Desnaturalización, destrucción, inhabitabilidad.
Barcelona apesta.
No se dejen engañar por los folletos y spots propagandísticos que distribuye nuestro ayuntamiento con la connivencia de la Generalitat.
Por el centro, la zona visitable, hay tanta gente, tantos mochileros, tantos rubitos crusties rastafaris en bicicleta, tantos individuos pululantes admiradores de Gaudí, de Picasso (y el que sea que les hayan convencido que deben admirar), de la mediterraneidad y de los zapatos chupiguays de la corporación mallorquina, que es imposible pasear con una cierto desenfado.
La multitud impide cualquier atisbo de tranquilidad. Son/somos sencillamente demasiados.
Para los vecinos, resulta insoportable: les han cambiado los colmados y las droguerías por tiendas de ropita cara, bazares chinos de souvenirs y cafeterías estúpidas
chill-out que venden ensaladas de sésamo. Para acrecentar el cabreo, jaurías de ingleses ebrios celebran sus despedidas de soltero bajo los balcones, combinando comportamientos atávicos de emisión masiva de fluidos corporales con vivas al Manchester y sandeces ofensivas proferidas hacia cuantas mozas paseen a menos de cincuenta metros.
La parte alta, donde los oficinistas, las secretarias, los trabajadores precarios, las madres con mechas/automóvil cabrio blanco y la burguesía de apellidos antiquísimos convergen, es un completo colapso circulatorio en el que los cláxones y la mala leche se entremezclan formando un ambiente de ansiedad difícilmente superable, y en el que tomarse un café requiere desprenderse de una parte significativa del salario. Para que se hagan una idea, nuestras cafeterías ya son más caras que las de Roma y las de cualquier ciudad francesa (si exceptuamos París).
Y acerca de la vivienda, qué puedo contarles. Los precios de los apartamentos son inalcanzables para cualquier familia de asalariados: vivir aquí supone pagar un mínimo de cincuenta millones de pesetas, 300.000 mil euros, e hipotecarse a treinta y cinco años (hasta a 40 y a 45 se están empezando a ver, imaginen eslóganes: ¡Hipotecas heredables! ¡¡¡No importa si mueres sin pagarnos: tu hijo podrá completar el pago!!!), empeñando así sistemáticamente y hasta el fin de los días algo más de uno de los salarios de la pareja .
Barcelona, como ven, se está volviendo inhabitable para sus habitantes, que más que habitar se protegen de un entorno hostil que les exige una readaptación continua, un esfuerzo excesivo. El proceso de
gentrification y el de conversión de lo que antes era una ciudad amable, habitable, en un parque temático para el turismo se están produciendo paralelamente y a marchas forzadas.
Cabe diagnosticar, con un simple ojeo de la actualidad, que la desnaturalización de mi ciudad es un proceso que, por este camino, dentro de poco será irreversible.
Pero ¿cómo va a frenarse este proceso si, pese a las quejas diarias, pese a la indignación ciudadana generalizada, nuestro alcaldecito organiza una exhibición aérea y pirotécnica cada vez que baja su popularidad y de inemediato al pueblo se le olvida entonces que es su/nuestra obligación linchar al responsable de todo esto?
Dentro de poco, Clos hará como Cómodo: decretará cien días de circo. Y después, saldrá reelegido.
Qué hacer: apéndice político (acaso más largo que el propio texto principal)Individuos trashumantes de la red, atentos lectores de lapatata, si quieren ayudarnos, si desean contribuir a mejorar esta Barcelona en imparable decadencia, si se han indignado leyendo este artículo y desean solidarizarse con nosotros, los habitantes de esta insoportable ciudad, lo tienen muy fácil: SEAN CONSECUENTES Y NO VENGAN AQUÍ A HACER TURISMO…
…tal vez con el fin de las visitas y las compras compulsivas, podamos conseguir reorientar el Capital hacia otras formas de depredación menos malignas para con sus habitantes.
Ajá, hay un error, este apéndice debería haberse titulado Qué No Hacer.
Sí, por favor, NO VENGAN: sepan ustedes que les van a sablear en cualquier terraza en cuanto les vean con una cámara de fotos o una sonrisa excesiva, rasgos únicos del turista; sepan que van a tener que hacer insoportables colas para entrar en cualquier sitio de los que está escrito que DEBEN visitar; sepan que van a encontrar las mismas franquicias y las mismas tiendas de ropa que hay en su ciudad -ropitas elaboradas en jornadas eternas de 14 horas por los mismos niños paquistaníes que, sin saberlo, también trabajan para las tiendas de su ciudad- sólo que con los precios aún más caros; sepan que los lugares por los que pasearán ustedes sólo hay restaurantes que hacen el
pa amb tomàquet con el culo (¡con el tomate no restregado sino pasado por una rayadora y vertido sobre pan rancio! ¡sacrilegio!), restaurantes con cartas carísimas diseñadas para tomarles el pelo a ustedes, que viajan con la carterita bien gorda; sepan que los restaurantes que valen la pena están todos alejados de las rutas turísticas y que no van a encontrar mesa sin reserva previa; sepan ustedes que los muchachillos inmigrantes que pululan por el gótico y que no tienen nada, con toda probabilidad –y cómo es lógico- intentarán robarles todo lo que les cuelgue (cada vez que bajo al Raval veo tirones y hurtos varios); sepan que en su ciudad o en su pueblo, sea en el país que sea, pueden ustedes organizar una parrillada o un tentempié junto con sus amigos y les resultará más barato, menos estresante y, en función del diálogo que mantengan, mucho más enriquecedor personalmente… O pueden leerse un libro, que figúrense lo que puede aprender con un libro, en lugar de ir haciendo el turista por ahí.
Así que, apiádese, a menos que tenga un familiar por aquí o su empresa los mande para esta futilidad que llamamos trabajo: NO VENGAN, por favor.
Y ustedes, los que siempre penan y se angustian por la economía, no sufran por el sector turístico. Piensen que el dinero que van ustedes a gastarse AQUÍ bien se lo pueden gastar ALLÍ, en su propia ciudad o pueblo. Piensen que la explotación, el plusvalor y los beneficios se distribuirán de igual manera entre trabajador, empresario y capital, por este orden, inviertan ustedes AQUÍ o ALLÍ. Piensen que los capitales de la restauración y hostelería son los mismos en todas partes ¡Acaso no les ha dado tiempo de hacer aquello de esparcir geográficamente y sectorialmente los dineros! Diversificar riesgos, que le llaman ellos.
Y por los Puestos de Trabajo, esa tapadera (¡en realidad son los Puestos de Empresario los que preocupan!) que constituye la angustia última de todo buen demócrata, tampoco sufran ustedes: los trabajadores precarios y los inmigrantes estamos perfectamente acostumbrados a saltar de un negocio a otro, de un sector a otro, de un puesto a otro, con la misma naturalidad con la que usted se pone las zapatillas al llegar a casa.
Es más: estamos hartos de que destruyan nuestra ciudad, nuestro único ambiente, de familia, de ocio y de comunidad (de vida, en definitiva), con la excusa de nuestros Puestos de Trabajo, sobretodo cuando sólo preocupan Sus Beneficios.
Así que, por favor, insisto: NO VENGAN.
NO HAGAN TURISMO AQUÍ.
No conviertan aún más nuestra ciudad en Dinero.
Sé que sabrán comprendernos.
Muchísimas gracias.