización. El movimiento se articuló en torno a ellas dándolas por buenas, sin ningún rigor crítico. En consecuencia, se caminó teóricamente por la senda de un reformismo inerme, integrado. Se gastaron muchas energías combatiendo molinos, dando empellones a la babalá. A los antiglobalización se les veía llegar de lejos. Se podían anticipar todos los contraataques, inventar camelos inverosímiles para tenerlos entretenidos (Foros Sociales con financiación de Ayuntamientos y de la Fundación Ford, Tratados Medioambientales eternamente sin firmar, montajes multimierda en el Macba…), que los antiglobalización se lo tragaban todo. Al carecer de convicciones claras, podían echarles lo que fuese. Porque hablemos en plata: globalización no significa nada. O mejor: no es nada nuevo sobre lo que ponerse a inventar antagonismos y columbrar contiendas. Para mí que lo que generó tan extraña hipertrofia teórica fue una percepción súbita e inconsciente de la finitud del mundo: hostias, ya no queda nada por saquear, nada por cablear, nadie más a quien engañar. El diseño de un mundo a nuestra semejanza lleva en marcha siglos con otros nombres: rutas mercantiles, colonización, imperialismo, declaración universal de Derechos Humanos, ONU… ¿Porqué reinterpretarlo y encajonarlo todo, así de pronto, en una única categoría: “globalización”? ¿Porque es un proceso consumado e irreversible? Nanay. En mi opinión, es sólo para sobrellevar el dolor de conciencia. Y también, quizá, para vender libros. Había que renovar la sociología sin hablar de guerra social. Fue algo intelectualmente fraudulento. Muy sucio. Las teorías de la globalización tomaron la parte por el todo. Del proceso de homogeneización a la occidental, que es en realidad todo lo que sucedía y sucede, se encoñaron con las comunicaciones y la jerigonza telemática, pues era lo único que sonaba a nuevo, lo único que podía proveer tantas toneladas de cháchara ociosa. Al fin, los hallazos léxicos (redes, nodos, hubs…) que propiciaron son empleados hoy, sobretodo, en desarrollos urbanísticos. Ya lo ven. Y no hay empresa cabrona que no tenga ya su programa de ayuda al tercer mundo, “para paliar los efectos de la globalización”.
8. Que los antiglobalización no se oponían a la globalización (porque en realidad, como ya he dicho, "globalización" no es nada) quedó claro a media partida. De pronto, se levantaron de la mesa, pidieron un respeto e interpusieron una aclaración: nosotros somos ALTER-globalizadores, no “anti”, porque contra el rumbo del mundo civilizado y la tecnología y el progreso no se puede estar y bla bla bla, bli blo bli… Y cerraron el discurso tal que así: “Nosotros en realidad deseamos “otra globalización”, más justa, que tenga en cuenta a los negritos y que en el mundo ya nadie vuelva a padecer disfunción eréctil a causa de los transgénicos…”. Exagero un poco, pero ya me entienden.
9. Aquella combinación de ecologismo infantil, reformismo, economicismo (gracias a ATTAC, con sus ridículas propuestas de reformar el sistema bursátil y de imponer impuestos a los grandes capitales) y espectacularidad carnavalesca producía ciertos escalofríos. Una especie de angustia existencial: que no sabían quienes eran ni qué querían. En realidad, nunca se había visto un "No" tan difícil de descifrar. Supongo que por ello la derecha abusó del contraargumento necio de “La cultura del no”. Porque dentro de su imbecilidad no lo entendían muy bien. Su razonamiento iba más o menos por estos lares: “Esos dicen que NO, pero ¿no a qué?: no son exactamente anticapitalistas, no quieren suprimir las sociedades mercantiles, van de la mano de los sindicatos… dicen que No por decir. Es un atavismo cultural.”. Y de ahí, la Cultura del No. Un comodín.
10. Hubo un proceso de retroalimentación prensa-militancia asqueroso. A partir del etiquetaje que la prensa -esclerotizada y, como siempre, al margen de los sucesos- hizo con los “antiglobalización” (algo parecido a lo de “Generación X” o lo de los actuales “mileuristas”), los propios antiglobalizadores adoptaron la imagen que de ellos se ofrecía y la amplificaron. ¡Y eso que los medios los habían retratados como una curiosidad antropológica! A partir de la tercera protesta, hubo más caretas, más tortugas gigantes de cartón piedra, más sobreritos de Tío Sam, más pancartas colgadas de grúas gigantes, más eslóganes y, en general, más sobreactuación. Los gritos ya no se proferían contra nadie, sino hacia las cámaras. Que nos vean, pensaban ellos, que vean los acomodados ciudadanos occidentales lo que somos capaces de hacer. Y lo que veían los ciudadanos acomodados era una versión reducida y simpática de la protesta, el teatrillo de una “juventud responsable”, preocupada por el medio ambiente y el hambre en África, enemistada con los militantes diabólicos, los del bloque negro, que rompían cosas por romper, así a la buena de Dios. La evolución de la protesta hasta su desaparición (¿2004? ¿2005?) pasó por tres etapas: la reproducción de los métodos difundidos con aprobación por la prensa, el desprecio de la violencia y, finalmente, la espectacularización de la protesta, en su fase final, ya del todo inservible.
Hace unas pocas semanas me vi en el brete de escribir un artículo para La Escuela Moderna. Un ensayito sobre la pasma que se salió de madre y terminó siendo un compendió histórico de la lucha contrarrevolucionaria en los últimos treinta años, ahí es nada. Tuve que contenerme, pero aún así no pude entregar menos de doce paginitas que, debidamente extendidas, hubiesen dado para un opúsculo más que serio. El caso es que, cuando estaba enumerando a los enemigos actuales de la policía, tras abordar a los okupas, en un párrafo que podríamos denominar “de transición”, di con el movimiento alterglobalizador y ahí me encallé. Uno sabe lo que desean los okupas, tienen un lenguaje claro y explícito, abordan problemas inmediatos (la especulación, la falta de vivienda, la conquista de una cotidianeidad diferente) y lo hacen con medios coherentes, proporcionados y efectivos. Supongo que por ello cuentan con la simpatía y la solidaridad de una buena parte de la sociedad. En cuanto a los alterglobalizadores, que debían ser tratados en el siguiente párrafo, me encontré con un problema bien serio. Toda la concreción del movimiento okupa, palabras recias y significantes, se transformó en una evasión de resplandores inasibles, huecos.
De inmediato concluí que, si yo no tenía claro todo aquello, sólo cabían dos posibilidades. O bien soy mucho más zote de lo que me considero o los alterglobalizadores no hicieron muy bien los deberes. A pesar de haber compartido algo de tiempo con ellos (y también la calle en muchas protestas) no sabía cómo hablar de aquel movimiento. Quiénes eran, qué querían y cómo podía definirles. Entonces descubrí que mi ignorancia –fingida, falsa- era la guarida de un inmenso recelo. Que estaba emponzoñado de rencor hacia el mentado movimiento. Y ahí vislumbré la posibilidad de esta diatriba. Para evitar embrollarme con un hilo argumentativo, separaré mis argumentos en diez puntos. Ahí van.
1. Esa protesta, ese ola inesperada de multitudes contra las instituciones de Bretton Woods, contra la componenda de los Estados Más Poderosos (los Tres, los Seis, los Ocho, los Veinte…) se quedó en una pancarta en blanco, un poco como la campaña de Obama. ¡Cambiaremos el mundo! ¡Sí podemos! ¡Estamos contra ellos!... Claro, amigos, pero ¿no podríamos concretar un poco más? ¿Cambiar el mundo antes de desayunar o después? ¿Y para eso hay que llevar ropa oscura? ¿Puedo llevarme el móvil? ¿Podríamos pasar antes por el videoclub a devolver las pelis?
2. ¿Qué recordamos ahora de todo ello? Pues que un buen montón de millones de personas coordinadas a lo largo y ancho del globo protestaron muy indignadas no se sabe qué. En realidad, el movimiento alterglobalizador enseñó al mundo que mil dos cientos millones de militantes fueron capaces de unirse y organizarse (igual que Tunnick congrega a ochentamil para despelotarse en el estadio del Arsenal), pero que no pudieron ni siquiera ralentizar toda esta máquina de destrucción y acumulación. Según las fantásticas teorías negrianas, esa masa inerme constituía la nueva subjetividad militante, la “multitud”, demasiado heterogénea para ser interpretada como proletariado, demasiado variopinta como para calificarla de un modo más preciso. En realidad, puede que no estuviese mal llamar multitud a ese gentío de aquí y de allá sin ninguna ligazón concreta. El error, y de bulto, fue considerarlo “sujeto antagonista”.
3. Hablemos claro: aquello no sirvió para nada. Ni un poso de conciencia dejó. Y si no miren como ahora, frente al colapso mil veces anunciado, se aprestan a reformar las mismas instituciones para seguir jugando al mismo juego. Se me objetará aquí que todas las luchas se acumulan, que todas sirven. Que aprendemos de las derrotas. Pero yo me temo que eso es mentira. Es poco más que un lugar común al que nosotros, resentidos y fracasados, nos aferramos siempre que perdemos. Pero no. No todas las luchas se acumulan, no todas sirven. En el actual sistema, generalmente, lo que no mata engorda. Casi cualquier batalla perdida es fagocitada por el espectáculo y convertida en nostalgia, en identidades de quita y pon, en marcas de tejanos, en parálisis. Ahí tienen, para comprender este punto, ese venenoso producto cinematográfico, “La batalla de Seattle”, con el tontainas de Outkast haciendo de incomprensible militante ecologista (sí, incomprensible, he adjetivado bien) y la Ana Lucia de Perdidos en el papel de entregada alterglobalizadora de oscuro pasado. Para vomitar… Aaah, ya puedo escuchar algunas de sus vocecillas: “¿y qué luchas sirven entonces, listo?”. Pues no estoy muy seguro, pero supongo que aquellas que son consideradas episodios infaustos en la historia de la democracia, las que han sido fuertemente reprimidas, las que quieren relegarse al cajón de lo que nunca sucedió, las que no pueden ser recuperadas por el poder para vendernos nada. Vean ustedes la guerra social desatada en Grecia en estos días. La poli en jaque, las tiendas cerradas, los políticos asustadísimos. Eso sí que sirve.
4. El mayor de los errores que se cometió aquel movimiento fue no adoptar una posición decididamente anticapitalista. Querían que frenase el saqueo al tercer mundo, salvar a las ballenas, un comercio justo, una España Republicana y, ya puestos, cuarto y mitad de alubias con chistorra. Encima, como prueba de “realismo”, mendigaban pequeñas reformas." Tocamos con los pies en el suelo", presumían. “Queremos un capitalismo amable, justo”. Y venga dar cancha a Stiglitz, Soros y otros adalides del discurso económico y posibilista. ¿La misión? Poner fin a los “excesos” del capitalismo… ¿Excesos? ¡El capitalismo es un exceso! Es apropiación de tiempo de vida, de trabajo ajeno, es esclavitud, mercantilización de la vida. ¿Hay que reformar eso? ¿Cuidar sus excesos? ¿Qué excesos? ¿Que los esclavos asalariados no trabajen más de ocho horas? ¿Que nos exploten bien, moderadamente? ¿Que no se invadan paisillos allá por la periferia infraprogresada de occidente para importar materia prima barata?
5. Esta voluntad timorata, minusválida, junto con todas aquellas extrañas solicitudes -que Bush dimita, que los peces suden mantequilla, que se cobre el 0,6 % a los muymillonarios por cada finca rústica que enajenen, que en el FMI recen el “Jesusito de mi vida” antes de ir a dormir-, confirió a las protestas un tono irreal, una sensación de evento circense, de confrontación peregrina y de derrota anticipada. Una escenificación vacua que dio perfecto pie a que los homenets de seny exclamasen vermú en mano aquello de “¡ah, estos jóvenes… ya se les pasará!”. Y vaya si se les pasó. Tanto fue así que no tardaron en apropiarse de tan escuálida protesta y vestirla con ropajes “new age” para sus ferias multiculturalistas y celebraciones institucionales socialdemócratas. No muchos fuimos, a la luz de las desérticas protestas antifórum, los indignados con la reapropiación de la lucha que, una vez más, hicieron los socialdemócratas. Es más, parece que los alterglobalizadores disfrutaron con su reconocimiento institucional. Para cuando se celebró el Fórum de las Culturas y se puso en marcha la onegeización de la protesta (para organizarla, para destruirla), la mayor parte de líderes anterglobalizadores ya se encontraban en las filas del enemigo... Las hipotecas, los churumbeles, ya saben.
6. Otro de los inconvenientes que impidió que su protesta arraigase en el imaginario social fue la adopción de cánones estéticos neojipis. ¡Ese insoportable etnopop que difundían los sound systems mientras rastafaris adolescentes hacían malabares! ¿¡Quién puede con eso!? Desde luego, aquel no era el ruido ni la imagen con los que los asalariados de mierda, precarios e hipotecados podíamos identificarnos. ¿Qué había sucedido con el punk y el hardcore, con el rock radical urbano, el pop inglés proletario, el rock and roll incendiario? Ya no éramos modernos, había que incluir en la fórmula de protesta aires antropológicos nuevos -world music, sonidos étnicos: tercermundismo garbancero- . Más de una vez pensé en ir al Mayday con tapones de cera y un gabán de mi abuelo. Y no me vengan con lo del "salto intergeneracional" que yo por entonces tenía veintitantos.
7. Se aceptaron así a la brava, sin apenas interponer interrogantes, todas las tesis sobre la globalización. El movimiento se articuló en torno a ellas dándolas por buenas, sin ningún rigor crítico. En consecuencia, se caminó teóricamente por la senda de un reformismo inerme, integrado. Se gastaron muchas energías combatiendo molinos, dando empellones a la babalá. A los antiglobalización se les veía llegar de lejos. Se podían anticipar todos los contraataques, inventar camelos inverosímiles para tenerlos entretenidos (Foros Sociales con financiación de Ayuntamientos y de la Fundación Ford, Tratados Medioambientales eternamente sin firmar, montajes multimierda en el Macba…), que los antiglobalización se lo tragaban todo. Al carecer de convicciones claras, podían echarles lo que fuese. Porque hablemos en plata: globalización no significa nada. O mejor: no es nada nuevo sobre lo que ponerse a inventar antagonismos y columbrar contiendas. Para mí que lo que generó tan extraña hipertrofia teórica fue una percepción súbita e inconsciente de la finitud del mundo: hostias, ya no queda nada por saquear, nada por cablear, nadie más a quien engañar. El diseño de un mundo a nuestra semejanza lleva en marcha siglos con otros nombres: rutas mercantiles, colonización, imperialismo, declaración universal de Derechos Humanos, ONU… ¿Porqué reinterpretarlo y encajonarlo todo, así de pronto, en una única categoría: “globalización”? ¿Porque es un proceso consumado e irreversible? Nanay. En mi opinión, es sólo para sobrellevar el dolor de conciencia. Y también, quizá, para vender libros. Había que renovar la sociología sin hablar de guerra social. Fue algo intelectualmente fraudulento. Muy sucio. Las teorías de la globalización tomaron la parte por el todo. Del proceso de homogeneización a la occidental, que es en realidad todo lo que sucedía y sucede, se encoñaron con las comunicaciones y la jerigonza telemática, pues era lo único que sonaba a nuevo, lo único que podía proveer tantas toneladas de cháchara ociosa. Al fin, los hallazos léxicos (redes, nodos, hubs…) que propiciaron son empleados hoy, sobretodo, en desarrollos urbanísticos. Ya lo ven. Y no hay empresa cabrona que no tenga ya su programa de ayuda al tercer mundo, “para paliar los efectos de la globalización”.
8. Que los antiglobalización no se oponían a la globalización (porque en realidad, como ya he dicho, "globalización" no es nada) quedó claro a media partida. De pronto, se levantaron de la mesa, pidieron un respeto e interpusieron una aclaración: nosotros somos ALTER-globalizadores, no “anti”, porque contra el rumbo del mundo civilizado y la tecnología y el progreso no se puede estar y bla bla bla, bli blo bli… Y cerraron el discurso tal que así: “Nosotros en realidad deseamos “otra globalización”, más justa, que tenga en cuenta a los negritos y que en el mundo ya nadie vuelva a padecer disfunción eréctil a causa de los transgénicos…”. Exagero un poco, pero ya me entienden.
9. Aquella combinación de ecologismo infantil, reformismo, economicismo (gracias a ATTAC, con sus ridículas propuestas de reformar el sistema bursátil y de imponer impuestos a los grandes capitales) y espectacularidad carnavalesca producía ciertos escalofríos. Una especie de angustia existencial: que no sabían quienes eran ni qué querían. En realidad, nunca se había visto un "No" tan difícil de descifrar. Supongo que por ello la derecha abusó del contraargumento necio de “La cultura del no”. Porque dentro de su imbecilidad no lo entendían muy bien. Su razonamiento iba más o menos por estos lares: “Esos dicen que NO, pero ¿no a qué?: no son exactamente anticapitalistas, no quieren suprimir las sociedades mercantiles, van de la mano de los sindicatos… dicen que No por decir. Es un atavismo cultural.”. Y de ahí, la Cultura del No. Un comodín.
10. Hubo un proceso de retroalimentación prensa-militancia asqueroso. A partir del etiquetaje que la prensa -esclerotizada y, como siempre, al margen de los sucesos- hizo con los “antiglobalización” (algo parecido a lo de “Generación X” o lo de los actuales “mileuristas”), los propios antiglobalizadores adoptaron la imagen que de ellos se ofrecía y la amplificaron. ¡Y eso que los medios los habían retratados como una curiosidad antropológica! A partir de la tercera protesta, hubo más caretas, más tortugas gigantes de cartón piedra, más sobreritos de Tío Sam, más pancartas colgadas de grúas gigantes, más eslóganes y, en general, más sobreactuación. Los gritos ya no se proferían contra nadie, sino hacia las cámaras. Que nos vean, pensaban ellos, que vean los acomodados ciudadanos occidentales lo que somos capaces de hacer. Y lo que veían los ciudadanos acomodados era una versión reducida y simpática de la protesta, el teatrillo de una “juventud responsable”, preocupada por el medio ambiente y el hambre en África, enemistada con los militantes diabólicos, los del bloque negro, que rompían cosas por romper, así a la buena de Dios. La evolución de la protesta hasta su desaparición (¿2004? ¿2005?) pasó por tres etapas: la reproducción de los métodos difundidos con aprobación por la prensa, el desprecio de la violencia y, finalmente, la espectacularización de la protesta, en su fase final, ya del todo inservible.
9 Comments:
Ja, ja, muy buen retrato. Se nota el cariño que les tienes.
Pero yo también hablaría de la convivencia diaria con los alter: lo de ir en bici y hasta monociclo por la acera atropellando abuelas pero sin contaminar, lo de las tiendas de comercio justo llenas de cosas inútiles pero que ¿mantienen? a familias de laboriosos indígenas de lugares remotos, lo de encontrarlos pidiendo subvenciones al estado para proyectos estúpidos de promoción de culturas de la paz, festivales interculturales sobre el macramé y asociaciones de soplagaitas sin fronteras, lo de tocar tantanes tribales a las tres de la mañana y despertarte al crío y llamarte facha cuando pides un poco de comprensión (y eso que jamás nadie ha llamado ni llamará a la policía porque en mi barrio somos gente decente, coño)
En fin, lo que conoce de primera mano cualquiera que viva o pase por el centro de Ciudad Escaparate (tuyo fue el bautismo) o el casco viejo de Mandril (así para siempre gracias a ¡Terrible!)
Sí, los alter molan mucho, sí.
Si, vale, los kumbayás bongueros aburren al más pintado. Nada que objetar aquí. Pero
1. «Uno sabe lo que desean los okupas, tienen un lenguaje claro y explícito, abordan problemas inmediatos (la especulación, la falta de vivienda, la conquista de una cotidianeidad diferente) y lo hacen con medios coherentes, proporcionados y efectivos. Supongo que por ello cuentan con la simpatía y la solidaridad de una buena parte de la sociedad.» No sé qué decir; a mí la teoría de la ocupación me parece muy correcta pero en la práctica okupa=kumbayá=rastas+porros+perro pulgoso. No muy distinto de tus odiados alter: marginales pero impotentes en el fondo (¿y cómo no iban a serlo contra los amos del tinglado). La última frase rima pero ni siquiera los más optimistas le daríamos la más mínima credibilidad: la gente detesta a esos sucios okupas que atentan contra la propiedad pprivada, que como se sabe es el valor moral supremo para todos aquellos que ganan 600€.
2. La globalización evidentemente existe, como puede intuir cualquiera que haya mirado la etiqueta de cualquier cosa para descubrir que la han traído desde el quinto pino aunque hubiera sido perfectamente posible fabricarla en el pueblo de al lado.
3. A Negri en general no se le entiende un pijo. Hay quien ha llegado a la conclusión de que la 'multitud' es 'la peñita', pero yo creo que en el fondo no se aclara ni él. Ésto yo no se lo tendría en cuenta habida su edad y lo que ha tenido que pasar. Creo que en otras cosas se le va bastante más la olla.
4. Stiglitz, Soros y demás gente de su calaña: no creo que realmente se les haya dado cancha. Vamos, habría que estar ciego para pensar que cuestionan en lo más mínimo el capitalismo. Sí que creo que se han podido aprovechar de un efecto comparación (al lado de Friedman Stiglitz parece una monjita de la caridad).
5. Rigor crítico del análisis antiglobalización: seguramente no se prestó la debida atención a quienes habían estado elaborando una articulación teórica porque (una vez más Negri como ejemplo paradigmático, aunque no es el único) no los entiende ni la madre que los parió.
6. ¿Aquello no sirvió para nada porque no consiguieron cambiar nada? Resulta que los malos malotes no abandonan el puesto espontáneamente después de que una paciente muchedumbre les convenza de lo tremendamente perversos que son, estilo Metrópolis, sino que generalmente hay que obligarlos a hacerlo. Pega: los malos malotes tienen a su servicio soldados y policías armados hasta los dientes en cantidades virtualmente inagotables, por no mencionar a una turba de "gente de bien" (en este bendito país quien gana 600€ se considera "clase media") que aplaude a rabiar cada vez que ve por la gente a un grupo de antidisturbios patear en el suelo a un manifestante. Creo que es mucho pedirle a un kumbayá (o ya puestos, a cualquiera) que "cambie las cosas".
7. Los enfrentamientos en Seattle y en Génova, ¿fueron acertados desde un punto de vista teórico? ¿Y desde uno práctico? Pienso que fueron muy valientes; también fueron insensatos y la instrumentalización del asesinato de Carlo Giuliani los dejó absolutamente k.o. ("¡Así aprenderán esos energúmenos!", comentario habitual de "la gente de bien" ante la noticia).
Hay quien piensa que la organización y la declaración abierta de objetivos es incluso contraproducente:
Fuir la visibilité. Tourner l’anonymat en position offensive
Dans une manifestation, une syndicaliste arrache le masque d’un anonyme, qui vient de casser une vitrine : «Assume ce que tu fais, plutôt que de te cacher. » Être visible, c’est être à découvert, c’est à dire avant tout vulnérable. Quand les gauchistes de tous pays ne cessent de « visibiliser » leur cause – qui celle des clochards, qui celle des femmes, qui celle des sans-papiers – dans l’espoir qu’elle soit prise en charge, ils font l’exact contraire de ce qu’il faudrait faire. Non pas se rendre visible, mais tourner à notre avantage l’anonymat où nous avons été
relégués et, par la conspiration, l’action nocturne ou cagoulée, en faire une inattaquable position
d’attaque. L’incendie de novembre 2005 en offre le modèle. Pas de leader, pas de revendication, pas
d’organisation, mais des paroles, des gestes, des complicités.
[El pdf es un libro de 'la fabrique' que fue encontrado en casa de algunos huelguistas y que el Libé, que desde hace un par de años está en manos de unos dueños mucho más adecuados para los nuevos tiempos que corren, se apresuró a presentar como "un manual de guerra urbana que incita a sabotear las líneas del TGV", crimen horrendo donde los haya]
Y en parte razón no les falta. Pero vamos, que dudo mucho que por ahí se llegue a ningún lado. Hace tiempo que no es posible ganar una confrontación violenta contra las fuerzas del orden, abierta o no, con líder o sin líder.
Y perdón por el rollo.
Menudo comment, anónimo. Como vas punto por punto y lo razonas todo más o menos, entraré un poco al trapo.
Lo primero, aclarar que yo no espero nada de nadie y menos de ningún "movimiento". Pero si uno se pone a analizarlos, hay que ver en qué medida cumplieron sus objetivos. Pretender que quisieran tomar el poder (o que redimiesen a los de arriba: he de reconocer que en esa parte me has hecho reir), es un objetivo que sólo tú les atribuyes y que, francamente, no creo que nunca estuviese en su agenda. Es un pelín tramposo echármelo a mí. Yo lo pensé de un modo algo más inmediato. Pero a lo que íbamos: lo que yo observo es que, de todo lo que protestaron, no lograron nada, ni que se firmasen protocolos antiemisiones, ni que se aboliese el TLC, ni siquiera que el FMI cambiase sus políticas. Y esas eran, tal y como están las cosas, pretensiones políticas muy posibles -y, llevadas a cabo por tamañas concentraciones de gente, siempre se vieron muy timoratas-. Otras protestas históricas no lograron igualmente sus objetivos pero por lo menos dejaron un poso, un cuerpo teórico a ser tenido en cuenta, una cierta gimnasia cerebral... Este movimiento ni siquiera eso.
Sobre las manifestaciones de Seattle y Genova, qué quieres que te diga... Si causaron tanto revuelo, si causaron tanto espanto entre la "gente de bien" -los pánicos morales de la mayoría siempre son buena señal- fue a causa del black block. Los alterglobalizadores no son responsables de la fama de esos acontecimientos. Los "alter" llegaron incluso a enfrentarse, como si fuesen policías, a los encapuchados que rompían escaparates y atacaban a antidisturbios. Los famosos tutte bianchi, con su claca wu ming denunciando infiltraciones policiales de forma harto paranoica, llevaron incluso fuerzas del orden propias. Seguratas internos para retener y aislar a los violentos. A mi juicio, si ambas manifestaciones son recordadas hoy, no se debe precisamente al pacifismo y savoir faire de los alterglobalizadores. Giuliani, tras su muerte, fue "recuperado" por los alter, pero no era uno de ellos. Recuerda que Giuliani era un punk anticapitalista hijo de un estibador. En el momento que le mataron no protestaba contra los la OMC o los Diez, le atizaba con un palo a una furgona de la poli. Cualquiera de los asistentes a un FSM no dudaría en condenar públicamente una acción así.
Sobre que la "globalización" existe, en fin, creo que simplificas demasiado. Tu ejemplo es de una simplicidad abrumadora y por eso parece irrebatible, pero tal y como critico en el artículo, tomas una parte por el todo. Primero, porque que la globalización no sólo consiste, según sus anunciantes, en el movimiento incansable de mercancías, también tiene una interpretación tecnofílica brutal, con miles de pajas sobre internet, telecomunicaciones y demás. Los alterglobalizadores se apuntaron a ese carro descaradamente, haciendo incluso apología del desarrollo y de la multiplicación del parque tecnológico doméstico. Sobre la importación de productos a saco paco, te recuerdo que no es cosa de los años noventa ni de ahora. Yo jugaba de pequeño con monigotes made in taiwan, mi madre guisaba con ollas de aluminio hechas en la India y El Corte Inglés celebraba cada tres meses la semana de la China (a la que mi abuela acudía religiosamente con la cartera llena). Inglaterra, EEUU y algunos países latinoamericanos han vivido los últimos cien años importando más de la mitad de sus productos. De hecho, hay novelas victorianas inglesas en las que se consume té de ceilán, jerez, pan de centeno alemán y frutas tailandesas. ¿Porqué de repente toda esa insistencia en la pequeñez del mundo y el traslado de mercaderías? Insisto: una combinación de conciencia de finitud y mala conciencia occidental. Desde luego, si la globalización existe, los últimos ciento cincuenta años han sido una gestación larguísima. Nunca se había visto un fenómeno social de eclosión tan retardada.
Resumiendo: los alter son los legítimos herederos de los movimientos ecologistas de los 70 y 80. El afán posibilista de los primeros es perfectamente encuadrable en la simplificación medioambientalista que con tanto éxito practicaron los segundos.
Aún más, ambos ¿movimientos? tienen en común una total carencia de estructura ideológica.De ahí su presunto éxito mediático.
Pero voy a dar un pasito más. Voy a mirar a los próximos 5 minutos, como decía Ballard.
Alter, okupa, bloque negro y demás productos de manifestación social callejera o mediática, o han muerto, o morirán, o dentro de un año serán irreconocibles por el cambio radical de las condiciones del entorno.
Globalización, localización, consumismo.... eso ya son conceptos muertos. Kaput. RIP. Ahora mismo.
Debatir sobre ellos es, realmente, la disección de una rana muerta.
Atenas no es Genova. Atenas no es tontorrones bienintencionados + bloque negro + antidisturbios = portada tremendista en todos los telediarios.
(Los barrios periféricos de París hace 1 y 2 años tampoco eran Génova, pero se dió cuenta muy poca gente)
Y tampoco el miedo de un clase media a que un grupo vestido de negro le queme el coche tiene nada que ver con el pánico que ahora siente ante la perspectiva de que todo en su vida puede cambiar en semanas.
Creo que vamos a ver pocos bongos y malabares, y muchos coches ardiendo.
También creo que, desde cierto momento y como respuesta a la inquietud de los dueños de los coches quienes, no lo olvidemos, son los que de momento votan a los bipartidismos mayoritarios,la policía se dejará la porra en casa pero no se olvidará la pistola.
Creo, y aquí empiezo a tener miedo yo, que el próximo movimiento callejero carente de ideología estructurada -aunque no desnuda de tendencia política, ojo- serán esos clase media.
Y el resto será, esta vez sí, volver a repetir la historia.
Me temo que se equivoca de medio a medio con respecto a Grecia. Si los antiglobis de Seattle eran un manojo de quejicas sin ideas detrás, es porque eran los herederos de todos los quejicas con ideas equivocadas que no supieron reconocerlo, o sea: la izquierda de los 60 y 70 (aclaro que para mí las ideas de la derecha también están equivocadas).
Los griegos, efectivamente, no son como los antiglobis. Tienen las ideas muy claras. Porque no las han cambiado desde los 70, sigue siendo la misma izquierda de entonces, con todos los mismos errores de entonces.
Eso los manifestantes pacíficos, claro. Los que están destrozando la ciudad y haciendo una "lucha útil" son, esencialmente, hooligans. Que en su camiseta ponga "anarquía" en vez de "Liverpool forever" no significa que sus motivos sean distintos.
Puedo estar equivocado, desde luego. Pero no hablo de tercera mano, hablo de mi año vivido en Atenas, mis amigos griegos y mis paseos por Exarchia y el Politécnico.
Hola Patato,
bien por la respuesta. No me quiero extender tanto como en el primer comentario, pero sí que me gustaría hacer notar que efectivamente he simplificado tanto lo de la globalización que no ha quedado muy fino. Creo que lo de "la globalización no existe" me pudo —otra simplificación, si me lo permites.
El ejemplo es simplón? Sí; pero es que para mí condensa lo realmente importante: la globalización como mercado global. Se ha acabaron las fronteras, se acabaron las "externalidades". Todos los que antes eran mundos exteriores que usar como fuentes de recursos y como estercoleros han quedado anexionados al centro. Volvemos a la colonización interior y que no nos pase ná.
El resto de tecnogaitas asociadas normalmente al concepto globalización estoy contigo en que son, bueno, gaitosas.
que diablos sera esto? y cuales seran los grupos que nombra, me perdi entre los movimientos mentales de alguien que razona mucho.
magnífico post,
estuve en attac dos años (sí, yo me confieso culpable, ENTRE 2001 Y 2003), el tiempo suficiente para ver que la mayor parte de la gente que allí estaba apuntada tenía (teníamos) una empanada ideológica considerable...
había desertores de la izquierda oficial, ecologistas aburridos de la etiqueta, anarquistas en proceso de burguesificación, antiguos okupas que habían descubierto las "bondades" de la familia y de la hipoteca a treinta años, sindicalistas aburridos, estudiantes universitarios jugando a la revolución de los clicks de famobil y pequeños burgueses como yo impregnados de ese malestar difuso que conlleva una existencia alienada centrada en la supervivencia material;
la sensación de cajón de sastre no me la quité de encima ni un minuto: hicimos muchas manifestaciones, multitud de comunicados que no leyó nadie, descubrimos de la mano esa cosa inmunda llamada "ciberactivismo" conocida también como "la revolución a un solo click de distancia", nos reunimos millones de veces, hicimos conferencias, publicaciones, hablamos de renta básica, de feminismo, de la OMC, del FMI y del BM
sólo ahora, al leer tu post, seis años después, he comprendido: qué patético, qué desperdicio de tiempo, energía y, sobre todo, entusiasmo
que pérdida
saludos
Una matización a la entradilla de tu blog.
En tiempos del franquismo, la ensaladilla rusa no se llamaba ensaladilla nacional. Se llamaba ensaladilla imperial. Lo cuenta Dionisio Ridruejo en su libro de recuerdos (Casi unas memorias).
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