Reseña del libro “El país creado por Wall Street, la historia prohibida de Panamá y su canal” por Ovidio Díaz Espino (Ed. Destino, Barcelona 2004).
Existió una época en que el globo terráqueo parecía tan grande que incluso los dirigentes de los imperios occidentales arqueaban la ceja frente un mapamundi: ¡cuánta tierra por ocupar! ¡cuánta tierra baldía, sin producir! ¡cuánta tierra pagana!
Era una época de grandes planes.
En esa época no todos los países estaban asentados a la manera burguesa, con élite gobernante y constitución. Miles de regiones todavía podían ser cuarteadas y arrancadas como un espaldar de res en una carnicería. En esta época, si un líder del primer mundo pretendía un país en una zona indígena, no necesitaba un gran dispendio militar, tecnológico y de inteligencia, bastaba con que le secundasen un buen puñado de banqueros.
En esa época -tan cafre como la actual pero con menos retórica posmoderna-, de entre todos los planificadores de genocidios, imperios y política sumergida, comenzaba a destacar una joven nación, escogida por Dios directamente, a dedo, por sus valores morales inmutables, sólidos y tremendamente simples: mío, mío, mío. Propiedad y dinero. Nada más quiero, Lero, lero, Baldomero.
Sí, hablo los Estados Unidos de América, un revoltillo de puritanos, self-made men genocidas, Rockefellers y obreros anarquistas a lo Mateo Morral, de los que asesinaban presidentes.
Nadie se estaba con chiquitas.
Así que EEUU estaba arrasando el continente.
Liquidaban las últimas tribus de bisontes y los últimos rebaños de sioux.
McKinley acababa de tomar Cuba y pacificar Nicaragua.
Sus predecesores habían robado poco antes Texas, Nuevo México y California. A plomazo limpio.
Y, no nos olvidemos, se había comprado Louisiana y la Florida a otros ladrones colonialistas.
EEUU se hinchaba como un sapo en celo.
Pero lo que prácticamente nadie recuerda, y es el episodio con más sustancia y más actual por su carácter eminentemente financiero, es la invención de Panamá.
A este respecto escribe Ovidio Díaz Espino con fluidez y haciéndose entretenido, enganchando.
El autor no es más que un panameño curioso que, como cualquier otro, creció escuchando historias de grandes personajes patrios que guerrearon por la independencia de su país.
Díaz Espino, un consultor financiero ajeno al mundo editorial, emprendió en 1997 una minuciosa investigación excitado por las revelaciones de un viejo financiero. Su búsqueda le llevó hasta Cromwell (el lobbista más relevante de Wall Street) y Roosevelt, un presidente loco e hiperactivo que tomaba decisiones hiperventilado, golpeando su escritorio.
Plam plam, atajen esa huelga, cojones, disparen…
Plam, plam, no me importa lo que el congreso piense: ¡el canal pasará por Panamá!
Ya ven, un demente que pasó a la historia como un gran hombre enérgico y vital.
Con una revisión de documentos centenarios, Díaz Espino deshiló la madeja hasta descubrir que todo lo que había aprendido de pequeño era mentira. Sí, todo. Descubrió que sus próceres no eran mártires sino mercenarios. Descubrió que su país era inventado y que su patria no era más que el inmenso parámetro que rodeaba a una magna obra de ingeniería: el gran canal.
Y que todo se tramó en la habitación 1.162 del Waldorf Astoria.
Después de descubrirlo todo, Ovidio se sentó a escribir, no sé con que ánimos.
Me encantan las historias de desengaños.
Libro recomendado.