la patata de la libertad

Blog de opinión crítica completamente anti-
Un congresista estadounidense, en el pináculo de la estupidez, propuso cambiar el nombre de las malignas patatas francesas ("french fries") por el de patatas de la libertad ("freedom fries")... ¿Alguien recuerda la ensaladilla nacional? Colabora con la patata: comenta o envía tus artículos a allstolen@hotmail.com En marcha desde 26/05/04

20.7.09

Quihúbole!

Por si alguien me echa de menos, sólo quería comentar que ahora estoy en:

Blogderesiduos: en donde voy a ir volcando algunos textos que no me encajan en ninguna otra parte. Eso: residuos. En fin... Intentaré que la calidad no sea la de un "residuo". Da igual, me gustaba el nombre y necesitaba un espacio.

AcabáramosZine: en donde irá el soporte (pdf, avance de contenidos, referencias a asuntos afines) y la evolución al fanzine en formato físico de próxima aparición en los peores y más representativos tugurios de la infracultura.

Los dos blogs están en bragas, pero tiempo al tiempo.

4.6.09

¡Acabáramos!

El post anterior es una colaboración de un servidor con La Escuela Moderna, un poco a rebufo del comportamiento violento de la policía autonómica catalana, que en los últimos meses nos ha hinchado los cojones definitivamente demasiado.

Aparte, quiero comentar que aunque este blog está prácticamente liquidado, no lo está mi ánimo. Para demostrarlo, vuelvo al mundo pre-pixeliano. El de la gente fea, pobre y cabreada. En breve, lo que puede significar en realidad dentro de un mes o dentro de seis, presentaré un fanzine de los de verdad -palpable, impreso, bonito-, con un blog de apoyo y acompañamiento.

Se entitulará ¡Acabáramos!, e irá por estos mismos derroteros.

Ya avisaré. Lo prometo.

Cuidense.

La calle es suya: Mossos y brutalidad policial en Barcelona

-Salga inmediatamente de mis tierras o me pongo a disparar.

O dicho de otra manera y a ocho mil kilómetros de Texas:
-Por favor, retírense, abandonen las Ramblas que vamos a cargar.
La interpretación de la advertencia difundida por los megáfonos de las lecheras policiales es una pieza clave para hacerse una idea de los hechos que acontecieron la sobrecogedora Noche del Triplete. La advertencia es clara: si no te vas, disparo. El mensaje: finca privada, defensa de la propiedad, respuesta armada.
Como es lógico, no podemos estar de acuerdo ni con la advertencia ni con la actuación posterior. Pero sí lo estamos con la justificación que subyace: realmente, el centro de Barcelona ya no nos pertenece. En el Centro de Barcelona, pocas bromas. Porque es ajeno: es del consistorio, de los turistas, de los arrendadores de pisos por días y hasta por horas. Toda esa parte de la ciudad, toda esa “finca”, es definitivamente suya. Se gestiona como un terreno cercado, y toda intrusión en sus lindes tiene “armed response”.
Los vecinos, tal y como nos advierte en la Calle Hospital un curioso stencil que representa a una mujer con un moño y un carrito de la compra, son ya una especie en peligro de extinción. Es en parte por ello, aunque reconozco que esta no es toda la razón, que sentimos mitad indiferencia mitad placer morboso cuando contemplamos las famosas escenas televisadas del milenarismo futbolero: paradas de autobús abatidas, semáforos en vibración, pira de esqueletos bicing, una letra A de Zara volando por los aires… Realmente, todo eso nos importa todo un rábano, y si acaso tuviese que despertarnos un sentimiento algo más trascendente, sólo sería risa. El motivo está claro: una marabunta celebrante, a altas horas de la noche y en Las Ramblas ¡sólo puede molestar a los restauradores y a los turistas! Los que nos han robado la ciudad.
Y sí, tal vez sería más coherente que las cargas policiales las hiciesen los de prosegur y las pagase Burguer King, el Corte Inglés y la Sastrería Modelo, por aquello de mantener la separación de lo público y lo privado, pero el caso es que aquí no hay en realidad ninguna contradicción: quienes cargan son los Mossos, que trabajan para la Marca-que-agrupa-todas-las-marcas: la letra B!
Esta ofensiva contra la fealdad se ha completado en los días siguientes con una furibunda actuación de represión de la economía paralela, que también ofende estética y económicamente al sector turístico y a la puta letra B!. En concreto, se ha realizado una gran operación con el siguiente saldo: 824 denuncias entre el litoral, la Plaza de Catalunya, la Rambla del Raval, el Paseo de Gràcia, la Calle Aragó, el Port Vell y el Olímpic. De los más de 10.000 objetos confiscados, 3.995 son latas y bebidas, 6.250 eran artículos de vestir y complementos y 52 bocadillos.
Pues sí, las cifras hay que enmarcarlas en su contexto: el saldo de las operaciones de higiene urbana son tres globos oculares y también 52 bocadillos. Es un planteamiento sencillo: si el mundo ahí afuera es feo, lo cuadraremos a porrazos. Nada de borrachos patrios con los bolsillos vacíos y nada de bocadillos baratos. ¡A comer al restaurante, cacho pobre! Para poner a trabajar a La Ciudad, primero tiene que estar dispuesta, limpia de gente fea, sin marabunta ebria celebrante, sin negros casi azules vendiendo imitaciones de vuitton, sin estudiantes enclaustrados contra la mercantilización de la enseñanza, sin skaters tocapelotas, sin masajistas chinas…
Y sí, también sin vecinos.

El bombardero que ha despegado…

Todo esto se complica con un problema algo más filosófico: el de la confusión entre problema y función. Razonemos según la lógica burocrática: cuando surge un problema, y supongamos para lo que nos ocupa que la inseguridad lo es, se crea una función para resolverlo, en este caso el cuerpo policial. ¿Pero qué sucede cuando el problema (la inseguridad) desciende año tras año y la función que le corresponde crece? ¿Liquidado el problema, qué hacemos con la función que hemos creado? Esto lleva sucediendo cerca de una década. El índice de criminalidad (de los mejor medidos por el estado puesto que parte de las denuncias presentadas) ha bajado año tras año mientras que la dotación policial no ha dejado de aumentar. Ello ha provocado que los cuerpos policiales se hayan visto en el brete de tener que inventarse el trabajo. De este nodo se ha invertido la lógica burocrática, y ya no es el problema el que motiva una función sino esta la que genera el problema para poder seguir siendo. O eso o el Paro: el fantasma de la inactividad. De esta paradoja surge la diversificación y especialización reciente de la actividad policial y judicial, y a la tradicional inutilidad de la función antinarcóticos, se añade la inclusión de los asuntos de tráfico automovilístico en el código penal, la separación de la violencia sexista en brigadas y juzgados específicos, la criminalización de las actividades cibernéticas, el control político de la esfera abertzale, el aumento de la dotación para la vigilancia de fronteras, la creación de divisiones para el control del Terrorismo Internacional y toda una serie de actividades, a cual más inútil e improductiva, destinadas a poco más que crear Puestos de Trabajo de Policía. Como último de todos estos ejemplos, y ya hemos regresado al tema central, tenemos el incesante refuerzo de las brigadas de pastoreo de masas o antidisturbios. Tantas tanquetas, tantos uniformados, tantas escopetas, tantas lecheras, tantas balas de goma: para algo deben utilizarse. Y si la realidad no da pie a ello, si ya no hay revoluciones sociales, huelgas salvajes ni peleas multitudinarias entre tribus urbanas, tendremos que inventarnos los enemigos. Altermundistas, supporters, okcupas… Cualquier colectivo, estigmatizado o no, sirve para justificar la función. Cualquier cosa menos dormitar en comisaría. Rafael Sánchez-Ferlosio lo dice de forma más metafórica y mucho más clara al anunciar que “cuando el bombardero ha despegado, alguna bomba ha de tirar”.
Está claro: si no, no sería un bombardero…

Nuestra repulsa

Pero ya hemos hablado demasiado: no vamos a quedarnos satisfechos con una observación cabal del conflicto. En otras palabras, ni estamos aquí para hacernos los intelectuales ni somos unos cabrones equidistantes. Si una stormtruppe recorre amenazante nuestras calles apaleando a los universitarios, reventando globos oculares en las celebraciones futbolísticas o se infiltra en los movimientos sociales para reventarlos desde abajo, no vamos a limitarnos a emitir un maldito rebufo sociológico. Cuando se provoca tanto sufrimiento y se rompen tantas ilusiones a porrazos, cuando se señalan tantas vistas judiciales y se llenan tantas camas de hospital, hay que hablar claro y no ponerse cínico-plomizo. En La Escuela Moderna queremos declarar solemnemente nuestro hartazgo y subrayar la extrema gravedad del problema. Un problema que tiene un recorrido bastante preciso y unos responsables aún más concretos. La brutalidad de los Mossos d’Esquadra no ha dejado de crecer en los últimos tres años y se ha vuelto ya incontenible. En sus primeros años, “sólo” fueron algunas palizas a borrachos e inmigrantes (ya saben: del género disciplinable) pero su saña pronto alcanzó también a manifestaciones pacifistas (¿recuerdan los kubotanes?), a las protestas estudiantiles (donde se hizo tabula rasa y se fue también a por niños, turistas y periodistas) y, finalmente, al grueso de la población que salió en masa a celebrar el bendito triplete. No basta con las recientes condenas por brutalidad policial, ni con la difusión de imágenes de palizas en comisaría. Porque la cosa va mucho más allá: a las recientes agresiones post-champions league, se han añadido visitas intimidatorias a los agredidos en los hospitales y declaraciones bravuconas de los responsables de los sindicatos policiales. Perlas como esta: "Quien se queda en el lugar cuando los Mossos ya han avisado y ve que sigue el lanzamiento de objetos contra los agentes y que se han disparado las salvas ya sabe lo que pasará, y si se queda, es su responsabilidad. Si se lesionan, no pueden pedir responsabilidades a nadie más que a ellos mismos". Aunque no tengamos más autoridad más que la que nos da vivir por aquí, en los márgenes de la letra B!, exigimos la dimisión de todo el mundo. Todos aquellos con alguna responsabilidad en los sucesos recientes: Alcalde Hereu, Conseller Saura, mandos de la policía autonómica y policías antidisturbios implicados. También exigimos que se vincule la dotación policial a la verdadera conflictividad social: que, en la medida en que se reducen los crímenes violentos y la conflictividad grave, se desmantele al mismo ritmo la función policial. Por último, solicitamos el fin inmediato las políticas securitarias que acompañan al modelo de ciudad que padecemos. Ya no aguantamos más.

10.12.08

Anti->Alter

Diez notas sobre el movimiento alterglobalización

Hace unas pocas semanas me vi en el brete de escribir un artículo para La Escuela Moderna. Un ensayito sobre la pasma que se salió de madre y terminó siendo un compendió histórico de la lucha contrarrevolucionaria en los últimos treinta años, ahí es nada. Tuve que contenerme, pero aún así no pude entregar menos de doce paginitas que, debidamente extendidas, hubiesen dado para un opúsculo más que serio. El caso es que, cuando estaba enumerando a los enemigos actuales de la policía, tras abordar a los okupas, en un párrafo que podríamos denominar “de transición”, di con el movimiento alterglobalizador y ahí me encallé. Uno sabe lo que desean los okupas, tienen un lenguaje claro y explícito, abordan problemas inmediatos (la especulación, la falta de vivienda, la conquista de una cotidianeidad diferente) y lo hacen con medios coherentes, proporcionados y efectivos. Supongo que por ello cuentan con la simpatía y la solidaridad de una buena parte de la sociedad. En cuanto a los alterglobalizadores, que debían ser tratados en el siguiente párrafo, me encontré con un problema bien serio. Toda la concreción del movimiento okupa, palabras recias y significantes, se transformó en una evasión de resplandores inasibles, huecos.
De inmediato concluí que, si yo no tenía claro todo aquello, sólo cabían dos posibilidades. O bien soy mucho más zote de lo que me considero o los alterglobalizadores no hicieron muy bien los deberes. A pesar de haber compartido algo de tiempo con ellos (y también la calle en muchas protestas) no sabía cómo hablar de aquel movimiento. Quiénes eran, qué querían y cómo podía definirles. Entonces descubrí que mi ignorancia –fingida, falsa- era la guarida de un inmenso recelo. Que estaba emponzoñado de rencor hacia el mentado movimiento. Y ahí vislumbré la posibilidad de esta diatriba. Para evitar embrollarme con un hilo argumentativo, separaré mis argumentos en diez puntos. Ahí van.

1. Esa protesta, ese ola inesperada de multitudes contra las instituciones de Bretton Woods, contra la componenda de los Estados Más Poderosos (los Tres, los Seis, los Ocho, los Veinte…) se quedó en una pancarta en blanco, un poco como la campaña de Obama. ¡Cambiaremos el mundo! ¡Sí podemos! ¡Estamos contra ellos!... Claro, amigos, pero ¿no podríamos concretar un poco más? ¿Cambiar el mundo antes de desayunar o después? ¿Y para eso hay que llevar ropa oscura? ¿Puedo llevarme el móvil? ¿Podríamos pasar antes por el videoclub a devolver las pelis?

2. ¿Qué recordamos ahora de todo ello? Pues que un buen montón de millones de personas coordinadas a lo largo y ancho del globo protestaron muy indignadas no se sabe qué. En realidad, el movimiento alterglobalizador enseñó al mundo que mil dos cientos millones de militantes fueron capaces de unirse y organizarse (igual que Tunnick congrega a ochentamil para despelotarse en el estadio del Arsenal), pero que no pudieron ni siquiera ralentizar toda esta máquina de destrucción y acumulación. Según las fantásticas teorías negrianas, esa masa inerme constituía la nueva subjetividad militante, la “multitud”, demasiado heterogénea para ser interpretada como proletariado, demasiado variopinta como para calificarla de un modo más preciso. En realidad, puede que no estuviese mal llamar multitud a ese gentío de aquí y de allá sin ninguna ligazón concreta. El error, y de bulto, fue considerarlo “sujeto antagonista”.

3. Hablemos claro: aquello no sirvió para nada. Ni un poso de conciencia dejó. Y si no miren como ahora, frente al colapso mil veces anunciado, se aprestan a reformar las mismas instituciones para seguir jugando al mismo juego. Se me objetará aquí que todas las luchas se acumulan, que todas sirven. Que aprendemos de las derrotas. Pero yo me temo que eso es mentira. Es poco más que un lugar común al que nosotros, resentidos y fracasados, nos aferramos siempre que perdemos. Pero no. No todas las luchas se acumulan, no todas sirven. En el actual sistema, generalmente, lo que no mata engorda. Casi cualquier batalla perdida es fagocitada por el espectáculo y convertida en nostalgia, en identidades de quita y pon, en marcas de tejanos, en parálisis. Ahí tienen, para comprender este punto, ese venenoso producto cinematográfico, “La batalla de Seattle”, con el tontainas de Outkast haciendo de incomprensible militante ecologista (sí, incomprensible, he adjetivado bien) y la Ana Lucia de Perdidos en el papel de entregada alterglobalizadora de oscuro pasado. Para vomitar… Aaah, ya puedo escuchar algunas de sus vocecillas: “¿y qué luchas sirven entonces, listo?”. Pues no estoy muy seguro, pero supongo que aquellas que son consideradas episodios infaustos en la historia de la democracia, las que han sido fuertemente reprimidas, las que quieren relegarse al cajón de lo que nunca sucedió, las que no pueden ser recuperadas por el poder para vendernos nada. Vean ustedes la guerra social desatada en Grecia en estos días. La poli en jaque, las tiendas cerradas, los políticos asustadísimos. Eso sí que sirve.

4. El mayor de los errores que se cometió aquel movimiento fue no adoptar una posición decididamente anticapitalista. Querían que frenase el saqueo al tercer mundo, salvar a las ballenas, un comercio justo, una España Republicana y, ya puestos, cuarto y mitad de alubias con chistorra. Encima, como prueba de “realismo”, mendigaban pequeñas reformas." Tocamos con los pies en el suelo", presumían. “Queremos un capitalismo amable, justo”. Y venga dar cancha a Stiglitz, Soros y otros adalides del discurso económico y posibilista. ¿La misión? Poner fin a los “excesos” del capitalismo… ¿Excesos? ¡El capitalismo es un exceso! Es apropiación de tiempo de vida, de trabajo ajeno, es esclavitud, mercantilización de la vida. ¿Hay que reformar eso? ¿Cuidar sus excesos? ¿Qué excesos? ¿Que los esclavos asalariados no trabajen más de ocho horas? ¿Que nos exploten bien, moderadamente? ¿Que no se invadan paisillos allá por la periferia infraprogresada de occidente para importar materia prima barata?

5. Esta voluntad timorata, minusválida, junto con todas aquellas extrañas solicitudes -que Bush dimita, que los peces suden mantequilla, que se cobre el 0,6 % a los muymillonarios por cada finca rústica que enajenen, que en el FMI recen el “Jesusito de mi vida” antes de ir a dormir-, confirió a las protestas un tono irreal, una sensación de evento circense, de confrontación peregrina y de derrota anticipada. Una escenificación vacua que dio perfecto pie a que los homenets de seny exclamasen vermú en mano aquello de “¡ah, estos jóvenes… ya se les pasará!”. Y vaya si se les pasó. Tanto fue así que no tardaron en apropiarse de tan escuálida protesta y vestirla con ropajes “new age” para sus ferias multiculturalistas y celebraciones institucionales socialdemócratas. No muchos fuimos, a la luz de las desérticas protestas antifórum, los indignados con la reapropiación de la lucha que, una vez más, hicieron los socialdemócratas. Es más, parece que los alterglobalizadores disfrutaron con su reconocimiento institucional. Para cuando se celebró el Fórum de las Culturas y se puso en marcha la onegeización de la protesta (para organizarla, para destruirla), la mayor parte de líderes anterglobalizadores ya se encontraban en las filas del enemigo... Las hipotecas, los churumbeles, ya saben.

6. Otro de los inconvenientes que impidió que su protesta arraigase en el imaginario social fue la adopción de cánones estéticos neojipis. ¡Ese insoportable etnopop que difundían los sound systems mientras rastafaris adolescentes hacían malabares! ¿¡Quién puede con eso!? Desde luego, aquel no era el ruido ni la imagen con los que los asalariados de mierda, precarios e hipotecados podíamos identificarnos. ¿Qué había sucedido con el punk y el hardcore, con el rock radical urbano, el pop inglés proletario, el rock and roll incendiario? Ya no éramos modernos, había que incluir en la fórmula de protesta aires antropológicos nuevos -world music, sonidos étnicos: tercermundismo garbancero- . Más de una vez pensé en ir al Mayday con tapones de cera y un gabán de mi abuelo. Y no me vengan con lo del "salto intergeneracional" que yo por entonces tenía veintitantos.

7. Se aceptaron así a la brava, sin apenas interponer interrogantes, todas las tesis sobre la globalización. El movimiento se articuló en torno a ellas dándolas por buenas, sin ningún rigor crítico. En consecuencia, se caminó teóricamente por la senda de un reformismo inerme, integrado. Se gastaron muchas energías combatiendo molinos, dando empellones a la babalá. A los antiglobalización se les veía llegar de lejos. Se podían anticipar todos los contraataques, inventar camelos inverosímiles para tenerlos entretenidos (Foros Sociales con financiación de Ayuntamientos y de la Fundación Ford, Tratados Medioambientales eternamente sin firmar, montajes multimierda en el Macba…), que los antiglobalización se lo tragaban todo. Al carecer de convicciones claras, podían echarles lo que fuese. Porque hablemos en plata: globalización no significa nada. O mejor: no es nada nuevo sobre lo que ponerse a inventar antagonismos y columbrar contiendas. Para mí que lo que generó tan extraña hipertrofia teórica fue una percepción súbita e inconsciente de la finitud del mundo: hostias, ya no queda nada por saquear, nada por cablear, nadie más a quien engañar. El diseño de un mundo a nuestra semejanza lleva en marcha siglos con otros nombres: rutas mercantiles, colonización, imperialismo, declaración universal de Derechos Humanos, ONU… ¿Porqué reinterpretarlo y encajonarlo todo, así de pronto, en una única categoría: “globalización”? ¿Porque es un proceso consumado e irreversible? Nanay. En mi opinión, es sólo para sobrellevar el dolor de conciencia. Y también, quizá, para vender libros. Había que renovar la sociología sin hablar de guerra social. Fue algo intelectualmente fraudulento. Muy sucio. Las teorías de la globalización tomaron la parte por el todo. Del proceso de homogeneización a la occidental, que es en realidad todo lo que sucedía y sucede, se encoñaron con las comunicaciones y la jerigonza telemática, pues era lo único que sonaba a nuevo, lo único que podía proveer tantas toneladas de cháchara ociosa. Al fin, los hallazos léxicos (redes, nodos, hubs…) que propiciaron son empleados hoy, sobretodo, en desarrollos urbanísticos. Ya lo ven. Y no hay empresa cabrona que no tenga ya su programa de ayuda al tercer mundo, “para paliar los efectos de la globalización”.

8. Que los antiglobalización no se oponían a la globalización (porque en realidad, como ya he dicho, "globalización" no es nada) quedó claro a media partida. De pronto, se levantaron de la mesa, pidieron un respeto e interpusieron una aclaración: nosotros somos ALTER-globalizadores, no “anti”, porque contra el rumbo del mundo civilizado y la tecnología y el progreso no se puede estar y bla bla bla, bli blo bli… Y cerraron el discurso tal que así: “Nosotros en realidad deseamos “otra globalización”, más justa, que tenga en cuenta a los negritos y que en el mundo ya nadie vuelva a padecer disfunción eréctil a causa de los transgénicos…”. Exagero un poco, pero ya me entienden.

9. Aquella combinación de ecologismo infantil, reformismo, economicismo (gracias a ATTAC, con sus ridículas propuestas de reformar el sistema bursátil y de imponer impuestos a los grandes capitales) y espectacularidad carnavalesca producía ciertos escalofríos. Una especie de angustia existencial: que no sabían quienes eran ni qué querían. En realidad, nunca se había visto un "No" tan difícil de descifrar. Supongo que por ello la derecha abusó del contraargumento necio de “La cultura del no”. Porque dentro de su imbecilidad no lo entendían muy bien. Su razonamiento iba más o menos por estos lares: “Esos dicen que NO, pero ¿no a qué?: no son exactamente anticapitalistas, no quieren suprimir las sociedades mercantiles, van de la mano de los sindicatos… dicen que No por decir. Es un atavismo cultural.”. Y de ahí, la Cultura del No. Un comodín.

10. Hubo un proceso de retroalimentación prensa-militancia asqueroso. A partir del etiquetaje que la prensa -esclerotizada y, como siempre, al margen de los sucesos- hizo con los “antiglobalización” (algo parecido a lo de “Generación X” o lo de los actuales “mileuristas”), los propios antiglobalizadores adoptaron la imagen que de ellos se ofrecía y la amplificaron. ¡Y eso que los medios los habían retratados como una curiosidad antropológica! A partir de la tercera protesta, hubo más caretas, más tortugas gigantes de cartón piedra, más sobreritos de Tío Sam, más pancartas colgadas de grúas gigantes, más eslóganes y, en general, más sobreactuación. Los gritos ya no se proferían contra nadie, sino hacia las cámaras. Que nos vean, pensaban ellos, que vean los acomodados ciudadanos occidentales lo que somos capaces de hacer. Y lo que veían los ciudadanos acomodados era una versión reducida y simpática de la protesta, el teatrillo de una “juventud responsable”, preocupada por el medio ambiente y el hambre en África, enemistada con los militantes diabólicos, los del bloque negro, que rompían cosas por romper, así a la buena de Dios. La evolución de la protesta hasta su desaparición (¿2004? ¿2005?) pasó por tres etapas: la reproducción de los métodos difundidos con aprobación por la prensa, el desprecio de la violencia y, finalmente, la espectacularización de la protesta, en su fase final, ya del todo inservible.

5.12.08

Tres notas tres...

... de los insectos hoja, un blog TERRIBLE y Bob el Constructor

1 . Hay toda clase de bichos en mi puerta. Y no es metafórico. Hay un cerro detrás del edificio y todas las noches, millones de seres con exoesqueletos extravagantes y alas inverosímiles invaden la civilización a la voz de ¡matanga! Alguna vez me he encontrado con la madre de todos los insectos: El Ñangaragato. Un saltamontes de palmo y medio. Cuando te encuentras uno de cara, dan ganas de extender la mano y presentarse. Buenas, tardes, Sr. Insecto, aquí un servidor. Tal es su entidad. No exagero. La primera vez que vi uno pregunté de inmediato por la eventual existencia de una central nuclear en las inmediaciones. Pero hay otros bichos que llaman mi atención especialmente: los insectos hoja (“cotorrita” y también “tarita” en criollo). Cada día, cuando vuelvo a casa por la tarde, me encuentro un montón de insectos hoja pegados al dintel y a la pared colindante. Son unos bichos perfectos. Parecen hojas, se menean como hojas (parece que vayan tajis) ¡hasta tienen vetas en forma de pequeños vasos de savia! Son perfectos, insisto. Sólo hay un problema: son idiotas. O daltónicos. La pared es blanca y la puerta es marrón. Se ven a la legua. Hasta puedo contarlos desde el otro lado de la calle. Así que me temo que, por la noche, mientras duermo, son pasto de las salamandras. Que por cierto, son también formidables ¡pues no trepan ni nada las jodidas! ¡y andan boca abajo! (si no les sorprende, inténtenlo ustedes, gallitos).

2. En estos días he estado leyendo con verdadera devoción un blog de humor tremendista llamado ¡TERRIBLE! Desde aquí, autónoma y solidariamente, me declaro un ferviente admirador del proyecto. Qué talento, oigan.

3. Ausenté del blog durante tanto tiempo, no compartí con ustedes alguna de mis inquietudes. En concreto, no me pronuncié sobre Obama, a quien, como imaginarán, considero un tipo repugnante. No ha sido tonto (él o su equipo, ya no se puede distinguir): ha fundido la retórica lutherkinguiana con la vacuidad gestora del nuevo siglo. El resultado: un producto perfecto. Ahora vaciaré la frase anterior y extraeré la esencia, para que me entiendan mejor: producto. Eso, un paquete puesto a la venta. Pero lo que quería apuntar aquí es mi inquietud por un creciente fenómeno: el político chequenblanco. O el candidato fuentedelosdeseos, como prefieran. Cada vez son más los desahogados que ni siquiera se molestan en preparar un programa electoral (sabemos que son papel mojado, pero por lo menos son papel, testimonio de su desvergüenza y de su mentira), y que colocan un espejo frente al público. Soy lo que queráis, soy vosotros, soy vuestras esperanzas y vuestros anhelos. Y detrás del espejo, nada. El lema “Sí podemos” –yes we can- representa un hito en la historia de la manipulación política. Y aparte, es la prueba última de cómo consideran los expertos de marqueting político a su público objeto de engaño. Los toman por un hatajo de imbéciles, por una piara infantilizada. El lema es tan infantil que no me extrañaría que lo hubiesen extraído a sabiendas de Bob el Constructor (una serie de monigotes de plastilina), en donde el tema principal es precisamente “Yes we can”. Me harté de escucharlo en un cedé que mi hija ponía una y otra vez mientras hacía danza moderna y performances varias. Es una canción pegadiza que no significa nada. Hace referencia a un monigote con un casco amarillo y cinturón multiusos que construye por construir. Y cada vez que se lía a urbanizar una parcela pregunta a sus herramientas: ¿podemos hacerlo? Y la llave inglesa contesta “¡sí podemos!”, y la hormigonera brama ¡sí podemos!, y el martillo pilón celebra ¡sí podemos! Pues eso, que sí podemos. Pero… a todo esto… ¿qué es exactamente lo que podemos?

1.12.08

Los sorprendentes efectos de la crisis mundial


En la imagen, nueva tostadora bluetooth con turbocompresor

Un sistema de producción como el nuestro requiere consumo incesante. Ello quiere decir que aún cuando la gente ya no necesita nada, debe seguir comprando. Hay algunos métodos para lograr este equilibrio neurótico, de los cuales el más refinado es el marketing -el cual, después de mucho discurrir, sólo puedo definir como el proceso de hacer creer que lo viejo es nuevo-. Pero también está la obsolescencia planificada o las astucias del empaquetamiento (ya saben: agujeros de dimensión creciente en la pasta de dientes, imposibilidad de adquirir 4 pinzas de ropa o 2 pastillas para la tos). A este respecto, supongo que la ferretería es el último reducto de la utilidad frugal. Deme dos clavos del 6, y va el tipo, saca una cajita, extrae los clavitos y te los da… ¡Sólo dos! ¡No te venden una caja con mil quinientos!

En fin, existe todo un florilegio de técnicas enroscadas entorno al engaño. Claro que todos estos métodos no son nada con respecto a la creación de falsas necesidades. La supervivencia aumentada, que decían los situacionistas. Y es que ¿Cómo se pude vivir sin un gadget de triangulación por satélite para el automóvil? Es prácticamente imprescindible. Sin él no llegaríamos a ninguna parte (y con él tampoco). Por no hablar de esos audífonos para ejecutivos, el blutuz, que les permiten hacer aspavientos con los brazos mientras despiden a cien. ¡Díganme si eso no es útil!

Pero no es este el mensaje de esta primera nota. Yo quería hablar de la bendita crisis y de algunas noticias que los periódicos, con la conciencia invertida, encuentran sorprendentes (y casi se diría que prodigiosas). Por ejemplo: que la gente está volviendo a arreglar los aparatos electrodomésticos. Es decir, que hoy, cuando se le estropea algo a un lavaplatos consistente en ciento cincuenta piezas ensambladas, va el contribuyente y, en lugar de comprar otro lavaplatos nuevo, arregla la piececita que falla y salva las 149 restantes. ¡Increíble! ¿No les parece? Cuesta de creer, la verdad. ¡En lugar de mandar a desguazar a esa hijadeputa que no paraba de echar agua, cambian la manguera y listos! Los planificadores de consumo de las grandes marcas, los ministerios de industria y los grandes inversores deben tener pesadillas frente a esta rebelión ciudadana anticonsumista.

Igual de sorprendente resulta otra circunstancia que se viene dando a causa de la crisis financiera, y es que, de repente, se está optando por el transporte público -o el paseíto cardioestimulante- hacia el centro de la urbe o el centro comercial. Así que en lugar de enlatarse dentro del automóvil propio, abonar veinte euros por medio depósito y gritar aberraciones a los taxistas que nunca ponen los intermitentes (esos desgraciados de derechas que se creen los putos Dukes of Hazard), pues va el contribuyente, se introduce bajo tierra en un gusano articulado llamado metro, recorre cuatro paradas y sale a la superficie en el lugar exacto. El sitio al que quería llegar. ¿No es alucinante? Hay que ver las cosas tan extrañas que está propiciando la crisis. ¡Reparaciones de electrodomésticos! ¡Nuevos usuarios del transporte público! Es para ver y no creer.

A decir verdad, y aparco aquí el sarcasmo, si no fuera por los despidos y el desahucio social que propicia, creería de verdad que la crisis es algo formidable. Parece que un buen montón de gente está recobrando la cordura.

17.7.08

Tuberculus interruptus

La mayoría de las frases hechas apestan. Uno no se debe a su público ni a sus lectores ni a nadie. Nadie se debe a nadie. Punto. Aclarado esto, expongamos ahora el estado de las cosas: que me encuentro inmerso en un proyecto relacionado con el escribir muchas letras unas junto a otras, crear personajes y urdir una trama que más o menos acompañe. De ahí que lleve casi tres meses sin actualizar todo esto. Ello no implica que haya que enterrar el tubérculo libertario. Ni mucho menos. Tómenselo como una interrupción. En cuanto pueda volveré. ¿Quieren un porqué? Pues porque Josep Piqué, en una entrevista en donde daba a conocer sus negocios inmobiliarios en Marruecos dijo que otro día que “En África, la demanda de vivienda es infinita”. Y no he escuchado ningún comentario al respecto. ¿Qué les parece ese porqué? ¿Quieren otro? ¿Qué me cuentan de esa nueva publicidad basada en una suerte de gregarismo pop, con manadas de consumidores corriendo y cantando porque al fin la felicidad está a tu alcance y que todo gracias a Bobafón o al jugo de frutas Miniutmeit? Tengo unas ganas locas de comentarlo todo, pero por ahora tengo que reservarme.

14.5.08

El Solitario habla

Sí, en lo esencial, estoy de acuerdo con Brecht cuando afirma que es peor poseer un banco que atracarlo. Y no tengo ni un sólo recelo moral ante un comentario tan bruto y sincero. Estoy de acuerdo con él y punto.

Los chicos de Smile nos recordaron ese gran pensamiento del dramaturgo alemán hace un par de meses, impreso sobre la famosa foto de la detención de El Solitario. Ayer salió a la luz una carta que Jaime Giménez ha escrito desde su prisión provisional en un Centro de Alta Seguridad.

Aunque la carta sea larga, Giménez quiere decir mucho, demasiado, en muy poco espacio. Se ceba especialmente con el Capital y nos hace partícipes de su ideología anarquista. En realidad, pone demasiado hincapié en ello. Tanto que hace sospechar. Parece un pacto entre su abogado y él.

La apuesta -y aquí especulo-: que un Jurado Popular vea con más simpatía a un pistolero anarquista (lo cual le confiere ideología y objetivos políticos, esto es, una pizca de humanidad) que a un ladrón de intachable rectitud profesional, sin reparos a la hora de matar a quien haya que matar para hacerse con unos fajos de billetes.

Aunque también podría ser que Giménez dijese la verdad, pero quedan unos cuantos cabos sin atar y que se dan de hostias con esa presunción.

Primero: ¿donde queda la propaganda? ¿debemos entender que un atraco a un banco es, por sí sólo, un hecho revindicativo? En los tiempos que corren, si un hecho no es interpretable por la mayoría como un acto político no podemos otorgarle función social alguna. El incendio de una agencia inmobiliaria se comprende al instante, porque no hay botín de por medio... Sólo puede ser político... pero ¿de qué forma distinguimos un atraco anarquista de un atraco común? ¿Porqué Giménez no esparció ni un pasquín ni gritó nunca, en ninguno de sus asaltos, contra el Estado y el Capital? Pongámonos conspiranoicos: ¿Nos lo ocultaron los medios? ¿Y porqué iban a hacerlo? ¡Será que no disfrutan politizando hacia la izquierda cualquier delito tremendo!

Segundo: ¿y el botín? No sabemos qué sucedió con ese botín. ¿Fue a parar a la Selva Lacandona?¿Pagó el alquiler de algún Centro Social?¿Se repartió a alguna sección de la Confederación? En la carta de Giménez que pueda dar a entender su compromiso con la solidaridad social. No creo que una aclaración a este respecto comprometiese al destinatario del dinero, siempre y cuando la alusión fuese lo suficientemente genérica.

Y tercero, queda un elemento más: su novia brasileña, a la que sí enviaba dinero. Ello resta aún más credibilidad al temerario atracador anarquista. No he terminado de encuadrar en qué capítulo de la lucha podemos ubicar un retiro en Bahia. El descanso del guerrero, supongo. Aunque yo estas metáforas me las paso por el culo.

Y aún, en las palabras de Giménez, cuando se pone anticapitalista, hay errores de bulto, que parecen bien fruto de una conversión forzada o bien de una vocación recuperada por las circunstancias. Por ejemplo, dice de la Banca:

Con ayuda de sindicatos alicortos, al servicio del poder político-económico, han conseguido la rendición de la clase obrera trabajadora. La manera ha sido sencilla: han provocado un paro masivo y al mismo tiempo han provocado un “dumping” social con la importación de grandes cantidades de trabajadores poco cualificados, para que las personas que viven de su trabajo, vean mermados sus ingresos y así su capacidad de decisión social. Todo para mantener el beneficio de los Bancos, que en un contexto de pobreza generalizada, aumentan sus beneficios exponencialmente año tras año.

La entrada del párrafo es perfecta, podría firmarla Amorós: “sindicatos alicortos”, “rendición de la clase obrera trabajadora”... Más adelante patina: no hay ni ha habido en los últimos diez años ningún paro masivo (al contrario, hemos vivido cerca del 5% que se estima estructural). La carencia de puestos de trabajo ha sido un discurso para la precarización, para que cualquiera agarrase cualquier curro de mierda. Esa amenaza, aunque sea falsa, cuenta para cumplir su función con la inestimable ayuda de las hipotecas, sobre las que, curiosamente, tratándose de su tema, guarda silencio Giménez.

Tampoco se han “importado” trabajadores como parte de un plan maligno de la Banca Internacional. Han sido las corporaciones, el modelo de desarrollo, el monocultivo y la rapiña comercial de las oligarquías locales las que han depauperado los países desde donde vienen los inmigrantes. También patina cuando dice que son poco qualificados. Al contrario. Vienen abogados búlgaros a recoger fruta, médicos peruanos a cuidar viejas. No sólo cuenta la pobreza a la hora de emigrar. Sobretodo, en este planeta de televisón por satélite, cuentan las aspiraciones. Todos los infelices del planeta quieren una vida como la que se vive en Nueva York.

También se entiende, tácitamente, que los trabajadores poco cualificados que vienen merman los ingresos de “aquellos que viven de su trabajo.”... Es una distinción absurda y racista: todos ellos viven de su trabajo. ¿O es que lo que hacen los inmigrantes no es trabajo?

El Solitario repite aquí tópicos de la derecha obrera, argumentos que he leído precisamente en comunicados antimigratorios del sindicato de carceleros, muy activo en el bombardeo de bilis en los foros ácratas. Que los discuta con ellos, ahora que los tendrá cerquita.