Ayer regresé en avión de un largo viaje que consistió en tres vuelos sucesivos: dos nacionales y uno internacional. En orden N-I-N. El primer vuelo tuvo una hora y media de retraso, cosa que no me importó demasiado porque igualmente debía esperar hasta la noche para el vuelo siguiente: El Gran Vuelo Intercontinental. Chachaaan. Este tuvo casi cinco horas de retraso. Llegados a Madrid, tuve que sumar casi tres horas al retraso generalizado por la demora del vuelo de conexión hasta Ciudad Escaparate, y éstas últimas fueron en pista, ya dentro del avión, amedrentado por la burocracia aeroportuaria, arrugado y convertido en un chicharrón sudado dentro de un espacio tubular repleto de gente nerviosa por la desatención y el calor sofocante.
Lo único decente del día de ayer fue mi lectura: “Cantaclaro”, de Rómulo Gallegos, libro del cual extraeré en próximos posts algunas de sus maravillosas descripciones. Al margen, mientras tanto aproveché para sacar conclusiones y reafirmar mi odio generalizado hacia el afán de lucro, el motor del Progreso. A continuación, debido a mi incurable espíritu didáctico, expondré una breve serie de cuatro condiciones apriorísticas, que podríamos llamar “desmentidos” por cuanto tienen de contraopinión con respecto al consenso humano universal, más que nada para que sepan ustedes a qué atenerse si van a viajar en uno de esos cacharros voladores:
1)
No importa cual sea la excusa que te den, el problema
siempre es el dinero que desean ganar cuatro gusanos millonarios inversores en las malditas corporaciones, un inmoral
animus lucrandi camuflado eufemísticamente como “optimización de recursos”. Este dichoso afán les hace sobreexplotar al escaso personal del que disponen -después de cuatro remodelaciones para superar las sucesivas crisis ficticias y autogeneradas (llámenlas “bursátiles” o, más certeramente, si lo desean,
previas-a-reuniones-de-consejos-de-administración)-, les hace reaprovechar aviones y tenerlos veinte horas diarias en el aire, solapando conexiones de tal forma que hasta un lepidóptero en el tren de aterrizaje causa un retraso terminal que repercute sucesivamente en el resto de vuelos y se replica consecutiva y geométricamente con cada nueva "imprevisible" contingencia o negligencia .
En resumen y con la jerigonza propia de un resentido, que para cumplir los compromisos contraídos mediante esos contratos mercantiles llamados "billetes" que uno compra alegremente por la friolera de, pongamos, setecientos euros, todo debe funcionar de forma perfecta. Cada resorte del ensamblaje debe mantenerse en su sitio. La perfección, según entiendo, es la ausencia de anomalías, de errores, de alteraciones. Y ya se sabe, todos lo sabemos, la humanidad entera comprende después de N siglos de desastres cotidianos convertidos en normalidad, que la vida misma es una excepción, que la perfección no existe, que es una quimera o como mucho una tendencia masoquista. Así que el problema es de base, de planteamiento: las líneas aéreas no pueden prestar el servicio que ofrecen porque se amparan en una perfecta planificación integral imposible. Recursos mínimos/máxima logística. Y de nada sirve la milagrosa “competencia” si todos los competidores están infectados por el mismo falso raciocinio. Sólo ignorando la propia condición humana y simulando que controlan los elementos de la naturaleza, las aerolíneas actuales pueden formular una propuesta logística.
Y así les sale.
Y lo saben, los muy sinvergüenzas, aunque hagan como que no y sigan vendiendo a su aire.
2)
No importa cuanto te hayan jodido con el embarque, las revisiones de equipaje, las preguntas “de seguridad” (nada personal: ¿qué es eso? ¿qué llevas ahí? ¿quién hizo la maleta? ¿pretendes asesinar a alguien? ¿con quién te acostaste ayer?), los retrasos, el trato abugraíbstico y las continuas faltas de respeto del personal de los aeropuertos, nunca explícitas, nunca manifiestas -y por tanto doblemente molestas-,
siempre hay alguien a quien han requetejodido mil veces más que a ti y que te hace sentir, ¡ditasea!, que no deberías protestar, que aún has tenido suerte, que eres un cabrón afortunado. La mujer que se sentó a mi lado en el último vuelo, me contó sollozando que llevaban dos días intentando salir de La Habana y que habían dividido a su familia en dos grupos, uno de los cuales permanecía en la capital de Cuba a la espera de poder regresar a casa. Además, les habían retenido el equipaje en La Habana y habían tenido que pagar una suculenta mordida al aduanero para recuperarlo. Todo esto me lo explicaba la pobre muy afectada mientras se abanicaba con
la carta de catering personalizado (así llaman los imbéciles de Air Europa al menú), sofocada y con una terrorífica cara de agotamiento físico y mental. Aunque para su desahogo, Doña Afligida, "Afli", entre nosotros, llevaba unas trencitas caribeñas (de esas que en el caribe sólo se dejan hacer los turistas) con las que bien seguro iba a ser la envidia de su oficina:
–Pues sí, Pili, me las hice en Varadero… Uy, un lujo…
3)
No importa que hayas pedido asientos en la parte delantera -menos sensible a los virajes extremos con los que se entretiene el comandante y a la vibración del fuselaje que acompaña a toda trayectoria realizada a velocidad match 0,9-, que viajes acompañado de tus adorables familiares, los cuales se comportan como marmotas ambulantes, que disfrutes de una almohada inflable mágica en forma de U, que te hayas tragado un par de transiliums…
siempre habrá algún tierno infante en la fila de atrás o junto a tí que: a) llorará con la estridencia propia de las bisagras de las puertas del infierno durante al menos seis de las ocho horas de vuelo, b) sacudirá el respaldo de tu asiento con la fuerza de un terremoto nipón hasta provocarte un brote sicótico de angustia fulminante y c) gritará cual cochino desangrándose que tiene hambre, frío y/o sueño en combinaciones aleatorias y asíncronas sin que coincidan necesariamente con su estricta percepción biológica, manifestaciones que deberán considerarse únicamente como expresiones muy sabias de aburrimiento, de hastío y hasta de alienación prematura. Síntomas previos a la incorporación al mercado laboral. Además, con toda seguridad, un/a azafato/a, intentará enmendar su desarreglo conductual y le procurará pinturas plásticas para colorear una lámina de publicidad corporativa que el niño, muy sabiamente, te entregará para que las colorees tú mientras él mira y su padre, angelito, insomne por los estragos de su criatura, duerme como un hipopótamo narcotizado después de haberse tragado tres bloodymaries a calaperro.
4)
No importa la tranquilidad que te hayas prometido,
siempre habrá algo por lo que el personal de a bordo decida interrumpir tu sueño o tu lectura, generalmente mercancías y falsos agasajos que se vienen confundiendo desde hace décadas con conceptos anticuadísimos y casi extintos en esta nuestra Sociedad del Bienestar como son la Comodidad y el Servicio (mayúsculas mayestáticas intencionadamente cínicas): auriculares, pañito caliente, pollo o pasta (aunque últimamente han decidido mezclar ambos con una extraña salsa de barbacoa/tex mex y dejarse de preguntas), caramelos, té, café, planillas de migración, venta a bordo, un refrigerio, otra vez caramelos, otra vez café y así hasta que se acaba el combustible y el avión se estrella en el océano, o hasta que el aparato explota por un fallo simultáneo en ambos motores o hasta que uno llega felizmente a destino jurando no subirse en otro pterodáctilo metálico durante los próximos veinte años, voto espiritual que se incumple al cabo de quince días, cuando se te vacía la cartera y cuatro cifras en el pasaje te recuerdan que ha llegado el día de regresar a tu mierda de vida occidental, esa infravida dedicada al trabajo y al consumo inmoderado de productos inútiles que allí donde estabas disfrutando tus vacaciones todos los esclavos del turismo anhelaban por simple desconocimiento.
Y ahora, estimados lectores, no me siento bienvenido de regreso: ¿porque acaso puede haber bienvenida sin bien al que venirse?
Lo más emotivo ha sido el regreso junto a mi gato ¡¡¡Tendrían que haber visto ustedes qué ronroneos intercambiamos!!! ¡Qué lametones nos dimos! ¡Cuánto entendimiento sin una sola palabra! Bendito sea mi felino.