La Publicidad y la Vida al Margen
Hace unos pocos años, me dedicaba a reseñar a mansalva grabaciones caseras, cd’s, cassettes, fanzines y otros productos de escasa difusión en un par de fanzines/revistas punks. La hacía gratis, por supuesto. No era un trabajo, y precisamente por eso lo hacía bien. Como ahora, mi criterio solía ser “di lo que te parece, di lo que piensas”. Lo malo es que ello me obligaba a expresar mi verdadero parecer. E imagínense mi parecer: terrible. Sólo una de cada veinte productos (aprox.) que reseñaba me parecía medianamente bien parido. El editor o responsable del ‘zine en el cual colaboraba solía recibir bastante publicidad de pequeñas discográficas que en buena parte financiaba las copias del fanzine. En varias ocasiones, estas pequeñas empresitas (a veces tan sólo grupos de amigos con minúsculas indies) le presionaron para que yo no siguiese hundiendo sus lanzamientos en cada maldito número. Esto sucedió a muy pequeña escala, en un mundo en el que (aparentemente) nadie podía ni quería forrarse. El ánimo de lucro era modestísimo. Bastaba con recuperar el dinero, o no perder mucho. Desde entonces, he comprendido perfectamente el poder anulador de la dependencia económica que se engendra con la publicidad y puedo imaginarme qué sucede en la Gran Prensa, en las Grandes Revistas, porqué se tratan los temas de forma tan superflua e ignorante, sin atacar nada ni a nadie, sin destapar nunca ninguna mierda de ninguna corporación ni de ninguno de esos conglomerados financieros malignos.
No hace falta una minuciosa investigación para corroborar que la peor censura se efectúa de forma autoimpuesta, por puro miedo a perder determinados privilegios innecesarios (un automóvil excesivo, una segunda vivienda cubierta de polvo…) puestos en boca por los ingresos desmesurados que genera la publicidad. Imaginen un titular: “¡Escandalo Moral! Siat despide injustificadamente a mil tras concluir un ejercicio con abundantes beneficios”. Al día siguiente, a tomar viento dos paginas completas con grandes anuncios del nuevo Siat Jaen; y la escena se completa con el jefe de redacción defendiéndose a patadas del director corporativo y del jefe de publicidad. Por esto mismo, siempre he creído que los mejores medios son aquellos libres de publicidad. Éstos, al no verse abrumados ni condicionados por los ingresos del Gran Dinero, pueden asumir una postura crítica. La publicidad, si no se restringe a lo mínimo, o si se hace depender en ella la viabilidad del proyecto, produce información incompleta, genera temas tabú que sólo pueden tratarse de forma exótica o tangencial, mediante la banalización, la simplificación y la reducción a la anécdota: “cuatro jóvenes antisistema patatín y patatán…”,“radicales anti-línea de alta tensión patatín y patatán…”. Esta forma actual de información no es consecuencia de la ideología de los periodistas. Viene determinado por la organización económica desde la que se recoge y se produce información, que ha convertido los periódicos y las revistas en meras plataformas para anunciar inutilidades con algo de texto alrededor.
La publicidad es una lacra en casi cualquier medio de comunicación. Es preferible pagar cuatro, cinco, siete euros por una publicación que se exprese con total libertad. Y ésta, la libertad –completa, como sólo puede haberla- sólo se encuentra en la independencia económica: que no debamos rendirle cuentas a nadie. El resto, la tan cacareada “libertad de prensa”, que tanto sirve para satanizar regímenes hostiles a Washington como para justificar el grito de ¡fuego! en un teatro abarrotado, no es más que la afirmación de una comedida capacidad de opinión (sí, capacidad: que hay dinero, se te oye; que no lo hay, te montas un blog y te leen cien, como es el caso) que para nada puede compararse a la catarsis de decir lo que a uno le da la gana, lo que se dice en la calle, lo que es verdad.
Y sobre la supervivencia de las publicaciones contestatarias, al hilo de la publicidad y otras formas de financiación, las circunstancias actuales abren un nuevo debate: qué organización asumir. Quienes escapan a la dictadura de los espónsores y los mecenas se han entregado a nuevos métodos de subsistencia, todos ellos -de momento- insuficientes.
Pongamos el caso de Diagonal, un estupendo periódico de contrainformación que no ha conseguido todavía, más de un año después, los cinco mil suscriptores que según ellos garantizarían su subsistencia. El atractivo de Diagonal, aparte de su información veraz y subterránea –que por aquí abajo estamos jodidos, que nos contratan cada vez peor, que cada vez estamos más alienados, etc, etc- reside también en unos artículos de opinión que, siendo disidentes, no pertenecen para nada a esa línea de soporífero adoctrinamiento con el que nos suele obsequiar la izquierda marxista, con esa expresión en sentido descendente, arriba-abajo, entorno a “estrategias para tomar el poder” –para que lo tomen Ellos, quieren decir- y otras gilipolleces al uso. Diagonal tiene también una sección de humor y se ha mostrado en ocasiones valientemente autocrítico, algo nada común en la circunspecta y siempre enfadada izquierda. Y aunque Diagonal tiene publicidad, esta es afín a la línea editorial y aparece siempre por los márgenes del texto, nunca con la entidad suficiente como para constituir una amenaza para el contenido. El caso es que, aún afianzado con casi tres mil suscriptores, la difusión de Diagonal conseguida hasta ahora no garantiza su continuidad. Es un perfecto ejemplo de que la vida en los márgenes, sin venderse al Dinero, es sumamente difícil.
Lo más fácil es hacer publicidad, y que tu criterio pertenezca a otro.
No hace falta una minuciosa investigación para corroborar que la peor censura se efectúa de forma autoimpuesta, por puro miedo a perder determinados privilegios innecesarios (un automóvil excesivo, una segunda vivienda cubierta de polvo…) puestos en boca por los ingresos desmesurados que genera la publicidad. Imaginen un titular: “¡Escandalo Moral! Siat despide injustificadamente a mil tras concluir un ejercicio con abundantes beneficios”. Al día siguiente, a tomar viento dos paginas completas con grandes anuncios del nuevo Siat Jaen; y la escena se completa con el jefe de redacción defendiéndose a patadas del director corporativo y del jefe de publicidad. Por esto mismo, siempre he creído que los mejores medios son aquellos libres de publicidad. Éstos, al no verse abrumados ni condicionados por los ingresos del Gran Dinero, pueden asumir una postura crítica. La publicidad, si no se restringe a lo mínimo, o si se hace depender en ella la viabilidad del proyecto, produce información incompleta, genera temas tabú que sólo pueden tratarse de forma exótica o tangencial, mediante la banalización, la simplificación y la reducción a la anécdota: “cuatro jóvenes antisistema patatín y patatán…”,“radicales anti-línea de alta tensión patatín y patatán…”. Esta forma actual de información no es consecuencia de la ideología de los periodistas. Viene determinado por la organización económica desde la que se recoge y se produce información, que ha convertido los periódicos y las revistas en meras plataformas para anunciar inutilidades con algo de texto alrededor.
La publicidad es una lacra en casi cualquier medio de comunicación. Es preferible pagar cuatro, cinco, siete euros por una publicación que se exprese con total libertad. Y ésta, la libertad –completa, como sólo puede haberla- sólo se encuentra en la independencia económica: que no debamos rendirle cuentas a nadie. El resto, la tan cacareada “libertad de prensa”, que tanto sirve para satanizar regímenes hostiles a Washington como para justificar el grito de ¡fuego! en un teatro abarrotado, no es más que la afirmación de una comedida capacidad de opinión (sí, capacidad: que hay dinero, se te oye; que no lo hay, te montas un blog y te leen cien, como es el caso) que para nada puede compararse a la catarsis de decir lo que a uno le da la gana, lo que se dice en la calle, lo que es verdad.
Y sobre la supervivencia de las publicaciones contestatarias, al hilo de la publicidad y otras formas de financiación, las circunstancias actuales abren un nuevo debate: qué organización asumir. Quienes escapan a la dictadura de los espónsores y los mecenas se han entregado a nuevos métodos de subsistencia, todos ellos -de momento- insuficientes.
Pongamos el caso de Diagonal, un estupendo periódico de contrainformación que no ha conseguido todavía, más de un año después, los cinco mil suscriptores que según ellos garantizarían su subsistencia. El atractivo de Diagonal, aparte de su información veraz y subterránea –que por aquí abajo estamos jodidos, que nos contratan cada vez peor, que cada vez estamos más alienados, etc, etc- reside también en unos artículos de opinión que, siendo disidentes, no pertenecen para nada a esa línea de soporífero adoctrinamiento con el que nos suele obsequiar la izquierda marxista, con esa expresión en sentido descendente, arriba-abajo, entorno a “estrategias para tomar el poder” –para que lo tomen Ellos, quieren decir- y otras gilipolleces al uso. Diagonal tiene también una sección de humor y se ha mostrado en ocasiones valientemente autocrítico, algo nada común en la circunspecta y siempre enfadada izquierda. Y aunque Diagonal tiene publicidad, esta es afín a la línea editorial y aparece siempre por los márgenes del texto, nunca con la entidad suficiente como para constituir una amenaza para el contenido. El caso es que, aún afianzado con casi tres mil suscriptores, la difusión de Diagonal conseguida hasta ahora no garantiza su continuidad. Es un perfecto ejemplo de que la vida en los márgenes, sin venderse al Dinero, es sumamente difícil.
Lo más fácil es hacer publicidad, y que tu criterio pertenezca a otro.
1 Comments:
La publicidad es una lacra en casi cualquier medio de comunicación.
Qué gran verdad. Yo diría:
El Dinero es una lacra en casi cualquier medio.
Ferrer i Guardia insultaba sin reparos a la persona que le preguntaba el por qué de no aceptar subvenciones para la Escuela Moderna: ¿Cómo voy a mantener la independencia de la escuela si dependo del dinero de alguien?
d.
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