Tres notas...
1. Para ostentar “integración espectacular” se alardea desde uno y otro lado de aceptar costumbres “de género”. Le preguntan a Él y confiesa “pues a mí también me gusta ir por ahí y pasarme toda una tarde comprando ropa”. Y Ella revela aficiones no menos espeluznantes: “yo disfruto con mi marido los partidos de fútbol, y cuando hay liga y champions, todas las noches nos tragamos un partido”. Son gente moderna, integrada: perfectamente capaces de copiar imbecilidades ajenas sin prejuicios de género.
2. En una ocasión conocí a un consultor sevillano tan absolutamente gilipollas que me resultó difícil de creer. Fue durante un viaje a Yakarta –promovido por el Ministerio del Progreso- y en él pude contemplar como el tipo consagraba la integridad de su tiempo a la compra salvaje de falsificaciones (vulgaris, trólex, etc..) y al ninguneo sistemático de la raza asiática. Lo’shinno ehto (pronúnciese con el debido acento). Un de las noches dejé que se escapara, pues su intención era ni más ni menos que follarse a “unas shina d’ehta”. Dudo mucho que hubiese soportado contemplar su cara mientras negociaba la calderilla que iban a suponerle “lah shinnah”. El caso es que hoy he visto a un gilipollas en la cafetería y me lo ha recordado. El tipo hablaba un inglés atroz y ponía cara de asco mientras el interlocutor, un educadísimo nórdico, no salía de su asombro ante la emboscada de sinvergonzonería sintáctica. El sevillano hacía exactamente lo mismo: “in orden to prin di document, i send it to the printe fo yu to piquirà”.
Menudo, el sevillano. Todavía le odio de cuando en cuando.
3. Leo a los portavoces del gobierno bolivariano de Venezuela. Informan que se ha incrementado la venta de “automóviles”, que aumenta “la relevancia del sector servicios” y otros maravillosos logros de la revolución bolivariana que, después de alfabetizar y procurar sanidad a los venezolanos, son de una relevancia microscópica. Desde luego, por entre estas afirmaciones se escapa una verdad que hace de “revolución” un término exagerado. Y es que Venezuela es el último estado socialdemócrata sobre el planeta, de ahí que bajo cualquier foco parezca revolucionario. Un Estado Benefactor como lo fueron los estados europeos del bando aliado en la posguerra del pasado siglo.
Venezuela contiene en su seno una mayoría de individuos perfectamente integrados y cómodos con el sistema capitalista, por lo se promociona con las mismas ideas-gancho que emplearía cualquier estado capitalista: empleo, crecimiento, infraestructuras...
De cara al exterior, sucede exactamente lo mismo: Venezuela pretende posicionarse y demostrar que, aún con todos los métodos de redistribución que se aplican, la maquinaria funciona al mismo rendimiento que la de cualquier otro país turbocapitalista. De ahí el hincapié en “el crecimiento de la economía”, “la apertura de siete nuevos centros comerciales” o “la construcción de autopistas”, verdaderas lacras que cualquier forma de acción revolucionaria debería combatir.
Una de la mejores críticas situacionistas se enfocó hacia esta contradicción socialista, hacia esta “revolución sin revolución”, esta transición perpetua. Yo insisto en esta crítica: debemos pretender objetivos revolucionarios (el fin del trabajo, el nacimiento de un mundo hecho de poesía y energía creadora, la recuperación del vínculo social, la ralentización de nuestro ritmo de vida) y no tan sólo un viaje “solidario”, en mejores condiciones, hacia la infamia capitalista (la industrialización total, la destrucción del territorio, la imposición de la dominación tecnológica, la multiplicación de las mediaciones, la alienación…).
