Diez notas sobre el movimiento alterglobalizaciónHace unas pocas semanas me vi en el brete de escribir un artículo para La Escuela Moderna. Un ensayito sobre la pasma que se salió de madre y terminó siendo un compendió histórico de la lucha contrarrevolucionaria en los últimos treinta años, ahí es nada. Tuve que contenerme, pero aún así no pude entregar menos de doce paginitas que, debidamente extendidas, hubiesen dado para un opúsculo más que serio. El caso es que, cuando estaba enumerando a los enemigos actuales de la policía, tras abordar a los okupas, en un párrafo que podríamos denominar “de transición”, di con el movimiento alterglobalizador y ahí me encallé. Uno sabe lo que desean los okupas, tienen un lenguaje claro y explícito, abordan problemas inmediatos (la especulación, la falta de vivienda, la conquista de una cotidianeidad diferente) y lo hacen con medios coherentes, proporcionados y efectivos. Supongo que por ello cuentan con la simpatía y la solidaridad de una buena parte de la sociedad. En cuanto a los alterglobalizadores, que debían ser tratados en el siguiente párrafo, me encontré con un problema bien serio. Toda la concreción del movimiento okupa, palabras recias y significantes, se transformó en una evasión de resplandores inasibles, huecos.
De inmediato concluí que, si yo no tenía claro todo aquello, sólo cabían dos posibilidades. O bien soy mucho más zote de lo que me considero o los alterglobalizadores no hicieron muy bien los deberes. A pesar de haber compartido algo de tiempo con ellos (y también la calle en muchas protestas) no sabía cómo hablar de aquel movimiento. Quiénes eran, qué querían y cómo podía definirles. Entonces descubrí que mi ignorancia –fingida, falsa- era la guarida de un inmenso recelo. Que estaba emponzoñado de rencor hacia el mentado movimiento. Y ahí vislumbré la posibilidad de esta diatriba. Para evitar embrollarme con un hilo argumentativo, separaré mis argumentos en diez puntos. Ahí van.
1. Esa protesta, ese ola inesperada de multitudes contra las instituciones de Bretton Woods, contra la componenda de los Estados Más Poderosos (los Tres, los Seis, los Ocho, los Veinte…) se quedó en una pancarta en blanco, un poco como la campaña de Obama. ¡Cambiaremos el mundo! ¡Sí podemos! ¡Estamos contra ellos!... Claro, amigos, pero ¿no podríamos concretar un poco más? ¿Cambiar el mundo antes de desayunar o después? ¿Y para eso hay que llevar ropa oscura? ¿Puedo llevarme el móvil? ¿Podríamos pasar antes por el videoclub a devolver las pelis?
2. ¿Qué recordamos ahora de todo ello? Pues que un buen montón de millones de personas coordinadas a lo largo y ancho del globo protestaron muy indignadas no se sabe qué. En realidad, el movimiento alterglobalizador enseñó al mundo que mil dos cientos millones de militantes fueron capaces de unirse y organizarse (igual que Tunnick congrega a ochentamil para despelotarse en el estadio del Arsenal), pero que no pudieron ni siquiera ralentizar toda esta máquina de destrucción y acumulación. Según las fantásticas teorías negrianas, esa masa inerme constituía la nueva subjetividad militante, la “multitud”, demasiado heterogénea para ser interpretada como proletariado, demasiado variopinta como para calificarla de un modo más preciso. En realidad, puede que no estuviese mal llamar multitud a ese gentío de aquí y de allá sin ninguna ligazón concreta. El error, y de bulto, fue considerarlo “sujeto antagonista”.
3. Hablemos claro: aquello no sirvió para nada. Ni un poso de conciencia dejó. Y si no miren como ahora, frente al colapso mil veces anunciado, se aprestan a reformar las mismas instituciones para seguir jugando al mismo juego. Se me objetará aquí que todas las luchas se acumulan, que todas sirven. Que aprendemos de las derrotas. Pero yo me temo que eso es mentira. Es poco más que un lugar común al que nosotros, resentidos y fracasados, nos aferramos siempre que perdemos. Pero no. No todas las luchas se acumulan, no todas sirven. En el actual sistema, generalmente, lo que no mata engorda. Casi cualquier batalla perdida es fagocitada por el espectáculo y convertida en nostalgia, en identidades de quita y pon, en marcas de tejanos, en parálisis. Ahí tienen, para comprender este punto, ese venenoso producto cinematográfico, “La batalla de Seattle”, con el tontainas de Outkast haciendo de incomprensible militante ecologista (sí, incomprensible, he adjetivado bien) y la Ana Lucia de Perdidos en el papel de entregada alterglobalizadora de oscuro pasado. Para vomitar… Aaah, ya puedo escuchar algunas de sus vocecillas: “¿y qué luchas sirven entonces, listo?”. Pues no estoy muy seguro, pero supongo que aquellas que son consideradas episodios infaustos en la historia de la democracia, las que han sido fuertemente reprimidas, las que quieren relegarse al cajón de lo que nunca sucedió, las que no pueden ser recuperadas por el poder para vendernos nada. Vean ustedes la guerra social desatada en Grecia en estos días. La poli en jaque, las tiendas cerradas, los políticos asustadísimos. Eso sí que sirve.
4. El mayor de los errores que se cometió aquel movimiento fue no adoptar una posición decididamente anticapitalista. Querían que frenase el saqueo al tercer mundo, salvar a las ballenas, un comercio justo, una España Republicana y, ya puestos, cuarto y mitad de alubias con chistorra. Encima, como prueba de “realismo”, mendigaban pequeñas reformas." Tocamos con los pies en el suelo", presumían. “Queremos un capitalismo amable, justo”. Y venga dar cancha a Stiglitz, Soros y otros adalides del discurso económico y posibilista. ¿La misión? Poner fin a los “excesos” del capitalismo… ¿Excesos? ¡El capitalismo es un exceso! Es apropiación de tiempo de vida, de trabajo ajeno, es esclavitud, mercantilización de la vida. ¿Hay que reformar eso? ¿Cuidar sus excesos? ¿Qué excesos? ¿Que los esclavos asalariados no trabajen más de ocho horas? ¿Que nos exploten bien, moderadamente? ¿Que no se invadan paisillos allá por la periferia infraprogresada de occidente para importar materia prima barata?
5. Esta voluntad timorata, minusválida, junto con todas aquellas extrañas solicitudes -que Bush dimita, que los peces suden mantequilla, que se cobre el 0,6 % a los muymillonarios por cada finca rústica que enajenen, que en el FMI recen el “Jesusito de mi vida” antes de ir a dormir-, confirió a las protestas un tono irreal, una sensación de evento circense, de confrontación peregrina y de derrota anticipada. Una escenificación vacua que dio perfecto pie a que los homenets de seny exclamasen vermú en mano aquello de “¡ah, estos jóvenes… ya se les pasará!”. Y vaya si se les pasó. Tanto fue así que no tardaron en apropiarse de tan escuálida protesta y vestirla con ropajes “new age” para sus ferias multiculturalistas y celebraciones institucionales socialdemócratas. No muchos fuimos, a la luz de las desérticas protestas antifórum, los indignados con la reapropiación de la lucha que, una vez más, hicieron los socialdemócratas. Es más, parece que los alterglobalizadores disfrutaron con su reconocimiento institucional. Para cuando se celebró el Fórum de las Culturas y se puso en marcha la onegeización de la protesta (para organizarla, para destruirla), la mayor parte de líderes anterglobalizadores ya se encontraban en las filas del enemigo... Las hipotecas, los churumbeles, ya saben.
6. Otro de los inconvenientes que impidió que su protesta arraigase en el imaginario social fue la adopción de cánones estéticos neojipis. ¡Ese insoportable etnopop que difundían los sound systems mientras rastafaris adolescentes hacían malabares! ¿¡Quién puede con eso!? Desde luego, aquel no era el ruido ni la imagen con los que los asalariados de mierda, precarios e hipotecados podíamos identificarnos. ¿Qué había sucedido con el punk y el hardcore, con el rock radical urbano, el pop inglés proletario, el rock and roll incendiario? Ya no éramos modernos, había que incluir en la fórmula de protesta aires antropológicos nuevos -world music, sonidos étnicos: tercermundismo garbancero- . Más de una vez pensé en ir al Mayday con tapones de cera y un gabán de mi abuelo. Y no me vengan con lo del "salto intergeneracional" que yo por entonces tenía veintitantos.
7. Se aceptaron así a la brava, sin apenas interponer interrogantes, todas las tesis sobre la globalización. El movimiento se articuló en torno a ellas dándolas por buenas, sin ningún rigor crítico. En consecuencia, se caminó teóricamente por la senda de un reformismo inerme, integrado. Se gastaron muchas energías combatiendo molinos, dando empellones a la babalá. A los antiglobalización se les veía llegar de lejos. Se podían anticipar todos los contraataques, inventar camelos inverosímiles para tenerlos entretenidos (Foros Sociales con financiación de Ayuntamientos y de la Fundación Ford, Tratados Medioambientales eternamente sin firmar, montajes multimierda en el Macba…), que los antiglobalización se lo tragaban todo. Al carecer de convicciones claras, podían echarles lo que fuese. Porque hablemos en plata: globalización no significa nada. O mejor: no es nada nuevo sobre lo que ponerse a inventar antagonismos y columbrar contiendas. Para mí que lo que generó tan extraña hipertrofia teórica fue una percepción súbita e inconsciente de la finitud del mundo: hostias, ya no queda nada por saquear, nada por cablear, nadie más a quien engañar. El diseño de un mundo a nuestra semejanza lleva en marcha siglos con otros nombres: rutas mercantiles, colonización, imperialismo, declaración universal de Derechos Humanos, ONU… ¿Porqué reinterpretarlo y encajonarlo todo, así de pronto, en una única categoría: “globalización”? ¿Porque es un proceso consumado e irreversible? Nanay. En mi opinión, es sólo para sobrellevar el dolor de conciencia. Y también, quizá, para vender libros. Había que renovar la sociología sin hablar de guerra social. Fue algo intelectualmente fraudulento. Muy sucio. Las teorías de la globalización tomaron la parte por el todo. Del proceso de homogeneización a la occidental, que es en realidad todo lo que sucedía y sucede, se encoñaron con las comunicaciones y la jerigonza telemática, pues era lo único que sonaba a nuevo, lo único que podía proveer tantas toneladas de cháchara ociosa. Al fin, los hallazos léxicos (redes, nodos, hubs…) que propiciaron son empleados hoy, sobretodo, en desarrollos urbanísticos. Ya lo ven. Y no hay empresa cabrona que no tenga ya su programa de ayuda al tercer mundo, “para paliar los efectos de la globalización”.
8. Que los antiglobalización no se oponían a la globalización (porque en realidad, como ya he dicho, "globalización" no es nada) quedó claro a media partida. De pronto, se levantaron de la mesa, pidieron un respeto e interpusieron una aclaración: nosotros somos ALTER-globalizadores, no “anti”, porque contra el rumbo del mundo civilizado y la tecnología y el progreso no se puede estar y bla bla bla, bli blo bli… Y cerraron el discurso tal que así: “Nosotros en realidad deseamos “otra globalización”, más justa, que tenga en cuenta a los negritos y que en el mundo ya nadie vuelva a padecer disfunción eréctil a causa de los transgénicos…”. Exagero un poco, pero ya me entienden.
9. Aquella combinación de ecologismo infantil, reformismo, economicismo (gracias a ATTAC, con sus ridículas propuestas de reformar el sistema bursátil y de imponer impuestos a los grandes capitales) y espectacularidad carnavalesca producía ciertos escalofríos. Una especie de angustia existencial: que no sabían quienes eran ni qué querían. En realidad, nunca se había visto un "No" tan difícil de descifrar. Supongo que por ello la derecha abusó del contraargumento necio de “La cultura del no”. Porque dentro de su imbecilidad no lo entendían muy bien. Su razonamiento iba más o menos por estos lares: “Esos dicen que NO, pero ¿no a qué?: no son exactamente anticapitalistas, no quieren suprimir las sociedades mercantiles, van de la mano de los sindicatos… dicen que No por decir. Es un atavismo cultural.”. Y de ahí, la Cultura del No. Un comodín.
10. Hubo un proceso de retroalimentación prensa-militancia asqueroso. A partir del etiquetaje que la prensa -esclerotizada y, como siempre, al margen de los sucesos- hizo con los “antiglobalización” (algo parecido a lo de “Generación X” o lo de los actuales “mileuristas”), los propios antiglobalizadores adoptaron la imagen que de ellos se ofrecía y la amplificaron. ¡Y eso que los medios los habían retratados como una curiosidad antropológica! A partir de la tercera protesta, hubo más caretas, más tortugas gigantes de cartón piedra, más sobreritos de Tío Sam, más pancartas colgadas de grúas gigantes, más eslóganes y, en general, más sobreactuación. Los gritos ya no se proferían contra nadie, sino hacia las cámaras. Que nos vean, pensaban ellos, que vean los acomodados ciudadanos occidentales lo que somos capaces de hacer. Y lo que veían los ciudadanos acomodados era una versión reducida y simpática de la protesta, el teatrillo de una “juventud responsable”, preocupada por el medio ambiente y el hambre en África, enemistada con los militantes diabólicos, los del bloque negro, que rompían cosas por romper, así a la buena de Dios. La evolución de la protesta hasta su desaparición (¿2004? ¿2005?) pasó por tres etapas: la reproducción de los métodos difundidos con aprobación por la prensa, el desprecio de la violencia y, finalmente, la espectacularización de la protesta, en su fase final, ya del todo inservible.